Domingo - 12/07/09
Bill
La luz de la ventana entraba de una forma perpendicular chocando con el suelo y con mi rostro. No era una sensación desagradable… De hecho me gustaba. El frio de toda la noche me había dejado congelado aunque no le hubiera dado a mínima importancia.
Tenía los ojos rojos y con ojeras, y cuando miraba a la luz directamente sentía que me ardían. La postura que llevaba me estaba destrozando la espalda de todo el tiempo que llevaba adoptándola y mis pulmones estaban a punto de pillar el cáncer más maligno de la historia: Me había fumado dos paquetes en una noche.
-He de mirar si tengo dinero para comprarme otros dos en la máquina del comedor… - solté al aire. Sin importarme si me moriría por ello.
Llevaba sin dormir desde el día anterior, y me sentía morir, pero al mismo tiempo no tenía fuerzas ni ganas de ponerme a dormir. De hecho creo que ni me lo merecía.
Toda la noche me había estado repitiendo las mismas palabras, el mismo monologo, y el escenario había sido la penumbra de mi cabaña y la oscuridad de la noche.
Estaba encogido sobre mi mismo cogiéndome las piernas y estaba apoyado en la pared de mi cama, respirando lenta y profundamente, escuchando la inspiración y la expiración.
Lo único que había estado iluminando esta noche había sido el mechero que prendía cada vez que se me había agotado un cigarro, y la punta de estos cuando hacía cada una de mis largas y profundas caladas.
Creo que a partir del segundo paquete ya ni notaba lo que me producía.
Ayer a la tarde me había puesto tan nervioso… Estaba atacado, y lo peor es que me lo merecía. ¡Me lo merecía, joder!
Por gilipollas… Por gilipollas…
Pero miraba hacia atrás y solo veía un par de personas hablando y chillando como desesperadas, llorando, discutiendo, pidiendo perdón… Mil cosas.
Yo… Ya me lo veía venir.
(Día anterior)
Hoy estaba… Radiante, feliz, tenía ganas de saltar y de… Arg, yo que sé. Y era algo impensable. ¡Oh Dios! ¡Esto es más bonito de lo que me imaginaba! Había pasado una mañana increíble. ¡Sí, increíble joder! Aunque en un principio estaba algo asustado por caerme en el agua congelada, después ha sido genial. Ay joder, parecíamos colegas de toda la vida, tirándonos agua, peleándonos, intentando que el otro se cayera… ¡Y mil cosas como estas! Bueno… Vale, lo admito, más que colegas parecíamos una pareja pero, aunque me asuste… ¿No es eso lo que quiero?
Ha sido una puta pasada y no quería que se acabara el tiempo. Y creo que puedo decir con una certeza que nunca en mi vida había tenido, que de todas las veces que he deseado que se detuviera el tiempo (y han sido muy pocas), esta ha sido la vez que más lo he deseado. Y a más, creo que las pocas veces que me he sentido así han sido un gran porcentaje con Tom.
¿Deprimente? Sí, un poco.
Pero bueno, aunque no hayamos hablado precisamente de lo que yo tengo en mente hemos quedado como amigos y punto. Supongo que eso ya es suficiente para mí, ¿no? Dicen que el primer amor siempre es el más importante y el que más te marca, y como supuestamente parece ser que Tom es ese primer amor pues prefiero no cagarla diciéndole que me gusta o intentando lanzarme encima suyo… ¿Sería capaz yo de hacer eso? Nah… No creo, a más por muy pillado que este por él, se me sigue haciendo raro el hecho de… besar a un… chico. Lo pienso y no me creo que realmente me esté pasando esto. Bueno, de hecho todo es probarlo, intentarlo, descubrir a ver qué pasa y escoger, o lo dejo, o sigo con ello ¿no?
