Capitulo 56

4915 Words
-Eso pensaba yo… Jamás les hacía caso, nunca. – aseguró. – Ni tan sólo, cuando empezaron a insinuar que un antiguo compañero nuestro de clase era mucho mejor para ella que yo. Se llamaba Gordon, y siempre había mantenido las distancias con ella porque a él le gustaba, pero ella estaba conmigo. Se ve que era de buena familia y tenía mucha pasta, sobretodo eso último. – dijo, con algo de rencor – pero jamás me importó. Tu madre… Tu madre era increíble, y ella me quería, ella no quería dinero… - aseguró. -¿Y por qué nos abandonó? – dije, sintiendo algo de pánico al notar tal tristeza en mi voz. Tom, no te pongas tan sentimental por alguien que no lo merece. -Todo a su tiempo… Déjame seguir. - Asentí, cayado como una tumba. De pronto, su semblante cambió, y volvió a mirar al horizonte, dónde se perdía su vista. Esbozó una amplia sonrisa – Las navidades del ochentaiocho fueron las mejores de mi vida… Llevábamos juntos tres años, y queríamos casarnos, pero no teníamos dinero… Los padres de ella, siempre ponían excusas para no dejarnos dinero, excusas que parecían razonables pero que era evidente de que eran por mí, que por mí no se gastaban ni un centavo… Suspiré. >>El caso, es que estábamos bastante deprimidos, porque no había forma de conseguir dinero para una boda decente, con ese vestido blanco con el que soñaba tu madre, y la catedral más bonita de todo Berlín… ¡Tu madre siempre fue muy soñadora! Era, uno de sus encantos… - sonreí de lado, y él compartió mi gesto - Pero… De pronto, el destino nos dio… Un gran regalo. Yo. >>Silvia… Estaba embarazada. Fue… Increíble, ninguno de los dos nos lo creíamos. Al principio nos asustamos, porque teníamos que recortar muchos gastos si íbamos a tener un bebé, pero pensamos en que quizás entre mis padres y los suyos nos aportarían una pequeña ayuda… -Pero, no fue así, ¿cierto? – adiviné, viendo como mi padre asentía lentamente. -Tus abuelos me odiaban tanto, que me dijeron que jamás aportarían ayuda a un bebé “Ilegitimo”, o algo así dijeron… ¡Yo era pobre! ¿Porqué ayudar a un hombre que tenía que pedir dinero para cuidar a su hijo? – se paró un instante. Instante en que yo ya no era yo, estaba tan en shock, que apenas podía moverme. Tantos años sin saber nada… Y ahora, de pronto… Me entero de tantas cosas. – Yo estaba tan asustado… ¡Te prometo que veía a tu madre en cualquier esquina para poder trabajar! No había tiempo para volver a los estudios, ni mucho menos, dinero… Aquello era el apocalipsis. Mis padres estaban igual que yo, así que mucho no podían hacer… -¿Qué pasó entonces? -Los padres de Silvia me dijeron que me largara, que abandonara a tu madre. - ¿Qué? ¿Que mi padre abandonara a Silvia…? ¿Fue realmente así la historia? No me digas eso papá…- ¡Pero yo, no podía! La quería tanto… Ella por supuesto, no tenía ni idea de todo esto, jamás supo que sus padres tenían ese especie de odio enfermizo, y mucho menos que no ayudarían al niño por ello. -¡Ve al grano papa, me estoy poniendo nervioso! – salté, ya con ganas de pegar a todos los muebles. -Yo intentaba pensar en opciones para salir adelante, hipotecas o lo que fuera, pero… Entonces, descubrimos algo que me acabó por matar. En las ecografías había algo raro… Ya no eras sólo tú. Erais tú… y tu hermano gemelo. De pronto todo se quedó en silencio. Yo miraba al suelo con los ojos abiertos totalmente, sin poder evitar que un par de lágrimas se me escaparan, suicidándose contra el suelo. -¿Cómo? ¿Mi hermano… Gemelo? Yo…Tengo… ¿Tengo un hermano? – sentía que no podía pronunciar ni una palabra más, porque un agujero enorme se me empezaba a abrir en el pecho, tragándose mi corazón y todos