Una vocecilla de niña entrometida, me sacó de mis pensamientos. Estaba tan concentrado mirando como Mario hablaba con Bill, que no me había dado cuenta de que mitad del comedor ya se había ido, y yo debería haber sido de los primeros que debería haberse largado. ¡Tengo clase a las cuatro! ¡Tengo que ducharme, tengo que preparar la clase! Me cago en la puta.
Recogí la bandeja tan rápido como me fue posible y cuando ya me estaba levantando para dejarla en el carro de las bandejas sucias, ese alguien con voz de p**o, me estiró de la camiseta. Me sobresalté un poco y miré algo confuso. Una niña con el color de pelo n***o azabache y unos ojos verdes inconfundibles, me miraban desde abajo, a nivel un poco más alto que mis rodillas, con cara inocente y de niña buena.
-¡Anna! – grité al verla. Hacía un par de días que no me daba la barra y de hecho, la echaba un poco de menos. Puse la bandeja en una sola mano y me puse a su nivel. La rodeé con un brazo y la alcé, apoyándola en mi cintura y haciendo que se sentara sobre mi brazo. -¿Qué tal pequeñaja? – le dije, sonriente. Me caía tan bien esta niña… ¡Se parecía tanto a Bill! Si mi moreno tuviera los ojos verdes, juraría que tenía esta cara en sus fotos de pequeño.
La niña no me respondió, para variar un poco, y simplemente me abrazó fuerte, sonriente y feliz. Puse los ojos en blanco y caminando, dejé la bandeja en el sitio. Pero cuando estaba dirigiéndome a la puerta de salida, una extraña presencia me dejó parado.
Un aura oscura provenía de un par de metros más alejados de la puerta. Sentado, mirándome, con una ceja alzada, Bill.
En cuanto se dio cuenta que me había fijado en él, volvió a prestarle atención a Mario. Este le dijo algo, y Bill le contestó de una manera extraña, para que finalmente Mario acabara riendo. ¿Qué le estaría diciendo?
Pero de nuevo, Anna intentaba acaparar toda mi atención cuando Bill estaba cerca, y aprovechando que ahora ya no tenía la otra mano ocupada, se las ingenió para que la rodeara con ambos brazos.
Me hizo sonreír, y no me negué. ¡Era una cría! ¿Qué más daba? ¡Era Bill el estúpido celoso! Bah, me pone que esté celoso…
Se fijó en mi total abrazo a Anna y puso cara de perros. Ambos nos habíamos visto y ambos estábamos pendientes del otro, aunque no lo hiciéramos demasiado evidente. Bueno, puede que yo sí. Porque yo debería estar atravesando la puerta y yéndome ya mismo, y sin embargo, estaba estático, a dos metros de la salida, mirándole. ¿Algo si se ha notado, no?
Se tapó los ojos con mi gorra, de nuevo, y se cruzó de brazos. Sinceramente, yo estaba bastante cabreado con él, pero ahora mismo… Ahora mismo mis sentidos se estaban colapsando.
Vale, no realmente estaba enfadado con él, pero sí con el mundo, y con las dos veces que me ha dejado con el calentón. Yo he admitido para mí mismo, que ambos tenemos la culpa, porque ambos afirmamos que el otro iba a ser el pasivo, así que… Los dos tenemos la culpa. Pero los dos somos tan orgullosos que jamás lo admitiremos.
¡Vale, yo, debería estar ya llegando a mi puta cabaña! Negué con la cabeza, como distrayendo el resto de pensamientos, y me dirigí rápido al pomo de la puerta.
-¡Eh, Tom! - ¡¿Pero qué le pasa a la peña?! ¿¡Se han puesto en complot para no dejarme dar la puta clase?! Me giré, exasperado, y miré en la dirección de dónde provenía la voz. Me quedé mudo al cerciorarme de que se trataba de Mario, que se había levantado y se me acercaba.