El caso es que jamás se me había pasado por la cabeza la posibilidad de sentirme así de bien cuando pienso en él, y en las ganas que tengo de que sea mañana, o salir a fuera de mi cabaña a ver si lo veo, o alzar la cabeza en el comedor para mirar si me mira. Y aunque no lo esté haciendo, sonrío yo solo al ver la cara que tiene. ¡Adoro sus caras! Cuando se ríe, cuando pone cara de asco, cuando está aburrido, cuando bosteza, cuando mira a su plato sin fijarse mientras le da vueltas a la comida, la cara de contenerse la risa, sus caras de “i’m the best”, o cuando demuestra que él tiene la razón… No sé, todas sus caras, creo que incluso cuando está tan enfadado y con cara sería como en el ensayo del jueves (pensar en ese día me da vergüenza de lo tonto que llego a ser, ¡pobres botas mías!) es adorable…
¡Oh, qué raro y que… feliz me siento de pensar esto! Estoy súper confundido con todo esto y sin embargo no quiero que se me pase.
Tengo tantas ganas de explicarle esto a alguien… Pero al mismo tiempo, creo que no soy capaz ni de decirlo en voz alta ni en privado! No me sale. Siento que alguien me estará escuchando y que se empezará a reír, o que si lo digo en voz alta parecerá aún más surrealista de lo que ya es.
Creo que me pondría rojo solo de intentarlo.
Y ya sé que es estúpido, ¡que estoy solo! ¡Que no hay nadie! Pero yo que sé…
Lo que podría hacer sería escribirlo en un papel o algo. Aunque supongo que no me saldría ni la mitad del cuarto de todo lo que estoy pensando porque estoy pensando tantas cosas y voy tan deprisa… ¡Ai dios! ¡Bill, deja de pensar o te vas a marear!
Estaba en mi habitación, estirado en mi cama con los brazos tras mi cabeza, dándole vueltas a todo lo sucedido, y supongo que había perdido la noción total del tiempo, porque sin quererlo veía como la luz del día que estaba reflejada en mi pared se movía de posición subiendo poco a poco hasta desaparecer.
Y de hecho no me importaba perder la conciencia de ello, ya que cuanto antes pasara el tiempo, antes sería la hora de cenar y antes iría a reencontrarme con mi chico de las rastas.
Estaba ansioso.
De pronto llamaron a mi puerta.
Abrí los ojos fuertemente y me incorporé en la cama a una velocidad vertiginosa.
No me atreví a moverme del sitio hasta que hubo un segundo aviso. El corazón se me había puesto a palpitar a mil por hora y me había quedado parado.
¿Tom? ¡¿Ha venido Tom?! No me lo podía creer. ¡Tom había venido a verme! Ahora mismo estaba tras la puerta de mi cabaña esperando a que le abriese. ¡¿A qué esperas Bill?!
O por dios, ¡que me respondan las piernas de una vez antes de que se vaya pensándome que no estoy dentro!
Salté de la cama, aun habiendo el poco espacio, y me encaminé hacia la puerta, escuchando el tercer toque de atención. Casi podía oír su característica risa y un “Biill, abre la puertaa…” en mi imaginación.
Con mi pulso y su complejo de Parkinson, abrí la puerta con la cara radiante y expectante.
Y el rostro de Dawn apreció delante de mí.
He de admitir que me puse igual de nervioso al saber que era ella y no él, y que Dawn tendría ganas de matarme al notar el súper cambio de expresión que efectué nada más verla. Mi rostro feliz y con ganas de saltar había cambiado en cero coma. Ahora la miraba con incredulidad, como si fuese un fantasma la que estaba delante de mí, o una persona que hacía años que no veía. También podría destacar las ganas de cerrar la puerta y no volver a abrir hasta al cavo de tres horas o más. Tenía miedo de ella.
¡Ahora que la tenía delante y no me atrevía a decirle nada! ¡Joder, soy tonto!
Y una vez más, la felicidad que tenía forjada en mi mente y en mi vida se desvanecía en un instante. Y lo peor es que no debería ser así. O como mínimo no por culpa de Dawn… No por ella.
Me entró el miedo en el cuerpo y una inseguridad que no me esperaba.
-Hola cariño… -me dijo en una media sonrisa, que en vez de ser como las de Tom, sexys y malvadas, era triste y como nostálgica. Pero la verdad es que me ha llamado cariño. Entonces no tengo nada de lo que preocuparme ¿no? Ella estaba bien, por lo que parece.
Eh eh, eso es muy cruel. No puedo hacer ver que no pasa nada y salir satisfecho del hecho de que ella no muestre abiertamente que realmente SÍ pasa algo. Ella lo nota. Yo lo sé. Y esto no puede seguir así.
