Vidal estaba, 24 horas más tarde, reunido con un grupo de abogados expertos en limitar la posibilidad de que su hija terminara en casa con unos papás que no dejan de tomar decisiones de mierda.
Teodoro es un hombre de negocios, la verdad, bastante imponente. No sé con quién esperaba encontrarse, si con una mujer frágil o sumisa, pero se encontró con Consuelo, con dos niños traviesos a media mañana y un esposo de mal humor. Que se sepa: el mal humor de Vidal incluye deprivación s****l para su esposa, y ella aprovechó esa energía adicional para mirar al hombre frente a ella de mala manera.
—Buenas tardes, señora Vidal. Estoy buscando a su esposo.
—¿Con respecto a nuestra hija?
—Sí.
—No sé qué estaba pensando Francesca o usted. Y la respuesta es no.
—Los niños están gateando…
—No sé qué están haciendo.
—Hay que ponerlos de panza y objetos llamativos. Mi mujer ponía frutas porque una estaba interesadísima en la comida y la otra en ganar. ¡Ah, qué delicia, bebés! ¿De cuánto están?
—Casi seis meses.
—Son adorables. ¿Ya hablan? —pregunta mientras entra a la casa como si fuese la suya.
Lo que pasa con Teodoro es eso: es un oso gigante, dulce y un toque blando. Entonces solo quieres hacerle caso, escuchar su historia. Y yo, señoras y señores, me di el lujo de escucharle de primera mano mientras le sacaba los cólicos a mi hijo como si nos conociéramos de toda la vida, mientras se bebía el vino caro del exesposo de su nueva esposa.
—Sabes, es una de esas historias de buena persona en mal momento. Y siempre es un mal momento. Entonces dije: Francesca, necesitamos dejar de hacer esto. Nos merecemos ser felices. Mis hijos están grandes y lo van a comprender eventualmente si experimentan un amor así de intenso. Tus hijos están relativamente grandes, ya estás con ese divorcio escandaloso (que conste que le dije que no se casara esa vez), y Tessa… es como eso de lo que no podemos hablar, pero necesitamos resolver. O sea, Vidal ha sido un caballero con mi hija, es su papá. Pero Tessa es la viva imagen de mi abuela y mi madre. Es mía. Y eso de que estemos a cinco kilómetros y no pueda verla ni hablarle, a mí me mata. Y los límites con mis hijas… esas no conocen límites. ¿Sabes lo que he tenido que escuchar la última semana? Teodor ha dejado su pasantía para venir a insultarme.
—Siento que eres la víctima.
—Es un don que tengo —responde, y los tres reímos hasta que escuchamos a Francesca y Vidal gritándose el uno al otro.
—¡No quiero discutir! —le dice Vidal—. La respuesta es: firma el papel o nos vemos en el juzgado. Y eso significa involucrar a mis tres hijos, que ya tienes mamados con tu inestabilidad.
—Vidal, yo tampoco quiero eso. Por eso te estoy pidiendo que hablemos como adultos.
—Francesca, no juegues con mis hijos. No juegues con su estabilidad emocional. Arréglate o te arreglo —le advierte—. Firma la renuncia de custodia o no me hables. ¡¿Qué putas hace este señor aquí?!
—Vidal, yo creo que nos merecemos una conversación respetuosa y sincera.
Vidal saca su teléfono del bolsillo.
—Está en mi casa por si Defensa quiere notificarlo.
—Vidal, podemos hablar.
—No voy a hablar con ninguno de ustedes sin que firmen la renuncia a la custodia.
