-Lo vamos a hacer en acústico para que se haga más fácil y menos ruidoso. Vale, empezamos con Der Letze Tag. Te la tararearé la primera vez para que sepas cuando tienes que empezar tú, y así pillas el tono completamente. En la segunda vez que la toquemos, tararearé igualmente pero puedes intervenir cuando quieras e intentas agregarle la letra directamente, y metes los cambios– Vi como ponía cara de emoción - ¿Te parece?
-Esperad, antes de nada. ¿Alguien se fía de Bill como letrista? Porque igual no sirve de nada todo lo que vamos a hacer… Y no estamos como para perder el tiempo -dijo Gustav, ni corto ni perezoso. – Sin ofender, Bill.
-Sí sí, yo me fío mucho de él. He leído un par de perlas suyas que tela. Son una pasada.
-Lo secundo, llevo años oyéndolo cantar, y además temas propios, y realmente son muy buenos- las palabras de Georg me inundaron el alma. Lo miré con mucha emoción.
-¡Entonces perfecto! Aunque hay que hacer que Erika se las aprenda… Aunque a las malas, podemos dejar que este concierto sea con las letras antiguas para no liarlo demasiado y después ya… Bueno qué mas da. Ya se hablará. – Gus hablaba solo.
Si el ensayo había empezado a las cuatro y media de la tarde eran casi las diez de la noche. Estuve arreglando la letra prácticamente entera de las siete canciones y mi mente empezaba a colapsarse hasta tal punto que ya no recordaba ni mi nombre. Noté que Tom estaba un poco decepcionado conmigo porque en realidad no llegué a cantar en ningún momento. No como él me había oído. Me había dedicado a entonar las palabras y poco más, y yo sabía que a Tom le hubiera gustado que me metiera del todo en el papel de cantante, pero él casi mejor que nadie, sabe que tengo miedo escénico.
Finalmente, acabamos editando Schrei y sobre las once menos cuarto salimos todos prácticamente corriendo hacia el comedor, más que muertos de hambre.
Al llegar nos encontramos con un edificio completamente cerrado. Tom se quedó pensativo y nos dijo que no nos moviéramos. Al cavo de diez minutos volvió con una llave maestra que nos abría las puertas del paraíso. ¡Qué hambre que había, joder!
Con mucho sigilo enfilamos dentro poco a poco y encendimos sólo un par de luces para que no se viera desde fuera que habíamos entrado. Tom se metió directamente dentro de la cocina saltando por encima de la barra donde se sirve la comida, y el resto hicimos lo mismo. Algunos con más dificultad que otros… Qué desastre estás hecho, Bill.
Comimos lo suficiente para que no se notara nada en falta pero había tantísima comida que no nos hizo falta mucho ni pensar en eso. Al acabar nos quedamos en el suelo de la cocina, casi a reventar.
-¡Perfecto! Todo el mundo a sus posiciones. – Tom se emocionó de golpe. Hasta fue dando saltitos entre tanto cable hasta llegar a su posición.
Me puse de espaldas a ellos. No quería ni mirarles. ¡Y eso que hoy sólo eran los integrantes del grupo! Ashley les había pedido a Mario y Andy que posaran para unos dibujos de la universidad y hoy estaba completamente solo.
La música empezó a sonar y me entraron ganas de llorar.
Y la entrada en 3… 2… 1…
Nada.
No podía
-¿Bill? Ya has de entrar. – dijo Tom, aproximándose. Se le cambió completamente la cara cuando me vio los ojos llorosos. – Eh… ¿Qué te pasa? – su mano se acercó a mi cara y estuvo apunto de acariciármela, pero se quedó a mitad de camino y se posó en un hombro. Del colegueo.
-Ya lo sabes Tom… Que yo, no puedo. No puedo hacerlo.
Tom expiró profundamente y se quedó pensativo. Vi como se rascaba por encima de la gorra y después desaparecía de delante de mí, yendo a buscar vete tú a saber qué. De pronto, empezó a cerrar todas las cortinas de manera que nadie nos pudiera ver fuera. Y la bandana que llevaba en la frente se la bajó hasta los ojos, descolocándole todo el peinado. Se rió ampliamente y separó los brazos, como dándose a mostrar.
