Capitulo 64

4647 Words
-El otro día conseguí sonsacarle a mi padre toda la historia. – dijo, como si fuera casi un acto heroico, pero donde habían muerto muchas más personas de las que se esperaba. Como si esa proeza hubiera acabado tan mal, que el resultado te avergonzaba, y te hacía sentir miserable. – Lo… Lo encontré bastante hecho polvo en su oficina, mirando una foto de mi madre y él. – se mofó de ese hecho, y no entendí porqué, supongo que todo me llevaría a describirlo. - ¿Sabes? Mi padre siempre ha esquivado este tema. Yo le preguntaba y siempre me evitaba. Y mira que son años y años de insistencia. Pero jamás me contaba nada al respecto. -Es jodido hablar de algo tan difícil. – yo había vivido también con una madre sola. Lo comprendía a la perfección. -Ya, pero al final siempre hay un momento, sobre todo… Con toda la mierda que me llegó a ocultar. – de nuevo se le quebró la voz. Intentó tranquilizarse y sacó uno de los cigarros que recién se había comprado. Me ofreció uno sin mirarme y lo saqué enseguida. Aproveché para coger el café, que si no empezaría a enfriarse. El ambiente se llenó de humo, y me recordó a una de esas películas francesas con un aire un tanto snob, sólo faltaba que yo fuera una chica y únicamente llevara una camiseta de él, justo después de hacerlo. Oh, y un cenicero lleno de cigarros y colillas que narraban historias pasadas. Tom prosiguió. - Resulta que mi versión de los hechos es que simplemente mi madre nos abandonó nada más nacer, y por culpa de mis abuelos, porque se ve que mi padre no era ningún buen partido, al parecer. Yo, teniendo esa única información llegué a tener un odio infinito hacia esa mujer desconocida, e incluso indiferencia a según que edades. -¿Y… no fue así? -No. Para nada. Fue… Todo lo contrario. Ninguno dijo nada hasta que el humo del cigarro se hubo apagado, después de ser aplastado en el cenicero. La verdad es que no sabía muy bien qué decir, y simplemente estuvimos fumando con tranquilidad, saboreando cada calada, y sintiendo el humo dentro de nuestros pulmones, saliendo lentamente hasta fusionarse el uno con el del otro. La verdad es que esa imagen me pareció bastante erótica. De nuevo, Tom habló. -Se ve que mis padres se conocieron en el campamento. – ambos sonreímos ante eso, y nos miramos con algo de ternura. – Sí, exacto, como nosotros. Incluso no perdieron el contacto al salir, y eso que la comunicación era pésima. Se mudaron a Berlín y tuvieron una vida de pareja, normal y corriente. – en ese momento pensé que desde luego no como la nuestra – Mi padre no llevaba muy bien el negocio y apenas podían vivir con lo puesto. Se ve que mis abuelos maternos estaban forrados y no querían ayudarles. -¿Y qué decía tu madre? – No podía creer que una hija no tenga el apoyo de sus padres. -Creo entender que no lo sabía. Que simplemente ponían excusas todo el tiempo para no dejarles dinero. Aunque mi padre lo supo des de el primer momento. -Supongo que no le dijo nada a tu madre por miedo de que ella reconsiderara la opción de estar con él… El no tener un apoyo por parte de los padres, es muy jodido. – reflexioné. De pronto, los dos dimos una calada a nuestro respectivo cigarro, lo habíamos hecho tan igual que parecíamos dos robots con acciones programadas. -En pocas palabras, mi madre se quedó embarazada y eso fue un gran golpe, porque si apenas podían vivir con lo que tenían, ¿cómo iban a cuidar a un bebé? –Tom se encogió de hombros con esa pregunta retórica, y continuó con su relato. – Estuvieron ahorrando, y de pronto pasó lo que acabó destrozándolo todo; mi madre tenía gemelos. Mis ojos se abrieron desmesuradamente y de qué poco no tiré el café al suelo. No me podía creer lo que estaba oyendo. ¿Mi chico tenía un gemelo en el mundo? -¿¡QUE QUÉÉÉ?! – prácticamente chillé como una mujer, pero es que no me lo esperaba para nada. Era imposible lo que estaba oyendo. -Sí… Yo me quedé igual. Incluso… Incluso he visto una foto de los dos recién nacidos. – se le quebró la voz, y sonrió con ternura de verlo reflejado en sus recuerdos. Yo seguía aún en el mundo de flipalandia, donde todo lo que estaba oyendo estaba pasando de verdad. – El muy hijo de la gran puta la lleva en la cartera desde siempre. – su voz se tornó en ira pura, en asco y repulsión, incluso parecía que le costaba dirigirse a él incluso con insultos. Con un movimiento de cabeza le indiqué que continuara con la historia. >>Cuando mi padre se enteró pensó que supondría la ruina de los cuatro, y se puso a maquinar un plan con mis abuelos. El muy imbécil se pensó que era la mejor solución, y la más heroica. Pero es de lo más cobarde y ruin y… ¡Y de todo! – casi aplastó el cigarro del golpe que dio contra el sofá. >>Pactaron la vida de un crío por la del otro… - mi cara de pánico creo que fue más que notoria – me refiero, a que hicieron ver la muerte de uno de los dos niños, o sea… yo, y la huida de mi padre. Le escribió una carta diciéndole que no podía soportar la situación de cuidar de más de una persona con el dinero que tenía y que se largaba. Mis abuelos pagaron mucha pasta al hospital y crearon un parte de defunción del niño. Después mi padre se volvió a Düsseldorf e intentó