Alcé una ceja, y lo miré un tanto mal. No me gustaba nada como se había portado conmigo hoy por la mañana, he llegado de muy mala hostia, y en vez de hacerme caso, y largarse se ha puesto chulo. Tsk, sabe que conmigo hay que tener cuidado…
-¿Qué quieres? – le dije, de mala gana. Mario se dio cuenta de mi tono de voz, y suspiró fuertemente. Mientras, Bill se había resignado a levantarse también, ya que si no, se quedaba solo. Cuando llegó a nuestra altura se puso al lado de Mario. Pues sí que se han hecho amiguitos, estos dos…
Bill también captó mi malas vibraciones, y mis maneras de hablar, y frunció el ceño, mirándome. Malditos malos royos entre todo el mundo…
-Pedirte que nos reconciliemos. Evidentemente, no te pediré perdón, pero sí que lo dejemos pasar. Paso de estar así todo el día… - dijo Mario, tendiéndome la mano.
Se la miré apenas un instante y puse los ojos en blanco. Madre mía, ¿cómo decirle que no? Este tío es la hostia. Se la estreché de bueno rollo y después lo abracé a medias, ya que la niña apenas me dejaba moverme. De hecho, después del tiempo reglamentario de un abrazo, Anna empezó a quejarse y a apartar a mi mejor amigo.
-¡Aiii! ¡Anna! ¡Que soy Mario! – le recriminó. Arrugó los labios a un lado, y finalmente dijo algo más. – Si no fueras tan pequeña te diría un par de cosas, criaja… Pero eres demasiado adorable, mirando con esos ojitos tan verdes. - le tocó el pelo y ella se dejó, como si fuera una pequeña gatita. La gatita se me apegó un poco más. – Ei, nena, ni que Tom fuera tu novio… - dijo con algo de rin tintín, como haciéndose notar. Pero desde luego, pasé olímpicamente de cómo lo había mencionado, y me centré en el QUÉ había dicho… En una milésima de segundo mi vista se posó en Bill, que no dudó en acercarse a nosotros, con los puños cerrados.
-¡Claro que no es su novio! ¡Es la criaja esta, que está demasiado mimada por el calamar este de las rastas! – se burló, poniendo el brazo encima del hombro de Mario, apoyándose en él. ¿Qué intenta?
-Eh ehh… ¡Yo no mimo a nadie! Es la niña, que es autista y necesita un cuidado especial… ¡Sólo habla cuando estoy con ella! – me justifiqué.
-Sí sí… - dijo, Bill, mofándose.
Pasaron unos instantes de silencio, en dónde yo había olvidado por completo que tenía clase, y en dónde no hacía más que pensar que estaba cerca de Bill, con esa tensión s****l en medio, en la cual ambos sabemos que somos novios, y el resto del mundo no. Que podríamos estar besándonos en una esquina, y sin embargo ni nos tocamos… Sinceramente, era algo raro y a la vez… Excitante. Sólo hacía que pensar en los momentos que podía estar a solas con él, y hacía que mis ansias fueran mayores, en cambio si fuera una relación normal, con la típica tía que me follo cada día dos veces, y no la suelto en ningún momento, se hace todo muy monótono.
-¡Oye! – dijo de pronto Mario, sobresaltándonos a todos de golpe - ¡Voy a encender mi móvil! ¡Necesito una foto de Tom con la niña! Es importantísimo para mi álbum. – soltó de pronto. Abrí los ojos como platos, y Bill lo miró con la boca abierta.
-¿Qué dices Mario? – Bill parecía que lo miraba como si lo fuera a asesinar o algo por el estilo. Me dio miedo y todo.
-Sí, eso digo yo ¿Por qué quieres una foto con Anna? – pregunté, aún sabiendo que con Mario no se podía preguntar nada. Es esa típica persona a la cual tú le preguntas dos más dos y te responde azul. Lo mejor es que él mismo se entiende, y sus predicciones o conclusiones al final acaban siendo acertadas.
-Porque es la protagonista de este verano. ¡Mírala, siempre estas con ella! Y si no es con ella, es con Bill… Y con Bill ya tienes una foto, bien chula por cierto – nos sonrojamos ambos, de solo recordarla. – Pues te toca con Anna. ¡Aunque, si Bill está de acuerdo, podemos hacer una de los tres! – dijo, sin mirarnos siquiera, toqueteando el móvil.
-Mario… Yo tengo que dar clase – me excusé.
-Oh, vamos es un momento – de pronto nos empezó a enfocar a Anna y a mí, con el móvil, sin pose ni nada.