-¿Qué te parece? Nadie te ve. – Se giró con una brusquedad que debería haber controlado, ya que al no ver nada casi pierde el equilibrio - ¡Eh!, ¿que me decís?
-¡Vale!- dijeron ambos al unísono. Cada uno fue a buscar un pañuelo y se en vendó los ojos. El pobre Gustav tuvo que requerir mi ayuda para volver a sentarse en la batería sin desmontar nada. ¡Madre mía! ¡Y todo esto por mí!
-¿Preparado? – dijo Tom, mirando a un sitio donde no estaba. Se me ocurrió algo.
-Emm… déjame un segundo y prometo que cantaré. – cuando oyó que mi voz provenía de otro sitio, se giró algo confuso.
Me acerqué peligrosamente a él y sin que se lo esperara le besé en la boca. Primero se apartó un poco, completamente entrado en pánico, hasta que se dio cuenta de la situación. Soltó el mástil de la guitarra mientras sonreía y me acercó hacia él haciéndome presión por el culo. Oh dios, me encanta. Nos besamos el tiempo máximo y suficiente hasta que empezó a ser sospechoso y para acabar le mordí el labio. Éste hizo ademán de hacer lo mismo pero me aparté enseguida.
No me puedo imaginar la frustración de querer seguir con el juego pero estar en la mala situación de no ver nada.
-¿Bill? Empezamos – oí a Gustav.
-Dale. – dije. Esta vez si los estaba mirando. Y verles tan indefensos me hizo, muy a mi pesar, sentirme mejor. Nadie me estaba viendo. Nadie iba a decirme nada porque no lo iban a ver. Esto era justo lo que quería.
Se me torció un poco el mundo cuando volvió a sonar la música pero me tranquilicé contando hasta diez.
Mi voz al principio estaba un poco nerviosa. Temblaba y se quebraba un poco, y lo podía notar en sus caras. Intenté calmarme, meter parte de ese actor que llevo dentro. Meterme dentro de la historia de la canción. Y a demás esta era completamente sensual y atractiva. Algo en mí se activó justo en la frase de…
-Wilkommen im Hotel… - sonó completamente porno y pude ver como Tom sacaba la lengua como si fuera con lujuria. ¡Uhh, me estaba poniendo malo! Empecé a liberarme y a cantar con más entusiasmo. No era como cuando estaba en mi habitación, pero al menos sí como cuando intentaba grabar una de mis canciones, que el solo hecho de estar grabándola me daba vergüenza, pero seguía estando yo solo. Llegábamos al final de la canción ya, y por consiguiente a la mejor parte de todas… - Vor der Tür Alarm, die ganze Welt ruft an. Alle zerren an mir, ich will mit keiner außer Dir- No pude evitar acercarme a él y cantarle esa parte. Es que de hecho, ayer cuando la estábamos cambiando, no podía más que imaginarme la escena sólo con él, y surgió sola. ¡Incluso le estaba señalando con un dedo mientras lo cantaba! ¡Esto de que no me vieran era lo mejor!
Y acabó la canción.
Los tres se quitaron lo que llevaban en los ojos y me miraron anonadados.
-¡Bill! ¿Pero qué coño pasa contigo? ¿Eres un dios o algo? – dijo Gustav, que había bajado y todo hasta donde yo estaba y me había pasado un brazo por los hombros. – Dibujas de puta madre, eres un letrista increíble, ¡y cantas genial! -Estaba tan rojo que no sabía ni qué decir.- Cerveza para to’ cristo otra vez. ¡Ya lo creo!
-¡Eh eh, pero yo sigo necesitando que os tapéis los ojos! – grité enseguida, algo preocupado.
-Sí, tranquilo, somos conscientes. – Tom exclamó esas palabras y apenas se le entendió ni una, ya que como buen simio que era, estaba abriendo la cerveza con la boca. Menudo prehistórico. Me la entregó y luego abrió la suya.
