El aire ardía en mis pulmones. La camioneta frenó de golpe frente a esa maldita bodega abandonada. Dylan me siguió en silencio, con el rostro tenso y la mano sobre la pistola, pero yo no esperé. Tiré la puerta de acero oxidado con una patada. El olor me golpeó al instante: humedad, sangre... y algo peor. —¡Sofía! —grité. Corrí entre las sombras, esquivando cajas rotas, hasta que la vi. Allí estaba. En el suelo, hecha un ovillo. Desnuda, manchada, temblando... desmayada. Mi mundo se detuvo. —¡Sofía! ¡Joder, no! —me arrodillé a su lado, tomándola con desesperación—. Estoy aquí, amore mio... estoy aquí... Estaba pálida. Sus labios partidos. Su ojo morado. Sangre entre sus muslos. Dylan maldijo por lo bajo al verla. —Llama a un médico, a una ambulancia, lo que sea —gruñí—. ¡Ahora! Pe

