CAPÍTULO 6
Punto de Vista de Elijah Smith
Era una mierda. ¿No podía haberme enamorado de un barrendero? ¿O de un famoso empresario? No, yo me enamoré del jefe de la mafia con más enemigos que Donald Trump y Kim Jong—un juntos.
Como mi Daddy Dommie es el jefe de jefes, sus enemigos buscan joderlo de las una y mil maneras posibles. Y como todos son unos imbéciles sin creatividad, recurren a la táctica de hacerle daño a sus seres queridos.
Pero, para mi lamento, me eligen a mi. No pueden elegir a su primo Collin o a su tía Karen que nadie quiere, ¡No! Tenían que elegirme a mi.
Así que, como me leen, estoy secuestrado en lo que parece ser un sótano, completamente sellado. No me agrada el olor a meado de vagabundo que tiene, quiero irme. Podría zafarme de esto yo mismo pero le daría en el gusto a mi chico de saber que me rescató, así que decidí no hacer mucho.
En estos casos, lo mejor que se me ocurre es sacar el teléfono y poner un cronómetro, por lo que paso mis brazos, que están atados detrás de mí espalda, por encima de mi cabeza, y tomo mi teléfono del bolsillo. Me quedo un segundo observando mi bonito fondo de pantalla en donde aparecemos Dominico y yo en la cama disfrazados de la época victoriana y procedí a iniciar el conteo.
Que comience el juego.
El tipo que supuestamente debía vigilarme se giró en cuanto le silbé. En cuanto puso sus ojos en mí yo abrí las piernas, en una falsa invitación. Sentí su mirada perversa recorrerme y una arcada, pero yo quería irme de aquí y esto era necesario.
Apenas se acercó a mi lo pateé en la entrepierna y me senté sobre su espalda. Saqué el manojo de llaves y un cortaplumas, con el cual rompí las cuerdas. Iba a necesitar kilos de humectante para quitar esas marcas.
No alcancé a pararme cuando derribaron la puerta y más tipos aparecieron para acorralarme. Eran muchos, como gorilas, y estaban en círculo alrededor mío, intentando encerrarme.Yo simplemente me pare y hablé:
—Venga, imbéciles, a que no se atreven a tocarme un pelo. Ni que tuvieran las pelotas para desafiarme.
Se rieron y yo me reí con ellos. No saben lo que Daddy va a hacerles, no saben con quién se están metiendo, no saben lo que les espera.
—Tu no nos puedes hacer nada, princesa, eres sólo una mosquita muerta.
—Puedo ser todo lo que ti quieras, mosquita muerta, zorra, un mimado... Pero eso no quita —me reí— para nada, el hecho de que mi Dommie va a atravesar esa puerta en 3...2...1...
Se escucharon sonidos y gritos fuera, seguidos de un Dominico muy enojado. Nuestras miradas se encontraron y yo salté sobre él y lo abracé. Me encantaban nuestros encuentros, aunque estuviésemos separados por corto tiempo, siempre los sentíamos como millones de años.
—Nuevo récord, Dommie —le dije guiñandole un ojo— Estás un minuto mejor en el tiempo.
—Eli, ¿Quién te tocó esta vez —preguntó, ambos sabíamos lo que iba a pasar. Aquel que me ponía una mano encima, lo pagaba.
—Él —apunté al tipo al cual había golpeado, mientras me apegaba a él— Intentó tocarme, Daddy.
La furia se vio reflejada en los ojos de Dominico . Podía ver su animal interior intentar salir para desatar la rabia que le generaba que alguien tocara lo que era suyo.
—Llévenlo al cuarto.
El cuarto de Dominico Malatessta era casi un mito urbano dentro de lo que era la mafia en la ciudad, y sin exagerar, el país en general. Según lo que se cuenta, tiene métodos de tortura de todo tipo y época. Entrar ahí era una muerte asegurada, dolor y agonía para quien la pisara. Era oscuro, sombrío y olía a muerte, aunque, irónicamente, me hacía sentir más vivo.
Amaba cuando teníamos que ir con Dominico a torturar a alguien, escuchar de su boca que había llegado una nueva víctima era exquisito. Porque si no tomas las decisiones correctas, tienes que enfrentar las consecuencias. La vida y la muerte eran divididas por sólo segundos y una elección.
...
Estaba en penumbra tenebrosa, olía a hierro, sudor y miedo. La muerte vagaba por las paredes y las sombras ocultaban los artilugios más macabros que uno pudiese imaginar.
Daddy estaba cubierto por sangre, mientras le pegaba latigazos en la espalda al hombre que intentó tocarme. El sonido del cuero vegetal contra su piel era exquisito, y ver a Dominico hacerlo me prendía.
Le quedan 3 dedos en su mano derecha, un ojo reventado y su espalda está al rojo vivo, por todas partes de su cuerpo hay sangre escurriéndose a borbotones, haciendo un sonido perturbador y excitante.