Buscamos un sitio donde sentarnos y fumar un poco, y acabamos inevitablemente en el sofá. Gustav fue tan lento que acabó en la caja flamenca que no había movido aún del sitio.
-¿Alguien más piensa que la voz de Bill es mejor que la de Erika? – Gustav lo soltó, y todos se quedaron en silencio. Yo tenía los ojos tan abiertos del asombro que no podía gesticular palabra.
-Totalmente de acuerdo – Tom.
-Sin duda. – Georg.
-Lo que digáis… - dije rodando los ojos, intentando quitarle importancia al asunto.
-¡De hecho…! – a Tom se le iluminó una bombilla encima de las rastas. A ver qué suelta este ahora. – Sólo tenemos siete canciones, si Bill quisiera podríamos agregar tres suyas más. Yo ya les he puesto música, sólo habría que trabajar vuestra parte. Sólo tres canciones. Y os prometo que con los cambios que ha puesto Bill en el resto de letras, van a parecer nuevas canciones completamente del mismo estilo que las nuestras. Por que en realidad, aunque Bill tiene un estilo más melódico y nosotros un poco más cañero, se combinan perfectamente.
¿PERDON?
Tom me miró, expectante.
-No.
-¡Oohhh vamos! – me puso un puchero. La madre que lo trajo. Sabe que me puede. – Canta Durch den Monsun. Les va a encantar. – No me dejó ni replicar que estaba yendo a buscar de nuevo la guitarra acústica de ayer.
-Que no he dicho. – sentencié.
-Eh si, yo quiero oírlas. – como no, Gustav. Creo que en dos días le he oído hablar más que en todo el puñetero campamento.
-¡Y yo quiero saber qué música le ha puesto Tom! Esa es la mejor que tienes prácticamente.
Tom ni siquiera replicó ya que fue la guitarra la que habló por él. Entonó los primeros acordes, y como si alguien me estuviera silbando en un oído que cantara, hipnotizándome así, no pude evitar hacerlo. Me emocioné si soy sincero. ¿Y porqué? Muy sencillo. Tom se sabía los acordes de memoria. Y sólo la habíamos practicado una tarde. ¿Eso quería decir que lo había estado haciendo él por su cuenta? Probablemente sí, ¿no? Y eso me llenaba el pecho.
-Impresionante, Bill. ¿Qué más tienes?
-Spring nicht – de nuevo, Georg y Tom hablaron al unísono. Estos empezaban a llevarse demasiado bien… Al ver que lo habían dicho al mismo tiempo se miraron, riéndose.
Acabé cantando tres canciones en total. Durch den Monsun, Spring nicht y Rette mich. En todas parecía que Gustav iba a hacerme un homenaje. La verdad es que estaba sintiéndome muy incómodo porque me estaba mostrando como nunca lo había hecho, y es como si estuviera completamente desnudo ahora mismo. No estaba seguro de querer dejarles mis canciones. Y menos si las iba a cantar la otra.
Tom
-¿Qué te pasa Bill?
Estábamos recogiendo, ya eran casi las siete de la tarde y Gustav tenía clase con los pequeños. Los otros dos ya estaban saliendo por la puerta y Bill y yo estábamos un poco rezagados, recogiendo en silencio, y él con demasiada parsimonia. Yo sabía que algo le pasaba.
Nada más decir, que no nos hizo falta ni taparnos los ojos después de oírle cantar las otras canciones. Algo oscuro se había apoderado de su alma, dejándolo completamente ausente de otros sentimientos, como la vergüenza en este caso. Eso me dio rabia, porque me había encantado oírle cantar Reden, sobre todo cuando se había puesto con aquella voz tan potente y sensual.
No, de pronto el ensayo había tomado una forma más monótona y triste. Espero que Gustav se acuerde de la parte buena del ensayo y no de lo último. Quiero realmente proponer que cante Bill en el concierto final. Sé que Erika se lo tomará a mal, pero bueno, merece la pena.
En cuanto dije su nombre, puso sus ojos en mí sin quitar su mirada baja.
-No lo sé la verdad… Me he apagado.
