Capitulo 63

4886 Words
-Yo también. Mira, es ese edificio de la esquina. Bill abrió los ojos como platos y después me miró a mi, cogiéndome de un brazo, al borde del desmayo prácticamente. -¿Qué qué? ¡Pero eso debe de ser carísimo! – vi en una milésima de segundo, una sonrisilla escaparse por la comisura de sus labios. Tss… pero si se muere de la emoción. -Sí. ¿No te gusta? – le pregunté, teatralmente. -Nonono… Me me… Me encanta. – dijo, algo sonrojado. -Lo sé. – y mientras dije eso, abrí la puerta. Enseguida nos atendió un camarero, bastante parecido a ese típico hombre con coronilla y bigote fino, cara muy alargada y la nariz aún más si cabía. Nos miró de arriba a bajo y luego nos habló. -Disculpen, ¿tienen reserva? Está todo lleno. – Bill triste. -Sí, a nombre de Tom Kaulitz. - Bill contento. -Déjeme comprobarlo… - Bill nervioso. – Ah sí, mesa 327. – Bill muy feliz. -¿Es en el ático verdad? Insistí mucho en eso. – Bill flipando. -Sí, efectivamente. Ahora les acompaño al ascensor. – Bill muerto. El camarero avanzó delante nuestro y yo fui a seguir pero no pude porque Bill se había quedado petrificado en el sitio, sin poder avanzar, y claro, me tenía agarrado del brazo y eso imposibilitaba mi camino. -¿¡ÁTICO?! – dijo susurrándomelo, muy cerca del oído, completamente anonadado. - ¡¿Pero cuantos pisos tiene esto?! -Tiene siete… Lo vi descolocado pero porque tenía tal emoción, que no sabía como contenerla sin que tuviera que anular todos sus sentidos. Tiré tres veces de su brazo y por fin conseguí que se moviera. El camarero nos esperó en el ascensor y subió con nosotros. El séptimo piso era increíble. Toda la pared, incluyendo el techo eran de cristal, como unas ventanas inmensas que no se acababan nunca y podías ver unas vistas de todo Düsseldorf que te dejaban sin habla. Todas las luces brillando, la ciudad en movimiento, y nosotros viéndolo desde aquí arriba. El hombre nos llevó justo a una mesa que hacía esquina y nos dejaba ver dos fondos distintos, incluso daba algo de vértigo. Nos sentamos y vimos una cubitera ya en la mesa, llena de hielo, que goteaba por todos lados, brillante y fresquita. Dentro, una botella de cava muy caro. Creo que me estaba empezando a doler la cartera. El camarero nos sirvió el cava y después se fue, dejándonos la carta en la mesa. -Oh dios mío, ¡ni siquiera ponen el precio! – dijo Bill, revisándolo todo de arriba a bajo. – Oye, vas a tener un problema con esta botella… -¿Por qué? -Porque tienes que conducir. - dijo, como si fuera algo obvio. -Oh bueno, ya. No te preocupes, si hay que salir más tarde no pasa nada. – y me dispuse a beber cuando Bill me frenó. Al instante levantó su copa y la puso cerca de la mía. Supe enseguida qué quería hacer y chocamos nuestras copas en un brindis. -Por habernos conocido… - lo dijo muy bajito, y muerto de vergüenza. Casi pude notar como se había puesto muy rojo. -Serás marica. – dije riéndome. Bill puso cara de indignación y luego dejó la copa en la mesa para pegarme una colleja que sólo pudo darme en un brazo. – Que es broooma… Pero admite que te ha quedado un poco gay. – Me puso una mueca extraña. –Yo también brindo por habernos conocido. De hecho, este verano estuve apunto de no venir, y no sabes lo mucho que me acuerdo de las peleas con mi padre porque él insistía en que tenía que trabajar en el campamento… Y ahora, no quiero ni pensarlo. No quiero ni pensar que jamás nos habríamos conocido. -Bueno, no precisamente por que no nos habríamos llegado a conocer, para ti no habría cambiado nada. Todo seguiría igual. -Nah… Seguro notaría el vacío igualmente. Bill me miró con ternura y se levantó un poco. No supe muy claro lo que iba a hacer hasta que lo tuve a un