Secuestrada.

957 Words
El salón de pruebas olía a rosas blancas y ego herido. O al menos al mío. —¡Este corset me aprieta! —solté entre dientes mientras la modista intentaba ajustar los tirantes del vestido—. ¿Acaso me quieres dejar marcas para la portada de la revista? —Lo siento, señorita Vargas… es el corte —balbuceó la mujer, temblando entre alfileres y tela de encaje. —No me interesa el corte. Me interesa que no me jodan la imagen. La modista retrocedió, pálida, y mi madre intervino con esa sonrisa helada que siempre usa cuando alguien no está a la altura. —Quiero otro vestido —dije con decisión, mirándola directamente a los ojos—. Este parece diseñado para una quinceañera gorda. Isabel no discutió. Isabel nunca discute conmigo. —Tráiganle las opciones de Elie Saab. Que sean cinco. Y que todas resalten su cintura —ordenó, como si estuviera dando instrucciones para una operación quirúrgica. —Gracias, mamá —le dije con tono dulce, ese que solo uso con ella cuando quiero algo. —Te lo mereces, Sofía. Serás la novia perfecta. Aunque Marco no esté a tu altura. Reí por lo bajo. Eso ya lo sé. Después de otra hora entre telas, diamantes y asistentes agachadas a mis pies, finalmente me puse mis gafas de sol, mi abrigo de diseñador y me despedí con un beso al aire. Tenía cosas más importantes que hacer. O al menos, eso creía. Subí a mi coche y le pedí al chofer que me dejara sola. Quería manejar yo. Una idiotez. Una de esas pequeñas rebeldías que me hacían sentir libre por diez minutos. Iba por la avenida principal, con la radio encendida, tarareando una canción sin pensar demasiado. Pero justo cuando paré en un semáforo… algo no cuadró. Un SUV n***o se detuvo frente a mí, otro por detrás. Las puertas se abrieron de golpe. —¿Qué…? —murmuré, pero no tuve tiempo de más. Cuatro hombres, vestidos de n***o, con pasamontañas, rodearon mi coche. Uno rompió la ventanilla. Otro abrió la puerta y me sacó a rastras. —¡¿Están locos?! ¡¿saben quién soy?! ¡Suéltenme ahora mismo, malditos animales! Uno de ellos me cubrió la cabeza con una bolsa negra mientras me empujaban hacia otro vehículo. Golpeé, pateé, grité. Nada. Todo se volvió oscuro. El olor a tela barata y sudor me llenó los pulmones. Y por primera vez en años, sentí miedo. Miedo de verdad. No sé cuánto tiempo pasó desde que me metieron esa asquerosa bolsa en la cabeza. Grité, sí. Hasta quedarme sin voz. Pero nadie respondió. Me arrojaron sobre algo duro. Un asiento. Intenté moverme, pero alguien me sujetó el brazo con fuerza. Sentí un pinchazo frío en el cuello. ¿Qué me estaban haciendo? —¡No…! —logré decir, pero la oscuridad me envolvió, y antes de que pudiera hacer algo más, el mundo se volvió borroso. Un zumbido constante en mis oídos. Voces lejanas, desconocidas. Después, silencio. El siguiente momento de consciencia vino lentamente. La boca seca, los ojos pesados. Mi cuerpo me dolía, especialmente el cuello, como si me hubiera dado un golpe brutal. ¿Qué había pasado? De repente, me di cuenta de que estaba en movimiento. Un avión. Podía escuchar el retumbar de los motores y la presión en mis oídos. ¿Un avión? ¿Pero por qué...? Me giré, buscando respuestas, pero mis manos estaban atadas a los brazos del asiento, los pies sujetos con correas. El vestido, el que había elegido con tanto cuidado, estaba arrugado y sucio. Los tacones, por supuesto, desaparecidos. Me incorporé como pude, luchando contra el mareo, pero no podía ver mucho. La luz del interior del avión era tenue, casi como si estuviera diseñado para que no pudiera ver a nadie claramente. —¿Qué… qué es esto? —mi voz salió ronca, quebrada por la incomodidad. No había respuesta. El silencio del avión me apretó el pecho. Y de repente, lo entendí. Estaba secuestrada. Traté de moverme, de hacer ruido, de romper las ataduras. ¡Malditos hijos de puta! De pronto, un ruido de pasos. Un hombre apareció a mi lado, vestido con un traje oscuro, la cara parcialmente iluminada por la luz baja. No podía ver bien sus rasgos, pero había algo en su presencia que me heló la sangre. Me giré hacia él con toda la furia que pude reunir, a pesar de estar débil y atrapada. —¡¿Quién eres?! —grité, mis manos apretando con fuerza las correas. No me importaba si me dolía o no, no me iba a quedar callada. Él no respondió de inmediato, solo me observaba con esos ojos grises como una tormenta. Después, una sonrisa torcida apareció en su rostro. —No hagas ruido, Sofía. Estás donde no quieres estar. Y el lugar que te espera… será aún peor. No supe qué me molestó más: la amenaza o la manera en que me llamaba por mi nombre. ¿Cómo sabía quién era? —¿Quién eres? —volví a preguntar, mi voz más débil, aunque mi rabia no se apaciguaba. El hombre se inclinó ligeramente hacia adelante, como si estuviera disfrutando del momento. —Todo a su tiempo, princesa —dijo con una calma que me hizo hervir la sangre. —Por ahora, disfruta del vuelo. Y relájate, te va a hacer falta. No pude hacer nada. Solo sentí el frío en mi piel, la opresión en mi pecho, y la incertidumbre tomando el control. ¿Quién me había secuestrado? Las puertas del avión se cerraron con un estruendo, y sentí cómo nos elevábamos, cruzando las nubes, mientras yo trataba de comprender la magnitud de lo que acababa de pasar.
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