Oírle decir eso me rompió el corazón. No me esperaba para nada esa respuesta. Algo tenía que hacer al respecto.
-Oye, ¿te apetece hacer algo en especial? – Bill alzó una ceja, algo extrañado de esta proposición tan repentina. – Me refiero, algo tú y yo a solas. Y no pienses mal. Me refiero a no sé, cualquier cosa que te apetezca. Dilo. Intentaré hacerlo posible.
Bill me miró con ternura y me sentí un puñetero marica. Pero marica de tener sentimientos y todo eso. Lo otro ya lo he superado. Creo.
-Pues emm… ¿Qué se puede hacer aquí? Me encantaría salir a cenar, ir al cine… No sé, todas esas cosas. Pero aquí no se puede.
-Tsk, el niño pijo…
-¡Tom, cierra tú que Georg y yo ya vamos tirando, que tengo prisa! – Gustav me salvó de la casi hostia que estaba apunto de pegarme Bill.
-¡Vale, vale! ¡Tranquilo! – le respondí, pero acto seguido volví a mirar al moreno, con un poco de cara enojada. - ¿Quieres una cena romántica? – esta vez se puso chulo y asintió enérgicamente. Como si me estuviera retando. – muy bien, pero invitas tú. Yo soy pobre, tío. – este me miró con una cara extraña. Por una parte fruncía el ceño por no entender, y por otra ponía una especie de mueca que se asemejaba a una sonrisa, supongo que se estaba pensando que bromeaba.
-Claro que sí, yo invito. – dijo riéndose.
-Muy bien, en mi cabaña dentro de media hora. Y arréglate, que vamos de cena romántica.
-¿En sólo media hora? Imposible. – me respondió.
-Pues va a tener que ser así, quieras o no quieras. Ya puedes salir corriendo – Y mientras avanzaba hacia la puerta, le di un cachete en el culo. Bill se giró, flipando. Sonreí. – Hasta ahora.
Lo vi andar a paso muy apurado y yo, que tenía la cabaña a un par de minutos, dejé el paso más lento y tranquilo. Estaba improvisando todo un poco, pero me parecía que lo íbamos a hacer nos iba a venir bien a los dos. Si él estaba mal, esto le subiría el ánimo, y yo quizás le acababa contando toda la movida que tenía con mi padre… Él debería saberlo.
Saqué el móvil.
Mario, no iré a la cena, de hecho no sé a que hora podré estar localizable a corto plazo. Cubridme.
Pasaban cinco minutos de la hora, y decidí encenderme el único cigarro que me quedaba. Con todo lo pasado, estaba fumando el triple de lo normal y ya había agotado todos paquetes que me había traído para la estancia aquí. Adiós a todas las existencias. No me lo podía creer… Esta ansiedad me iba a matar. Bueno, ahora podía aprovechar para ir a comprar, al menos cuatro paquetes más para acabar de pasar la semana. Estaba claro que en mi estado, lo necesitaba.
En medio de tanto pensamiento, la figura de Bill apareció entre los árboles. Eran las ocho menos veinte y empezaba a oscurecer, pero aún así se le podía ver perfectamente caminar, muy elegantemente hasta mí. Llevaba el pelo completamente liso y brillante. Llevaba unos pitillos grises muy arramblados a su cuerpo, y se le definían perfectamente las delgadas y largas piernas. Arriba llevaba una gabardina negra, por encima de las rodillas, que no me dejaba ver qué se había puesto debajo, pero que vamos, alguna cosa igual de cara y pija que lo que debía llevar puesto. En los zapatos, llevaba unas botas con plataforma y un poco de tacón que me dejaron flipando. ¿Tacones? ¿Enserio? Vale que no eran altos pero… Bueno, mejor cállate Tom. Las manos perfectamente cuidadas con las uñas recién hechas y todo lleno de pulseras y anillos. Qué diva.
Cuando se me acercó me levanté y me puse enfrente suyo.
-¡Madre mía, Tom! ¡¿Qué estoy viendo?! – dijo tan sorprendido que parecía alarmado. Me miró de arriba abajo y después se mordió el labio.