centímetro. Cogí la respiración de golpe porque no me lo esperaba, y por un instante tuve pánico de que alguien que estuviera por ahí me pudiera reconocer, pero enseguida caí en que estaba en el restaurante más lujoso de toda la ciudad. Nadie de mis conocidos, pasaba siquiera por la misma calle, así que yo también me incorporé un poco y… Me dejé besar. Cuanto mariconeo. Al principio pedimos unos platos que no sabíamos ni pronunciar y de hecho no sabíamos ni qué llevaban, pero dada la gran sorpresa, al tercer intento fuimos a lo que nosotros creímos que sería lo seguro. La verdad es que nuestra cara debió de ser de chiste cuando nos presentaron el primer plato en la mesa. Lo describiré muy fácilmente. Y me referiré al recipiente, y ya más tarde a la comida. Los platos eran de esos que tenían los bordes inmensos y que de pronto, en el centro a alguien se le había ocurrido hacer un agujero chiquitín, donde poner algo. Y digo algo porque la comida no se merecía tal espacio antes de dar su último servicio en la tierra. ¡Eran cuatro centímetros cuadrados! Vaya mierda de cocina contemporánea, alternativa o como la quieran llamar. Y bueno, en si el alimento a ingerir era un solo bocado. Apenas había una porción mini de comida en cada plato. Y lo peor de todo, es que habíamos pedido hasta cuatro platos por cabeza y seguíamos con mucha hambre. Eso me cabreaba. Y empezaba a notar que a Bill también, y era totalmente normal. -¡Tanta pasta para esta mierda! -Uhh… Creo que te está subiendo el cava – dije, divertido. No creí que realmente fuera a expresar su descontento en voz alta. Este se rió por el comentario y no me lo negó. -Puede ser. ¡Pero es que vamos por la segunda botella…! Y yo aún tengo hambre. – me puso un puchero, uno de esos irresistibles. -Ya te digo, pero como continuamos pidiendo comida, voy a tener que vender algún órgano en el mercado n***o para pagar esto… -Ya te digo. Oye, pide la cuenta, vámonos. – le miré extrañado, pero en el fondo llevábamos ahí por lo menos una hora y media, y como continuáramos así, yo acabaría pidiendo tres platos más. Llamé con la mano al camarero, y desde lejos le hice una señal para que trajera la factura, y al poco rato, justo para acabarnos la botella, apareció con el papel. Me empezó a palpitar el corazón muy fuerte mientras se acercaba. Vi una intención en Bill de cogerlo pero rápidamente me adelanté. -Eeeeh, creía que pagaba yo. – dijo éste. -Si hombre, ¿de verdad te pensabas que iba enserio? – pero Bill me pilló desprevenido mientras pronunciaba estas palabras ya que en un descuido se levantó y alargó el brazo hacia mí, y me arrebató la cuenta de las manos. – Eeeeehhh – grité, enfadado. Los ojos de Bill se pusieron como naranjas, y me entró el pánico. Vale vale, sisisi, que pague él. -Oye tío… Yo haría esto a pachas. -Que no hombre, me da igual lo que cueste, ya lo pago yo solo. - ¿Cómo puedo decir esto? -De verdad Tom, hagámoslo a medias. – le pregunté con la mirada y este simplemente me mostró la cifra, aunque después la dijera en voz alta igual – Doscientos cincuenta… Cogí aire y no lo solté en al menos un minuto entero, por donde se me pasaron mil pensamientos, entre ellos un par que se mantuvieron fijos e inamovibles. El primero era el poder de mi hombría, que debía permanecer intacto, por lo cual debía pagar yo, sí o sí. Y el segundo, era simplemente una súplica a los dioses de que mi padre me pagara más de lo que tenía pensado pagarme. Aunque con todo lo ocurrido, no quería nada que proviniera de ese hombre, y menos que los buenos sentimientos hacia él, fueran comprados con más dinero. Fuera como fuera, ahora sólo quería pagar yo. Puse cara de “no te preocupes, yo controlo”, y cogí la cartera. De