4. Danna

2436 Words
Jamás he tenido un novio, imagínate lidiar en una relación con este hombre. Tal vez yo sería solo una diversión para él, un reto, una nueva aventura, pero él para mí sería una prueba, una prueba grande. Estaba dispuesta a pasarla. Ya lo mencioné antes, necesitaba adrenalina pura y mi instinto me asegura que él me dará todo lo que busco. —Pues será real. ¿Crees que puedes lidiar conmigo? —interrogo. Sus labios se curvan en una discreta sonrisa. Aún con todo lo que parece relajado su rostro, se muestra imponente. —Mírame, ¿supones que no pueda hacerlo? —pregunta. Ahora la que muestra la mediana sonrisa soy yo. —Ya me lo demostrarás —respondo—. ¿Cómo te llamas?. —¿Cómo quieres llamarme? —Deja de pensar que porque me ves con pantuflas de unicornio, el vestido de la abuela y me tienen dentro de una burbuja, me comportaría cómo cría y te pondría motes como bebito fiu fiu, cosita mía. Dime tu nombre y trátame como una mujer, que como niña me han tratado por mucho tiempo. Se inclina hacia adelante, con mucha seguridad de su movimiento. Acerca su rostro mucho más al mío. Siento el aire que sale de su boca chocar con la mía. Me pongo un poco tensa. No por miedo, sino por no haber dado un maldito beso nunca. Cierro los ojos y estiró los labios, esperándolo. Es hora de aprender ya. Sin embargo, pasan los segundos y el beso nunca llegó. —Que escapes de casa y hagas todo lo que no has hecho en un mismo día no te convertirá en una mujer, pequeña. Esto es como un juego, las cosas se desbloquean por niveles. —Me iré. Falta solo un día para la fiesta. Prepárate con Ronny. Camino hasta la puerta y antes de abrirla me giro, creyendo que aún estaba sentado en la mesita. En cambio, está detrás de mí. Jamás sentí sus pasos. —Adiós. —Adiós Danna. Salgo de su casa con más sensaciones en el cuerpo de las que sentí cuando llegué. Este hombre me gusta. No sé cómo pudo pasarme, si solamente lo he visto una vez. Es como si llamara completamente mi atención. A los segundos de alejarme ya quiero regresar ahí donde está él. —¿Cómo fue? —pregunta mi hermano mientras regresamos. —Tenías razón con él —aseguro—. En todo. —¿Quieres continuar? —inquiere. —Sí —contesto—. Lo mostraré a Dharys y Reggie en la fiesta de cumpleaños. —Es la mejor oportunidad hermanita. Volvimos mucho antes de las cuatro. Ryan nos permitió el pase por el área donde le toca cuidar a él. A paso apresurado llegué a mi cuarto y me deshice de mi ropa junto con las pantuflas. Necesitaré que Gusly bote esto, si ven mis pantuflas se darán cuenta de que he salido. Las guardo en el baño hasta más tarde que tenga la oportunidad de encontrarme con Gusly. Me lanzo a la cama, creyendo que caería en un sueño profundo, pues hoy he tenido un día movido para lo ordinario que son mis días. Pero no sucede. El sueño no llega. Mi mente imagina a aquel hombre. Pienso en sus hipnotizantes ojos, sus labios, sus fuertes manos. Idealizo que se sentiría besarlo. Jamás había ocupado tiempo en reflexionar en un hombre, ninguno había dejado tanta impresión en mí para ello. Y me refiero a simple vista. Empiezo a percibir algo en mi cuerpo. Siento calor, mucho calor. Mi entrepierna palpita. Una sensación que no había descubierto. Puedo notar que ahí cada vez está más húmedo. Más calor. ¿Qué mierda hago?. Me levanto rápido de la cama, con miedo a dejar humedad en ella. Dharys envía a revisar las sábanas cada día. No sé si todas las madres hacen eso o es solo la controladora de mamá. Falta poco para amanecer, así que decido bañarme. ¿Qué tengo que hacer cuando me sucede eso?. Tengo tantas preguntas, tantas dudas, tanta inexperiencia. Cosas que nadie sería capaz de aclararme. Tal vez si tuviera una amiga, si mi mamá no fuese como es. Con Ronny sería complicado hablar de ese tema. Termino de ducharme y me arreglo. Dharys estará pronto aquí. Seguro pretende llevarme de compras o a spa. Lo típico cada vez que hay alguna celebración. Otro vestido rosa, otros zapatos que tachan de finos. Otra vez siendo la princesa de Disney. Dharys en 5...4...3...2... —Danna, vamos levántate...