—No puedo firmar eso —responde Teodoro. Me devuelve a mi hijo, se alisa el traje y se acerca a Vidal—. Yo nunca he peleado por mi hija. Primero porque mi esposa estaba moribunda. Luego, mis hijos estaban de luto. Y de último, Francesca. Y tú siempre tienes reglas. No puedo firmar algo que haga que mi hija piense que me vale una mierda, porque no es así. No voy a firmar, Vidal. Pero voy a respetar. Si ella quiere acercarse a mí o a mis hijos, las puertas de mi corazón y el de toda mi familia están abiertas. Y no voy a pelear su custodia porque sé que Tessa no quiere eso. No quiere que la pongamos en medio. No quiere que nos odiemos. Y, sobre todo, tú eres su papá. Tú le diste un nombre cuando yo les di la espalda. Tú la criaste, tú te casaste y la trajiste a vivir contigo. Yo no puedo pelear contra ti. Pero no voy a renunciar a mi paternidad, porque es mi hija. Es la hija que tengo con el amor de mi vida, y cuando ella quiera hablarme, estoy listo a rogarle de por vida.
—Perdón. Hoy no… no me sentía bien. Los llamé, pero solo mi abuela Antonia respondió —comenta Tessa.
—Tessa, yo soy...
—Señor, usted es el esposo de mi mamá. El esposo número tres. Y si se descuida, el divorcio más rápido. Les doy unos seis meses. Porque uno no puede cagarse en todo, en todos, en la vida de una persona, y pensar que la felicidad absoluta va a rodear su vida. Olvídense de qué me hicieron. Mi mamá y mi papá viven en esta casa. Eso es todo lo que me importa.
Tessa sube a su habitación y Antonia le da una mirada de reojo a Francesca antes de girarse y ponerse frente a ella.
—Estoy tan decepcionada de ti, porque no eres un hombre, no eres una esposa. Eres una niña asustada y fragmentada que no para de hacerle daño a los demás. Y ya estás muy grande, Francesca.
Consuelo sube discretamente detrás de su hijastra. Esta entra a su habitación y la abraza. Tessa llora desconsoladamente. Desde el piso de abajo la escuchan sus padres, y Vidal les pide que se retiren antes de subir corriendo a ver cómo puede arreglarlo, qué le pasó. Tessa llora hasta quedarse dormida, y Vidal y Consuelo no se apartan. Los dos se quedan ahí hasta que ella vuelve a despertar. Lo hace con dolor de cabeza, fuerte, punzante. Su papá le pasa agua y una medicina, junto con una merienda que ha subido su abuela para ella.
—Tessybu, vengo con chisme —comenta Anastasia, y la ve con los ojos entrecerrados, en medio de sus papás.
—Tengo migraña.
—Bueno, voy a hablar en susurros —informa, y Xavier pasa de ella, se acuesta en la cama, encima de los pies de su hermana, y se queda mirándola.
—¿Qué pasó hoy, cielo? —pregunta Consuelo, y ella se cubre el rostro con la cobija. Xavier explica que una de las sobrinas de Teodoro ha decidido repartir el chisme del romance infortunado de sus papás como si fuese una broma.
—Tessa, no creo que debería estar diciéndote esto a ti… pero tú nos perteneces. Nosotros somos tu familia. Si tengo que morder a una mocosa malcriada por ti, voy a hacerlo —pregunta Consuelo, y su hija se limpia las lágrimas.
—La puedes morder y arrancarle el pelo.
—Me encantaría no ir a la cárcel, pero si te hace feliz...
—Consuelo —la regaña Vidal, y Tessa ríe. Luego confiesa que lo que le da pena es que los demás sepan lo desastrosa que es su vida.
Alice abre la puerta de la habitación.
—Lávate la cara, que hay un tipo con flores, cupcakes y chocolates artesanales abajo, y dice que no se va hasta hablar contigo.
—¿Un tipo de más de treinta años o un joven de su edad que puede ir a su clase? —pregunta Vidal.
—Es Pete —confirma Anastasia, luego de irse a asomar.
—Dile que estoy sedada.
—Dice que va a esperar a que se te pase el sedante o cualquier mentira que prefieras.
Vidal saca una tableta de analgésico, se bebe el resto del agua.
—¿Entonces, puedo echarlo? —pregunta Vidal.
—Los chocolates se ven buenísimos y él es muy guapo—Insiste Alice.
—Yo que tú me maquillo y me arreglo el pelo un poco mientras yo infrinjo maternidad psicótica en ese joven y lo califico para que podamos conversar sobre él con lujo de detalle cuando se vaya.