dentro saqué la tarjeta de crédito y enrollé la cuenta alrededor de esta. Después agarré un billete de diez, y lo dejé como propina. La cara de Bill era de pintura. -Cuando vengas a Berlín, te invitaré yo a algo, te lo prometo. Salimos de ahí tan rápido como pudimos, y nos dirigimos al coche cuando fui consciente de que casi me la pegaba contra una farola. -Mieeerda… Bill, yo no estoy como para conducir… Y sobre todo con el estómago vacío, que lo único que tengo ahí dentro debe de ser alcohol. -Vale, pues habrá que ir a algún sitio hasta que se te baje. Bueno, hasta que se nos baje a los dos, porque seguro que al segundo volantazo te vomito dentro del coche. La cara se me puso tan seria que borró la sonrisa que tenía Bill tras decir eso. -Ni bromees con eso, una vez Andy… Bueno, ya te imaginas. Aquello olió a vino rancio durante semanas, y al principio me entraban arcadas a mi mismo sólo de entrar. No nos iremos de aquí hasta que estemos seguros de que a los dos, nos de un 0.0 en un hipotético control de alcoholemia. -Hecho – dijo muy serio. Aunque aquella seriedad le duró un instante ya que de pronto, se le cambió la cara, volviendo a sonreír de nuevo. Aquel cambio de humor fue a consecuencia de algo que vio detrás de mí porque aún seguía con la mira fija en ello así que yo me giré enseguida. – Tom… un KFC, YA. -¡Hecho! –repetí sus palabras. – Olvídate de Berlín, invítame ahora mismo. ¡Y me apetece cerveza! ¡Tanto pijerío me ha revuelto las tripas, necesito bebida de Vikingo! – el hombre pobre que había dentro mío, que sólo necesitaba cerveza para poder emborracharse, afloró de golpe. Y el pequeño hombre pobre de Bill, parece que también se quiso mostrar. -¡Si, sí! ¡Voto a lo de la cerveza! ¡A la mierda el control de alcoholemia! ¡Hagamos locuras, vayamos a la cárcel! ¡Tengamos sexo presidiario! – me entró un ataque de risa que no pude ni aguantarme y le pegué una colleja, que lo descolocó. -Pero qué dices, gilipollas. Nada de cárcel ni sexo presidiario. – me puse a reír otra vez, Bill estaba bastante borracho. Necesitábamos meternos algo en el estomago, ya. – lo del sexo te lo compro, pero en mi casa. – y le guiñé inevitablemente un ojo. Éste me miró, y olvidando la hostia que le acababa de dar, se mordió el labio y me devolvió el guiño. No quise ni pensar en los problemas que pudieran surgir en cuanto empezáramos el tema así que simplemente, me limité a agarrarlo y meterlo dentro del restaurante de comida rápida. No fui muy consciente de lo que pidió para comer, pero si recuerdo tener tres grandes objetos delante nuestro, una vez sentados en las mesas; un vaso de litro de cerveza para cada uno, y un cubo hasta arriba de alitas de pollo crujientes. Ah, y ahora que lo pienso, también habían patatas fritas. Ni hablamos, nos dedicamos a engullir toda la comida lo más deprisa que pudimos, y es que eran como las once la noche y creíamos que atracaríamos la cocina del hambre que teníamos. Comí tan deprisa que no toqué la cerveza, lo cual me la dejé entera para bajar la comida, estando ésta aún bien fría. Una vez acabado todo me apoyé en el respaldo de la silla mientras intentaba recuperar la respiración. Ahora creía que iba a explotar si me metía una patata más. No me entraba ni agua, me relajé mientras miraba a mi chico acabarse lo que tenía. Una vez listo, apoyó su cabeza en mi hombro y lo oí inspirar bien fuerte. Ja, otro con problemas por sobredosis de grasa en su cuerpo y falta de aíre. Salimos de ahí con mucha parsimonia y con paso muy lento, y sin querer zigzagueando un poco. Mierda Tom, te has pasado con el alcohol, no puedes conducir. Ni te acerques a un volante. Hurgué en mi bolsillo en busca de tabaco y me acordé de golpe que esta