mis órganos, sin dejar nada con lo que poder seguir viviendo. La… la respiración, me faltaba la respiración. -Sí… - no se aventuró a decir nada más. Pero… ¡Pero yo necesitaba muchísimo más que esa simple afirmación! ¡Pero el amor de dios, tengo un jodido hermano gemelo! -¿Hay alguien, igual que yo… en este mundo? ¿La misma nariz, la misma boca, los mismos ojos…? – No, eso era imposible. -Sí… - volvió a repetir, con una sonrisa triste. Me estaba, exasperando, me estaba poniendo de los nervios, sentía que… vomitaría ahí en medio. Vi cómo se levantaba y se dirigía a ese papeleo que había encima de una mesa. Entre tanto folio, estaba la cartera de mi padre. La cogió entre sus manos y la abrió. Estaba un poco desconcertado, ¿me había soltado la bomba y ahora quería mirar cuanta pasta le quedaba en la cartera? -¿Papá, qué coño haces…? – pero me silenció con un “Shhh”. Enseguida enmudecí, consciente de que… Buscaba algo en esa cartera, y no era precisamente dinero. No sé qué diablos hizo con ese trozo de cuero, que abrió no sé cuantas cremalleras que ni sabía que existían, y sacó, otro papel. Otra… foto. -Nunca supe quién de los dos eras tú, porque… ¡Erais tan iguales! Que los primeros años intenté descubrir cuál de los dos eras tú, y jamás lo descubrí… - me tembló el pulso cuando Jörg me tendió aquel trozo de papel fotográfico. Se me taponaron los pulmones de tanto aire que llegué a coger. En la foto, había dos bebés recién nacidos e… iguales, dormían plácidamente uno al lado del otro con los ojos cerrados al completo. Eran tan pequeños que casi se podrían coger cada uno con una sola mano. Se me congeló el corazón. -¿Somos nosotros? – era tan… Extraño decir “nosotros”. -Os la hice antes de… Irme. Es la única foto que existe de ambos juntos. – pareció dudar de esas últimas palabras, aunque le di caso omiso. Lo principal estaba siendo demasiado chocante. -¿Cómo que antes de irte? – me temblaba todo el cuerpo, y de pronto tuve tanto frio que mis dedos se empezaron a congelar. Y no era por la temperatura exterior, era yo. -Estaba tan asustado de no poder salir adelante que pensé que si me largaba, justo después de que naciera el crío, para que tu madre no pasara tan sola los meses de embarazo, tus abuelos se compadecerían del niño, y aportarían ayuda, muy a desgana, pero… Lo harían. – mi cerebro pillaba la información, pero… Pero no era algo fácil de digerir… Me había calmado, pero mi vista, que seguía en aquella foto sólo iba de un bebé a otro. Mis pulgares acariciaron a cada niño, como si de verdad estuvieran ahí. Casi podía oír sus llantos y sus gritos… Nuestros llantos y gritos. -Pero aquel contratiempo tan grande, de los dos niños, me hizo volverme loco. Estuve meses pensando qué coño haría. ¡No iban a apiadarse de dos críos! Si uno ya era difícil, dos era imposible… Así que… Bueno, lo hablé con ellos. – abrí los ojos tanto durante un instante que me dolieron. -¿Qué? ¿Querías contarles que te pensabas largar dejando colgada a una madre primeriza? – se me saltaron los colores y me puse rojo de la rabia. Por muy noble que se pensara que era, alejándose de su familia para que esta sobreviviera, era algo cobarde al fin y al cavo. ¿Quién sabe si después encontraban buenos trabajos y todo acaba feliz? -Piensa lo que quieras, pero por primera vez en mi vida, los padres de Si… Silvia me miraron con algo de aprecio. En cuanto les dije que me largaría, sonrieron. ¡Sonrieron! No sabes lo mierda que me sentí en aquel entonces. Era como si me hubieran tirado en medio de un circo, y todos los niños me tiraran pasteles a la cara y se rieran de mí. Aquella fue la decisión más difícil de mi vida, antes de… De decidir