-¡Ehh Ehh! Pero en medio el comedor no, joder! Vamos a fuera. – y por fin, pude abrir la puerta por la que debería haber salido hacía rato.
Me posicioné con la cría, en brazos, bien sujeta, contra la pared del comedor, ya fuera, y le toqué la mejilla, amigablemente, esta sonrió y yo me mordí el labio. ¡Qué mona!
-Ei, esta foto ha quedado muy bien, es realmente ñoña. – dijo Mario, como si fuera de lo más normal que hubiera sacado la foto ¡Sin haberme enterado yo!
-Me voy a cagar en tu – Le tapé los oídos a la niña – puta – se los destapé – madre. –y después sonreí al fotógrafo.
-¡Jajaj! Ya sé que me quieres mucho Tom… - se rió, tan majo como siempre. – Sabes que cuando se vaya del campamento y lo la vuelvas a ver nunca más, pensarás: ¡Oh, la foto de Mario! Y vendrás corriendo a pedírmela…
-No sueñes tanto… - negué con la cabeza, y después miré a Bill, que nos miraba apoyado en la pared, con los brazos cruzados, algo mosca. – Eh, - le llamé, con un tono de voz suave y sin malos royos. Aún no nos habíamos hablado desde que salí de su cabaña. Le necesitaba, y quería que, como mínimo me dijera algo, aunque ese algo fuese mandarme a la mierda, me daba igual. En cuanto me oyó, me miró, algo sorprendido y con una ceja alzada, supongo que un poco a la defensiva. ¿Sería por lo de esta mañana o… Por Anna? Me hizo sonreír esta última posibilidad – ven con migo, hazte una foto con nosotros. – le tendí mi brazo y éste se lo pensó.
-¡Sí! Va Bill, ¡sería genial! – me ayudó mi mariconcete personal.
Al final aceptó, no de muy buena gana pero lo conseguí. Me pasó un brazo por el cuello y con el otro se agarró al brazo que rodeaba a la niña, sin quererla tocar en ningún momento. Y yo, con la mano libre le rodeé la cintura.
-Tres… Dos… Uno… ¡Decid patataa!
Miré mi reloj. Eran las ocho y me día de la tarde, prácticamente noche, y ya había acabado con todas las clases.
Estaba entrando en el edificio de los profesores. Pocas veces en mi vida lo había hecho. No tenía por qué hacerlo ya que yo ya estaba más que a gusto en mi cabaña. ¿Para qué visitar un edificio en el cual apenas tenía un par de pisos con habitaciones normales y corrientes?
Total, estaba buscando a mi padre, por que la señal de internet no iba en mi cabaña, y quería que mirara a ver qué coño pasaba. Claro, estaba yo antes, intentando buscar una cosa en internet, y no iba. Vaya mierda, este puto campamento… ¡¡no tiene ni cobertura para el ADSL!! ¿Se llamará cobertura? En fin, qué más da.
Abrí la puerta con lentitud y lo vi todo oscuro. Seguramente, durante el día no habría nadie y lo dejarían todo cerrado, pero tenía que averiguar si mi padre estaba o no ahí dentro, ¡Tenía de encontrarlo!
Un ruido me llevó hasta la mini sala de estar, dónde estaban las escaleras para subir, en la cual tenían hasta una tele increíble. Sí sí, vivían como reyes, y al hijo del dueño del campamento no le daban ni agua.
En fin. Me guié por el sonido ese tan extraño, como si alguien estuviera resfriado y estuviera sorbiéndose la nariz a cada instante. ¿Entonces habría alguien de verdad por aquí? Acabé por apartarme de la oscuridad, exasperándome de ir con cuidado y encendí la luz en cuanto llegué al interruptor.
Vi una figura en el sofá pequeño, algo encogida y con las manos en la cara. Estaba hiperventilando, causando aquel sonido.
Lo reconocí enseguida.
-¿Papá? – exclamé, algo asustado. El tono de voz me sonó hasta más agudo de lo normal.
Jörg, en cuanto escuchó mi voz se sobresaltó y me miró con los ojos entrecerrados, rojos e hinchados de… ¿llorar? ¿Era eso posible?
De pronto, se incorporó limpiándose todas las lágrimas en un visto y no visto, y escondió algo, no llegué a ver qué, bajo su trasero. ¿Pero qué…?
Mi padre daba lástima. Realmente tenía la cara hinchada de tanto llorar y le temblaba la mandíbula. El pelo, que ya lo tenía por debajo de las orejas, estaba alborotado, como si se hubiera pasado las manos incontables veces, y este hubiera acabado totalmente despeinado. Se me encogió el corazón cuando lo vi, tan… indefenso y deshecho. Sobre todo eso, convertido en una mierda de arriba abajo.
-Eh… ¡Ho-Hola hijo! – dijo de pronto, intentando no resaltar lo evidente, que estaba destrozado, y yo aún no sabía por qué. Se cruzó de piernas y puso un codo en uno de los brazos del sillón, apoyando la cara en su mano. ¿Qué hacía? - ¿Cómo estás? – sonreía y todo, el tío.
Durante un instante no supe muy bien qué hacer, porque preguntarle era más difícil de lo que creía. Jamás lo había visto tan depresivo y en ese estado… Mi padre, el fuerte y decidido Kaulitz padre, abatido. ¿Pero qué es esto?
Opté por ponerme cómodo, y me senté a su lado, en el otro sillón pequeño, con lentitud.
Enseguida noté en su rostro, un pequeño gesto de contracción, cómo si no le hiciera gracia que me pusiera cerca suyo. Me giró la cara, para que no le viera demasiado.
-No te ocultes… Hace rato que te he visto. - sentencié. Era lo primero que le decía después de haber preguntado por él.
Tardó un poco en contestarme.
-¿Qué quieres decir con eso? No pasa nada… - dijo, serio y fúnebre, como una tumba. Nos quedamos en silencio un rato y tardamos en decir algo más. Apenas se oían nuestras respiraciones y quizás alguna mosca que se había colado aquí dentro, y su molesto aleteo.
Opté por decir algo de una puñetera vez.
-Estabas llorando… - solté, con las manos entrecruzadas y mirando al suelo. No pregunté, afirmé, como si ya supiera que me lo iba a negar – y no digas lo contrario – me aseguré. – Tienes los ojos rojos.
Aquello parecía una declaración de muerte inminente. Mi voz sonaba serena y grave, como dictando una sentencia en la que el preso al que juzgaba, era el próximo en morir. Y lo más increíble era, qué él ya lo sabía, sabía perfectamente que no podría escapar de esta, y acabaría colgado en la horca. Le oí coger aire sonoramente, para soltarlo después de un rato, en el que me puso nervioso.
-¿Y qué? – aventuró a responder. Quería dar a entender que yo no era nadie que pudiera cuestionar sus actos, y eso me puso de mala hostia.
-Pues que ya me estás contando ahora mismo qué coño te pasa. – sentencié, ni corto ni perezoso.
-…- no me supo contestar. – No creo que debas saberlo… - dijo por fin.
Carraspeé e intenté conducir la conversación por otro lado, sin saber muy bien cual. Busqué otra manera de sacarle la información, y recordé de pronto aquello que me había escondido nada más verme, y que por lo que parecía, no quería enseñarme.
Pues lo iba a hacer, como que me llamo Tom, que me lo enseñaba.
-Muéstrame lo que tenías en la mano. Ese… papel, o lo que fuera. – sentencié. Noté de pronto como mi padre, se tensaba notablemente y escondía su cara bajo sus manos, abatido.
-Tom… - empezó.
-No quiero excusas, enséñamelo. – le obligué.
-Eh, haré lo que quiera. – murmuró, no demasiado alto. ¿A caso me tenía algo de miedo? Supongo que sabe que si nos enfrontásemos, yo saldría ganado.
Suspiré fuerte e intenté probar con la psicología.
-Te quiero ayudar, papá… Quiero saber por qué estás mal… Lo mismo te puedo ayudar. – la verdad es que no se me daba muy bien el papel de persona buena que se compadece del resto, pero tenía que intentarlo.
-Déjalo Tom… No me vas a convencer… No es tu estilo. – carraspeé, ya de los nervios.
-¿Vale, quieres ver mi estilo? Porque te levanto con un brazo y saco el papel de debajo de tu culo en un instante. – me estaba poniendo de los nervios ya, quería saber qué coño era esa cosa que tenía entre las manos y que me ocultaba. Suspiré – ¿Es otra factura? – me puse serio.