tarde me había quedado sin. Me paré en seco y Bill me miró raro. Me quedé mirándole y alcé un dedo, como intentando decir algo. Cogí aire, y después hablé muy seriamente. -Tabaco. – el estado de embriaguez cada vez era más fuerte. -Yo tengo tabaco – dijo Bill, rebuscando en los bolsillos de la gabardina. -No no no no no… - dije moviendo el dedo de un lado al otro, que aún seguía alzado. – Tengo que comprar tabaco para mí, que ya no tengo nada. –entonces aún con el dedo alzado, dí una vuelta de 90º y me puse a mirar al frente. – ahí hay un bar. – Y una vez lo señalé, ya pude bajar el brazo. Entré dentro del bar y me alegré mucho de que fuera una de esas máquinas nuevas que aceptaban no sólo billetes, si no indicar el número de paquetes que quería. Metí veinte euros, y saqué cuatro paquetes y un par de céntimos restantes. Dios mío, me estoy quedando pobre. Me froté la frente y justo escuché los silbidos de unos chicos que parecían dirigidos a algo que había detrás de mí. Me giré de golpe, algo sorprendido y vi como Bill acababa de entrar a ver qué me pasaba. -Madre mía, mira qué gatita… - el camarero, que llevaba ese típico baso en las manos el cual estaba secando, le lanzó un beso a Bill y luego le guiñó un ojo. Vi enseguida como Bill iba a replicar pero yo hablé antes que él. -Eh eh, es mi chica, ni te acerques. – lo agarré por el cuello con un brazo y antes de que me fuera a replicar algo a mí, le di un beso. Yo sabía que mi padre venía por aquí de vez en cuando, pero me daba igual porque mi padre ya se estaba oliendo algo. Salí de ahí rápido antes de que Bill me pegara de hostias ahí dentro y luego me miró muy enfadado. -¿Tu chica? ¿Qué mierdas es esto? – dijo, con cara de borracho enfadado. -Oh vamos, qué más da… - y otra vez, evitando que se pusiera a replicarme nada, volví a besarlo enfrente del bar. Le quise meter las manos dentro de la camiseta, pero la gabardina no me dejaba. Bill me rodeó el cuello y se dejó besar dulcemente. Nos separamos y noté un poco de mareo después de eso. -Bill, vámonos a mi casa. Pongamos una peli o durmamos un poco, pero yo necesito bajar este pedo que llevo encima… -¡Siiii! ¡A tu casa! ¡Sexo presidiario! – gritó emocionado. Se separó de mi y luego lo agarré yo a él del cuello, haciendo que no se alejara. Entonces le hablé al oído. -Bill, no me prometas el cielo, si luego no me vas abrir las piern… puertas. – y le guiñé un ojo. La vedad es que estaba siendo un poco bestia, pero el alcohol me estaba sacando mi lado más sincero. Supuse que se enfadaría. Ya la has cagado otra vez Tom, ¡con lo bien que estaba todo! -Eeeehhh… Déjame mi ritmo, tío. Chill out – dijo, casi casi poniendo cara de Buda achinando los ojos y poniendo los dedos en modo meditación. -¡JAJAJAJAJ! ¡Estás loco! – entre tanta risa y comentario prácticamente me acabé pasando la calle del puente que lleva a mi casa. Pegué un tirón de Bill que casi lo tira al suelo y finalmente volvimos a encaminarnos correctamente. La misma calle que antes había generado devoción ahora era una más entre todas las que teníamos que caminar hasta llegar a nuestro destino. – Espero que no esté demasiado sucia… Hace dos semanas que vine, para buscar a Mario y Andy, y creo que lo recogí todo, aunque fuera bastante a prisa… - aquello fue más un pensamiento que un comentario, pero me acabó saliendo en voz alta. -No te preocupes… - y sonrió achinando los ojos, otra vez. Este necesita algo que le baje el pedo, pero ya mismo. Creo que yo iba un poco mal, pero es que él estaba perdido. Nos paramos en seco, habíamos llegado a mi casa por fin. Atiné como pude con las llaves y abrí la puerta lo más elegantemente que mi borrachera me lo permitió, dejándole a él el paso