que me tenía que llevar a uno de los niños. Tus abuelos no querían a dos niños, y me dijeron que como no me llevara a uno de los dos, no se encargarían del otro. Bum Bum, Bum Bum… En mi cabeza todo llegó a una misma conclusión. -Eres un hijo de puta… Mi madre me quería… Siempre me quiso… -… - suspiró, volviendo al llanto. – En cuanto os hubieron lavado nada más nacer, os hice la foto y te cogí a ti. Pero te cogí casi sin mirar, pude haber cogido al otro niño, pero lo hice tan deprisa que no sé ni cual cogí, si el que nació primero o el último… Nada. Tus abuelos, que tenían mucha pasta, sobornaron al médico jefe e hicieron un parte de defunción. Jamás sabré cómo lo consiguieron. Representa que es un delito de pena muy alta, pero… lo hicieron. Teóricamente según lo que el médico tenía que comunicarle a tu madre, era que se deshicieron del cadáver enseguida, porque estaba enfermo y a más muerto. Nunca llegué a saber la reacción de Silvia, pero tuve pesadillas durante años, muchísimos años... Incluso… Aún hay días en que lo recuerdo. Para no irme… “sin más”, le dejé una carta muy breve en la que le decía que no podía soportar cuidar tantas bocas sin poder llegar a conseguirlo. Que me sentía fatal sabiendo que no podía cuidar a mi familia aunque quisiera. Que en el fondo, era verdad. Se supone que cuando yo le dejé la carta aún no había muerto el bebé, así que no la abandoné “con un hijo muerto”. No me lo podía creer… Toda la vida, pensando que no merecía la pena pensar en mi madre, porque ella… No pensaba en mí, cuando en realidad, igual se acuerda más ella de mí, que yo de ella. Siempre han dicho que una madre no puede enterrar a su hijo, que es el peor de los infiernos. Silvia no me llegó a conocer, pero quizás ello era aún peor. Vivir el resto de tu vida, con la sombra de un hijo que nunca llegó a nacer, sin saber si iba a ser futbolista, si iba a ser actor, o si iba a ser… Un pordiosero. -Mi… Mi hermano. Mi hermano. – dije tan en shock que hablaba como si apenas conociera el idioma, intentando comunicarme con palabras cortas y básicas- ¿Cómo se… se llama mi hermano? - tartamudeé. Se quedó pensativo. -A tu madre siempre le gustó el nombre de Tom. – aclaró. ¿No era que casi me llama Bill? – realmente era yo el que opinaba que uno de los dos debería llamarse Bill, siempre me había gustado ese nombre. – dijo, como si me leyera el pensamiento. -Hummm… -Nunca supe cómo le puso de nombre. Imaginé que también le puso Tom, porque seguramente, me odió tanto cuando se dio cuenta de que la había dejado, que… Que no querría nada que tuviera que ver conmigo. Imagino que lo último que haría sería llamarle Bill al niño… - reflexionó. -¿Entonces… tengo un hermano gemelo… que se llama igual que yo? Se rió por el comentario, pero enseguida se puso serio. -Ya te he dicho que no lo sé… - respondió. -¿Y porque me llamaste Tom y no Bill? ¿No era el nombre que te gustaba a ti? – pregunté. No entendía nada. -Precisamente por eso, yo quería lo que tu madre quería… Si a Silvia le gustaba Tom… Tú te llamarías Tom. Me importaba una mierda lo que yo sintiera. – volvía a sollozar en silencio, mientras se secaba las lágrimas con las manos. – Todavía me acuerdo muchísimo de ella, Tom… Me enamoré de ella nada más verla, aquí en este mismo sitio, y… Y aún no la he olvidado. La veo en cada esquina, en cada recoveco del bosque, mirando los animales y acariciando a las ardillas. La veo mirando al agua y dibujando las montañas. La veo bañándose en el lago y tirándome agua. La veo cogida en mis brazos, asustada de mojarse demasiado el pelo… - sonrió, nostálgico. -Eres un cabronazo… Ni siquiera sabes cómo les va, ¿cierto? ¡¿Ni tan solo intentase hablar con ella al cabo de los años?! ¡¡Esto empezó a ir bien!! ¡El campamento daba pasta! ¡Podrías haber contactado con ella, o mandarle dinero, o…! ¡¡O decirle que existo!! ¡¡TENGO UN HERMANO Y UNA MADRE, POR EL AMOR DE DIOS!! – me levanté y tiré mi sillón al suelo. -¡¿Pero cómo le miraba a la cara, después?! – chilló, poniéndose también de pie. -¡¡Ese es tu puto problema!! ¡No haber hecho que les abandonáramos! ¿Y si ahora viven bajo un puente…? ¡¿Cómo sabes realmente que mis abuelos les ayudaron, eh?! ¿¡Cómo sabes que no era un puto farol?! ¡¿Algo con lo que poder deshacerse de ti?! ¡Quizás mi hermano ahora sea pasto de gusanos! ¡Lo mismo… También sobornaron a la niñera e hicieron que la muerte de Tom… o… o Bill fuera un accidente! ¡ARG! ¡Yo que sé…! – me estaba poniendo de los nervios. -He vuelto a ver a tu hermano después de lo del hospital. - dijo lo más tranquilo posible. Igualmente, le notaba como apretaba los puños en señal de histerismo. Yo me quedé estático. -¿Qué…? -¿Te acuerdas de aquel viaje a Paris en coche? – me preguntó. -Sí… Yo tenía diez años. – recordé. -Vale. Pues en una de las áreas de servicio de la carretera, paramos porque yo tenía una urgencia. – asentí. – Tú te quedaste en el coche con Bipa. - ¡Bipa! ¡La perra que me regaló nada más nacer! Era un pastor alemán precioso. Adoraba a esa perra. Murió hace tres años ya. -Lo recuerdo. -Bien, pues… Cuando ya estaba saliendo por la puerta, pasó a mi lado, una mujer. Y era… Ya sabes, preciosa. Apenas la había divisado, pero sin poderlo evitar, me giré a mirarla. Era alta, y tenía el pelo corto y liso. Pero aún era morena, medio pelirroja… Ella también se volteó y compartimos una mirada… Creí que me iba a dar un infarto, cuando me di cuenta, de que aquella mujer tan guapa, era en realidad Silvia... Y sin poderlo evitar, mi mirada viajó a ese pequeño acompañante que llevaba, cogido de la mano. Ni dudé cuando fui a responder. -Mi hermano. - adiviné. -Sí. - confirmó - Tenía el pelo más corto que tú en aquel entonces, pero seguía teniendo tu misma cara, quizás la suya era un poco más fina, pero… Era como estar mirándote. Esos ojos, igual que los tuyos, me dejaron sin aliento… De pronto, ella entristeció la mirada y dejó de mantener el contacto, pegó un tirón del brazo e hizo que continuaran hacia delante. Escuché como tu hermano decía: “¿Quién es ese señor, mamá?”, y ella… Ella simplemente contestó: “No lo sé, cariño…” ¿Se desentendió de él? Lo tuvo delante de sus narices y ¿se fue? Después de tantos años… Supongo que es una reacción normal. Te encuentras a un casi marido, que te dejó en el momento más crítico de lo que puede ser toda tu vida y hace que aún todo sea más n***o… No, desde luego, mi madre no hizo mal. -Porque te tendría asco… Porque eres un cabronazo de mierda y un hijo de puta. ¡Porque deberías haber denunciado a mis putos abuelos y haber esperado lo que el futuro nos tenía preparado! ¡Si hubiéramos salido o no adelante! Eres un puto cobarde… Eso es lo que eres, un cobarde. -Tom… -¡NO! ¡CÁLLATE, JODER! ¡Eres un cobarde y no me lo puedes reprochar! Te odio… Te odio. -No Tom… No me odies. -¡Sí! ¡TE ODIO! ¡POR SEPARAME DE MI FAMILIA! -Yo soy tu familia, hijo… Yo te he enseñado todo lo que sé. Y eres fuerte y valiente, eres autosuficiente y… Y estoy orgulloso de haberte visto crecer y haberte educado de esta manera. -¿A sí…? ¿Y qué hay de Silvia? ¿Ella no tenía derecho a verme crecer? ¿Yo no tenía derecho de ver crecer a tu otro hijo? ¡¿A mi hermano?! ¡¡Joder, ¿cómo eres tan insensible?!! -… Se hizo un silencio que no me vi capaz de soportar mucho más. De nuevo volvía a sentir esas ganas de vomitar y echarlo todo, de llorar hasta morirme deshidratado y de chillar hasta que mis cuerdas bocales dijeran basta. ¡De saltar de un puto acantilado y matarme! De… De salir corriendo y no volver jamás. -Nunca te lo perdonaré… Jörg. Nunca. - me temblaba todo el cuerpo, y tenía pequeñas compulsiones de contenerme las ganas que tenía de pegarle y dejarlo en el suelo. Ese que me había cuidado desde que era pequeño, se sentó en el sofá. Pero ya no lloraba. Me miraba directamente. Con los ojos inundados y las mejillas rojas. El labio inferior le temblaba y se toqueteaba los dedos, del nerviosismo. - ¿Algo más que deba saber? Respiró hondo. -No… -¿No? ¿NADA? ¿Ni tan solo dónde viven ahora? -No sé nada de ellos… Te lo juro. Cerré los ojos de nuevo y me sentí vacío… Muerto y deshecho. Quería… Quería ver a mi moreno, quería abrazarlo y no soltarlo. Cogí el móvil sin prestarle atención a aquel que se hacía llamar padre y abrí la agenda de contactos. Encontré el que quería y antes de darle a llamar miré la hora. Eran las diez de la noche, ya… Sí, estarían juntos, seguro. Le di a marcar y esperé paciente a que Mario me cogiera el teléfono. No quería encontrarme con nadie, y con nada. Sólo quería ver a mi chico y a nadie más… Y no quería entrar al comedor para buscarle. Esperé impaciente mientras daban los tonos de llamada, y empecé a sollozar sin querer. Estaba tan hecho mierda... Dios mío, esto me estaba superando, jamás me habría esperado algo así. En la vida. De nuevo volvía a sollozar. No mierda… Ahora no, Tom, ahora no, que estás al teléfono… -¡Hey! ¡Tom, justo iba a…! - La voz de Mario me llegó alta y clara. -MaMario… Esto… - Mierda, mierda… Se me notaba demasiado que estaba llorando. -¿Tom? ¿Qué te pasa? ¿Estás llorando? – empezó a preocuparse. -¿Qué…? Eh… No no… - mentira, mi voz nasal me delataba demasiado, y cada dos por tres me estaba sorbiendo la nariz. -¡Sí que estas llorando!- me recriminó. Escuché la voz de Bill, de fondo, también diciendo algo con voz de pánico, pero no alcancé a escuchar qué era. -¡Arg, Mario! ¡Déjame! ¡Tú sólo dile a Bill que salga del comedor, que un rato llegaré yo! – no le dejé contestar, ya que le colgué de inmediato. Puse el móvil en mi pantalón y me dirigí a la puerta, sin mirar a tras, dejando una sobra negra, en el sofá, tragándose los años de tortura en una sola tarde, haciéndole recordar toda esa mierda que me había hecho pasar. Pero, antes de que mi mano alcanzara el pomo, escuché algo último. -Ese Bill… Parece muy buen chico. - abrí mucho los ojos de lo poco que me esperaba esas palabras. – Se os ve muy bien juntos… Supongo, que ya me lo presentarás ¿no? - me giré tan deprisa que casi pierdo el equilibrio. Me miró, serio, y simplemente asintió con la cabeza. – El amor no se juzga… Y por amor se hacen, grandes locuras. Espero que no salgas demasiado perjudicado de esto, hijo… No entendí nada de lo que había dicho, pero en cuanto acabó, abrí la puerta, y choqueado, salí de allí con un gran portazo ensordecedor. Miré a mi alrededor, y pude ver a escasos metros el edificio del comedor, dónde con rapidez, la puerta se abría, dando un poco de luz a este oscuro campamento, que ya empezaba a dormitarse por culpa de la noche. Mi moreno, de lejos, se apoyaba en la pared, bastante alejado de la puerta, y se tapaba del frio con sus propios brazos. Bill Eran las nueve de la noche ya pasadas, y llegaba al comedor. Estaba algo nervioso, me había tirado toda la tarde haciendo, lo poco que me quedaban de los deberes aquellos tan asquerosos que habían mandado para el campamento, y de paso intentaba olvidar la conversación con Mario. Había sido de lo más… frustrante. ¡De esperar que me hablada