Llegué a mi departamento, exhausta y con la mente llena de un torbellino de emociones. Apenas crucé la puerta, me dejé caer en el sillón, cerré los ojos y su imagen volvió a invadirme. Esos ojos grises… tan serios, tan intensos. Suspiré con frustración mientras una punzada de enojo me recorría. —¡Por Dios, Merari! —me reprendí en voz alta—. ¿Qué te pasa? No es la primera vez que conoces a alguien guapo. Pero, en el fondo, sabía que no era solo eso. Desde el momento en que lo vi en aquella gala, algo cambió dentro de mí. Nunca había sentido esa atracción, tan fuerte, tan inmediata. Claro, era guapo, demasiado guapo, de esos hombres que parecen salidos de una película y que sabes que solo traerán problemas. Aun así, desde el principio me atrapó, y eso me enfurecía. Me levanté del sil