La verdad es que yo me había ensañado un poco para parecer diferente a lo normal. Llevaba tonos muy oscuros, y una ropa no tan… ancha. Había dejado el estilo rapero por una noche y parecía más un roquerillo de estos que se están iniciando en la materia. Llevaba pantalones tejanos pero muy oscuros, que no eran ceñidos en sí, pero se me veía muy diferente a como iba siempre. Encima una camiseta blanca con un estampado oscuro, y una chupa negra que me regaló hace años mi padre y que me encantaba, pero que no sabía cuando ponérmela porque no me pegaba. Ahora era el momento. Y bueno, en el pelo más de lo mismo. Sólo que en vez de llevar una gorra, sólo llevaba uno de esos pañuelos oscuros con estampados en blanco.
Sí, lo admito. No parezco yo.
-¿Te gusta? – le dije, antes de ir a besarle a modo de saludo.
-Mucho… - dijo prácticamente encima de mis labios. Me rodeó el cuello y luego se soltó enseguida. - ¡Bueno, dime! ¿Para qué hemos quedado tan pronto? ¡Estoy nervioso!
-Sígueme.
El camino no nos llevó mucho más de un cuarto de hora y cuando llegamos a Bill casi le da un ataque. O un blancazo. Realmente no sabría decir cual era el estado en el que se quedó el moreno cuando llegamos. Se quedó estático y tardó aún un poco en pronunciar palabra.
-¿Qué…? ¿Qué hacemos en el parking…? – dijo muy pero que muy sorprendido.
-¿No es evidente? No iremos a un restaurante caminando. – la progresión de los ojos de Bill abriéndose hasta el infinito, era para hacer un .gif y que retara a todos los gatitos de internet. ¡Qué cara que estaba poniendo!
-¿Pepepepero…? ¿No está prohibido salir del campamento sin permiso? – dijo, muy bajito, como si el resto de coches aparcados ahí tuvieran oídos y fueran a contárselo a sus respectivos dueños.
-Ya les he dicho a Mario y Andy que me cubran, que no sé a qué hora volveré.
Bill se había quedado sin palabras. Podía ver que gesticulaba con la boca pero no salía nada de ésta. Sí, estaba completamente mudo.
-Esto… Yo…
-La pregunta que hago yo ahora es: ¿Düsseldorf a un restaurante pijo, o te sirve el primer pueblo que quede más cerca? – le ayudé un poco a hablar. Lo vi mirar al suelo un poco pensativo.
-¿A cuanto rato está Düsseldof…? – preguntó, como quien no quiere la cosa. Lo miré, y sentí que me lo comía.
-A una hora en coche.
Sacó ligeramente la lengua entre los diente mientras sacaba una sonrisa radiante.
-Hemos quedado tan pronto porque sabías cual iba a ser mis respuesta, ¿verdad? – le pude ver un brillo en los ojos que hacía merecer todo y más.
-Pues claro que sí baby, sube al coche. – le di al mando a distancia del coche y las luces de los intermitentes brillaron un instante, siendo acompañadas del sonido de los seguros de las puertas abriéndose. Bill se giró, mirando a mi amado tesoro.
-¿Un Cadillac? – dijo algo sorprendido. – ¿El día que fuiste a buscar a Mario y Andy llevabas este mismo coche?.
-Claro.
-Pues ni me di cuenta. – abrió la puerta y se sentó dentro. Noté como tocaba la tapicería y la puerta. Después de observarlo todo abrochó el cinturón, y finalmente se puso a dar palmaditas, de lo contento que estaba.
Me metí en el coche y arranqué mi preciosidad. Le dije a Bill que pusiera lo que quisiera, y empezó a mirar todos los CD’s que tenía en la guantera. Mientras, me preparaba poniéndome el cinturón, lo observaba atentamente. Veía como se retiraba el pelo y se lo colocaba detrás de una oreja, cómo rebuscaba con delicadeza entre todas las carcasas, y cómo se dedicaba a leer todos y cada uno de los títulos de las canciones que venían. Hoy Bill, estaba realmente increíble.
