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Me bajé del auto con la ayuda de Malor, definitivamente la visita a la playa me había dejado un muy buen sabor de boca e influyó en mi decisión de aceptar la invitación del psicólogo Kodak al centro de rehabilitación físico donde trabajaba. Las consultas con él iban para los dos meses y medio y debo decir que me servía de mucho hablar de mis problemas con una cara amiga pero al mismo tiempo desconocida, alguien que no me juzgara o que yo no sintiera que podía dañarlo con las revelaciones que poco a poco le iba soltando. El lugar era de una planta, grande y espacioso, los trabajadores usaban un uniforme de enfermería en tono celeste y aunque no vi muchos pacientes por los alrededores, los que vi tenían buen semblante. Mis manos temblaban y las oculté en mi regazo mientras Malor me empujaba

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