Vidal sonrió mientras escuchaba a sus hijos, que se habían comprado unos nuggets que le encantan a todos, los patacones que pretenden que se dediquen a hacer para el desayuno, una carnita picante, los frijoles, el guacamole y queso en cantidades ridículas. Entonces, si su día había sido de mierda, igual estaban comiendo rico y conversando.
Consuelo sintió cierta lástima por su hija mayor, por no haber podido salir del auto y vivir un poco. Entonces, escuchó algo que le sorprendió.
—Te eché un poco de menos hoy —comenta Natalia a Tessa.
—¿Sí? —pregunta Tessa emocionada.
—No estaba Mariana y, de repente, me di cuenta de que no tengo amigos y que tú hubieses sabido con quién ir. Al final, unos compañeros me invitaron a almorzar con ellos, y estuvo bien.
—Qué bien, a mí me hicieron falta. Aquí alguien tiene un puto club de fans.
—Es gente que conocí en competencias de música, en fin, que no están mal.
—Qué bien, y escuché que tocaste hoy.
—Sí, estuvo bien. Hay que elegir dos extracurriculares y son un empujón para la nota, entonces tomaré música y composición.
—Wow, mi hijo el compositor.
—¿Tú, Alice? Viniste calladísima, reformada —comenta Xavier.
—Yo no he terminado.
—Estoy feliz con mis patacones, tú sigue.
—Mi amor, peque, ¿qué estás comiendo, nena? —le llama la atención Vidal.
—Vidal, patacón con mayonesa, es de lo que no hay. —Vidal arruga la cara y su hija le apura a probarlo. Prepara uno y lo comparte con todos. Consuelo comenta que es como unas papas fritas.
—Esto son de los favoritos de mi mamá, o sea, ella comía patacones hasta solos.
—Mi papá le echaba mayonesa a todo, incluso al arroz. Hacía arroz con mayonesa, la condimentaba y le ponía un pescadito fresco y a comer —comenta Vidal y sus hijos asienten—. Estos patacones lo hubiesen enloquecido.
—De fijo sí.
Los chicos siguen conversando hasta que llega el turno de Alex, quien está de un humor bastante bajo. Ni los nuggets le podrían compensar la infelicidad. Su papá le dice que no se preocupe, algo le tienen que devolver. Consuelo le pide a su esposo un café y este asiente. Sus hijos se apuntan a beber uno, así que él se va a prepararlo dentro, y ella aprovecha.
—El cumpleaños de su papá es en un par de días y ya tengo casi su sorpresa...
—A mi papá no le gusta celebrarlo.
—Vale, ya he escuchado eso todo el día de toda su familia, y voy a celebrarlo.
—Consuelo, no le gusta su cumpleaños —repite Tessa pausado.
—Un quequito y un "cumpleaños feliz" —canturrea Alice en tono carnavalero mientras mueve los hombros. Sus hermanos se ríen.
—Alice es demasiado ambiente para esta familia —comenta Xavier, y todos se ríen—. Oye, hazme una promesilla de hermanos: cuando cumplas dieciocho, me invitas a tu fiesta, ¿vale?
—Todos están invitados a todas mis fiestas, hasta tú, que siempre estás viéndome así, mamá. Y vamos a perrear todos.
Vidal ve a su hija contorneándose hasta el suelo y les asegura que pasa de preguntar.
—Mi amor, dicen que no celebras tu cumpleaños. He invitado a toda la familia y todos me han dicho que no, y tus hijos dicen que no, pero Alice y yo decimos que sí.
—Un quequito, Vidal, un cake —le insiste, y todos se ríen. Es que Alice escucha fiesta y se convierte en una nueva persona.
—Un cake, nosotros y ya, ¿vale?
—Cancelo todo lo demás y a todos.
—Sí, mi amor.
—Una cena y un cake.
—Un desayuno de esos bien cargados con hashbrowns, café y tocino.
—Ni se casen con hombres, ¿saben? Uno que tiene planeadas cosas y ellos que quieren tocino y hashbrowns —comenta con tristeza Consuelo mientras se sirve café.
—Entonces todas lesbianas, que les quede claro —comenta Xavier divertido, y sus hermanas se ríen.
—Ser lesbiana no debe ser fácil. Después de vivir todos juntos, a mí me genera que no quiero ser lesbiana nunca.
—Si a mí vivir con todas ustedes y ese exceso de pelo que dejan tirado por la casa me agobia, pero bueno...
Xavier asintió.
—Es preocupante... qué asco, qué asco. ¿Quién se depiló la chuca y perdió un kilo de pelo?
—Yo, cuando escucho estas cosas, me convenzo de que no me merecen. Soy una hija premium.
—Aquí solo hay dos papás premium, pero no están listos para esa conversación —los demás ríen y Consuelo le aplaude a su esposo y lo llena de besos.
Dos días más tarde, sus hijos despertaron a Vidal al sonido de un carnaval.
—¡Cumpleañero!
Vidal sonrió y los llenó de besos a cada uno. Sopló las velas de su pastel y les dio las gracias. Su esposa llenó la sala con globos y dibujos de parte de sus hijos. Preparó un desayuno espectacular por su propia cuenta.
Augusto bajó las escaleras y fue corriendo a su lado.
—Te amo —le dice—. Eres el mejor regalo, pero no se los cuentes.
La pareja compartió un beso y ella se quejó de dolor.
—Les falta dos semanas y no dejan de doler.
—¿Cómo se van a llamar?
—¿Dónde van a dormir?
—¿Son niño o niña? —bromea su padre.
—Tenemos dos semanas para resolver todo lo que no tenemos —comenta y acaricia la espalda de Consuelo—. ¿Qué nos pasa?
—Mira, no sé. Compremos pañales, unas mantas, biberones... ¿qué más necesita un bebé? —se queja Consuelo, y los niños se ponen a quejarse del gran trabajo que hacen ellos para mantenerse con vida los unos a los otros.
—Saben, ustedes son como... como la gente que hace la tarea mal hecha, como los que lo hacen un minuto antes de que el profe les llame.
—Ay, Anastasia, mi amor, sí tenemos tiempo. Tenemos ropa, una habitación designada para ellos y tenemos nombre.
—Beyonsaina y Yorker —se burla Tessa—. Hasta Robertus, el perro, tiene un nombre.
—Índigo e Imán, el color favorito de su abuelo, y los imanes atraen todo, unen cosas. El mayor, Imán; y el menor, Índigo. Ya —se queja Consuelo.
—Qué monada —dice Anastasia—. Ahora sí, los nombres...
—Índigo e Imán.
—Indi, no escuches a mamá. Imi, no escuches a papá —los prueba Xavier—. Es su problema, o sea, son sus hijos. Si yo tuviese un hijo mañana, ellos no le pasarían un biberón.
—Qué sabio —responde Vidal, parte su pastel, les da una rebanada y sigue escuchando las conspiraciones de sus hijos mientras observa a su esposa y cuantifica sus contracciones. Y piensa que sus hijos podrían tener razón y están dejando demasiadas tareas para el último minuto.