Acabamos llegando a las nueve en punto, y yo ya notaba que la barriga iba a estallarme, de hecho juraría haber oído el estómago de mi novio en alguna ocasión. Por fin llegamos a la zona de la ciudad donde estaban los restaurantes pijos. La verdad es que tenía suerte de vivir muy cerca, pero jamás me paseaba por ahí, porque era todo tan caro que casi te cobraban por entrar en los sitios. Fijo que Bill se enamoraba de este sitio.
De hecho, ya tenía un restaurante fichado, tan fichado que mientras me vestía había reservado mesa. Estaba en un edificio antiguo, con antiguo me refiero que era del siglo pasado, pero de los ricachones. Ventanas enormes y muy decoradas, techos altísimos, fachadas detalladas… Pero por dentro, habían acomodado todos los muebles a las nuevas tendencias. Todo era minimalista, y de alto diseño. Allí el plato costaba una barbaridad. Está claro que esta noche iba a quedarme pobre del todo.
Aparqué en el parking de casa, y anduvimos apenas diez minutos. La cara de Bill se transformó completamente en cuanto llegamos al puente que dividía los dos barrios, y pasabas de una zona oscura y poco agradable, aunque no por eso insegura, simplemente era pobre, a de pronto unas calles amplias con luces y enormes escaparates. Bill se paraba en cada uno, y aunque las tiendas ya estuvieran cerradas, los maniquís lucían su ropa las 24 horas del día.
Veía en Bill su verdadero yo. De pronto, mientras caminaba una figura semitransparente se dibujaba encima de la suya; era una diva impotente que se paseaba con abrigos de piel para arriba y abajo, con un cigarro humeante estilo Audrey Hepburn y con unas gafas de sol que lo dejaban casi en el anonimato, mirando por encima del hombro a la gente. No me agradó demasiado lo que estaba viendo, pero recé por que desarrollara esa faceta ya entrado en la edad de más o menos… Cruella DeVil.
De momento era sólo un chico demasiado mimado y enamorado de la moda.
-¿Cuándo llegamos? – me preguntó, ansioso. – La verdad es que me muero de hambre…
-Yo también. Mira, es ese edificio de la esquina.
Bill abrió los ojos como platos y después me miró a mi, cogiéndome de un brazo, al borde del desmayo prácticamente.
-¿Qué qué? ¡Pero eso debe de ser carísimo! – vi en una milésima de segundo, una sonrisilla escaparse por la comisura de sus labios. Tss… pero si se muere de la emoción.
-Sí. ¿No te gusta? – le pregunté, teatralmente.
-Nonono… Me me… Me encanta. – dijo, algo sonrojado.
-Lo sé. – y mientras dije eso, abrí la puerta. Enseguida nos atendió un camarero, bastante parecido a ese típico hombre con coronilla y bigote fino, cara muy alargada y la nariz aún más si cabía. Nos miró de arriba a bajo y luego nos habló.
-Disculpen, ¿tienen reserva? Está todo lleno. – Bill triste.
-Sí, a nombre de Tom Kaulitz. - Bill contento.
-Déjeme comprobarlo… - Bill nervioso. – Ah sí, mesa 327. – Bill muy feliz.
-¿Es en el ático verdad? Insistí mucho en eso. – Bill flipando.
-Sí, efectivamente. Ahora les acompaño al ascensor. – Bill muerto.
El camarero avanzó delante nuestro y yo fui a seguir pero no pude porque Bill se había quedado petrificado en el sitio, sin poder avanzar, y claro, me tenía agarrado del brazo y eso imposibilitaba mi camino.
-¿¡ÁTICO?! – dijo susurrándomelo, muy cerca del oído, completamente anonadado. - ¡¿Pero cuantos pisos tiene esto?!
-Tiene siete…
Lo vi descolocado pero porque tenía tal emoción, que no sabía como contenerla sin que tuviera que anular todos sus sentidos. Tiré tres veces de su brazo y por fin conseguí que se moviera. El camarero nos esperó en el ascensor y subió con nosotros.