Negó con la cabeza.
-No… No es ningún problema económico. – aseguró.
-De puta madre, me estoy cansando. Papá, o me lo enseñas o me lo enseño a mí mismo arrancándote del sofá de cuajo. Sabes que puedo hacerlo.
Se hizo silencio, durante unos instantes, interminables, en dónde observaba a mi padre, volverse a rascar el pelo, dubitativamente, y aclararse la garganta repetidas veces. Yo estaba en tensión y él parecía que también. Por fin, se alzó un poco del sofá, y buscó algo entre el cojín dónde estaba apoyado. De debajo de este, sacó un pequeño papel, que procuró tapar muy bien por la cara en la que se apreciaba algo. De lo poco que acerté a ver, fue que era una foto. Un poco más pequeña de lo normal, y bastante hecha polvo, doblada y maltratada.
-Es una simple foto.
-Enséñamela. – Jörg esta vez, no tuvo otra opción, sabía que si seguíamos por este camino él acabaría perdiendo, ya que yo se la sacaría de las manos, y finalmente me la puso sobre mis rodillas, boca abajo.
Algo asustado, y con miedo (realmente, sin llegar a entender por qué, era una puta foto, no iba a salir la niña de The Ring ni nada en ella), le di la vuelta. Mi padre no quiso mirar ni mi cara porque noté cómo giraba el rostro hacía otro sitio, evitándome.
Al fin tuve delante aquella incógnita y me detuve a mirar todos los detalles. Era una simple foto, no demasiado antigua, como de los ochenta o por el estilo. Era en este mismo campamento, al lado del lago, esa piedra tan grande que lleva ahí desde tiempos inmemoriales, dónde habían dos jóvenes sentados. Más o menos de unos veinte años. Me fijé en las pintas de ambos, y me resultó muy gracioso. Madre mía, ¡qué ropa y qué peinados tenía la gente!
Pero no vi nada más interesante en esa foto.
-¿Qué le pasa? ¿Quiénes son? – dije, algo incrédulo y extrañado.
Oí cómo mi padre se reía de lado, de una manera sarcástica y de autosuficiencia.
-Somos yo y tu madre… - dijo, como si aquello fuera algo obvio.
El corazón dejó de latir durante un instante. Bueno, de hecho primero pegó un bote que noté a la perfección, tanto, que me hizo daño, y después se quedó parado. ¿Mi… Mi madre? Se me nubló la vista un instante y me faltó respiración.
-¿Qué…? – dije, incrédulo, como si aquello fuera imposible.
Noté enseguida cómo los ojos se me aguaban, con unas lágrimas amenazando en salir. No… No, Tom no llores. Tu madre no te quiso… Te abandonó, se fue sin más, diciendo que no te quería. No puedes llorar por una madre que no te llegó a amar nunca.
¿Pero, es eso posible? ¿Es posible que no te quiera una madre?
-Era guapa, eh… - dijo con tono soñador.
Me fijé en sus rostros después de tragarme las lágrimas a conciencia, y serenarme la mente. Ella tenía el pelo largo y ondulado, medio castaño pelirrojo y su sonrisa era deslumbrante. Se cogía fuerte al brazo de mi padre, que orgulloso miraba a la cámara con superioridad, cómo si lo que tuviera entre las manos fuera lo que más pudiera llegar a desear un hombre en esta vida, esa preciosa chica.
-Mucho… - suspiré. No podía mentirme a mí mismo por muy mal que me lo hubiera hecho pasar, era preciosa y no podía negarlo. - ¿Por qué… estás mirando esta foto? ¿Por qué lloras? – deje, con ese matojo de nervios repentinos, en la boca del estómago.
-Pues porque la echo muchísimo de menos, Tom… - me confesó. Me quedé estático y algo ido. ¿Cómo? ¿Que la qué? ¿Que papá echaba de menos a mi madre? – Estaba tan enamorado… - sollozó.
No entendía nada.
No entiendo nada.
De pronto me colapsé, y chillé.
-¿¡Qué coño pasó cuando yo nací?! ¡Explícamelo de una puta vez!
-Tom, hace nada ya hablamos de esto, no te… - sentía deseos de romper algo, lo que fuera, lo que tuviera a mano, lo que… la foto.
