Venganza

978 Words
Sofía Escribí esa carta con el mismo veneno con el que crecí. Cada palabra parecía brotar de mi puño como un escupitajo en la cara de Marco. “Lo dejé porque quise”. “No lo amo”. “Mi hermano será mejor opción”. La firmé con una sonrisa torcida, como si fuera un capricho más, como si no me estuvieran arrancando el pellejo. Cuando terminé, se la tendí a Santiago sin mirarlo. Ese bastardo miserable no dijo nada al principio. La leyó en silencio, con esa expresión oscura que aún no sabía descifrar. Luego asintió, satisfecho. No sabe lo que planeo. Hay algo en él... algo familiar. Esa manera de mirarme como si me conociera desde dentro. ¿Dónde lo había visto antes? Su presencia me eriza la piel, pero no de miedo, sino de esa sensación incómoda cuando una memoria te roza la nuca y no sabes si es real o pesadilla. Cuando salió, lo seguí. Caminé por la mansión como si me perteneciera, bajando las escaleras con paso firme, aunque mis piernas temblaban. Pero al llegar al vestíbulo, me encontré con una escena digna de una película de terror: hombres armados por todos lados. Miradas frías. Cuerpos tensos. Y Santiago, apoyado contra una columna, riendo como si fuera dueño del mundo. —¿Creías que podías salir así de fácil, princesa? —dijo con burla. —¿Qué mierda eres? ¿Un enfermo obsesionado conmigo? Si es por eso, podríamos follar y te calmas. ¿Quieres eso? —espeté con arrogancia, cansada del teatro. Él rió más fuerte, como si le hubiese contado el mejor chiste. —Putas tengo de sobra. Tú no estás aquí por eso. Estás aquí para pagar por lo que hiciste. —¡No he hecho nada! —le grité, pero su sonrisa desapareció. En dos zancadas estuvo junto a mí. Me tomó del brazo con fuerza, y antes de que pudiera zafarme, me arrastró hasta un despacho. La puerta se cerró tras nosotros con un golpe seco. —¿De verdad no te acuerdas? —preguntó con voz baja, y entonces sacó una fotografía del cajón del escritorio. Un chico joven, de cabello oscuro, mirada dulce… algo en sus ojos me resultó familiar, y no solo porque se parecieran a los de Santiago. No. Era más que eso. —Él era Benjamín Russo. Mi hermano —dijo con los dientes apretados—. Hace ocho años trabajó en tu casa de vacaciones de aquí de Sicilia. Tú lo sedujiste, lo ilusionaste. Lo hiciste creer que podía tener un futuro contigo. Estaba obsesionado. Creía que iban a fugarse juntos, que ibas a tener una familia. Y tú, Sofía... tú abortaste. Le rompiste el alma. Mi pecho se tensó. Lo miré a los ojos y mentí, como siempre he sabido hacerlo. —No era yo. Fue Ana. Ella jugaba con todos. Pero Santiago ni parpadeó. Solo apretó más el puño contra la mesa y añadió: —Ben se colgó. Solo en un maldito puente. Un frío helado me recorrió la espalda. No por tristeza. No por culpa. Sino por algo peor: él lo sabía todo. Y no iba a detenerse. Jamás supe de ese tipo, ni siquiera tenía idea que estaba muerto. —¡Tenía dieciséis años, maldita sea! —escupí, dando un paso al frente—. ¿Qué se supone que debía hacer con un empleado… y con un hijo que no pedí? Santiago me miró como si quisiera romperme los dientes de un puñetazo, pero no se movió. —¿Crees que fue fácil para mí? ¿Tú crees que lo dejé? ¡Fue él quien se largó! ¡Me dejó sola! Tragué saliva con rabia. No sabía si era más fuerte el asco que me provocaba él… o el que me provocaba recordar aquella época. El caos. El miedo. El silencio. Nadie supo nunca nada, y así quise que quedara. Enterrado. Ni siquiera mi padre o Ana se enteraron de que estaba embarazada. Mamá lo mantuvo todo en secreto. —¡No seas ridícula! —gruñó Santiago, golpeando la mesa—. ¡Eso es mentira! Mi hermano te amaba. ¡Se rompía el lomo trabajando en esa casa de mierda solo para poder darte algo digno! Me lo decía todo… Todo. Cada carta, cada llamada. ¡Y tú… tú le jodiste la vida! —¡Era un crío! ¡Éramos unos críos! —le grité con lágrimas que no permitiría que cayeran. —¡Una maldita zorra! —escupió él con los ojos incendiados—. Eso eras. Una maldita zorra rica jugando a ser diosa con un pobre imbécil que te adoraba. —¡No! —bramé—. Él se fue. ¡Él me abandonó! ¡Se cagó de miedo y me dejó sola! Era la única forma de seguir con mi vida. Mamá me protegió y por eso me ayudó a abortar. Yo en ese momento no quería hacerlo, pero ella me hizo ver qué era lo mejor para mí. Ella siempre sabe que es lo mejor para mí. Santiago se quedó en silencio. Sus puños seguían cerrados, pero ya no gritaba. Solo respiraba hondo. Me observaba con los ojos oscuros, tratando de encontrar grietas en mi historia. —Mientes —susurró. —No… —dije más bajo, sin poder evitar que mi voz se quebrara por un instante—. Pero eso da igual, ¿no? Ya decidiste que soy la culpable. —Y lo eres —dijo con frialdad—. Aunque me jures lo contrario mil veces, aunque llores o grites, Sofía. Eres igual que tu madre. Podrida por dentro. Ben se colgó por tu culpa. Y ahora vas a pagar. Me mordí el labio. No era culpa mía. No toda. Pero en ese momento… por primera vez en años, me sentí débil. Y él lo notó.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD