Ráfagas

1699 Words
La respuesta de Xavier, tan abrupta, simplemente le confirmaba que no era solo una amistad y que, como siempre, no sabía en lo que se estaba metiendo. Pero, de todas formas, no iba a ser la persona que destruía a alguien que ocupaba amor y cuidado. —Los niños están cenando; Anastasia estaba intentando comerse unas papas fritas —comenta Consuelo—. Voy a recoger sus cosas. —Vamos juntos y hablamos. —Xavier y yo necesitamos el viaje y el espacio para calmarnos —responde Consuelo, tomándole de los hombros para dirigirle a la salida. Francesca luce tan abatida como avergonzada. Los últimos meses de su vida parecían una maldita caja de Pandora, con sus errores flotando uno tras otro. Vidal, callado y serio a su lado, la mira. Ella se anima a preguntar: —¿Lo sabías? —Tessa no me lo ha dicho, Francesca —responde—. Es algo entre ella y Xavier. —Lo siento, yo... —¿Tú qué? No solo me eras infiel, sino que me has clavado a mi hija y pensaste que nunca nos daríamos cuenta —responde, molesto—. De verdad quiero ayudarte, pero tú simplemente no te ayudas a ti misma. Vidal se aleja para entregar las órdenes de la comida a la enfermera. Luego va con sus hijos, y Alice, de una forma muy cómica, está contando cómo su hermanastra vomitó en medio de la clase. —Ah, sí. No puedo volver a ese lugar. —La verdad, todos están muy preocupados. Si juegas esto bien, es muy posible que te compadezcan. —Soy malvada todo el tiempo. Tengo que atenerme a las consecuencias. —Anastasia, creo que esto es una oportunidad para cambiar —comenta su padre. Ella niega con la cabeza. —Crees muy mal —recalca, y todos en la habitación ríen. —Bueno, pues tienes dos hermanas que te quieren montones —comenta Mariana—. Tessa no se detuvo hasta tener una respuesta después de escuchar que estabas enferma. —Siempre he sabido cosas de Tessa. —Yo sé, pero eres mi hermana favorita. —También soy la hermana favorita de Xavier, y eso tienen en común. —Sí... —Y Alex, creo que tú eres su hermana favorita. —Por mucho, por muchísimo soy su favorita de toda la familia —comenta Tessa, y Alex sonríe. —Ah, pero tú me caes súper bien, Anastasia. Sigue esforzándote para el próximo año. —Ja, ja —responde, irónica. —Entonces, aprovechando que estamos casi todos, si tienen un trauma craneoencefálico, por favor no esperen a estar muriéndose. Me voy a enojar igual si el sangrado es ligero o si tengo que reconstruirles el cráneo. La diferencia es si van a volver a ser ustedes o no. —Ya... Todos los chicos ríen y prometen no tener accidentes. Mariana se muestra ansiosa, como si tuviera algo que decir u ocultar. Vidal se da cuenta de que no será tan difícil sonsacarle si le da tiempo para confiar en él. De las hijas de su esposa, Mariana, tal vez por ser la mayor, llevaba siempre esa carga o culpa. No lo tenía claro aún, pero sabía que su hija necesitaba muchísimo cariño para reponer años de soledad y autosuficiencia impuesta por la irresponsabilidad de sus padres. Consuelo le hizo la maleta más completa a Anastasia: sus cinco pijamas favoritas para que pudiera elegir cuál usar, medias de todos los colores, ropa interior a juego con las pijamas, y unos cuantos rulos para que pudiera peinarse. Además, incluyó su perfume, su almohada especial para el cabello, varios libros para que no se aburriera y una caja que tenía debajo de la cama. Xavier y Consuelo vieron la caja, meditaron un par de segundos y él acabó abriéndola. Ambos esperaban animales disecados o algo extraño, pero no podían con la realidad. Consuelo y su hijastro rieron: Anastasia tenía todo tipo de hilos y agujas; al parecer, sabía tejer y bordar. —Tu hermana, de verdad, no tiene nueve años. Ella tiene ochenta y cinco. —Sí, algo no está bien con mi hermanita. —Ahora tenemos que ir a verla y fingir que no sabemos su secreto. —Obviamente, planeo burlarme. —Eres mejor que eso. —¿Para qué son los hermanos? —pregunta Xavier. La respuesta de Xavier, tan abrupta, simplemente le confirmaba que no era solo una amistad y que, como siempre, no sabía en lo que se estaba metiendo. Pero, de todas formas, no iba a ser la persona que destruía a alguien que ocupaba amor y cuidado. —Los niños están cenando, Anastasia estaba intentando comerse unas papas fritas —comentó Consuelo—. Voy a recoger sus cosas. —Vamos juntos y hablamos. —Xavier y yo necesitamos el viaje y el espacio para calmarnos —respondió Consuelo, tomándole de los hombros para dirigirlo hacia la salida. Francesca lucía tan abatida como avergonzada. Los últimos meses de su vida parecían una maldita caja de Pandora, con sus errores flotando uno tras otro. Vidal, callado y