II

1222 Words
Scarlett: Despierto sintiendo que mi cuerpo pesa, mis parpados no parecen querer cooperar. Mi teléfono suena con insistencia, como puedo me vuelvo y cojo el teléfono. - Bueno –digo a penas, alejo el teléfono al escuchar la música y los gritos de mi hermana. - ¡¿No piensas venir?! –grita haciendo que me siente con dificultad. - Si, perdón, me arreglo y voy –cuelgo sintiendo que mi cuerpo se mueve más, me pongo de pie, cojo el vestido azul rey acanalado con cierre atrás, de manga larga y cuello cerrado, sin ser de tortuga; mismo que me llega a las rodillas. Escucho un ruido extraño y al volverme, me encuentro con el mismo chico. - Tienes cinco minutos para guardar tus cosas, nos vamos –dice frío, retrocedo y grito por ayuda, tomo lo primero que encuentro, que es la secadora de cabello, la alzo dispuesta a lanzársela. - ¡Abuela! ¡Ayuda, un ladrón! –grito saliendo del cuarto en cuanto veo que se distrae, corro hacia la habitación de la abuela, o lo intento, lo siento sujetar mi cadera y alzarme. - No tengo tiempo para tus juegos niña, te vienes conmigo, ya mandaré por tus cosas –miro de reojo una luz brillante, así como él caminando hacia ella. - ¡Suéltame! ¡Abuela, ayuda! –grito removiéndome, miro a la abuela salir atareada. - Debes ir mi niña, es tu deber como su esposa –su voz suena triste–, te amo –dice antes de perdernos en aquella brillante luz. Abro los ojos sintiendo el sol brillar en mi rostro, suspiro, había sido una pesadilla, una muy horrible por cierto. Me siento y miro la habitación, ¿me había quedado dormida en otro lugar? Me pongo de pie y comienzo a registrar la habitación, todo parece antiguo, lámparas, candelabros, las mesas de noche, que en realidad parecían pequeños pedestales. Cojo un reloj de arena, era de madera recubierta de oro. - Buenos días, mi señora –una voz me hace dar un salto, y por poco suelto el reloj, había tenido que maniobrar, como cuando se te resbala tu teléfono y haces movimientos ninjas para que no caiga al suelo, así yo. - Buenos días, ¿quién es usted? –pregunto en tono cortes, ella sonríe mientras me ve dejar el reloj en su lugar, como si nada hubiese pasado. - Soy Nara, y seré su ayudante de ahora en adelante –dice haciendo una reverencia, la miro sin entender. - ¿Disculpe? No sé –mi frase es interrumpida por la precipitada entrada de aquel chico con traje extraño, se acerca a mí y por instinto retrocedo. - Creí que serías más bonita –suelta de repente, mi cara de sorpresa debe ser épica, ya que lo veo sonreír con disgusto, sonrío a boca cerrada, aprieto los puños intentando contener mi ira. - La bonita es Elyse, pero ella no quería estar casada con alguien como tú, lástima, me tienes a mí –digo con fingida pena, me encojo de hombros y sonrío lo más dulce que puedo. Me mira con sorpresa y confusión, quizás no esperaba que lo desafiara de manera pasivo-agresivo. - ¿No eres Elyse? –su cara muestra confusión, evito rodar los ojos, aparte de idiota, además era sordo, menudo marido me fue a conseguir la abuela. - Soy Scarlett, su gemela –digo rodando los ojos, había intentado contenerme, al parecer había fallado, me encojo de hombros y camino hacia Nara. - ¿Me estafaron? –pregunta tirando de mi brazo, me quejo bajo, me giro y lo veo desafiante. - Sólo fue un pequeño cambio, no te alteres –digo jalando mi brazo, él no me suelta–, total, si no te gusta, nos divorciamos y ya –digo encogiéndome de hombros, la verdad es que me daba igual, no es que esperara que ese Dios idiota fuese mi compañero hasta el día de mi muerte, en realidad, el divorcio era una muy buena idea. - Imposible, romper el matrimonio equivale a perder la protección de los dioses –dice mirándome como si fuese una idiota, lo miro con sorpresa antes de comenzar a reír. - No le veo el problema, no es como que ustedes hubiesen hecho un gran trabajo hasta ahora –digo rodando los ojos sin dejar de reír, Nara me mira con sorpresa. - ¿Qué estás diciendo humana insolente? –pregunta apretando un poco mi brazo, no puedo evitar soltar un chillido de dolor debido a la sorpresa. - Lo que escuchaste, son unos inútiles que no –su mano se dirige a mi cuello, aprieta alzándome; pataleo y manoteo intentando darle un golpe. Clavo mis uñas en sus brazos, me mira con odio. - Mi señor, deténgase por favor –escucho la voz de Nara, parece preocupada; muevo mi mano y siento que impacta con su mejilla ocasionando que me suelte, más por la sorpresa que por el daño. - Inútiles –toso llevando las manos a mi cuello–, y cobardes dioses –vuelvo a toser, lo veo apretar los puños, Nara se hinca y me inspecciona. Me mira con odio antes de salir dando un portazo–, y berrinchudos –digo riendo, o lo habría sido de no ser por la tos que me atacó. Kaled: Abro y cierro los puños, todos retrocedían o se apartaban de mi camino al ver mi cara de furia. ¿Qué se creía? Encima de haberme engañado, tenía la osadía de insultarme. - Quiero que le hagas la vida imposible, mándala a atender a los esclavos incluso a entrenar, quiero que llore, que suplique de rodillas mi perdón –digo mirando a Elek, él era mi hombre de confianza, había estado a mi lado desde que me volví Dios, había servido al antiguo Dios, así que me había enseñado mucho. - Como usted ordene, mi señor –hace una reverencia, da media vuelta y abandona mi estudio. Golpeo varias veces el escritorio de madera, ¿por qué mi castigo no podía terminar? Creía que habían sido suficiente mis antiguas parejas humanas, que sí bien habían cumplido su misión, me habían abandonado antes de tiempo. Y luego estaba ella, que me había desafiado tras engañarme, sabía que su hermana era más dulce, pero si lo que deseaba era ser una igual, le daría el gusto. Me acerco a la ventana y miro hacia el jardín, el cual estaba lleno de oublie-moi pas, como un recordatorio y al mismo tiempo, una promesa que cumpliría hasta el final de mis días. Llaman a la puerta, camino a mi escritorio mientras autorizo. - Mi señor, pido una disculpa por el comportamiento de la señora –dice Nara haciendo una reverencia. - No es tu culpa, en todo caso, ella es quién debe venir –digo molesto–, deja esto por la paz, ve con ella y prepárala para la ceremonia, dile que tiene que hacer y que si no quiere que algo le pase a su preciosa hermana, lo haga bien –sentencio golpeando el escritorio, Nara da un salto, asiente antes de salir corriendo. Miro la puerta antes de frotarme la cara con ambas manos, presentía que hoy no sería un buen día. Los dioses sabían que no me equivocaba.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD