-¡¿TE DUELE?! ¡¿TE DUELE?! ¡¡PUES TE JODES!! –solté, tan cabreado como antes, puede que incluso más.
-Georg lo siento…
-Y encima tienes la cara de decirme eso… - por dos segundos se me calmó la voz, pero no el pensamiento - Mira, que te den por culo. - y de pronto me reí de nuevo. – Bueno… para eso no creo que te quede mucho. - solté cínico. Después creí haberme arrepentido de eso, puesto que el dolor físico es mucho más fácil de curar que el dolor psicológico y la cara de Bill fue de mucho dolor… Como si de verdad esas palabras hubieran sido un puñetazo con la fuerza de mil golpes. Pero la puñetera verdad es que se lo merecía.
-Joder, Georg… Te has pasado.
Y lo siguiente lo solté alto y claro, y seguro de mi mismo. Puesto que lo que había hecho él no tenía nombre, no tenía nada, era basura, era mierda, era… No había adjetivo.
-No, yo no me he pasado. ¡¡Eres tú el que se ha pasado!! ¡Diez mil pueblos, chaval! ¿Que no se supone que eres mi mejor amigo? ¿No se supone que después de que te haya confesado durante todos estos AÑOS lo muy colado que estaba yo por Ash para ti es intocable? ¡¿Qué pasa si ahora voy y yo me tiro a Dawn, ehh?! ¡¿O qué pasaría si yo intento juntar a Tom con otra?! ¿¡NO TE JODERÍA!? – y el rostro de Bill se crispó de nuevo, en una mueca de dolor, como si realmente le estuviera pasando eso. – Pues lo mismo digo.
Bill no se atrevía a decir nada. De hecho y una vez más en este día, estaba observando llorar a alguien. Me estaban entrando arcadas de lo falso que podía llegar a ser este niño mal criado y demasiado mimado.
-Me das asco Bill… No me puedo creer que lo hayas hecho. De verdad que no entra en la cabeza… Y a Ashley no le voy a decir nada, porque creo que es verla y bloquearme por completo de todo lo que hay alrededor mío, pero… - arg, Georg, ordena las ideas antes. Y de pronto se me planteó una pregunta, que al acabar de formularla se me había secado la garganta- Porque… ella no sabía que yo la quería para esos entonces ¿no? Bueno… espera. - de nuevo me estaba entrando ganas de arrancar cosas de cuajo – Bill… ¿cuándo fue? –y el tono de pánico y rabia volvió a aflorar en mi voz.
Este cerró los ojos y escondió la cabeza.
-El… el domingo…
Mi mente empezó a hacer cálculos y llegó a un terrible resultado.
-Ella ya sabía que estaba enamorado… Yo ya me había declarado. - me cubrí la cara con las manos y apreté los ojos evitando que mis propias lágrimas, salieran de mis ojos. No podía ser cierto esto que estaba pasando… No podía ser real.
-Joder Georg… déjame que te explique. - me suplicó.
-No. No. No. Y te diré porqué. Porque puedes tener la más grande excusa del mundo, podía haber sido un calentón, podrían haber sido dudas sobre tu hombría, porque te conozco demasiado como para no saltarme esa posibilidad, y podría haber sido cualquier otra cosa… ¿pero sabes qué? Hay más chicas. No solo existía Ashley… Porque te recuerdo que la mitad del instituto te odia, pero la otra mitad son tías… y más de una se muere por ti. Para variar claro, porque el señorito “me voy de diva” las tiene a montones, mientras que el amigo del que nadie se acuerda, solo está de adorno, y para sacarle las castañas del fuego a la diva.
Y no se atrevió a negarme nada.
-La has cagado chaval. La has cagado mucho. – y muy a mi pesar… se me quebró la voz, mostrando mi odiada debilidad. Salí mordiéndome el labio inferior por querer aguantarme las lágrimas.
Y pegué tal portazo que el siguiente sonido que escuché, fue el agitado aleteo de un par de pájaros que habían salido volando del árbol que había próximo a la cabaña de Bill, asustados por el golpe.
Bill
Todo me salía mal. Siempre me salía todo mal, fatal, horroroso. Todos mis planes acababan hechos mierda aunque yo intentara hacer lo posible por evitarlo. Pero ¿Cómo evitar si en muchas ocasiones yo era el puto causante de que todo acabara mal?
Me dolía la cara horrores, y por mucha agua fría que me pusiera no tenía hielo a mi alcance para poder bajarme la hinchazón.
Se me habían gastado todas las ganas de llorar ya que no sólo había estado toda la noche sin parar, si no que desde que Georg había venido, de nuevo el mar de lágrimas no me dejaba ni respirar. Estaba más hecho mierda que nunca. Soy el peor, no tengo remedio, soy repulsivo, no puedo llamarme amigo, ni colega… Es que ni siquiera “conocido” es un buen adjetivo para mí. Lo que he hecho no me será perdonado en la vida. ¡Jamás! ¡Y Georg tiene toda la jodida razón del mundo, coño!
Ahora estaba solo. Georg me odiaba, Dawn no quería saber nada de mí durante un tiempo y también me odiaba, Ashley… Con Ashley tenía que hablar y no sé cómo acabaría la cosa. ¡Qué bocazas era joder! Bueno… Como mínimo ya me había quitado un peso de encima.
Joder, hablo del tema como si se tratara de una cosa menos que hay en la lista de compra. En fin… Con los de mi clase no me llevaba ni un cuarto del cuarto de bien que con los anteriormente citados, y con Tom… Dios Tom. ¿Qué hacía con lo suyo? Me moría de solo pensar que no hablaría más con él por voluntad propia, pero me moría también de saber que por culpa de lo que él me hacía sentir ahora, no me hablaba con ninguno de mis amigos.
Joder, le quería y lo odiaba al mismo tiempo.
Estaba hecho un matojo de nervios y de líos y de todo. Siempre estoy igual. No había forma de cambiar esto ¿o qué?
Vale, Bill, lo que hay que hacer es pensar en frio. Hay que analizar la situación ¡ya! Porque si me tiro una hora más llorando, me dará un chungo.
Diablos, esto era más que difícil. Allá donde miraba, no había manera de encontrar una solución. ¿Qué coño hacía con Georg? ¡Es que no me perdonará!! ¡¡No lo hará! Dawn quiere tiempo. Bueno, quería tiempo antes de saber que le había puesto los cuernos… Ahora también me odia de verdad.
Pero bueno, si no hago nada para solucionarlo no cambiará nada, y aunque no me quieran escuchar, me da igual. ¡He de solucionarlo!
Me levanté y me puse unos vaqueros cualquiera que encontré y unas deportivas. Me cambié la camiseta por la primera que había en mi armario (fijándome en el color, claro) bastante más pequeña que esa y me quedó ceñida, como suelo ir siempre.
Me encaré a la puerta, decidido, pero sabiendo que en cuando pusiera un pié fuera me entraría el miedo e iría inseguro, caminando sin avanzar a penas, y mirando a todas partes, por si me los encontraba. Mi mano se dispuso a abrir el cerrojo…
*Toc, toc, toc..*
Retiré la mano en el primer toc y miré hacia la puerta con los ojos abiertos como platos, con el pulso a mil por hora. Oh dios mío, es Georg, es Georg… ¡¡me quiere matar!! ¡Quiere rematar la faena! ¡¡Mierda, mierda, mierda, mierdaaa!! ¿¡Y ahora qué hago?!
Vale, abro la ventana y salgo por atrás. Sí sí, decidido. ¡Joder, ¿así pienso solucionar las cosas?!