Avanzó dos pasos y me tendió los brazos.
Contuve el aire después de inspirar un largo rato y después también le medio sonreí yo. La abracé fuerte y la metí dentro de la cabaña.
-Hola mi amor… - susurré en su oído. Después de oler de nuevo ese perfume tan característico que tenía. No me costó decirle esas palabras porque, muy en el fondo… No le estaba mintiendo. De hecho, siempre he pensado que ella ha sido la chica que más he querido en esta vida, y que realmente me ha importado… Llamarla de ese modo tampoco es alejarse tanto de la realidad. Aunque en el fondo ambos sabemos que el significado que yo le doy a esas palabras no es el que realmente tiene.
Sin soltarnos, avanzamos hasta la mitad de mi cabaña, justo en el centro y nos paramos ahí.
Ninguno de los dos decía nada, y ambos estábamos nerviosos. Supongo que ella, que me llegaba a la altura del pecho podría notar perfectamente el acelerado latido de mi pobre corazón. Más de una vez se le erizaba la piel y no sabía de qué, pero eso me hizo sonreír. Lo mismo tenía frio, pero aquí se estaba bien. O lo mismo estaba más nerviosa que yo.
-¿Cómo estas? –preguntó temerosa, con un tono de voz bastante bajo. –Hace mucho, mucho, que no hablamos. - enfatizó la palabra repetida y se me encogió el corazón nada más oírla. Intenté hablar pero primero me salió un hilo de voz inaudible.
-Pues… - empecé mi segundo intento y no supe como continuar. Ahora que estaba en el momento perfecto debería decírselo… Joder, Bill échale huevos.
-Es igual… No importa. -dijo separándose de mí y al mismo tiempo cogiéndome fuerte de las manos, llevándome a algún sitio especifico.
Me tendió sobre la cama y me estiró todo lo que pudo. Ni tan solo se me pasó por la cabeza lo que iba a pasar hasta que no dejó de mirarme fijamente y se dirigió a mi boca para darme un beso. No me lo esperaba… De verdad que no me lo esperaba.
Y en fin… El resto ya os lo podéis imaginar.
Bueno, de hecho no os lo podéis imaginar porque esta vez no tuvo nada que ver con ninguna de las veces que habíamos decidido ser una sola persona.
Esta vez, o el tiempo iba más despacio o ella volvía más lentos todos y cada uno de los movimientos que me dedicaba, haciendo que mis respuestas adoptaran esa escasa velocidad.
Pero aunque realmente era algo… bonito, tenía un presentimiento que me ponía de los nervios. Algo que me recorría la espalda hasta llegar a la cabeza y me hacía pensar… ¿Qué le pasa? ¿Por qué se comporta así? Y lo peor de todo ¿Cómo era yo tan hijo de puta como para comportarme igual? ¿Cómo dejo que mi cuerpo mancille el suyo después de haber tocado a Ashley? Soy un cabrón.
Mis manos recorrían, con un sentimiento de culpabilidad enorme, su moreno y precioso cuerpo, haciéndola estremecer y notando todas y cada una de las reacciones de su piel, como se le erizaba el bello de los brazos y como se le ponía la piel de gallina en cada subir y bajar de mis manos.
Y aunque me estaba comportando como un total imbécil, por no decir más, no quería dejar de actuar así. Esa sensación tan rara me… me incitaba a seguir. Y tenía miedo de que acabáramos, de que finalizara todo esto que estábamos viviendo.
Y oh dios mío, qué presente tenía a Tom en cada uno de mis suspiros, y qué dolor me producía escuchar los suyos, que iban todos dedicados a mí, todos iban en un único fin. Y yo… ¿yo que hacía? Retorcerme de culpabilidad por todo lo que estaba haciendo.
Estuvimos un rato abrazados sin decir nada, bajo las sábanas de mi cama, sintiendo la respiración del otro y sin atrevernos a decir absolutamente nada.
Sin querer decir nada, porque aun no sé porqué, pero sé que si decíamos alguna cosa, todo… se estropearía. ¿Pero, que era todo? No estaba muy seguro, porque en realidad, ni tan solo era un hecho, sino una suposición mía. Pero, muy en el fondo de todo, sabía que algo no iba bien.
