Santiago Me encerré en el despacho y cerré la puerta de un portazo. Necesitaba distancia. Espacio. Aire. Algo que Sofía no me daba desde que entró a esta casa con su mirada de víbora y esa lengua afilada que me volvía jodidamente loco. Me apoyé contra el escritorio, respirando hondo, apretando los dientes. Mi cuerpo aún temblaba. Tenía la imagen de ella clavada detrás de los párpados: riéndose de mí, desafiándome, bajándose la ropa delante de Débora solo para provocarme. Su cuerpo… jodidamente perfecto. Y esa boca... Me llevé una mano al rostro con fuerza. Esto no podía seguir así. No me iba a dominar una cría insolente. Yo era Santiago Russo. El dueño de esta mansión. De estas tierras. Y de ella, aunque no quisiera admitirlo. Abrí la puerta de golpe y caminé por el pasillo como una