-¡¡Bill!! ¡Ábreme, que sé que estás dentro! – me paré en seco. Retrocedí y dirigí mi vista hacia dónde venía la voz. Una voz que no sonaba para nada enfadada y rencorosa, de hecho era suave y amistosa - ¿No me jodas que otra vez estás durmiendo? ¡Macho, eres una marmota! – soltó… Tom.
Si me pudiera ver a mi mismo juraría que la cara se me cambió a seria y triste.
Tom. Tiene huevos.
Respiré lentamente mientras me dirigía hacia la puerta. Con él si podía hablar, y de hecho podría mandarle a la mierda para que me dejase en paz para siempre. Que se entere de una puta vez que no quiero que seamos ni amigos. Vale, es totalmente contradictorio, cuando ayer mismo pasé la mejor tarde del mundo con él, como… amigos. Pero… La he cagado, por su culpa… Por su culpa.
El golpeteo insistente por parte de la mano de Tom no cesó y cuando notó que estaba abriendo oí un “¡Menos mal!” que me puso de los nervios.
-Encima… si quisiera no te abro. -dije bajito, para mí mismo, cabreado. Y cuando lo tuve delante se me derrumbó uno de los ladrillos que formaban mi escudo anti Tom.
Estaba delante de mí sonriente, y expectante al verme. Iba de blanco y con los vaqueros de rapero más grandes que jamás le había visto puestos. Y le quedaban bien. Muy bien. Demasiado bien. Creo que hasta se dio cuenta de que mi vista se paseó de sus pies hasta su cabeza. Lo diré de una forma más clara; pegándole un repasón.
Después me maldecí a mi mismo por tal gesto.
-¡Hostia! – y el rostro de Tom se crispó. Se acercó a mí y yo retrocedí un paso, dos, tres… Como cinco pasos hasta que me pilló y me cogió de la camiseta dejándome incapaz de alejarme más de él. Dejándonos totalmente dentro de mi cabaña. Le miré directamente a los ojos y después desvié la mirada, cohibido. Con sus manos me pilló el rostro y me lo giró hacia un lado. Me acarició la mandíbula con cuidado y sentí dolor.
-Ah… -me quejé. Incapaz de decirle nada más, ni que se fuera, ni que me dejara en paz, ni que no me tocara… nada. Mis defensas se veían debilitadas y mis intenciones de ser “anti Tom” parecían reírse de mí, como si se tratara de un chiste el hecho de querer evitarle.
-¿Qué te ha pasado? – me preguntó, después de inspeccionarme la herida. No le quise contestar. Y estuvimos en silencio un buen rato. Este no se daba por vencido y continuó preguntándome y diciéndome cosas. - antes he visto a Georg, bastante cabreado… Ni me ha saludado. ¿Qué le pasa? – respiré hondo, decidido a seguir con mi silencio.
Bill, se fuerte joder, por una vez en tu vida se fuerte… No le hables. Tú simplemente no le hables y ya está. Pero Tom estaba subidísimo en el burro y no paraba de seguir dándome conversación. Y lo que más nervioso me ponía es que me inspeccionaba el rostro sin ninguna discreción. Me apartaba el pelo de la cara como si nada y me alzaba la cabeza para mirarme el moratón que tenía. Y la verdad es que me sentía bastante estúpido sin decirle nada y el intentándome ayudar, pero… Pero yo estaba así por su culpa. Sólo por la suya.
-Dios Bill, tienes los ojos rojísimos, hinchados y totalmente… llorosos. – se calló y me separé de su lado. Joder… y cuánto me costaba hacerlo. - ¿Bill has llorado? – Supongo que mi silencio le sirvió de contestación – joder tío, estás hecho una nenaza de verdad. - se rió. ¡Se rió! ¿Pero de que va este chico? – Eso de llorar es de maricones . -siguió con la coña.
-¡Eh, eh! ¿Pero quién te crees que eres para decirme eso? – salté cabreado.
-Por fin consigo que me contestes – dijo sonriente. Después no me soltó de su vista y se sentó en mi cama. Entrelazó las manos y se las puso entre las piernas. – Oye, yo no sé qué te he hecho ahora para que no me hables, pero quiero saber el porqué, no es normal que ayer estuviéramos genial y ahora no me quieras dirigir la palabra. Aunque de hecho debería acostumbrarme ¿no? En lo que llevamos de conocernos me has hecho esto mil veces, hablar, no hablarme, hablarme, dejarme de hablar… Si te ha pasado algo gordo, es por tu culpa, y no por la mía. Yo no he tocado nada tuyo como para que me mires como si yo fuese el culpable.
Me quedé sin habla. Sin saber qué contestar. En un segundo, como si me hubiera leído el pensamiento, me derrumbó mi teoría de culpabilidad. Quizás… quizás tenía razón. Pero igualmente me mantuve erguido. Sin querer darle a entender que había cambiado de parecer.
-Oye… No hace falta que me cuentes lo que te pasa, pero como mínimo cuéntame por qué no me hablas. Si tienes un buen motivo, te juro que me voy. Pero como no lo tengas… te mato a collejas. -me amenazó. Y sin quererlo me salió una pequeña risilla, y me sonrojé cuando me correspondió. Joder, ¿por qué es así de amable?
Vale no… él no tiene la culpa de una mierda. Él, lo único que hace es ser él mismo, esa manera de ser que me está matando de tal manera que me hace hacer cosas, que después acaban de esta manera. Lo odio porque es… genial. ¡Porque me encanta! ¡Oh dios! ¡Miradlo! ¡Sigue aquí, aunque me no me digne a hablar con él! Me sentí avergonzadísimo. Agaché la cabeza y relajé el cuerpo.
-Es que soy gilipollas… Me pasa algo y la pago con todos. Lo siento. – inventé. Bueno, y no tan inventado, puesto que me pasaba con regularidad. – pero gracias igualmente.
-¿Sabes que ahora deberías morir a collejas, no? – me sonrió. Y yo intenté forzar una sonrisa, sin poder alejar de mi pensamiento, ese mar oscuro por el cual estaba atravesando - Oye… ¿quieres un abrazo o algo? – se fue levantando. Y lo miré enseguida, atónito. Iba avanzando poco a poco hacia a mí –la verdad es que yo no sé consolar mucho a la gente cuando les pasa algo, pero… - se rascaba detrás de la gorra, y miraba a otro lado, con un poco de vergüenza. Me mordí el labio sin quererlo – pero bueno, que yo que sé ¿se dan abrazos para dar ánimos, n…?
Y lo abracé yo a él. Fue como un movimiento involuntario que el cuerpo me pedía a gritos. Lo envolví y el dejó de hablar. Me rodeó con los brazos y me estrechó fuerte. No pasaron ni dos segundos que ya me había puesto mal. Se me escapaban las lágrimas por todas partes y ya estaba empezando a llorar en voz alta.
-Ey tio… seguro que hay cosas peores en esta vida. Seguro que no es tan malo ¿no? Oh vamos, yo tengo remedio para todo. Aunque, bueno, mi manera de solucionar mis fregados, son o a hostias, o… a hostias. Pero que vamos, yo encuentro otra manera.
Me reía de todas las tonterías que decía y sentía que poco a poco me iba llevando por dentro. Lo estrujé bien y sentí la dureza de su cuerpo, muy a pesar de la camiseta y de la chaqueta que llevaba y un calor reconfortante me recorrió el cuerpo entero. Exhalé aire de su cuello y un aroma a colonia de hombre me inundó las fosas nasales. Me dio una placentera sacudida que no supe cómo clasificar…
Me separó y me miró, con una sonrisa de lado.
-¿Ya estás mejor?
-Sí… - sonreí.
Y en un momento de despiste me pegó una colleja que no tardé en recriminarle con la mirada.
-¡Oye…! – me quejé.
