Franchesca admiraba las bellas flores del jardín en compañía de su leal doncella, la joven princesa caminaba con elegancia a través de los pasillos llenos de flores, mientras camina ve la figura de un hombre. Las pupilas de sus ojos se dilatan. La mujer se acerca al joven mientras sonríe con usual encanto femenino.
—Alteza, veo que practica arduamente—señala el arco que el joven principe sostenía.
—Asi es princesa—El hombre toma una flecha y dispara la flecha dando en la diana. Franchesca aplaude con alegría la habilidad del principe Sebastián.
—He practicado el tiro al blanco a escondidas de mi padre. Me permite—pide el arco
La mujer toma el arco en sus manos, agarra una flecha y apunta hacía el objetivo, suelta la flecha y esta cae a pocos centímetros de la diana.
—Tu técnico es buena princesa, aunque si modula su postura nunca fallará.
—Enseñame, por favor
Franchesca vuelve a apuntar con la flecha hacia el punto rojo, Sebastián mueve su brazo haciéndola tomar un ángulo más cómodo.
—Relaja el brazo—susurra en su oído haciendo que ráfagas de escalofríos recorran su cuerpo entero. La flecha deja el arco dejando en el aire un silbido.
La mujer se sorprende y salta al ver que su tiro cayó en la diana.
—Es muy buena su técnica, alteza —el hombre le sonríe con sinceridad— Alteza, el rey no me ha comunicado nada acerca mi intento de asesinato, creo que él está encubriendo al responsable.
—Franchesca, debe ser más insistente con su majestad.
—Eso haré.
Días más tarde Franchesca se presentó ante el rey pidiendo respuesta a su intento de asesinato.
—Saludos a su majestad —se arrodilla— pido a su majestad los resultados sobre mi caso.
—Princesa, mis hombres están investigando sobre tu caso. Pido paciencia.
—Majestad...
—Ahora estaré ocupado.
—Si, majestad.
Franchesca se encontraba frente al espejo mientras su doncella la arreglaba para su boda, su mirada estaba clavada en su reflejo y por su mente pasaban muchas inquietudes.
—Princesa, será usted la más hermosa de la novias—Francesca sonríe levemente ante las palabras de la muchacha. —Princesa el rey ya ha enviado a sus escoltas.
—Vamos—la mujer se pone de pie y camina a la salida seguida de Dayana.
Las calles estaban llenas de ciudadanos celebrando la unión de los dos reinos más importantes de la región. Todos querían conocer a la valiente princesa que establecería la paz en el país. Por todo el camino al salón real estaban apostadas en las escalinatas las decoraciones matrimoniales. Lentamente y con elegancia sale del carruaje y sube las escaleras de piedra hasta llegar a la entrada del lugar, al final del corredor rojo vio la figura de un hombre ataviado con una túnica oscura. Sus manos temblaban ligeramente mientras caminaba hacia el lado del hombre y finalmente cuando llegó hizo su respeto al rey quien en cambio aceptó.
—El día de hoy la tierra presenciará la unión de los reinos más poderosos de toda la región, el Reino de Prey y el Reino de Taín—Dice al rey hacía los presentes quiénes eran los altos funcionarios y nobles del reino—muestren sus respetos—habla hacía los novios que a su vez inclinan la cabeza ligeramente.
—Principe, su vida se unirá a la princesa Franchesca, es tu deber a partir de ahora respetarla y amarla
—Si majestad—Su voz sale como un trueno y su mirada calculadora recae sobre la mujer.
—Princesa, apartir de este momento le debe lealtad y respeto a su esposo.
—Si majestad—responde con nerviosismo
El hombre se acerca a la mujer y levanta el velo que cubre su rostro, la sorpresa invade su cara al saber que la mujer es Franchesca, el rostro de la mujer se vuelve pálido por unos momentos.
—Consejero Brand.
El servidor lleva una bandeja de oro con una tela blanca y una daga corta hasta el rey. El hombre la toma y se acerca a la pareja, toma sus muñecas y traza una cortadura, la sangre empieza a brotar y el rey une sus muñecas con la tela blanca. Con esto el rey manda sacar a la pareja custodiada por los guardias reales. Ambos suben al carruaje y cuando están dentro desatan el nudo.
