CAPÍTULO 3

1085 Words
Al entrar a la gala, Ethan se transforma en el esposo perfecto, como es habitual en estos eventos. Deja de lado nuestra distancia cotidiana para convertirme en su esposa trofeo, una que conversa con las demás esposas mientras él sigue haciendo negocios. Respiro hondo, preparándome para el papel que debo interpretar. Saludamos a varios conocidos hasta llegar donde mi madre, quien nos recibe con una sonrisa tensa. Mi padre nos saluda de igual manera, su mirada recordándome el peso que llevo sobre mis hombros. El ambiente está cargado de lujo: una banda sonora en vivo, un piano de cola, champán burbujeante en copas de cristal. Todos parecen concentrados en la celebración, ajenos a mi tormento interior. De pronto, me encuentro cerca de mi padre y Ethan, que están alardeando como siempre. Ethan coloca su mano en mi cintura, un gesto que antes me reconfortaba pero que ahora siento como una cadena. —Theodoro, debo decir que el nuevo proyecto de expansión es brillante —dice Ethan, su voz rebosante de falsa modestia—. La adquisición de esas pequeñas editoriales nos dará el control del 60% del mercado. Eso si nuestra competencia no salen con sus ataques. Mi padre sonríe con arrogancia. —Por supuesto, muchacho. No se llega a la cima siendo blando. Hay que eliminar la competencia. —¿Y qué hay de los empleados de esas editoriales? —pregunto, incapaz de contenerme. Ethan me mira, su sonrisa tensa. —Cariño, son daños colaterales. Así son los negocios. El viejo socio de mi padre, el Sr. Thompson, se une a la conversación. —Ah, la compasión de la juventud. Megan, aprenderás que en este mundo, o comes o te comen. —¿Cuándo tomarás el cargo, Megan? —pregunta, tomándome por sorpresa. Antes de que pueda responder, mi padre interviene: —Creo que ya la próxima semana mi hija y su esposo se instalarán. ¿Cierto, Ethan? Ethan asiente, eufórico: —Es un placer tomar el cargo y ayudar a Megan. Tenemos grandes planes para modernizar la empresa. —Excelente —exclama el Sr. Thompson—. Con sangre joven al mando, Sinclair Editorials dominará el mercado por décadas. Abro los ojos como platos, mirándolo con una mezcla de desconcierto, frustración y odio. ¿Por qué me hace esto? Les dije que no quería nada de esto. Luego de todo lo que he pasado, solo quiero vivir mi vida tranquila. Todos comienzan a felicitarme y aplaudir, lo que solo aumenta mi enojo. Pestañeo varias veces, saliendo de la conmoción. —Disculpen, necesito un momento —murmuro, buscando desesperadamente una salida. Escucho la voz de Ethan llamándome mientras me alejo. Finalmente, encuentro una puerta que da a un balcón. Salgo, respiro el aire fresco y dejo que mis primeras lágrimas caigan. Ethan me alcanza, intentando consolarme, pero lo aparto. —¿Por qué te comportaste así? —le reclamo—. Sabías mi respuesta. —No puedo dejar que arruines tu futuro, Megan —responde, sus palabras golpeándome como una bofetada mental. La ira estalla dentro de mí. En ese momento, mis padres se acercan. Mi padre, con voz autoritaria, me dice que me comporte. Lo miro con odio y grito: —¡Estoy cansada de que me digan qué hacer! —grito, mi voz temblando de rabia—. ¡Cansada de vivir la vida que ustedes quieren para mí! —Megan, no seas ridícula —espeta mi padre—. Todo lo que hemos hecho ha sido por tu bien. ¿Crees que puedes sobrevivir en este mundo con tus cuentitos infantiles? ¿O como crees que se pagó la vida de lujo que llevas? —¡No son solo cuentos! —replico, con mas lágrimas amenazando con caer—. Es mi pasión, mi sueño. Algo que tú nunca has entendido. ¡Yo no pedí nada de esto, no lo quiero!) —Los sueños no pagan las cuentas, Megan —interviene Ethan, su tono condescendiente—. El imperio de tu padre es una oportunidad que mucha gente mataría por tener. Debes hacerlo y lo sabes. Me vuelvo hacia él, la traición ardiendo en mi pecho. —¿Y qué hay de apoyarme? ¿De estar de mi lado? —Estoy de tu lado —insiste Ethan—. Por eso no puedo dejar que arruines tu futuro. —No voy a permitir que tires todos los años de mi trabajo por la borda —gruñe mi padre, su rostro cada vez más rojo—. He construido esto para ti, ¿y así me lo agradeces? —¡Yo nunca pedí esto! —grito, sintiendo que algo dentro de mí se rompe—. ¡Nunca quise tu maldito imperio! —¡Megan! —exclama mi madre, horrorizada. —No, mamá —la corto—. Ya es suficiente. Estoy harta de vivir bajo su sombra, de pretender ser alguien que no soy. Mi padre da un paso hacia mí, su voz peligrosamente baja. —Escúchame bien, jovencita. Vas a entrar ahí, vas a sonreír, y vas a aceptar tu lugar en esta empresa. Es tu deber, tu responsabilidad. Lo miro directamente a los ojos, mi voz firme a pesar del temblor en mis manos. —No, papá. No lo haré. No tomaré el maldito cargo. Ya no puedes controlarme. De repente, el rostro de mi padre se contorsiona en una mueca de dolor. Lleva una mano a su pecho y cae al suelo. —¿Papá? —grito, el horror reemplazando instantáneamente mi ira—. ¿Qué le sucede? Ethan reacciona rápidamente, sacando su teléfono. —Necesitamos una ambulancia —dice con urgencia—. Creo que está sufriendo un infarto. El mundo parece detenerse a mi alrededor. Veo a mi madre arrodillarse junto a mi padre, lágrimas en sus ojos. Ethan habla frenéticamente por teléfono. Y yo... yo me quedo allí, paralizada, viendo cómo mi acto de rebeldía se convierte en una pesadilla. —Por favor, papá —susurro, finalmente reaccionando y acercándome a él—. Por favor, resiste. Los siguientes minutos son un borrón de actividad. La ambulancia llega, los paramédicos se llevan a mi padre. Ethan me guía hacia el auto para seguirlos al hospital. Durante todo el trayecto, no puedo dejar de pensar: ¿Es esto mi culpa? ¿He provocado yo esto con mi egoísmo? Mientras el auto atraviesa la ciudad a toda velocidad, me doy cuenta de que, sea cual sea el resultado de esta noche, nada volverá a ser igual.
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