-Venga chaval, vámonos a fuera a ver si te da el aire. Que lo necesitas. – y hizo un amago de salir corriendo de mi alcance para que no le devolviera la hostia. Y así fue. Como una bala, salió disparado a la puerta y la abrió en un segundo. Salí tras él y perdí tiempo cerrándola.
-¡Eh, vuelve! – chillé. Me sentía como un estúpido y juguetón niño pequeño. Me entró una adrenalina repentina y lo acabé pillando. Lo agarré de la gran chaqueta y lo hice parar. -¡Toma! –vitoreé.
-Ts… me he dejado ganar. - soltó, chulo como él solo.
Me quedé pensativo unos instantes, metido en mi mundo, un mundo que no tenía nada que ver con el contexto de la vida real y solté algo que creo que me salió totalmente solo, sin mi permiso, o de hecho… algo que se moría por salir, y ser explicado.
-Me ha dejado mi novia… - expliqué. De nuevo con la voz apagada, y triste, de luto.
Tom me miró, y alzó las cejas, sorprendido, después meditó un segundo.
-Vaya… - dijo, no muy seguro de sus palabras. –Mierda… no sé qué decirte, yo… Joder, es que nunca me ha pasado… No se qu…
*¡PLAF!*
Le pegué una hostia que lo dejé mirando para Rusia.
-Anda cállate, que aún lo estarás poniendo peor. - dije, medio riéndome, por no ponerme a llorar o hacer cualquier otra gilipollez. Pero después sí que me reí de verdad, sinceramente, viendo las muecas que ponía, mientras se tocaba la mejilla. Viendo cómo deformaba la cara quejándose silenciosamente. Hasta que al final, paró y se dirigió a mí.
-Hombre… no se qué hacer en estos casos… ¡Que no me peques! ¡Que te quiero ayudar! – y bajé la mano que había vuelto a poner en alto – pero creo que tengo una solución momentánea.
Lo miré interrogante y me señaló con la mano que lo siguiera.
-Pero antes de nada, y también que nos es necesario, pasamos por mi cabaña que te pongo hielo en esa cara que tienes, que creo que se te está poniendo morada. Y también me lo pongo en la bofetada que me has pegado… -dijo, volviendo a hacer muecas extrañas. Me reí. – Te has lucido con el golpe.
Tardamos como una media hora en llegar a un sitio bastante apartado de lo que era el campamento en sí, y estoy seguro que si tuviera que volver solo, no sabría ni aún llevando un mapa.
El sol estaba a una hora de ponerse y el cielo tenía un color anaranjado precioso. Las nubes estaban pintadas de un color fosforescente que cegaba y a la vez hipnotizaba. Era precioso.
Vi la cabaña de Tom, subida como en una especie de mini colina, donde una de las paredes apuntaba a un precipicio minúsculo pero del que si te caías te llevabas un gran rasguño. Estaba pintarrajeada con un gran grafiti en grande, en que se leía perfectamente Zimmer 483. Quise preguntarle a qué se debían esas palabras, pero cuando me di cuenta, ya había subido unas escaleras bastante improvisadas que daban hasta su puerta.
Subí con un poco de dificultades y pronto me coloqué a su altura, en el mismo momento en que abría y se metía dentro. Me quedé muy sorprendido con el interior. Tenía posters, tenía tele, tenía DVD, tenía un ordenador (por favor que tenga internet…) tenía una alfombra, tenía una estufa enorme, tenía estanterías con CD’s, tenía su guitarra prácticamente en un pedestal de lo bien situada que estaba y dios… Una mini nevera, con un estampado de color rojo, muy retro.
Me quedé parado y este miraba a su cabaña como si fuese algo más, como si se tuviera que conformar con ello.
-Dios… qué pasada Tom. - solté. Incrédulo.
-Bueno… para pasar todos los veranos aquí, no es que haya demasiado. - respondió, seco.
Pero yo pasé de lo que había dicho y miré a todas partes, flipando. Qué pasada.
-¡Eh, Bill! Ven aquí. – sentí por parte del chico de las rastas.