Pero yo no quería decir nada, no quería ser el que la cagase, no quería ser el que acabara esto. ¿Acabara? ¿Ya estoy pensando en que esto pueda acabar? ¡No! ¡No puede acabar! ¡No puedo alejar a Dawn de mi vida! No puedo… Joder, no puedo.
Le olí el pelo y le besé en la piel, suave y caliente.
Yo notaba como uno de sus dedos descendía y ascendía por mis supuestos abdominales, o como mínimo, por donde deberían estar. No me hacía cosquillas, pero era algo que me hacía medio sonreír, y me era placentero.
-Bill… -me llamó.
Y su voz, baja y prácticamente inaudible, me puso el vello de punta, asustándome.
Tragué saliva y me preparé. Estoy nervioso y no tengo motivos… No los tengo… no los tengo.
Para hacer ver que estaba calmado le acaricié la mejilla con la parte exterior de mis dedos, y descendí y ascendí con lentitud.
-Dime… -creo que no soné sereno.
-Voy a decir algo y… no quiero que me interrumpas hasta que yo no acabe.- Dicho esto giró y alzó la vista, para mirarme directamente. Me encogí un poco sin poder evitarlo y de pronto me sentí más pequeño que una hormiga, más insignificante que nada.
Asentí con cuidado y lentitud y me incorporé del todo, apoyándome en la pared de mi cama. Ella siguió mis pasos y se estiró en la otra pared de la cama, la que no daba al cabezal y hacía esquina con la mía.
-Yo… te quiero mucho. De hecho, eres el chico que más he querido en mi vida. Y te lo puedo jurar. – esta vez desviaba su mirada hacía algún punto de la cabaña sin importancia. Y de pronto sonrió. – Recuerdo la primera vez que te vi… - y soltó una risita, que destacaba añoranza y bien estar al fin y al cavo. Como si fuese un recuerdo bonito. – Estabas en una de las filas más altas de toda la clase, y estabas hablando con Georg de a saber qué. Yo hacía rato que había entrado pero aún estaba colocando mis cosas sobre la mesa y no había dicho nada. Pero como muchos, nadie había reparado en mí, a excepción de los de las primeras filas. Y me acuerdo que vi como tu pelo, un poco más corto que ahora, se te movía y tú te lo retirabas de la cara, como si te molestara. Y entonces te vi el rostro, con esa preciosa nariz que tienes – y me la tocó, con el dedo índice. Un simple toque que me hizo sonreír – y te vi que tenías los ojos pintados. Y lo primero que pensé fue ¡madre mía, qué arte pintándose! - ¡pensé que iba a decir algo del palo “pensé que eras una chica” o “pensé que eras maricón perdido”! Y no pude evitar ponerme a reír. -¡Te lo prometo! Me quedé impresionada de lo bien pintados que tenías los ojos, y en ningún momento se me había ocurrido pensar nada más… Ni que fueses chica, ni… nada por el estilo – vaya, me está leyendo los pensamientos. - y empecé a hablar bien alto. Podría no haber gritado tanto, pero quería que me oyeras bien a la primera. ¡Y no sé porque! ¡De verdad! Pero quería llamar tu atención. - volvía a sonreír por el recuerdo.
Me preguntaba por qué me estaba contando todo esto ahora.
-¡Sigue! – la animé, queriendo saber lo que venía.
-Pues… Dije mi nombre bien fuerte y todo se quedó en silencio. ¿Te acuerdas? – asentí después de pensármelo dos segundos. ¡Era cierto! – me miraste y sonreí para mí misma. Ahora ya te tenía “pillado”, por decirlo de alguna manera. Habías alzado las cejas nada más verme y eso me satisfago mucho. Después avanzó el tiempo, los días y el primer mes. Fui observando cómo eráis cada uno de los alumnos y no me sorprendiste, de hecho ya te imaginaba así… tal y como eres tú. Y me agradaste mucho. Y sabía que me estaba comportando como una gilipollas porque ¡Era la profesora! Y en teoría no se puede hacer esto. Una profesora no puede quedarse prendada de un alumno. Pero bueno, no se escoge de quién te enamoras ¿no? – y esta vez volvió a fijar la mirada en mí.
