Daniela
3 Años antes
Las cosas habían cambiado de un día para otro, así como lo escuchan. Una mañana llegó Mauricio a mi casa y me estaba esperando fuera, recargado en su coche. No voy a mentir, se veía muy guapo, pero ese no es el punto. Cuando sus ojos se cruzan con los míos, yo suspiro y niego. Camino hacia mi coche, pero él se acerca a mí, diría que demasiado. Yo lo miro extrañada y me pregunto: "¿Y ahora a este idiota qué le sucede?" Cuando toma mi mano, me mira con una sonrisa en su rostro.
—Podemos hablar.
Yo frunzo el ceño y niego.
—Te dije que no me interesa hablar contigo.
Él suspira y pasa su mano por su cabello, despeinándolo. Pone ojos de corderito y yo quiero darle una patada en el trasero. Junta sus manos a manera de súplica, así que abro el coche y meto mis libros. Me paro con los brazos cruzados y le digo:
—Habla, que sea rápido porque ya es tarde.
Él mira su reloj y asiente.
—Lo lamento, lamento todo lo que dije, todo lo que hice. Lo acepto, soy un idiota, pero te he extrañado como un tonto y te necesito. ¿Podrías perdonarme, por favor, y volver a ser mi mejor amiga?
Yo lo miro con los ojos entrecerrados. No es gracioso, así que niego.
—Lo siento, pero no.
Él abre y cierra la boca como un pez fuera del agua y yo suspiro. Tomo su barbilla y termino de cerrar su boca. Sus ojos se han cristalizado, pero me dolió más a mí, como él dijo, soy su mejor amiga y me dejó de lado. Eso no se hace.
—Lo lamento, Mauricio. Te lo dije desde el primer día: ya no, ya no puedo volver a lo de antes. Obviamente seguiremos viéndonos, pero tú haz tu vida y yo haré la mía.
Él sigue sin poder decir nada, solo se me queda viendo, así que yo me doy la vuelta y me subo al coche. Empiezo a conducir hacia la universidad y limpio mis lágrimas. De verdad me duele, pero yo no soy la segunda opción de nadie. Cuando llego a la universidad, Emiliano ya me espera ahí. Me bajo del coche y él me abraza y besa mi frente. Levanta mi barbilla y frunce el ceño.
—¿Qué sucede, linda? ¿Por qué esa carita tan triste?
Yo niego y trato de sonreír, pero mis labios apenas son una fina línea. Él no hace más preguntas, solo pasa su brazo por mis hombros y empezamos a caminar hacia la entrada de la universidad. Cuando entramos a los pasillos, algunos estudiantes se me quedan mirando y sonríen. Yo volteo a ver a Emiliano y le pregunto:
—¿Tengo algo en mi rostro?
Él me sonríe y niega, se pega a mi oído y me susurra:
—No te preocupes, están viendo lo bonita que te ves hoy.
Yo le sonrío con mis mejillas completamente rojas. Cuando llego a mi casillero, lo abro y coloco los libros que no necesitaré el día de hoy. Estoy lista para irme cuando lo cierro, me doy la vuelta y ahí, de pie, enfrente de mí, está Nancy. Se ve furiosa, con sus manos en la cintura, como si quisiera matarme. Yo solo me cruzo de brazos y le sonrío. Esta idiota piensa que le tengo miedo, pero está muy equivocada.
—¿Se te perdió una igual que yo o quieres una foto para que me mires mejor?
Ella suelta una carcajada y empieza a gritar como loca.
—Eres una chismosa y mentirosa. Sabrá Dios qué le dijiste a Mauricio para que terminara conmigo, pero ni así él te volteará a ver. Puedes meter todas las intrigas que quieras, él siempre va a estar conmigo.
Yo la miro sorprendida porque ni siquiera sé de qué diablos está hablando.
—Creo que estás confundida de chica. Yo no soy ni mentirosa ni chismosa, así que mira para otro lado. Tu problema conmigo no es.
Quiero dar un paso, pero ella me detiene. Yo miro su mano que mantiene en mi brazo y levanto una ceja. Estoy buscando cualquier pretexto para partirle la cara.
—Suéltame o no me va a importar el espectáculo que armemos. Ya te dije que yo no le dije nada, así que ve y pregúntele a Mauricio.
Escucho que alguien suelta una carcajada y volteo. Ahí está, hablando del rey de Roma, el idiota que se asoma. Él se acerca con paso lento hacia nosotras, con las manos en los bolsillos y una sonrisa arrebatadora. Dios, ¿por qué tiene que ser tan guapo? Mierda. Yo lo miro con una ceja alzada y él solo mira a Nancy con ganas de matarla. Cuando está frente a nosotros, acaricia un poco su barbilla y suspira.
—Parece que no te da vergüenza que todas las personas se enteren de que te han dejado, pero lo más importante aquí es por qué te he dejado.
Ella se cruza de brazos y lo mira desafiante. Yo solo sonrío; esto es un digno espectáculo.
—Pero claro que quiero que todas las personas se enteren del por qué me dejaste, porque esta es una mentirosa y siempre prefieres creer en ella que en mí. Dilo, diles a todos que ella está enamorada de ti, pero claro, como tú no la amas, ahora viene y te arruina el noviazgo. Pero ahora mismo arreglaré cuentas con ella.
Él no deja de sonreír y se cruza de brazos, levanta su barbilla y niega.
—¿Y a ti quién te dijo que no la amo? Lo más importante es que descubrí todos tus engaños y todas tus mentiras. No fue precisamente por ella. ¿Puedes creer que mi hermana, que está a kilómetros de aquí, lo sabe? Y yo, que estaba a tu lado, ni enterado de qué tan cornudo era.