El séptimo piso era increíble. Toda la pared, incluyendo el techo eran de cristal, como unas ventanas inmensas que no se acababan nunca y podías ver unas vistas de todo Düsseldorf que te dejaban sin habla. Todas las luces brillando, la ciudad en movimiento, y nosotros viéndolo desde aquí arriba. El hombre nos llevó justo a una mesa que hacía esquina y nos dejaba ver dos fondos distintos, incluso daba algo de vértigo.
Nos sentamos y vimos una cubitera ya en la mesa, llena de hielo, que goteaba por todos lados, brillante y fresquita. Dentro, una botella de cava muy caro. Creo que me estaba empezando a doler la cartera.
El camarero nos sirvió el cava y después se fue, dejándonos la carta en la mesa.
-Oh dios mío, ¡ni siquiera ponen el precio! – dijo Bill, revisándolo todo de arriba a bajo. – Oye, vas a tener un problema con esta botella…
-¿Por qué?
-Porque tienes que conducir. - dijo, como si fuera algo obvio.
-Oh bueno, ya. No te preocupes, si hay que salir más tarde no pasa nada. – y me dispuse a beber cuando Bill me frenó. Al instante levantó su copa y la puso cerca de la mía. Supe enseguida qué quería hacer y chocamos nuestras copas en un brindis.
-Por habernos conocido… - lo dijo muy bajito, y muerto de vergüenza. Casi pude notar como se había puesto muy rojo.
-Serás marica. – dije riéndome. Bill puso cara de indignación y luego dejó la copa en la mesa para pegarme una colleja que sólo pudo darme en un brazo. – Que es broooma… Pero admite que te ha quedado un poco gay. – Me puso una mueca extraña. –Yo también brindo por habernos conocido. De hecho, este verano estuve apunto de no venir, y no sabes lo mucho que me acuerdo de las peleas con mi padre porque él insistía en que tenía que trabajar en el campamento… Y ahora, no quiero ni pensarlo. No quiero ni pensar que jamás nos habríamos conocido.
-Bueno, no precisamente por que no nos habríamos llegado a conocer, para ti no habría cambiado nada. Todo seguiría igual.
-Nah… Seguro notaría el vacío igualmente.
Bill me miró con ternura y se levantó un poco. No supe muy claro lo que iba a hacer hasta que lo tuve a un centímetro. Cogí la respiración de golpe porque no me lo esperaba, y por un instante tuve pánico de que alguien que estuviera por ahí me pudiera reconocer, pero enseguida caí en que estaba en el restaurante más lujoso de toda la ciudad. Nadie de mis conocidos, pasaba siquiera por la misma calle, así que yo también me incorporé un poco y…
Me dejé besar.
Cuanto mariconeo.
Al principio pedimos unos platos que no sabíamos ni pronunciar y de hecho no sabíamos ni qué llevaban, pero dada la gran sorpresa, al tercer intento fuimos a lo que nosotros creímos que sería lo seguro.
La verdad es que nuestra cara debió de ser de chiste cuando nos presentaron el primer plato en la mesa. Lo describiré muy fácilmente. Y me referiré al recipiente, y ya más tarde a la comida. Los platos eran de esos que tenían los bordes inmensos y que de pronto, en el centro a alguien se le había ocurrido hacer un agujero chiquitín, donde poner algo. Y digo algo porque la comida no se merecía tal espacio antes de dar su último servicio en la tierra. ¡Eran cuatro centímetros cuadrados! Vaya mierda de cocina contemporánea, alternativa o como la quieran llamar. Y bueno, en si el alimento a ingerir era un solo bocado.
Apenas había una porción mini de comida en cada plato.
Y lo peor de todo, es que habíamos pedido hasta cuatro platos por cabeza y seguíamos con mucha hambre. Eso me cabreaba. Y empezaba a notar que a Bill también, y era totalmente normal.
-¡Tanta pasta para esta mierda!
-Uhh… Creo que te está subiendo el cava – dije, divertido. No creí que realmente fuera a expresar su descontento en voz alta.
Este se rió por el comentario y no me lo negó.