Otra vez la puta frase.
>>En el primer examen, un chaval de la clase me pidió ayuda con una clase particular porque la asignatura le iba como el culo, y aunque me lo pensé mucho, pues bueno… Acepté. Cuando ya llevábamos una hora y media de clase privada, le dije de hacer una tregua y le invité a una cocacola en el bar. No sabía que tema sacarle, así que le pregunté que qué tal estaba con la clase, como eran los tíos de su clase y esas cosas… Y bueno, me hablo bien te todo el mundo pero… A ti no te nombró. Y eso me puso muy mosca, así que le saqué yo el tema sutilmente. Yo aún no había hablado contigo y me moría por hacerlo, y quería saber cosas de ti. Y me dijo que eras un tío muy raro –el entrecejo se le había fruncido notoriamente y su mirada estaba perdida en el pasado, como si pudiese ver delante suyo la cara de aquel chaval y la conversación perfectamente – que no hablabais mucho, y que seguramente eras gay. – no me sorprendí por las palabras. – se metió con tu ropa y con tu maquillaje y cosas por el estilo.
-Ja… -solté. Como si me estuviera contando un cuento que ya me sabía de memoria y me hiciese gracia su final irónico.
-Me enfadé mucho. Tanto con el chico, como con la posible realidad. ¡A lo mejor eras gay! Y no quería… No quería. No porque sea homofóbica ni nada por el estilo, ni mucho menos, es porque… ¡Yo quería que te gustaran las tías para que yo tuviera alguna oportunidad contigo! Y dios, tenía los nervios alteradísimos y me piqué mucho en el examen. Tanto que lo puse complicadísimo. ¡Una de las respuestas era un puto pie de foto que no tenía nada que ver con el examen! Y uno de los pocos que aprobó fuiste tú… Cosa que me puso muy contenta. Pero el chaval aquel… -se empezó a reírse en alto – madre mía, al pobre lo suspendí. ¡Y el tío llegaba a la nota! ¡Habría tenido un cinco y medio y le bajé un punto! En julio le quedaba la asignatura porque suspendió el primer trimestre y no le daba la media y bueno… le aprobé. No había sido justa con él.
Mi boca llagaba al suelo prácticamente.
-¡Madre mía Dawn! ¡No sabía yo todo eso! Pobre tío.
Empezamos a reírnos y sentí que la alegría había vuelto a todo. Como si la ola del color azul siniestro y oscuro que había envuelto el escenario se hubiera tornado anaranjado y cálido.
-Y cuando empezamos a salir fue… No sé cómo explicarlo. Todo muy precipitado, pero me encantaba. Y no lo cambiaría por nada. Porque yo creo que eres lo mejor que me ha pasado hasta ahora. Ya sé que es muy cursi y que este discurso es para vomitar, pero bueno… Antes de que lo dejemos me gustaría decirte lo mucho que te quiero… -dijo serenamente.
Y se me paró el mundo durante un instante.
Un instante que tardo una eternidad en volverme a dejar ser consciente del presente.
La miré directamente, creo que con pánico.
-¿QUÉ? – Solté de pronto.- ¡¿Pero qué dic…?!
Pero me callé al ver como Dawn sonreía con tristeza y negaba con la cabeza, poniendo su dedo índice en la comisura de los labios, indicando que guardara silencio.
-No chilles… Pero espérate, déjame hablar. Ya te lo he dicho antes.
Arrugaba la frente concentrándome en todas y cada una de las palabras que me iba a decir, y en controlar las lágrimas traicioneras que amenazaban en salir. Tan bien que estaba todo… Y tan rápido que ha acabado… ¿Porqué mi puñetero instinto solo acierta cuando se trata de cosas malas?
-Joder… No sé ni cómo continuar. - se le notaba que iba respirando con dificultades y empezaba a hiperventilar notoriamente. -me estoy poniendo nerviosa… -dijo esbozando una sonrisa forzada, como intentando calmarse. Y el corazón se me encogió cuando vi un intento de puchero que se le escapaba y una mano que se dirigía a sus ojos, frotándose uno de ellos. La pintura se le corrió y descubrí que era porque había una lágrima que había intentado ocultar, quitándosela de en medio con los dedos, pero que se había dispersado por su rostro junto con su maquillaje. Estaba guapa de todas maneras… La miré con tristeza y con melancolía.
