Capítulo 3

2254 Words
Sally Diez minutos para las dos. Mi estómago se anuda más fuerte cada vez que el segundero avanza en el reloj que cuelga sobre el mostrador de la deli. Reviso el teléfono por mensajes de Oliver; nada. Lo llamo por décima vez en la última hora porque no ha aparecido. Cae directo al buzón de voz. —Sally, ¿por qué estás tan tensa? —Joey pasa por detrás, cargando una caja de papas para reponer. —Ninguna razón. —Manoseo las cosas junto a la caja registradora, fingiendo que estoy acomodando, pero en realidad estoy mirando la puerta principal. Pronto estarán aquí. —Sally, tengo un pedido de catering que pregunta si podemos dividir el pago en tres tarjetas de crédito —Silvia asoma la cabeza desde la cocina con la mano sobre el auricular. —Eh. —Me seco las manos en los jeans; los nervios me traquetean y la cabeza me da vueltas. —Puedo pasar tres importes distintos, ¿no sirve así? —pregunta cuando la sigo mirando. —¿Qué? Ah, sí. Eso funciona. Pero pago por adelantado, Silvia. Ella asiente. —Entendido, jefa. Joey termina de reponer y pasa junto a mí con la caja vacía. Tomo la caja de sus manos. —Yo saco esto —necesito aire fresco. Tengo cinco minutos antes de que los cobradores de la deuda de los Nikolayev vengan a buscar a mi hermano para romperle las piernas. —¿Estás bien, Sally? Te ves pálida. —Sus suaves ojos azules se llenan de preocupación. No quiero que se preocupe. —Sí. Estoy bien. Solo quiero un minuto afuera. —Está bien. Yo me encargo de los clientes —dice y me giro de golpe al ver a tres hombres, todos de cabello n***o azabache, con pantalones negros y camisas recién planchadas, caminando hacia nuestra puerta. Al parecer se acabó el tiempo. —No, está bien. Yo lo atiendo. ¿Por qué no le muestras a Silvia cómo usar la rebanadora otra vez? —¿Qué, no te gusta cómo la uso? ¿Quieres reemplazarme por ella? —Joey pregunta sin mostrar emoción. No tengo tiempo para discutir sobre asignaciones de trabajo. —Es bueno que ella sepa, Joey. Por si acaso queda aquí cuando ninguno de los dos esté y tenga que hacerlo sola. Las campanillas sobre la puerta suenan y me dan un tirón en el corazón. —Solo te estoy tomando el pelo, Sally. Creo que ya es hora de que te tomes vacaciones. Te estás poniendo muy tensa —hace un amago con el dedo y desaparece hacia el fondo. Los tres hombres se sientan en la mesa de la esquina más cercana a la puerta. Reviso el teléfono una vez más, grito por dentro y lo meto en el bolsillo trasero. La hora del almuerzo, si es que se puede llamar así, terminó. Estos hombres son los únicos clientes que tenemos. Y ninguno parece interesado en el menú. Hablan bajo entre ellos, como si no quisieran que los molestaran. Y yo no quiero molestarlos. Pero Oliver no está aquí. Y lo conozco lo bastante como para saber que no va a venir. Ha dejado la basura en mi puerta y ahora me toca sacarla. Tomo aire hondo, me seco las manos en los jeans otra vez y agarro el sobre que he escondido bajo el cajón de la caja. En mi cabeza practico el discurso. Con suerte, tomarán el sobre, me darán las gracias y se irán del local. Incluso les ofreceré unos sándwiches gratis. Hablan en voz baja cuando me acerco a la mesa, pero puedo distinguir que claramente hablan ruso. No hace falta que bajen tanto la voz cuando hablan en una lengua extranjera. Pero no voy a decírselo. No. Voy a entregarles el dinero, ofrecerles cualquier sándwich que quieran y luego despedirme. No permito que el hecho de que sean los Nikolayevs me descarrile; han forjado una reputación en este barrio que pondría a cualquiera en alerta. Pero soy mujer. Seguramente no matan a mujeres. ¿Verdad? Se me cae el estómago cuando el hombre de la esquina, el de ojos color chocolate derretido, alza la vista hacia mí. Los otros notan que me mira y dejan de hablar, volcando su atención también sobre mí. Pero yo estoy clavada en su