primero. Bill Intentaba ser lo más consciente posible de la situación, y aunque había llegado a sufrir momentos críticos durante el camino, ahora empezaba a pode estabilizarme un poco. Aunque creo que aún no era capaz de mantener los pies derechos al completo. Como mínimo era un poco consciente de todo lo que pasaba y creo que podía llegar a seguir una conversación decente. También cabe admitir que en el fondo, me estaba intentando aprovechar de la situación, ya que así quizás me atrevería a hacerlo por fin… Sí, sexo. Lo que no entiendo es porqué las dos veces me ha frenado y encima me ha hecho ese comentario tan descarado. ¿No ve que yo intento ser sutil? Bueno, sutil no es la palabra, pero al menos en principio estoy borracho, cualquier cosa de este estilo se me puede perdonar, ¿no? Y encima le respondo con un “Tranqui tío, chill out”. Soy de lo que no hay. Nos habíamos sentado en el sofá, y Tom empezó a preparar un café. Yo había comido tanto y bebido tantísimo que no me entraba absolutamente ni un poco de agua, pero me prometió que se me pasaría un poco la borrachera así que acepté. Me lo quedé mirando, y me lo comía con los ojos. Lo vi agacharse a coger de uno de los armarios bajos de la cocina, la cafetera, que desmontó y limpió un poco antes de usarla. Mientras la secaba buscaba el café y encendía el fuego. Finalmente puso agua y lo dejó que hirviera. Una vez finalizada esta tarea se puso a buscar tazas muy grandes a las que le puso algo de leche, que por cierto era prácticamente lo único que había en la nevera. Las puso a calentar en el microondas y cuando las sacó estaban humeantes. La verdad es que por la noche refrescaba un poco y apetecía, pero con todo el alcohol estaba empezando a sonarme desagradable la idea. Me levanté y miré un poco la casa. Se me hacía extraño estar en la casa de mi chico, pero me sentí de golpe muy cómodo. Era la primera vez que veía cada rincón de la casa y sin embargo es como si ya lo conociera todo. Olía a Tom en casi cada sitio, incluido el sitio donde antes estaba sentado. Aunque ahora, mientras oía el burbujeo del café, éste empezaba a inundar la casa, que daba gusto. Vi una foto de Tom cuando debía tener unos catorce años, ya que ya tenía las rastas pero que sólo le llegaban a los hombros. Me parecía completamente familiar pero no llegaba a cuadrarme del todo su aspecto. Es como si le faltara algo. En la foto, Tom posaba con una guitarra que parecía ser nueva, y junto a su padre, que estaba medio agachado a su lado, con un brazo alrededor de los hombros de su hijo. La cogí y me pareció enternecedora. Miré un poco más pero no vi más fotos. Eso me hizo preguntarme algo que no sé porqué, aún no lo había hecho. -Tom… ¿Puedo preguntarte algo? – sé que los temas de familia no se deben tocar a menos que el otro lo saque, pero no pude evitarlo. -Claro. – dijo mientras servía el café. Me miró y me señaló cuantos terrones de azúcar quería, y con los dedos le señalé que dos. -Emm… ¿Tus padres están separados? O bueno… Me refiero, ¿qué es de tu madre? – igual era una tontería y simplemente veraneaban separados y por eso no la había visto por el campamento, pero eso ya me pareció un poco extraño, el siguiente dato fue no ver absolutamente ninguna foto más en esa casa. ¿Una foto de la boda? ¿De ella? No, no había nada de nada. Tom se quedó un poco parado cuando lo pregunté y eso hizo que mi corazón fuera a mil por hora. Vale, Bill deberías aprender a cerrar el pico. Después continuó buscando cucharillas en los cajones y las sacó. Puso cada una en una taza diferente y acabó dándome a mí una de ellas, sin mirarme. Se fue a sentar en el sofá y dejó la bebida en la mesa, supongo que esperando a que dejara de quemar