Me giré, y lo encontré al lado de la nevera, con bastante hielo en la mano, que poco a poco se iba fundiendo por el calor que hacía dentro de la cabaña. Empezaba a gotear y en un segundo se me pasaron por la cabeza la imagen de Ash y el hielo en la mano. De nuevo me entristecí.
-Ven coño, que como no te pongas hielo se te va a hinchar la cara más de lo que ya la tienes- y lo miré, saliendo del trance en el que me había metido momentáneamente. Me acerqué con paso normal y pronto llegué a dónde él estaba. –Vale… -y dirigió el liquido congelado a mi mejilla. Miré el hielo con miedo, y cuando supe que pronto me lo pondría sobre la piel, cerré los ojos fuertemente. En un principio lo noté muy frio, pero después se me fue acostumbrando la piel hasta notar que se empezaba a calentar mucho.
-¡Vale, vale! Ve separándolo un poco… - me quejé, apartándole yo mismo su mano de mi cara. Cuando me limpié el agua que había quedado en mi piel, de nuevo fui yo el que me acercó el hielo, tomando el control total de la situación, cogiéndoselo, y poniéndomelo yo.
Noté que el dolor me iba desapareciendo poco a poco, y al cavo de un rato ya dejé de ponérmelo. Vi que el hielo ya estaba prácticamente del todo deshecho y cuando ya solo quedaba el agua que había ido cayendo por mi camiseta, me limpié la cara de nuevo con el brazo, que era prácticamente lo único que estaba seco.
Busqué a mi chico con la mirada.
Lo encontré mirando dentro de la nevera, concentrado, y cuando se dio cuenta que lo estaba mirando, me ordenó que me diera la vuelta y parara de hacerlo. Lo miré interrogante, sin fiarme mucho del asunto, pero finalmente le hice caso.
-Ey, ahora te enseñaré un sitio muy chulo. Creo que te gustará. Pero hasta que no lleguemos no abras los ojos, que si no, pierde el encanto.
-¿Qué? ¿Pero tú estás loco o qué? ¡Qué yo no me sé mover por aquí!
-¿Y qué? Cógete a mí, que yo esto me lo sé de memoria. Pero sobre todo no mires.
Suspiré fuertemente, y le hice caso, cerrando los ojos, extrañado por un sonido raro que oí de fondo. Decidí no darle vueltas y me dejé llevar. Ahora necesitaba dejar de concentrarme. No podría estar pendiente de nada. Ni de mi alrededor, ni de lo que tenía en la cabeza. Si no, acabaría lanzándome por la ventana de Tom.
La mano del chico de rastas me rodeaba la cintura y me cogía con cuidado. Yo había pasado mi brazo por sus hombros y lo agarraba con fuerza.
-Oye… Esto de ir en medio de la montaña con los ojos cerrados no me parece algo muy positivo en experiencia, eh- dije, quejándome por enésima vez.
-A ver, tío, no es tan difícil. A más, sólo falta que te lleve subido en mi espalda… Ten un poco más de fe, chaval. Y ya casi hemos llegado. Encima, para bajar ya podrás mirar, y llevo dos linternas. Así que tranquilo.
-¡Hostia! ¡Es verdad! ¡Que para volver será de noche! ¡Que casi se ha ido el sol! Por no decir que ya se ha ido. ¡¡Arrgg!! ¡Qué frustrante es no saber que hay a tu alrededor! – y por inercia, me pegué más a Tom de lo que debería, pegando nuestras caderas por completo. Tom se paró un segundo, supongo que sorprendido y después volvió a indicarme dónde colocar los pies, con la voz algo cortada.
Tardamos un cuarto de hora más o menos en llegar al sitio dónde me llevaba, y hasta que no nos sentamos en el suelo no me dejó mirar.
-Espérate, no los abras aún. Bueno, espera. Mejor nos ponemos de pie.
-Joder tío, decídete, que me estás mareando.
