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El siguiente día llegó y aunque mi mente estaba más tranquila, mi cuerpo no parecía asimilar de igual forma mi decisión permanente de abandonar los calmantes. Decidí ejercitarme un poco para estar ocupada pero olvidaba que ya no era yo la que controlaba mi cuerpo, sino él a mi. La decisión de despedir a Lía era mía y únicamente mía, aunque Al quiso hacerme cambiar de opinión, no hubo manera de que cediera y me lo concedió, no necesitaba tener en mi casa a nadie que me hiciera sentir incómoda y fue una pequeña victoria en la batalla actual de mi vida. Estaba en el patio, ella me había ayudado a bajar luego de permanecer tantos días encerrada en mi pieza, era hora de tomar aire. Mientras los niños estaban en la escuela y Luz en la guardería, Alondra pidió que le dejara cuidar a Amaloha y

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