tanto. Me puse muy nervioso por lo que había dicho y me senté a su lado, dejando la taza también encima de la mesa, justo al lado de la suya. Tom no me respondía. Agarré el mando con prisa y cuando estuve apunto de poner la tele este me agarró por la muñeca y me lo arrebató. Él tenía el poder en su casa, así que le dejé. Puso algo y dejó que permaneciera de fondo porque el volumen de ésta lo dejó tan bajo, que parecía inaudible. El silencio empezó a hacerme sentir muy culpable. -Eso me gustaría saber a mí. – dijo con parsimonia, mientras dejaba el control remoto al lado suyo del sofá. Él se giró y me miró fríamente. Sus ojos me helaron completamente. -Perdona por la pregunta, yo… Es que… -Tranquilo, no pasa nada. – me cortó. Después de un largo silencio añadió algo. – Es sólo que… Bueno, me has leído la mente. – entonces sus palabras dejaron de ser negras y oscuras a un tono más gris azulado. Como si la vida en sus palabras empezara a surgir de nuevo. – Quería hablarte de esto ahora… Fruncí el ceño, no entendía muy bien porqué iba a querer contarme esto ahora, y empecé a pensar en qué cosas podrían haber pasado últimamente como para que tuviera que ver con una madre desaparecida. De pronto, la luz se iluminó. -El miércoles… en el comedor, cuando llegaste tan mal… - todo empezó a pasar como una película de terror en mi cabeza. Recordaba la llamada de teléfono de Mario mientras Tom no aparecía por ningún sitio, y recordaba encontrarnos pocos minutos después en los que me abrazó durante un buen rato, y que simplemente quería la compañía de alguien, y un poco de silencio. Tom asintió pesadamente mientras cogía por fin su café entre las manos, y se lo acercaba. La verdad es que yo ya no necesitaba el café porque el tema aquel me había llegado a bajar hasta la sangre y ésta no regaba el cerebro ni aun dándome la vuelta. Estaba algo colapsado. -Pues… Resulta que tetetenngo un he…hermano. – tartamudeó tanto que me dio pena sólo la frase en si. Noté enseguida que de milagro no se le habían atragantado las palabras, porque sus ojos estaban rojos y su mandíbula muy apretada. Espera, ¿¡Ha dicho hermano?! Me incorporé hacia delante, como si el simple hecho de acercarme más hiciera que las palabras que acababa de oír cobraban más sentido. De nuevo asintió, y no dijo nada más durante un par de instantes que se mi hicieron eternos. -¿Cómo lo sabes? – no sé si es que necesitaba mi ayuda para continuar con la historia pero quise ayudarle lo máximo posible. Una de las cosas que intenté hacer para tranquilizarle fue cogerle durante un momento la mano, y acariciársela. Igual eso le ayudaba a calmarse y a pensar más fríamente, sin emocionarse. -El otro día conseguí sonsacarle a mi padre toda la historia. – dijo, como si fuera casi un acto heroico, pero donde habían muerto muchas más personas de las que se esperaba. Como si esa proeza hubiera acabado tan mal, que el resultado te avergonzaba, y te hacía sentir miserable. – Lo… Lo encontré bastante hecho polvo en su oficina, mirando una foto de mi madre y él. – se mofó de ese hecho, y no entendí porqué, supongo que todo me llevaría a describirlo. - ¿Sabes? Mi padre siempre ha esquivado este tema. Yo le preguntaba y siempre me evitaba. Y mira que son años y años de insistencia. Pero jamás me contaba nada al respecto. -Es jodido hablar de algo tan difícil. – yo había vivido también con una madre sola. Lo comprendía a la perfección. -Ya, pero al final siempre hay un momento, sobre todo… Con toda la mierda que me llegó a ocultar. – de nuevo se le quebró la voz. Intentó tranquilizarse y sacó uno de los cigarros que recién se había comprado. Me ofreció uno sin mirarme y lo saqué enseguida. Aproveché para coger el