-Dawn… No digas nada… No jodas nada… -le supliqué. Una súplica que me salía de lo más hondo de todo. Una súplica que no sabía porque salía a flote en esos momentos. Porque muy pero que muy en el fondo, yo sabía que Dawn no me merecía, ella no podía estar con un tío como yo, porque soy imbécil, porque soy gilipollas, porque yo no soy ni la cuarta parte de bueno que ella. Que yo solo la estoy jodiendo bien jodida con toda esta mierda que llevo encima y… que yo mismo debería tener los huevos de ponerme delante de ella y decirle que… que no podemos seguir, ¡que le he puesto los cuernos, joder! ¡Qué me gusta otro! Que debería morirme por hijo de puta.
Pero… No soy capaz. Hay algo que me lo impide. Quizás la quiera más de lo que me esperaba, quizás dependa de ella de una manera de la que no me había imaginado jamás. A lo mejor si me importa. Bueno, me importaba antes, pero quizás… quizás más de lo que creía.
Aunque puede que ese refrán, que todo el mundo hemos oído y que más de uno se ha dado cuenta de ese significado cuando ha pasado, es el resumen perfecto para esta situación: No te das cuenta de lo que tienes hasta que lo pierdes.
¿Era eso? ¿Podía ser eso? Sí.
-¡Bill! Enserio… Déjame hablar. -esta vez fue ella la que me suplicaba a mí. Y a ella también le dolía todo esto. Me fijé en sus manos, que ahora descansaban a los lados de su cuerpo, bueno, de descansar nada, apretaban la sábana con fuerza, como si esta le diera ánimos y le estuviera apoyando. Y la oprimia con mucha fuerza. – Hay tantos tipos de amor… Pero tantos… Mil formas de amar a una persona, con diferentes fines, con diferentes significados, pero que al fin y al cavo son sentimientos de amor, de aprecio, de importancia… - ha dicho importancia - Existe el amor que puede haber entre una madre y un hijo, es un amor enorme, sin comparación a otro, pero que al mismo tiempo puede ser superado por otro tipo, ya que no hablamos de lo mismo. Por ejemplo, una madre no se entregaría a su hijo, y en cambio dos amantes si lo harían, dos amantes entregarían su cuerpo y se unirían en alma sin pensárselo. Y sigue siendo amor. Y no por no hacer este tipo de cosas, una madre quiera menos a su hijo. Tampoco te va a importar menos ese mejor amigo que siempre ha estado ahí y que jamás te ha abandonado. De hecho, es otro tipo de amor que no tiene nada que ver con los dos anteriores pero que también es intenso y precioso… Pero… - se paró y respiró profundamente – aunque hay mil tipos más, no sé en qué amor me tienes tú a mí… Yo se que te amo como enamorada que estoy y no hay más, pero tú a mí no. Y a más a más tú sabes que no me quieres, y sabes que yo lo sé… - de nuevo el entrecejo se le arrugaba y se dibujaban pucheros que le eran casi imposible de contener. Incluso lo último que dijo sonó a llanto – Tú no me quieres…
Su imagen, cada vez más oscura por la tenue luz que quedaba en la cabaña, se entristecía por segundos. Empezaba a temblar y su cuerpo hacía pequeños saltos de un hipo repentino que le producida esas tragadas de aire tan sonoras a causa del llanto.
-Bill… no me engañes más. Me tendrás… - se calló unos instantes – …aprecio. -soltó finalmente, después de pensase un rato el adjetivo que fuera acorde a mis sentimientos, y de hecho creo que era idóneo. – Pero ya está. Nada más.
De pronto el pánico que crecía poco a poco pegó un salto y incrementó en un segundo. Me estaba dejando. Me estaba dejando… No, no, no, no, ¡no!
-Dawn… Yo… -joder, yo no podía mentirle. -Sí te quiero – eso no era una mentira. La quería muchísimo. Y hasta ahora no me había dado cuenta de ello.
Ella me miró fijamente con cara de decepción y dos lagrimones descendieron por su rostro en picado hacia el vacío.