-O me lo explicas, o la rompo. – dije, enfadado como nunca, y hablando totalmente en serio. Pensaba romperla si no me lo acaba explicando, al fin y al cavo, yo debería odiar a esa mujer que se hace llamar “mamá”.
-No serás capaz… - noté pánico en su voz. Noté cómo se estaba muriendo por dentro de sólo imaginárselo. Se levantó un poco de su sitio e intentó cogérmela en un abrir y cerrar de ojos, pero yo era más rápido y tenía buenos reflejos. Enseguida aparté la foto de su alcance y le miré a los ojos directamente. – Tom… No me hagas esto.
-¿El qué? ¿Qué no te haga el qué? ¿¡Exigirte que me expliques el porqué de mi mierda de infancia?! ¡¿Ehh?! ¿¡Es eso?! – me alteré como nunca. Y jamás en todo este tiempo que conocía a Bill, había tenido tantas ganas de verle y tenerle cerca, sólo quería abrazarlo y sentirlo, por muy enfadados que estuviéramos me daba igual, pero… le necesitaba. - ¡Explícamelo!
Cerró los ojos fuertemente, cómo si le pesaran y finalmente se serenó y habló.
-Está bien. – ahora sí noté cómo el corazón se me ponía a mil por hora. Estuvo un par de minutos que no dijo nada, como si estuviera ordenando sus pensamientos y finalmente, habló.– Esto… El otro día, te dije que bueno… Que me enamoré prácticamente nada más verla ¿recuerdas? – asentí - Después del campamento nos seguimos viendo… El caso, es que bueno… - se entrecortaba con las palabras y le costaba mucho seguir.
-¿Cómo se llama? – nunca me quiso decir su nombre, no quería que nadie la nombrara y jamás llegué a sacarle el nombre.
-Si… Si… - se aclaró de nuevo la garganta, y con el dedo índice se quitó una lágrima traicionera que ansiaba salir. – Si… Silvia. – dijo de pronto.
-Silvia… - es un nombre bonito. – sigue.
-Tu madre y yo, nos fuimos a vivir a Berlín y estuvimos viviendo juntos durante tres años. Una de las épocas más felices de mi vida. – Soñador, miraba al fondo cómo si viera su vida en una gran pantalla y reviviera cada momento. Pero de pronto, su semblante cambió y una cara de fantasma transformó esa sonrisa- Tus abuelos me odiaban. Los padres de, Si-Silvia.
Algo de ello me sonaba, un vago recuerdo, de haber preguntado por ellos de pequeño, y que mi padre respondiera algo por el estilo, que ambos eran como mi madre, que me odiaban.
-¿Por qué? – aventuré a preguntar.
-Porque era un pordiosero. Ambos sabían que lo único que realmente me daba dinero era este campamento, y no esos pequeños curros durante el año mientras esto está cerrado, y sabían que apenas daba para comer y poco más. Los padres de Silvia querían lo mejor para ella, y yo desde luego, no lo era.
-Oh…- dije, bastante choqueado. Soy un pordiosero, de puta madre. Y nunca mejor dicho.
-Me lo dijeron tantas veces… Me arrinconaban entre los dos en las pocas ocasiones en las que nos veíamos, como en fiestas o navidades, y me aseguraban que yo no era nadie para ella…
-¿Y ellos que sabían? – me molesté.
-Eso pensaba yo… Jamás les hacía caso, nunca. – aseguró. – Ni tan sólo, cuando empezaron a insinuar que un antiguo compañero nuestro de clase era mucho mejor para ella que yo. Se llamaba Gordon, y siempre había mantenido las distancias con ella porque a él le gustaba, pero ella estaba conmigo. Se ve que era de buena familia y tenía mucha pasta, sobretodo eso último. – dijo, con algo de rencor – pero jamás me importó. Tu madre… Tu madre era increíble, y ella me quería, ella no quería dinero… - aseguró.
-¿Y por qué nos abandonó? – dije, sintiendo algo de pánico al notar tal tristeza en mi voz. Tom, no te pongas tan sentimental por alguien que no lo merece.