sobre cómo hacer que Tom se pusiera a cuatro patas, me había intentado convencer de que fuera yo! En fin, supongo que era algo gracioso al fin y al cavo. ¿Qué más daba? Algo de razón sin tenía, Tom jamás se dejaría hacer nada por mí, y si yo no era un poco más listo que él, nunca pasaríamos de un paja… Y la verdad, es que prefería ser sodomizado a no ser nada… Abrí la puerta del comedor y lo primero que miré, ya casi por instinto, fue la mesa de los profesores. Pero… No estaba mi nene. De hecho, no estaban ni Mario ni Andy tampoco. Estaban el resto de profesores a excepción de Jörg, pero por ejemplo Dawn sí estaba, y hablaba con el c*****o de Erik, para variar. Cogí mi bandeja, y con la vista baja, empecé a pasar por la barra de metal. Una vez acabé, me dirigí a esa mesa que había considerado como mía desde que me peleé con Georg, y en dónde nadie se sentaba. Esa mesa al final de la primera fila, cerca de la puerta. Abandonada y que ahora era mía prácticamente, aunque estuviera solo casi siempre. Pero, parecía que hoy… No era el caso. Esa mesa de seis estaba totalmente llena, ¡no había casi sitio! -¿Mario y Andy? ¿Qué hacéis aquí? – las dos primeras cabezas que ví eran las suyas. -¿Os sentáis conmigo directamente, sin que esté yo? – les sonreí. -Sí… pero parece que no somos los únicos… - se apartaron un poco, y detrás de ellos, habían dos personas más. Mis ojos se abrieron como paltos, y mi boca llegó al suelo. Mi corazón empezó a latir tan fuerte, que creí que lo estarían escuchando todo el comedor. -¿Ashley…? ¿GEORG? – De ella aún me lo esperaba un pero… ¿Georg? ¿Al final había aceptado mis disculpas? ¿Iba enserio lo del mensaje de esta mañana? Él me miró algo triste, pero me sonrió de lado. Me dirigí rápidamente hasta dónde estaba él y dejé la bandeja a su lado, justo en uno de esos dos sitos que sobraban. Le casi obligué a que se levantara y le abracé tan fuerte, que oí una queja, algo lejana, ya que yo me había alejado de este mundo, adentrándome en un puto paraíso, del que me dolía pensar, que en breves instantes me separaría. Él no me abrazaba muy entusiasmado, y ni tan solo dijo nada, pero verle ahí, cerca de mí, justo a mi lado, cenando, era más que cualquier otra cosa que pudiera desear. Cualquier cosa… -Bueno… Ahora que ya has llegado… - empezó a hablar Mario. - ¿nos presentas? – dijo, sonriente. -¿Cómo? ¿Lleváis en la misma mesa a saber cuánto rato y aún no os habéis presentado vosotros solos? – dije algo incrédulo y divertido. -¿Qué quieres? Cada uno se mete en su tema porque el único que teníamos en común eras tú, y ni tan solo sabíamos de qué manera. – rodé los ojos y empecé. -Veamos. Georg, Ashley, - les hablé. Ella me miró, pero él apenas pareció que se daba cuenta de que le hablaba, o como mínimo hacía ver que no se había dado cuenta – Estos son Andy y Mario, - los señalé conforme decía sus nombres. – Son los mejores amigos de Tom, y bueno, no sé si os habéis dado cuenta, pero… Son pareja. – puntualicé. Mario miró a Andy con aire soñador y después sonrió a mis amigos. -¡Encantado!- dijeron ambos al unísono. -Y em… Andy y Mario, - esta vez les hablaba a ellos – estos dos son Ashley y Georg – también les señalé conforme los nombres, aunque no hiciera falta, pero daba igual. –Ellos son mis mejores amigos. Georg de toda la vida, y Ashley desde el bachillerato. Ambos asintieron, se estrecharon las manos y se dieron dos besos entre todos. Y justo, en ese rato en que se empezaron a saludar, pensé en ese factor que unía a estos dos grupos de amigos; Tom y yo. Y nada más pensar en él, miré a ese espacio vacío que quedaba en la mesa, justo enfrente de mí pegado a la pared, al lado de