Me desperté con el cuerpo adolorido, el rostro hinchado y las muñecas atadas con una cuerda gruesa que cortaba mi piel. El suelo era de concreto frío, y la habitación olía a encierro, metal oxidado y rabia contenida. Una lámpara colgaba del techo, parpadeando. —Vaya, vaya... la princesa abre los ojos —dijo una voz con sorna. Alcé la cabeza con esfuerzo. Él se acercó. Un italiano corpulento, de cabello oscuro y ojos café como barro podrido. Sus pasos eran pesados, su presencia imponía. Me agarró la cara con brusquedad y me dio una bofetada que me hizo ver estrellas. El labio me estalló. Grité. —¡Estoy embarazada, hijo de perra! Él sonrió, impasible. —Lo sé. —¿Quién eres? —jadeé. Se inclinó a mi altura, con arrogancia y odio puro en la mirada. —Orsino Valenti. Pero no estoy aquí po