serio a su lado, la animó a preguntar: —¿Lo sabía? —Tessa no me lo ha dicho, Francesca —respondió—. Es algo entre ella y Xavier. —Lo siento, yo... —¿Tú qué? No solo me eras infiel, sino que me has clavado a mi hija y pensaste que nunca nos daríamos cuenta —respondió—. De verdad quiero ayudarte, pero tú simplemente no te ayudas a ti misma. Vidal se alejó para entregarle las órdenes de la comida a la enfermera. Luego fue con sus hijos, mientras Alice, de una forma muy cómica, contaba cómo su hermanastra vomitaba en medio de la clase. —Ah, sí, no puedo volver a ese lugar. —La verdad, todos están muy preocupados. Si juegas esto bien, es muy posible que te compadezcan. —Soy malvada todo el tiempo, tengo que atenerme a las consecuencias. —Anastasia, creo que esto es una oportunidad para cambiar —comentó su padre, pero ella negó con la cabeza. —Crees muy mal —recalcó, y todos en la habitación rieron. —Bueno, pues tienes dos hermanas que te quieren montones —comentó Mariana—. Tessa no se detuvo hasta tener una respuesta después de escuchar que estabas enferma. —Siempre he sabido cosas de Tessa. —Yo sé, pero eres mi hermana favorita. —También soy la hermana favorita de Xavier, y eso tienen en común. —Sí... —Y Alex... creo que tú eres su hermana favorita. —Por mucho, por muchísimo soy su favorita de toda la familia —comentó Tessa, y Alex sonrió. —Ah, pero tú me caes súper bien, Anastasia. Sigue esforzándote para el próximo año. —Ja, ja —respondió, irónica. —Entonces, aprovechando que estamos casi todos, si tienen un trauma craneoencefálico, por favor no esperen a estar muriéndose. Me voy a enojar igual si el sangrado es ligero o si tengo que reconstruirles el cráneo; la diferencia es si van a volver a ser ustedes mismos o no. —Ya... Todos los chicos rieron y prometieron no tener accidentes sin avisar. Mariana se mostró ansiosa, como si tuviera algo que decir u ocultar. Vidal se dio cuenta de que no sería tan difícil sonsacarle si le daba tiempo de confiar en él. De las hijas de su esposa, Mariana, tal vez por ser la mayor, llevaba siempre esa carga o culpa. No parecía tenerlo claro aún, pero sabía que su hija necesitaba muchísimo cariño para reponer años de soledad y autosuficiencia impuesta por la irresponsabilidad de sus padres. Consuelo le hizo la maleta más completa a Anastasia: sus cinco pijamas favoritas para que pudiera elegir cuál usar, medias de todos los colores, ropa interior a juego con las pijamas y unos cuantos rulos para que pudiera peinarse. Además, incluyó su perfume, su almohada especial para el cabello, varios libros para que no se aburriera y una caja que tenía debajo de la cama. Xavier y Consuelo vieron la caja, meditaron un par de segundos, y él acabó abriéndola. Ambos esperaban animales disecados o algo extraño, pero no podían con la realidad. Consuelo y su hijastro rieron: Anastasia tenía todo tipo de hilos y agujas extrañas; al parecer, sabía tejer y bordar. —Tu hermana, de verdad, no tiene nueve años. Ella tiene ochenta y cinco. —Sí, algo no está bien con mi hermanita. —Ahora tenemos que ir a verla y fingir que no sabemos su secreto. —Obviamente. Planeo burlarme. —Eres mejor que eso. —¿Para qué son los hermanos? —preguntó Xavier. —Hablando de hermanos... y enfocándonos en la familia, ¿me explicas por qué estás tan enojado con tu madre como para el berrinche que le acabas de echar? —No sé. A veces me habla y quiero gritarle. Y a veces… muchas veces… no sé si debería detenerme y acabo diciendo lo primero que me molesta de ella. Consuelo no sabía gestionar sus sentimientos, mucho menos los de un adolescente enojado. Pero, de todas formas, hizo lo que a Xavier le hacía falta: abrazó al niño pequeño que estaba escondido y que quería, con todas sus fuerzas, que su mamá fuera perfecta, mágica y buena. Como lo era en su imaginación, como lo era antes de las mentiras, las infidelidades y los hombres que ocultaba en el clóset, el carro y el club. Él quería eso… quería a su mamá. —Ya puedes soltarme —le avisó a Consuelo. —Xavi, no eres un niño problemático ni monstruoso ni nada de lo que dicen. Solo... estás pasando por tanto dolor que es imposible que no estés furioso.—A Xavier se le escaparon un par de lágrimas, y Consuelo lo abrazó con más fuerza. Lo dejó junto a su cuerpo todo el tiempo que Xavier quiso.—No estoy intentando ser tu mamá, pero ahora tienes una madrastra, y no voy a desaprovechar la oportunidad de cuidarte y apoyarte todo el tiempo que necesites. —Es mejor que le dejes esto a la costurera. —Sí, ¿quieres volver conmigo? —¿Puedo conducir? —Vale.
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