Ashley. Una silla sin nadie a quién acoger. Y una duda en mi mente que me sobrecogió un instante. -Oye… ¿Alguien sabe dónde está Tom? – pregunté, mirando sobre todo a Mario, que era el único que sabía esta historia, cómplice de mis actos. Todos negaron con la cabeza, el único que habló fue el novio del anteriormente nombrado. -Qué va, hemos ido hace diez minutos a buscarlo a su cabaña y no estaba, así que hemos supuesto que ya habría llegado, pero nos hemos dado cuenta de tampoco era así, por lo que hemos pensado que llegaría contigo, pero… Parecer ser que tampoco. – dijo, arrugando los labios de lado, como diciendo que no podía hacer nada. Respiré hondo y asentí. Nos quedamos en silencio y después de medio minuto, en dónde todo el mundo compartía miradas y yo tenía la mía fija en mi plato, empezaron a sonar los tenedores. Tardé poco en sentir un escalofrío que me recorrió toda la columna vertebral. No sé porqué, pero algo me oprimía el pecho y me hacía que tuviera ganas de llorar. ¿Qué coño está pasando? ¿Qué mierda es esta sensación? Era como si… de repente todo se volviera n***o y sin sentido, oscuro y tenebroso. Como si ya no estuvieran mis amigos y me quedara yo solo, en un mundo dónde no salía el sol, donde ni tan solo existía la luna, y la oscuridad era tal, que mi vista no se acostumbraba y no alcanzaba a ver ni mis propias manos. Me faltaba la respiración, y tenía ganas… de vomitar. -¿Bill? ¿Bill, estás bien? – de pronto, en toda la noche, Georg se atrevió a decirme algo, y parecía bastante asustado. Me puso la mano en mi espalda y después ascendió y descendió por toda ella, intentando reconfortarme. -No mucho… Me estoy mareando… - solté, diciendo al azar lo primero que me excusara. Eso no era un mareo… Era un pozo sin fondo. -¿Quieres salir un rato? – esta vez fue Ashley. Su voz dulce hizo que me tranquilizara un poco. - ¿O prefieres que llamemos a algún profesor? – estaba realmente preocupada. -No no… Tranquila, se me está pasando ya… - dije, sonriéndole y tranquilizándola. -Joder macho, te has puesto blanco – y fue Andy el que habló. -¡Ya ves, que ni el pelo de este es más blanco! – dijo Mario, señalando a su novio. Hizo que me riera, y después hasta solté una carcajada cuando Andy le dio un golpe en la cabeza, como venganza. -¡Jajajaj! No chicos, en serio. Ha sido un momento – mentira. Aún seguía sintiendo esa sensación tan extraña, pero ya no tan fuerte. -Vale vale… - el moreno volvió a su plato. -Oye… ¿No podrías llamar a Tom? A ver si dice dónde está… - le pregunté. Estaba empezando a pensar que le podría haber pasado algo. ¡Sé que era técnicamente imposible, ya que era su propio campamento, pero…! ¡Mejor prevenir que curar! Mario enseguida, asintió enérgico, y pilló una servilleta. Se lavó rápidamente las manchas de tomate frito de sus labios y el aceite de las manos. -Ningún problema – dijo mientras hurgaba en su pantalón. Pero de pronto, una canción que provenía de ese mismo sitio, asustó a Mario. – coño, justo ahora me llaman. –Se me ensombreció el rostro en cuanto recordé, que ahora ya no podría llamar a mi chico. Miré a Andy enseguida, como pidiéndole que le llamara él, y lo captó al vuelo. Hasta que… - ¡Hostias! ¡Es Tom! - Andy dejó el móvil dónde estaba y yo puse la mano encima de la de Georg, por debajo de la mesa, asustado y sin esperármelo. Georg tardó en apretármela. Así, puse toda mi atención en Mario, de hecho toda la mesa puso sus dos orejas pendientes en él. - ¡Hey! ¡Tom, justo iba a…! – pero se cortó, supongo porque Tom le estaría hablado. Después puso cara extraña. -¿Qué dice?- dije asustado, al ver esa cara.
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