—Eres tú —habla con lentitud— el principe no le contesta, en cambio su mirada se mantiene fija en la ventana del carruaje, intimidada por su actitud se queda en silencio.
Todo el camino fue silencioso, poco tiempo tardaron para llegar a la mansión del principe y en cuanto pisó ese palacio fue recluida en una habitación. Había pasado mucho tiempo y ella seguía encerrada en la habitación, Franchesca avanzó hacía la puerta y empujó con fuerza pero la puerta no cedió.
—Dayana, tenemos que salir de aquí
—Alteza, no hay forma.
—Salgamos por esa ventana
—Princesa, es muy alto
—Es una orden.—Acepta con la cabeza y se acerca para ayudarla a subir.
Ambas mujeres salen de la habitación cuando las puertas se abren y asustadas empiezan a correr, sin embargo, Sebastián se interpone en su camino.
—No irás a ningún lado—la sujeta del brazo.
—Suéltame, suéltame, que me sueltes te digo—grita
El hombre la arrastra hacía la salida del palacio y se montan en el carruaje que está a punto de salir, avanzaban con rapidez a través de las abarrotadas calles. Entra en desesperación.
—¿Que haces?—interroga a Sebastián
—Salimos de la ciudad.
—¿Por qué llevas esas ropas?—ve el traje azúl aunque es de buena calidad, no presume de ser un traje de un noble.
—El rey no me dejara salir de la ciudad.
—Pero yo todavía visto de novia.
—Ponte esto—le pasa a su doncella un traje sencillo de color amarillo con verde.
—Alteza, necesitamos privacidad para cambiar a la princesa—la doncella se sonroja al ver los ojos grises del joven principe.
—No, viste la aquí, no tenemos mucho tiempo.
-—Principe, si me considera por favor salga—habla con dureza Franchesca.
—Franchesca, no hay tiempo.
—Cambiame—indica a Dayana.
—Pero princesa...—Franchesca dirige su mirada furiosa a Dayana quien enseguida empieza a desvestirla. Sebastián que hasta el momento mostraba una expresión helada desvía sus ojos, evitando verla. Una vez que ella estuvo lista, Sebastián arrojó el vestido fuera del carruaje y empiezan el ágil trote.
El rey se encontraba a las afueras de su palacio disfrutando la la brisa cuando la reina se reúne con él.
—Eleonora, ¿Qué has hecho?
—De que habla majestad
—Se que fuiste tú quien envenenó a Franchesca.—Los ojos verdes de la mujer destellan fastidiado al escuchar el nombre de la princesa.
—Si, fuí yo.
—No tienes miedo a mi furia
—Majestad, soy su esposa legítima. Usted no rebajaría el estatus de la familia real por una mujer como Franchesca.
—Agradece que estoy de buen humor. Me conoces muy bien.
—Toda una vida he estado con ustedes majestad—la mujer se acuesta en su pecho mientras una sonrisa triunfadora marca su rostro.
Llevaban dos días de viaje y Franchesca se sentía muy cansada. Por su mente pasó una idea e inmediatamente la aceptó.
—Sebastián, necesito ir al baño.
El carruaje se detiene y ella baja con rapidez con la compañía de su doncella y empieza a internarse en el bosque.
—Dayana se queda—la voz de Sebastián la frena.
—Necesito que alguien vigile. Ella es la única que puede vigilarme—el hombre acepta dudoso.
La mujeres entran al bosque y una vez lo creen conveniente empiezan a correr alejándose del carruaje. La oscuridad las rodea, sus oídos sienten un pitido constante mientras su corazón bombea aceleradamente. Un rayo ilumina el paisaje y el aullido de un lobo alarma a las dos mujeres.
—Princesa, es un lobo—la mujer asustada empieza a sollozar.
Otro rayo ilumina el bosque haciendo visible la figura de un viejo y hambriento lobo a poca distancia de ellas. El feroz animal se acerca con rapidez a ellas, salta sobre ellas, sus ojos salvajes quedan congelados en ella cuando cae pesadamente en el suelo, la sangre corre por la tierra. Sus ojos se clavan en la flecha incrustada en el animal. Alza sus ojos y distingue la figura de Sebastián sosteniendo un arco.