mirada. Tiene el pelo revuelto, como si se lo hubiera pasado por la mano hace poco. Lleva una barba corta, que no le quita nitidez a sus rasgos como las barbas tupidas de sus compañeros. Lo hace ver relajado. Pero no lo está. Es peligroso. —Hola. Eh. —Me aclaro la garganta y me echo los hombros hacia atrás—. Creo que vinieron a ver a Oliver, ¿cierto? El hombre más cercano a donde me paro se recuesta en la silla. —¿Eres su secretaria? —se ríe. —No. —Aprieto el sobre que tengo entre las manos. Diez mil dólares no pesan tanto como imaginé, pero no pienso correr el riesgo de que se me caiga. —¿Está aquí? —pregunta otro. El de la esquina, sin embargo, se reclina y me observa con curiosidad abierta. Como si esperara un choque de trenes y quisiera ver si me aparto a tiempo. —No. —Me vuelvo a aclarar la garganta; me sigue cerrándose—. Pero creo que tengo lo que necesitan. —Ah, eso es muy posible —dice el primero y su mirada me recorre como si fuera una pieza de cinta de lomo en la vitrina de la carnicería. —Quiero decir, tengo esto para ustedes. —Extiendo el sobre, apuntando hacia el hombre de la esquina. No ha dicho una palabra, pero siento que él manda. Mira al tipo a mi izquierda y le hace un gesto con la cabeza. El hombre toma el sobre, lo abre y hojea los billetes; una mueca se forma en su rostro. Niega con la cabeza. —No está todo. —¿Cuánto hay? —pregunta el curioso. —Diez mil —deja caer el sobre sobre la mesa y me lo desliza—. Cantidad equivocada. —Comprendo eso, pero esto es solo un pago inicial. Tendrán el resto, solo que no hoy. Quiero decir, es un pago. Los préstamos tienen pagos, y esto es eso —le devuelvo el sobre. —Ah. Un pago. ¿Oíste eso, Yogi? Ella está haciendo un pago. Yogi, el hombre frente a él, toma el sobre y lo revisa él mismo. —Tendré que chequear el contrato del préstamo, pero estoy bastante seguro de que la cantidad era fija. Doscientos mil más intereses. A este sobre le faltan doscientos cuarenta mil dólares. —Deja el sobre sobre la mesa. Para ellos es como un juguete. Todo lo que había ahorrado está en ese sobre y lo lanzan como si fuera una bolsa de frijoles. —Boris, Yogi. Están siendo groseros —habla por fin el hombre de la esquina—. ¿Cómo conocen a Oliver? —Soy su hermana —alzo la barbilla. No sé si con eso le doy munición o si mejoro la situación con mi admisión. —¿Por qué no está aquí? —mira hacia la puerta batiente que conduce a la parte trasera—. ¿O se está escondiendo? —Él… no sé por qué no está aquí. —No tengo defensa para mi hermano, pero no puedo dejar que estos tiburones se lo coman—. Tal vez se quedó atrapado en el trabajo. Yogi se ríe. —Si trabajara, no habría venido a nosotros en primer lugar —su acento grueso hace que su comentario suene más siniestro. —De todos modos, seguro que tiene una buena razón. Pero yo estoy aquí. Y tengo el dinero que iba a darles. Necesita más tiempo, pero les juro que lo pagará todo. Cada centavo. —No tengo ni idea de cómo va a suceder eso, pero eso será problema de mañana. —Yogi, Boris. —El hombre de la esquina da órdenes en ruso y ambos se levantan de la mesa. Doy un paso atrás para no estorbar cuando pasan junto a mí hacia el mostrador de sándwiches. Los observo, temiendo que vayan a la cocina donde está Joey. —¿Qué hacen? —pregunto. —Nada de qué preocuparse. —Se levanta de la mesa. Es más alto de lo que parecía al entrar. Ahora que estoy tan cerca, siento su tamaño. Apenas llego a su barbilla y sus hombros parecen hechos para la cancha de fútbol. —¿Aceptas el pago entonces? —Recojo el sobre descartado e intento ofrecérselo. —No. —Niega con la cabeza y se acerca. Instintivamente doy un paso atrás, pero él me sigue, ocupando todo el espacio entre nosotros hasta que no queda ninguno—. Es tu dinero, no el de él. —No puedes saber eso —replico. Es perfectamente certero, pero no lo sabe con certeza. —Cuando alguien pide prestada