café, que si no empezaría a enfriarse. El ambiente se llenó de humo, y me recordó a una de esas películas francesas con un aire un tanto snob, sólo faltaba que yo fuera una chica y únicamente llevara una camiseta de él, justo después de hacerlo. Oh, y un cenicero lleno de cigarros y colillas que narraban historias pasadas. Tom prosiguió. - Resulta que mi versión de los hechos es que simplemente mi madre nos abandonó nada más nacer, y por culpa de mis abuelos, porque se ve que mi padre no era ningún buen partido, al parecer. Yo, teniendo esa única información llegué a tener un odio infinito hacia esa mujer desconocida, e incluso indiferencia a según que edades. -¿Y… no fue así? -No. Para nada. Fue… Todo lo contrario. Ninguno dijo nada hasta que el humo del cigarro se hubo apagado, después de ser aplastado en el cenicero. La verdad es que no sabía muy bien qué decir, y simplemente estuvimos fumando con tranquilidad, saboreando cada calada, y sintiendo el humo dentro de nuestros pulmones, saliendo lentamente hasta fusionarse el uno con el del otro. La verdad es que esa imagen me pareció bastante erótica. De nuevo, Tom habló. -Se ve que mis padres se conocieron en el campamento. – ambos sonreímos ante eso, y nos miramos con algo de ternura. – Sí, exacto, como nosotros. Incluso no perdieron el contacto al salir, y eso que la comunicación era pésima. Se mudaron a Berlín y tuvieron una vida de pareja, normal y corriente. – en ese momento pensé que desde luego no como la nuestra – Mi padre no llevaba muy bien el negocio y apenas podían vivir con lo puesto. Se ve que mis abuelos maternos estaban forrados y no querían ayudarles. -¿Y qué decía tu madre? – No podía creer que una hija no tenga el apoyo de sus padres. -Creo entender que no lo sabía. Que simplemente ponían excusas todo el tiempo para no dejarles dinero. Aunque mi padre lo supo des de el primer momento. -Supongo que no le dijo nada a tu madre por miedo de que ella reconsiderara la opción de estar con él… El no tener un apoyo por parte de los padres, es muy jodido. – reflexioné. De pronto, los dos dimos una calada a nuestro respectivo cigarro, lo habíamos hecho tan igual que parecíamos dos robots con acciones programadas. -En pocas palabras, mi madre se quedó embarazada y eso fue un gran golpe, porque si apenas podían vivir con lo que tenían, ¿cómo iban a cuidar a un bebé? –Tom se encogió de hombros con esa pregunta retórica, y continuó con su relato. – Estuvieron ahorrando, y de pronto pasó lo que acabó destrozándolo todo; mi madre tenía gemelos. Mis ojos se abrieron desmesuradamente y de qué poco no tiré el café al suelo. No me podía creer lo que estaba oyendo. ¿Mi chico tenía un gemelo en el mundo? -¿¡QUE QUÉÉÉ?! – prácticamente chillé como una mujer, pero es que no me lo esperaba para nada. Era imposible lo que estaba oyendo. -Sí… Yo me quedé igual. Incluso… Incluso he visto una foto de los dos recién nacidos. – se le quebró la voz, y sonrió con ternura de verlo reflejado en sus recuerdos. Yo seguía aún en el mundo de flipalandia, donde todo lo que estaba oyendo estaba pasando de verdad. – El muy hijo de la gran puta la lleva en la cartera desde siempre. – su voz se tornó en ira pura, en asco y repulsión, incluso parecía que le costaba dirigirse a él incluso con insultos. Con un movimiento de cabeza le indiqué que continuara con la historia. >>Cuando mi padre se enteró pensó que supondría la ruina de los cuatro, y se puso a maquinar un plan con mis abuelos. El muy imbécil se pensó que era la mejor solución, y la más heroica. Pero es de lo más cobarde y ruin y… ¡Y de todo! – casi aplastó el cigarro del golpe que dio contra el sofá.
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