Al bajar del coche, Balthazar toma mi mano con firmeza. Es firme y reconfortante. Nunca me gustó tomarme de la mano con Thomas, pero con Balthazar se siente toda una experiencia distinta. Me gusta el calor que desprende, la posesividad en su agarre. —¿Sabes que es raro que no te conozca de nada y aun así digas que tu fortuna es también mía? — pregunto, vacilante. Balthazar suspira. —Sigues hablando de lo raro y lo normal, como si un demonio no te hubiera jodido hace menos de veinticuatro horas — se burla. Le golpeo el brazo, haciéndole reír entre dientes. Las pocas personas en el hospital se giran cuando pasamos. Muchos le bajan la mirada a Balthazar, pero algunos pocos ni siquiera le prestan atención. —Es porque no es normal — me quejo. —Lo es para mí. Y algún día lo será para ti —