Decidí tomar un cuchillo de sierra y cortarle otro dedo, pero ahora de la mano izquierda. Sus gritos no se hicieron esperar y fueron música para mis oídos.
—Daddy —dije mientras me levantaba y abrazaba sus brazos desnudos. Él se dio la vuelta y acarició mi mejilla.
—Bebé —respondió él mientras me tomaba de las caderas— ¿Quieres complacer a tu Daddy?
—Siempre quiero hacer sentir bien a Daddy, esa es mi labor.
Me alzó y me sentó sobre la mesa bruscamente, me besó con fervor ansioso mientras me tocaba el trasero sin ningún pudor. Acarició mi pierna desde la punta de mi dedo, tocando con parsimonia y construyendo caminos de rasguños y toques de seda.
Repartía besos por mi cuello, oliendo y disfrutando de su posesión. Sus manos entraron por dentro de mi camiseta y apretaron mis pezones suavemente. Gemí sin poder contenerme ante eso. El contacto cálido de sus manos contrastaba con el frío de la habitación, produciendo un choque de sensaciones indescriptibles.
—Bebé —me llamó— Usa tu boca.
Evidentemente hago mejores mamadas que la perra de Elliot.
—Lo que quiera mi Daddy...
Desabroché su cinturón y le bajé los pantalones, en seguida besé su m*****o por encima de la tela delgada del bóxer. Tomé el elástico y quité la prenda, dejando a la vista su erecto m*****o. Sin siquiera esperar lamí como a una paleta toda su extensión, después chupé la cabeza e hice un sonido obsceno. Dommie me pegó con su pene en la mejilla por hacerlo esperar. Rápidamente y en respuesta a eso, me metí su hombría completa a la boca, dejándola chocar con mi garganta. Aguantando algunas arcadas volví a sacarmelo y me lo tragué completo de nuevo. Así seguí hasta que sentí el líquido pre—seminal de mi amor en la lengua.
—Apóyate en la mesa, bebé —indicó entre besos— Tu culito en alto.
—Si, Daddy— lamí y mordí su labio, después hice caso a su orden.
Uno de sus dedos lo sentí dentro inmediatamente, gemí bajo. Otro dedo hizo intromisión en mi entrada y la dilató, haciendo movimientos de tijera. Esta vez ya mis gemidos se hicieron altos, combinados con susurros. Sacó sus dedos y supe lo que venía. Estaba necesitado y sudoroso, pero quería aún más.
—¿Qué quieres que te haga, bebé? —dijo en mi oído, mientras acariciaba con las yemas de sus dedos mi entrada, sin llegar a insertarlos dentro. Estaba probándome, incitándome, tentándome.
—Sabes bien... l—lo que quiero —suspiré ahogando mis gimoteos. Él lo sabía mejor que yo, pero le gustaba torturarme hasta que llegase a mis límites.
—No... No lo sé, necesito que me lo digas —me palmeó la nalga derecha—. ¿Cómo te enseñé a decirlo, princesa?
Tocó suavemente la punta de mi pene y me pegó otra nalga fuerte.
—¡Ah! —grité— No aguanto ¡Daddy Fóllame, te quiero dentro mío!
—¿Cómo lo quieres, bebé?
Ya ni cordura me quedaba: —¡Duro, Daddy, duro!
Me penetró rápidamente de una embestida y yo lo único que supe hacer fue gemir. Me tomo de los cabellos, dándome duro, intentando llegar más profundo. Rápidamente encontró mi punto. Las embestidas entraban y salían a una velocidad exquisita, haciéndome necesitar más y más su toque. La sala estaba envuelta en sonidos de placer.
—¡Ah, Ah, Ah! ¡Más fuerte! —gritaba con descontrol. Me había dejado llevar y no era, para nada, la primera vez. Su cuerpo me llamaba y el mío pedía más.
Los susurros y suspiros que emitía Dominico por la excitación me invitaban a seguir gimiendo y disfrutando de las brutales penetraciones. Mi trasero había comenzado a doler por los empujes, pero no me importaba en lo más mínimo.
En un momento ya no aguante y grité que me venía, el orgasmo me golpeó con fuerza e intensidad. Hubiera caído de no ser porque mi Dommie me sostuvo. Las sensaciones se multiplicaban y me envolvían en una masa de sentimientos y descargas eléctricas.
Las paredes de mi ano se apretaron y lo hicieron correrse poco después en mi, llenándome de su escénica y marcándome, nuevamente, como suyo.
Estábamos ambos cubiertos por fluidos, con una víctima de tortura en la misma habitación que nosotros y lo único que podiamos notar era la presencia del otro.
—Te amo, Eli —dijo con su frente pegada a la mía.
—Yo te amo más, Dommie.
Y nos fundimos en un casto beso, desprendiendo nuestro amor y sentimientos, que atravesarían cualquier barrera.