Santiago Russo
No tardamos en llegar.
El avión aterrizó sin problemas y mis hombres no se hicieron esperar. La subieron en silencio, inconsciente, como una muñeca de porcelana envuelta en veneno. La casa en Sicilia se alzaba como un fantasma entre las colinas. Hace años era un niño mugroso que corría descalzo por estas tierras... no un bastardo que ahora controla una parte de la Cosa Nostra.
Me tomó décadas.
Sangre. Hambre. Traiciones.
Mi hermano menor y yo mendigábamos por las calles mientras los ricos jugaban a ser dioses.
—Déjenla en la habitación del este. Y asegúrense de que nadie entre sin mi permiso —ordené con voz seca, encendiendo un cigarro mientras mis ojos la seguían.
La soltaron sobre la cama como si fuera un paquete. El vestido, arrugado y sucio, apenas le cubría los muslos. Tenía el cabello despeinado, n***o como la tinta, y su rostro dormido parecía inofensivo. Pero yo sabía la verdad.
Sofía Vargas era un arma. Una víbora disfrazada de reina.
La había investigado por años. Sabía cada paso que daba, cada hombre que usaba, cada mentira disfrazada de sonrisa. Vi cómo destruía a quien se le cruzaba sin pestañear. La forma en que trataba a su hermana Ana… despreciable. Pero más aún era la forma en que manipulaba a Marco Beltrán como si fuera un juguete roto.
La heredera perfecta. Hermosa. Cruel. Inmoral.
La miré. Jodidamente hermosa.
Cabello oscuro. Demasiado oscuro. Como el de Isabel… su madre. Esa mujer maldita que también destruyó vidas con una sonrisa. Sofía era su copia perfecta. Más joven. Más salvaje. Más peligrosa.
Y, joder… cuando el vestido se le levantó mostrando esas bragas negras de encaje, no pude evitarlo. Sentí la presión en mi entrepierna. Se me pone dura con solo verla. No soy de piedra. Pero tampoco soy estúpido.
Podría follarla mientras duerme, pero no sería divertido.
Ella no tenía idea de dónde estaba. Ni de con quién se había metido.
No tenía ni puta idea de lo que le esperaba.
Me quedé observándola en silencio.
Dormida, parecía casi inocente. Casi. Pero no lo era. Esa boca, esa maldita boca con la que mentía, manipulaba, seducía… era un arma más peligrosa que cualquier pistola. No la toqué. No aún. No porque no quisiera, sino porque lo que planeaba para ella no empezaba con caricias.
El veneno no se da de golpe. Se administra lento.
Vi cómo sus pestañas temblaron. Un leve gemido. Un ceño fruncido. Despertaba.
Retrocedí un paso y crucé los brazos, dejando que mis ojos se hundieran en ella como cuchillas. Su cuerpo se tensó al notar que no estaba sola. Abrió los ojos… y el miedo apareció solo por un segundo, antes de que se transformara en furia.
—¿Qué…? ¿Dónde coño estoy? —gruñó, sentándose de golpe. El vestido estaba arrugado, su cabello revuelto, pero seguía teniendo ese aire de reina caprichosa.
—En el infierno —respondí con calma—. Pero uno hecho a tu medida, princesa.
Me miró con el ceño fruncido, como si intentara recordar algo. Luego sus ojos se enfocaron en mí. Su voz fue un látigo:
—¿Quién demonios eres?
Me acerqué despacio, cada paso marcando territorio.
—Santiago Russo. ¿Te suena? No creo. Tú solo recuerdas nombres con dinero o poder… aunque, afortunadamente, yo tengo ambos.
Ella se bajó de la cama de un salto, tambaleándose por la inyección. Aun así, no se rindió.
—Si crees que puedes secuestrarme y salirte con la tuya, estás jodido. Mi padre va a—
—¿Tu padre? —interrumpí con una carcajada seca—. Edward Vargas no moverá un dedo por ti. No después de lo que tengo preparado.
Ella me escupió cerca de los pies. Tenía agallas. Veneno. Orgullo. Me encantaba.
—Te mataré —dijo entre dientes.
—Tendrás que hacer fila, Sofía. —Me incliné hacia ella, sin tocarla, pero dejando que sintiera mi presencia—. Pero mientras lo intentas… serás mía. Mi prisionera. Mi moneda de cambio. Mi castigo favorito.
Sus ojos verdes con tonos grises me taladraron con odio puro. Me lo bebí como un vino añejo.
—No sabes con quién te metes —me susurró.
—Tú tampoco.
—Déjame ir... —musitó ella, la voz pastosa aún por la droga. Se aferraba a los bordes de la cama, intentando parecer fuerte. Pero estaba débil. Atontada. Y eso me venía bien.
—¿Irte? —reí con frialdad, caminando en círculos como un lobo acechando a su presa
Ella me miró con desconfianza. Se notaba que su mente aún estaba nublada, pero el instinto de supervivencia ya había despertado. Esa víbora dentro de ella jamás dormía del todo.
—Vas a escribir una carta —le dije, arrojándole una hoja y una pluma sobre la cama—. Dirás que dejaste a Marco porque se te dio la gana… y que quieres que tu hermana tome tu lugar en el compromiso.
—¿Qué? —gruñó, intentando incorporarse—. ¡Estás enfermo!
—Quizá. Pero tú estás atrapada, y no tienes opciones.
Se levantó, tambaleante, pero erguida. Sus ojos verdes brillaban con un odio que casi me hizo sonreír.
—No lo haré. ¿Crees que puedes controlarme así de fácil?
Me acerqué lentamente, muy cerca, hasta que sentí su respiración agitada. No la toqué. No tenía que hacerlo.
—Si no escribes esa carta, Sofía… tengo documentos, grabaciones, y pruebas de todos tus movimientos sucios de los Vargas. Ni siquiera tu padre debe saber todas las porquerías que ha hecho tu madre en su empresa y que tú has encubierto.No solo arruinaré tu reputación. Haré que tu padre lo pierda todo. Que tu madre quede en la calle. Que la empresa familiar se hunda. Y que tu hermana Ana… —me detuve un segundo, y sus ojos se tensaron—... que Ana pague por tu silencio.
Ella palideció. No porque le importara su hermana, sino porque entendía que yo no bromeaba. La conocía su mayor temor era perder el dinero como la puta víbora que es.
—Eres un maldito... —susurró con odio.
—Y tú estás en mi mundo ahora, princesa. Aquí el poder se gana con miedo.
Sofía apretó la mandíbula. Tragó veneno. Tomó la pluma con rabia y se sentó en la cama.
—Escribiré tu maldita carta