-Shh… Calla. - me cogió la mano y tiró de mí fuertemente hacia arriba. Me colocó delante de él (o eso creo) y empezó a contar - tres… dos…
El corazón se me fue acelerando. No sé qué es lo que podría haber delante de mí como para que Tom se lo tomara tan a pecho y quisiese que fuera algo perfecto, pero sólo de estar con él ya era suficiente como para que fuese increíble. Así que no me sería muy difícil fingir asombro si es que no me gustaba aquello que me quería mostrar.
-Uno.
Abrí los ojos con miedo, sin querer descubrir del todo lo que se extendería a mi alrededor. Pero en cuanto mi vista se quedó fija y me fue fácil ver, quedé impresionado.
-Hostias… - dije, maravillado.
-¿Te gusta? Son mis vistas favoritas de noche. - dijo él, con tono soñador.
Delante de mí, se extendía como una gran sabana negra, toda la montaña y el cielo, que parecían haberse fusionado en un solo conjunto, oscuro y precioso. Pero en el horizonte, se dibujaban pequeñas y relucientes luces. Parecía la vía láctea a ras del suelo, como si cogieses el coche, y condujeras a penas un poco y llegaras a un mar de estrellas que tú mismo podrías tocar.
-¿Qué ciudad es?- pregunté. Aún embelesado.
-Pues la verdad es que no lo sé. Está demasiado cerca como para ser Düsseldorf, pero no me importa mucho la verdad. Simplemente… Me gusta. Y mira, si miras para arriba, verás que el cielo está plagado de estrellas. Es increíble. Me siento tan jodidamente minúsculo ahora. - y mi vista no tardó ni medio segundo en dirigir la vista a dónde me indicaba.
-Vaya… Me encanta. – y por un segundo, me olvidé de toda la mierda que estaba viviendo, de todo lo que me estaba ocurriendo, de que ahora… Mi mejor amigo me odiaba… que mi ex no me quisiera ver…
Suspiré.
Y Tom se dio cuenta.
-Bueno, pero que aparte de traerte aquí, ya te he dicho que tenía una solución momentánea que te haría ponerte mejor un rato ¿no? – dijo, con una sonrisa que me dio mala espina. ¿Y ahora que estaba pensando?
Se giró y rebuscó algo en sus bolsillos, que con lo poco que podía ver a penas divisé aquello que intentaba sacar. Pero finalmente extrajo su mano del bolsillo, con un artefacto que no alcanzaba a saber qué era. Entonces, lo tocó a saber dónde, y una luz se encendió, tanto por detrás como por delante.
Una linterna. Vaya.
La dejó en el suelo y alumbró un poco el espacio.
-Mira, he traído de todo… -y de una caja enorme y blanquecina sacó unos vasos de plástico. Me tendió uno y lo noté congelado. Casi como cuando realmente empieza a hacer frío. Me quedé parado y observé el vaso. ¿Y ahora este qué coño hace? – ¿qué prefieres, vodka, o…? No sé, sírvete tú mismo.- y me pasó la nevera portátil. Me quedé de piedra – hay que emborracharse. En situaciones como estas, uno lo que tiene que hacer es tragar y tragar, y pasarlo bien un rato mientras olvidas la mierda que llevas, y después preocuparte por la resaca y no por otra cosa. Pasas un buen rato entretenido, ¿no crees?
Me quedé mirando el interior de la nevera y me entró la risa floja.
-Madre mía, has traído bebida para diez personas, tío.
-¡He traído todo lo que tenía! Es que como no sé lo que te gusta… Esto lo guardaba para algún botellón que nos montamos los del grupo más el hermano de Erika, pero como mañana no estoy en todo el día que me voy a Düsseldorf a buscar a Mario y Andreas…
-¿No estás en todo el día? – me alarmé, interrumpiendo su relato.
Tom me miró, confuso, después de notar ese timbre de voz tan poco apropiado para “una relación de amigos”.