—dice, pero sus palabras quedan suspendidas al aire cuando percibe que ya estoy lista—. Cariño estás ansiosa por la celebración —asegura y no sabe cuánto se equivoca. —Increíblemente ansiosa madre —comento con ironía—. ¿Hacia dónde vamos? —De compras —responde saliendo de mi habitación. Con mil protestas internas la sigo. Si fuese para cambiar este horrible aspecto sería la más feliz del mundo. Saludo a Gusly mientras paso por su lado y mi madre, a cinco pasos me lanza una mirada de reprobación. Otra cosa que odia Dharys, que tratemos a los empleados. Me limito a seguir caminando y Dharys sigue a su habitación. Regreso veloz hacia Gusly. —Gusly necesito un favor —le susurro. —Dígame —expresa bajito. —Salí ayer en la noche en pantuflas. Están irremediablemente sucias. ¿Podrías botarla junto con el vestido blanco?. Todo lo dejé en el baño. —Lo haré, tranquila —asegura. —Gracias Gusly —digo y le dedicó una sonrisa. Gusly me ayuda y lo hace desinteresadamente, teniendo el riesgo de ser expulsada si Dharys la descubre. —Danna —me grita mi madre. Camino hasta ella y su cara de desencanto hace presencia. Sé lo que vendrá ahora. —¿Cuántas veces te he dicho que no te relaciones con la muchedumbre? —inquiere de camino al coche—. Es la juntera con esa chiquilla la que te tiene así, ¿verdad?. Tendré que despedirla. —Dharys ella simplemente me preguntó si me alcanzaba el desayuno. No me junto con nadie. No tengo amigos —comento. —No necesitas amigos. Los amigos te distraen —puntualiza. Me quedo callada. No comenzaré el día discutiendo con mi madre cuando el simple hecho de pensar que mañana celebraré mi cumpleaños y pasado la unión con el imbécil de Volton. Bueno... digamos que eso sucede si yo dejo que suceda. Una vez en el centro comercial, Dharys ataca las tiendas exclusivas. Dios la libre de aquellas tiendas de imitaciones o prendas que tenga más de dos ediciones. —Me parecen increíbles estás batas para cuando formalicen tu unión con Volton —expresa mientras me muestra una bata de encaje morada. Nunca me dejó comprar batas. He visto preciosas, rojas o negras, de fino encaje, pero prohibido comprarlas. Ahora, que ella cree que me uniré decide regalarme una. La bata que me muestra está tupida de encaje y su color tampoco me gusta. Digamos que si le muestro esto al insípido rubio se reirá de mí. Aunque evidentemente no es él el que tendrá el privilegio. Pienso en «mi futuro novio». Tan grande e imponente. Conocedor de todo aquello que yo no tengo ni la más mínima idea. Tampoco le mostraría una bata así. Me ha visto tan ridícula con aquellas pantuflas que me niego rotundamente a seguir mostrándome así delante de él: como toda una cría. Dharys me obliga a probarme la dichosa bata. Camino hasta el probador y tras un bufido me desprendo de mi ropa para colocarme la prenda. ¡Hasta las rodillas! Salgo del probador para mostrarle. Encantada está con el resultado. ¡Mierda! ¡No!. —Nos llevamos tres de estas. Que sean rosa y amarilla las otras... ¡Rosas y amarillas! Iba a protestar, lo haría. La inconformidad de mi cuerpo no podía pasarse más desapercibida. Entonces, lo veo, a través del cristal de la exclusiva tienda. Es él. Es Hill. Sus ojos me reparan. Quiero correr, volver al probador. No quiero que me vea de esta manera. Jamás me tomará como una mujer si sigue viéndome de esta forma. Sin embargo, sus ojos me dejan clavada en el sitio. —Te traeré otras. Compraremos al menos diez —comenta llamando mi atención y yendo en busca de su cometido. Regreso mi mirada al cristal, pero Hill ya no estaba. Maldición. Regreso al probador. Dharys seguirá con una nueva tanda de prendas. Es necesario la paciencia. El día de hoy será largo y aburrido. —¿A quién te mostrarás de esta forma pequeña?, al chico Volton —susurran a mi oído y el brinco que hago es bastante cómico. Me giro, pegándome al espejo del probador y me encuentro frente a él. Sus ojos reparan en mí. Al igual que cuando estuve en su casa con aquellas pantuflas, no muestra burla o desagrado con lo que llevo. —¿Cómo has entrado aquí? —pregunto en un susurro. Hill pone un dedo en mis labios callándome. El repicar de unos tacones se escuchan cada vez más cerca. Viene Dharys nuevamente. —Danna, pruébate esta —comenta. Inmediatamente, saco la cabeza y una mano. Esta me alcanza la bata sin demora. Hill está sentado, diría que cómodamente. ¿No se irá?. Esta no es muy distinta. Es blanca, sin embargo, está más larga que la anterior. Miro la prenda, vuelvo a mirarla. Observo a Hill. Tengo que salir para que Dharys de su aprobación a la maldita bata. Eso implica cambiarme aquí, delante de él y que me vea no solo con atuendo de abuela, sino que conozca aquella ropa interior que no le mostraría a nadie, menos a él. —Danna, ¿por qué demoras?. Necesitas que te ayude. Entraré —habla en alta voz mi madre. —No mamá. Ya termino. Espera —contesto de inmediato. Me coloco frente al espejo y me deshago de la bata morada. Puedo observar a Hill, como, otra vez, se mantiene sin rastros de burla en su rostro. Me coloco la bata blanca que me trajo Dharys y salgo en su búsqueda. —Es un poco larga y seria ¿no crees? —indago. —Es perfecta —asegura—. Cámbiate. Buscaré otras parecidas. A paso apresurado se aleja y yo vuelvo con la misma rapidez al probador. —Estás loco Hill —aseguro. —Recuérdame que querías pequeña —cuestiona mientras se pone de pie y se acerca a mí. —Salir de mi burbuja. —¿Qué más? —pregunta. —Un hombre de verdad —digo. —¿Sabes que quiero yo? —interroga. —A una mujer, no una niña —contesto. —Te equivocas —dice—. Quítate la bata. ¿Eh? Me quedo segundos procesando su orden, porque sí, fue una orden. Algo dentro de mí me pide que lo haga, que más da, me ha visto sin la bata hace un minuto. Sin embargo, no me agrada la idea de mostrarle la ropa interior. —No me gusta lo que hay debajo de ella —me sincero. —A mí sí, hazlo —manda. Me quedo mirándolo fijamente, deduciendo si hacerlo o no. Que quede claro que falta de experiencia tengo, pero estúpida no soy. Llevo despacio mis manos al borde de la horripilante bata y la subo hasta que logro deshacerme completamente de ella. Sus ojos me escrutan sin vergüenza alguna. Por primera vez en mucho tiempo no odio la maldita ropa interior. Él me observa como si no hubiese vista más increíble. Yo, una chica que, ahora mismo, no está provocativa y sexy, es la atención de un hombre... uno de los que siempre he deseado y no puedo negar que eso se siente jodidamente bien. Se acerca a mí, otra vez tiene sus labios a centímetros de los míos. Nuevamente, quiero que surja ese beso. Pasa su dedo por mi labio inferior. Me quedo sumergida en tal acto. Baja la mano por mi cuello. El movimiento es suave. Recorre el camino por el medio de mis tetas. Lento. El trayecto dura una eternidad. De pronto tengo deseos de que toque más. Ansío que lo haga, incluso percibo desesperación. Él simplemente sigue hasta mi barriga. Otra vez ese movimiento sosegado. Llega hasta debajo de mi ombligo. La sensación que percibía en mi entrepierna en la madrugada vuelve. Me da vergüenza. No sé qué demonios es. No sé cómo actuar a partir de eso. Vuelven las dudas, las preguntas a mi cabeza. Quisiera poder conversarlo con alguien. Hill se separa y vuelvo a la realidad. —¿Qué pasa? —interroga. Sé que esto necesito saberlo, pero no creo que él sea el indicado para hablar de cosas de chicas. ¿Tengo otra opción?. —No sé cómo explicarlo... —Danna —grita mi madre—. ¿Por qué demoras?. —Ya termino —casi grito. Me visto a una velocidad de vértigo. Si Dharys entra se jode mi plan. Justo cuando voy a salir, su fuerte mano agarra mi muñeca. —Hablaremos en la noche —susurra. Lo miro una última vez antes de salir. En mi mente procesaba una y otra vez sus palabras. Ya me está dando la sensación de que empezaré a romper todas y cada una de las reglas. Dharys me hizo recorrer más de diez tiendas. Cada artículo que compró me dejó cero emocionada. Indiscutiblemente, el cambio de apariencia seguía siendo imposible. Después de las compras vino el spa. La tensión que jamás tuve ya la masajista la notaba. Mi madre asegura que el compromiso me tiene emocionada y los preparativos un poco estresada. Para reírme en su faltaba otra frase de esas. Al llegar a casa, utilicé como excusa el trayecto para pedir que no me molestaran en lo que restaba de día, pues necesitaba descansar para mi fiesta de cumpleaños. Mi madre se mostró conforme, así que me dejó en paz. —Danna —susurra Gusly—. Lo he notado todo. —Muchas gracias Gusly. —¿Quieres que te traiga la comida? —pregunta. —¿Hay algo de jamón o brochetas? —indago. —Me temo que no. Tu madre ha pedido ensalada para todos. —Entonces no Gusly, gracias. Ella asiente y se marcha. Aprovecho para ducharme y acostarme. Solo quiero pensar en mañana, en cómo haré las cosas. Es la primera vez que me enfrentaría a mis padres, la primera vez que no haría sus voluntades. Los pensamientos llaman al sueño. Empiezo a bostezar y me acomodo. Mañana será otro día, uno bueno.
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