-Todo a su tiempo… Déjame seguir. - Asentí, cayado como una tumba. De pronto, su semblante cambió, y volvió a mirar al horizonte, dónde se perdía su vista. Esbozó una amplia sonrisa – Las navidades del ochentaiocho fueron las mejores de mi vida… Llevábamos juntos tres años, y queríamos casarnos, pero no teníamos dinero… Los padres de ella, siempre ponían excusas para no dejarnos dinero, excusas que parecían razonables pero que era evidente de que eran por mí, que por mí no se gastaban ni un centavo…
Suspiré.
>>El caso, es que estábamos bastante deprimidos, porque no había forma de conseguir dinero para una boda decente, con ese vestido blanco con el que soñaba tu madre, y la catedral más bonita de todo Berlín… ¡Tu madre siempre fue muy soñadora! Era, uno de sus encantos… - sonreí de lado, y él compartió mi gesto - Pero… De pronto, el destino nos dio… Un gran regalo.
Yo.
>>Silvia… Estaba embarazada. Fue… Increíble, ninguno de los dos nos lo creíamos. Al principio nos asustamos, porque teníamos que recortar muchos gastos si íbamos a tener un bebé, pero pensamos en que quizás entre mis padres y los suyos nos aportarían una pequeña ayuda…
-Pero, no fue así, ¿cierto? – adiviné, viendo como mi padre asentía lentamente.
-Tus abuelos me odiaban tanto, que me dijeron que jamás aportarían ayuda a un bebé “Ilegitimo”, o algo así dijeron… ¡Yo era pobre! ¿Porqué ayudar a un hombre que tenía que pedir dinero para cuidar a su hijo? – se paró un instante. Instante en que yo ya no era yo, estaba tan en shock, que apenas podía moverme. Tantos años sin saber nada… Y ahora, de pronto… Me entero de tantas cosas. – Yo estaba tan asustado… ¡Te prometo que veía a tu madre en cualquier esquina para poder trabajar! No había tiempo para volver a los estudios, ni mucho menos, dinero… Aquello era el apocalipsis. Mis padres estaban igual que yo, así que mucho no podían hacer…
-¿Qué pasó entonces?
-Los padres de Silvia me dijeron que me largara, que abandonara a tu madre. - ¿Qué? ¿Que mi padre abandonara a Silvia…? ¿Fue realmente así la historia? No me digas eso papá…- ¡Pero yo, no podía! La quería tanto… Ella por supuesto, no tenía ni idea de todo esto, jamás supo que sus padres tenían ese especie de odio enfermizo, y mucho menos que no ayudarían al niño por ello.
-¡Ve al grano papa, me estoy poniendo nervioso! – salté, ya con ganas de pegar a todos los muebles.
-Yo intentaba pensar en opciones para salir adelante, hipotecas o lo que fuera, pero… Entonces, descubrimos algo que me acabó por matar. En las ecografías había algo raro… Ya no eras sólo tú. Erais tú… y tu hermano gemelo.
De pronto todo se quedó en silencio. Yo miraba al suelo con los ojos abiertos totalmente, sin poder evitar que un par de lágrimas se me escaparan, suicidándose contra el suelo.
-¿Cómo? ¿Mi hermano… Gemelo? Yo…Tengo… ¿Tengo un hermano? – sentía que no podía pronunciar ni una palabra más, porque un agujero enorme se me empezaba a abrir en el pecho, tragándose mi corazón y todos mis órganos, sin dejar nada con lo que poder seguir viviendo. La… la respiración, me faltaba la respiración.
-Sí… - no se aventuró a decir nada más. Pero… ¡Pero yo necesitaba muchísimo más que esa simple afirmación! ¡Pero el amor de dios, tengo un jodido hermano gemelo!
-¿Hay alguien, igual que yo… en este mundo? ¿La misma nariz, la misma boca, los mismos ojos…? – No, eso era imposible.
-Sí… - volvió a repetir, con una sonrisa triste. Me estaba, exasperando, me estaba poniendo de los nervios, sentía que… vomitaría ahí en medio. Vi cómo se levantaba y se dirigía a ese papeleo que había encima de una mesa. Entre tanto folio, estaba la cartera de mi padre.
La cogió entre sus manos y la abrió. Estaba un poco desconcertado, ¿me había soltado la bomba y ahora quería mirar cuanta pasta le quedaba en la cartera?