la cantidad que él pidió, tomamos garantías para no perder el dinero. —Mira alrededor de la deli con el ceño ligeramente fruncido. —¿Qué significa eso? —mirando por encima del hombro a Yogi y Boris, que están recostados contra el mostrador con los brazos cruzados, esperando órdenes. —Si tu hermano no tiene el dinero, le damos una mano para recuperarlo. El seguro de un lugar como este cubriría su deuda con mi familia. Mi familia. Se me seca la boca. No es solo un matón Nikolayev. Es un maldito Nikolayev. Cuando pasa esa realización, entiendo lo que quiere decir. Destruirán la deli para cobrar el seguro. —No. No pueden. —Enderezo la espalda y elevo la voz—. No tocarán este lugar. Mis padres trabajaron demasiado para que ustedes lo destruyan. —¿Tienes el dinero completo para mí? —sus ojos me inmovilizan. —Tiene que haber otra manera. —Aprieto el sobre. ¿Por qué no pueden ser razonables y aceptar los diez mil? Su mirada recorre mi rostro y baja por mi cuerpo. Un calor corre por mis venas bajo su escrutinio. No es como cuando el otro tipo me miró. —Podríamos matarlo. —El lado izquierdo de su boca, sus labios carnosos, se curva—. El dinero del seguro de vida es tan bueno como cualquier otro. —¡No! —casi grito—. No. Por favor, no hagan eso. —Sueno patética, pero no llevo nada que me proteja contra estos tipos. —¿Qué harías para mantener a salvo a tu hermano? ¿Para que esta pequeña tienda siga funcionando? —Da otro paso hacia mí y luego otro, hasta que mi trasero choca contra el borde del mostrador y no puedo retroceder. —¿Qué quieres? —trago el nudo de miedo que trepa por mi garganta. Estos hombres podrían despedazarnos. Si grito, Joey correrá y ellos lo lastimarán. Incluso matarlo. El señor Nikolayev levanta la mano hacia mi barbilla y la aprieta entre dos dedos duros. La sube hasta tener mi mirada negra con la suya. —¿Qué puedes ofrecer? —pregunta, su nariz rozando apenas la mía. Huele a aftershave almizclado y humo rancio de cigarros. La mínima sensación de su piel contra la mía, aunque breve, me recuerda que hace mucho que no siento el contacto de un hombre. —¿Hmm? —su voz me envuelve—. ¿Qué puedes darme? —¿A mí? —La palabra sale antes de que mi cerebro la filtre. Primero, ¿por qué un hombre de su poder y fuerza querría a una chica sencilla como yo? Segundo, no valgo doscientos cincuenta mil. No es autocrítica; soy realista. Como demasiado helado, no duermo lo suficiente y hace siglos que no voy al gimnasio. Tipos como él no miran a chicas como yo dos veces, menos aún pagan ese dinero. —Hecho. —Suelta mi barbilla y hace un gesto cortés a sus hombres—. ¿A qué hora cierra la deli? —Se aparta; el aire acondicionado roza mi cara. —¿Qué? —casi me atraganto con la pregunta—. ¿Qué dijo? —¿A qué hora cierra este lugar? —repite mientras sus hombres salen del local. —A las siete. Quiero decir, cerramos a las seis, pero usualmente terminamos de limpiar a las siete —explico. —Un coche vendrá a recogerte. No lo hagas esperar. —Toma el sobre que aún aprieto contra el pecho y lo deja sobre el mostrador detrás de mí—. Devuélvelo al banco. —Señor Nikolayev, tómelo, por favor —trato de alcanzarlo. Él baja la mano sobre el sobre cuando intento cogerlo. —Devuélvelo al banco, hoy —me ordena. Parpadeo, sin saber qué decir. «Gracias» suena mal porque ya no sé qué estoy haciendo. ¿Qué intercambié por la vida de mi hermano? —Está bien —asiento. —Bien. —Se dirige hacia la puerta, pero se detiene justo al abrirla—. Y mi nombre es Zakhar. —Está bien. —Es lo único que se me ocurre. Demasiadas cosas pasan por mi cabeza para decir más. Él niega un poco con la cabeza y sale al sol de verano; sus matones lo esperan en la acera y, cuando lo tienen, se alejan. El aire por fin vuelve a llenar mis pulmones. He sobrevivido. Mi hermano ha sobrevivido. Pero ¿por cuánto tiempo?
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