Yo me quedo con la boca abierta. ¿En serio dijo que me ama? No puede ser. Emiliano toma mi mano y yo le sonrío. Salimos de la multitud sin saber en qué terminó eso, pero la verdad no estoy tan segura de querer saberlo. Caminamos hacia el campo de americano y nos tiramos en el césped. Él se recuesta en mis piernas y yo acaricio su cabello. Guardamos silencio por un momento hasta que él lo rompe.
—Ahora entiendo todo. Estaba enfrente de mí y no lo había visto. Sabes, era tan ciego, igual que Mauricio.
Yo no dejo de acariciar su cabello, pero realmente no sé de qué está hablando, así que suelto una risita, tomo su cara y la giro para que me mire y me explique a qué se refiere.
—¿De qué hablas?
—De ti, de Mauricio.
—No te entiendo, Emiliano. Sé más claro, ¿a qué te refieres?
Él se pone de pie y se sienta a mi lado, suspira y toma mi mano. Empieza a formar círculos en la palma de mi mano. Cuando me mira a los ojos, me dice algo que me deja de piedra.
—Mauricio está enamorado de ti y, para mi desgracia, tú estás enamorada de él. Solo que son un par de idiotas que ni siquiera se habían dado cuenta, o al menos él no, hasta ahora.
Yo suelto una carcajada y empiezo a negar. Definitivamente, Emiliano se ha vuelto loco.
—Te estás confundiendo. Entre él y yo no hay ni habrá nada. Solo hubo una amistad que ahora lamento que se estropee.
Él suspira y se recarga en mi hombro, entrelaza sus manos con las mías y me dice:
—Solo prométeme que cuando tú y él sean novios, no dejaremos de ser amigos, porque estoy seguro de que él me odia.
Yo me pongo de pie y él se cae a un lado. Me mira mal, pero yo le saco la lengua y sacudo mi pantalón. Suspiro, viendo el enorme campo, y niego.
—Eso nunca pasará, así que no tienes de qué preocuparte. Y deja de decir tonterías, porque si no, me voy a enojar contigo.
Yo empiezo a caminar sin esperarlo. Cuando me doy cuenta, me carga en su hombro y palmea mi trasero. Lo voy a matar por hacer eso, pero ¿por qué los hombres tienen esa estúpida manía de cargarme como un maldito costal de papas? Cuando llegamos al estacionamiento, me he rendido, pues me cansé de golpear su espalda. Él me coloca encima de la cajuela de su coche y yo suspiro de alivio. Golpeo su hombro y él solo ríe.
—Me las voy a cobrar, lo sabes.
Él no borra su sonrisa y asiente.
—Lo sé. Anda, vamos, que te llevo a tu casa.
Yo me cruzo de brazos, molesta, pues no me baja del coche. Escucho un ruido y volteo a un costado. Ahí está el idiota más grande del mundo, con los puños muy apretados. Se ve muy molesto. Yo suspiro y estoy por bajarme, pero Emiliano me toma de la cintura y por fin me pone en el suelo. Yo solo niego y camino para subir al coche. Emiliano me abre la puerta con una sonrisa en su rostro. Yo me subo sin decir nada más. Cuando vamos en camino, se siente un poco tenso el lugar, así que volteo y le digo:
—No quiero que las cosas cambien entre nosotros, ¿vale? Y no te preocupes por Mauricio.
Él no dice nada más y asiente. Cuando llegamos a casa, beso su mejilla y salgo del coche. Cuando llego a mi habitación, me tiro en la cama y, sin darme cuenta, me quedo completamente dormida.
Escucho que gritan, así que abro mis ojos con pesadez y miro el reloj que se encuentra en la mesita de noche: las 2 de la mañana. ¿Es en serio? Yo suspiro y me pongo de pie. De pronto, mi madre abre la puerta de la habitación, un poco agitada. Yo frunzo el ceño. ¿Qué diablos está pasando? Ella me toma del brazo y empieza a sacarme de mi habitación. Yo me detengo, pero ella me sigue jalando.
—Mamá, espera. Dios, ¿por qué me jalas así?
—Mauricio está afuera. Al parecer, está ebrio y está gritando como loco. Si tu padre se despierta, sabes que no terminará bien, así que anda, corre, dile que guarde silencio y que se vaya a su casa.
Yo volteo los ojos con fastidio y cuando abro la puerta, lo miro molesta. Camino hacia él y cuando estoy tan cerca, con los dientes muy apretados, le digo:
—Shhhhh. Te has vuelto completamente loco. Vas a despertar a todos los vecinos. Si mi padre te ve aquí...
Él levanta sus manos, sonríe y empieza a gritar:
—¡Quiero que todo el mundo se entere de que soy el idiota más grande del mundo y que tenía a la mujer más perfecta y jamás me di cuenta hasta que la perdí! Pero que todo el mundo sepa que no me voy a rendir, que la voy a conquistar y se va a quedar a mi lado por el resto de mi vida.
Yo abro los ojos sorprendida y corro, tratando de tapar su boca, pero obviamente no puedo, pues es mucho más alto que yo. De pronto, me toma de los brazos y me mira a los ojos. Baja un poco más su voz y me dice:
—Y que todo el mundo se entere de que la amo y que no puedo vivir sin ella.
Y así, sin más, me toma de la cintura y une nuestros labios. Mis ojos están muy abiertos, pero al sentir la calidez de su boca y sus grandes manos en mi cintura, parece un sueño del que no quiero despertar.