rehacer su vida. Así como si nada. Como si no supiera que en la otra puñetera punta del país había dejado a una mujer en un hospital con un doble noticia, un casi marido que la abandona en el parto de sus gemelos y que uno le nació muerto. Por mi cabeza empezaron a pasar todas y cada una de las palabras de Tom y se iban transformándose en una película. La podía visualizar perfectamente porque esa historia… Yo ya la había oído antes. -Mi… Mi madre. – dije. No me salían más palabras, intentaba ordenar todos mis pensamientos. -¿Qué le pasa a tu madre? – dijo Tom algo extrañado. -¿Dónde me has dicho que naciste…? – le pregunté, algo descolocado aún. -En Berlín. – me contestó casi dudándolo, igual la versión de su nacimiento hasta hace pocos días no era esa, y tenía que acostumbrarse a ello. -Y… ¿Cuándo naciste? – una corazonada me atravesó de golpe. Antes de contestar, Tom alzó una ceja, sin saber muy bien por dónde iban los tiros. -El uno de septiembre de 1989 – mi boca llegó al suelo. No me lo podía creer. -Yo… Dios Tom, estoy flipando. – no sabía ni qué decir. -¿Qué pasa? – dijo este, con el ceño fruncido, algo preocupado. -Mi madre es médico, por tu madre. – me reía de decirlo en voz alta, pero era verdad. Sólo podía ser eso. Eran demasiadas coincidencias. La cara de Tom era un cuadro. -¿Pero qué dices? ¿Aun sigues borracho? ¿Quieres otro café? No me preguntes por el sexo presidiario que ya hemos hablado de eso… - me reí de su comentario, pero no sé como no notó que fue muy fingido. ¿Pero qué le pasa? En fin, pasé del tema. -No sé cuántas veces mi madre me ha repetido que el día que yo nací, en la cama de al lado, a una mujer se le murió uno de sus dos hijos nada más nacer. – Podía notar como Tom abría más y más los ojos, pero poco a poco, como si el impacto de un golpe se reprodujera muy lentamente. – Yo nací el uno de Septiembre de 1989, en Berlín. Igual era otra mujer que desgraciadamente sufrió lo mismo que tu madre, pero me parecen pocas las posibilidades de algo así… -Nacimos uno al lado de otro. – Tom hacía un resumen conciso y claro de todo lo que había dicho, aunque lo estaba centrando más en nuestra relación, que en su historia pasada. -Ella… Siempre repite que tiene pesadillas con el llanto de aquella mujer, que lo que debió de sufrir fue tan fuerte, que la destrozaba. – creo que me había pasado con tanta palabra, pero podía recordar exactamente las expresiones de mi madre sobre ese tema. Siempre la dejaban descolocada. – Decidió estudiar medicina, y al final acabó de comadrona. Dice que ella siempre habría intentado hacer lo posible para salvar a aquel bebé, y que bueno, ya te puedes imaginar, se obsesionó y quiso ponerse a atender partos, asegurándose que ningún bebé moría en sus brazos. Es un poco peliculera. -Es increíble, Bill. – este seguía ensimismado, procesando las palabras. -En cuanto llegue a casa le diré que sigues vivo. Eso la dejará flipando. – ese niño que mi madre intentó salvar en tantas ocasiones, pero con otras caras, realmente estaba a salvo. Mientras dije aquello, a Tom se le iluminó la cara. -¿Crees que tu madre podría dar con ella? – se me acercó tanto que creí que me cogería del cuello de la camisa, con agresividad, pero no, simplemente se acercó. – Aunque bueno, imagino que no, es bastante imposible. -No te preocupes, ya le preguntaré. Pero… ¿Tu padre no te quiere decir donde están? -Dice que no lo sabe… Pero yo creo que miente. – se me rompió el corazón aún más si cabía. – Pero ten por seguro que en cuanto salga de aquí iré a buscar a mi madre, y a mi hermano, está claro. -¿Cómo se llaman? – creo que la curiosidad sobre esta pregunta, estaba latente en todas partes – Ah, y si piensas en irte a Berlín, en mi casa tienes alojamiento. – y no era mera palabrería, Tom tenía las puertas de mi casa abiertas, des de el día en que nos conocimos, en el maletero de un autobús lleno de universitarios. Me sonrió simplemente, supongo que por vergüenza no me acabó contestando a eso último, sólo a lo primero. -Mi madre se llama Silvia, y bueno… Mi hermano… No se sabe. – puso cara de circunstancias, como si no supiera por qué opción decidirse. – Todo apunta que se llama Tom también… El muy imbécil de mi padre me puso el nombre que quería mi madre, pensándose que eso sería un acto de amor, y no le importó una mierda pensar que probablemente ella, le podría el nombre que le gustaba a ella a su único hijo, y más sabiendo que el padre se acaba de ir, abandonándola. -O sea, que tienes un hermano que muy probablemente se llame Tom. -Ajá. -Y es un hermano gemelo. -Sí. -¿Sabes a de bromas que pueden haber en medio? – me miró con una cara de asesino que enseguida cambié esa sonrisa socarrona que había puesto en mi cara. - ¿Tu padre tenía algún nombre específico en mente? – este se lo pensó, y después se rió. -Bill. -Dime. -No no, que a mi padre le gustaba el nombre de Bill… - y se rió un poco. -¡No me jodas! – no me lo podía ni creer. – Esto es demasiado. El mundo quería que nos encontráramos, está claro. El mundo quiere algo de nosotros. -El mundo quiere que me ayudes a recuperar a mi familia… - y de pronto, abrió los brazos de par en par, y me invitó a ser abrazado. Lo miré con ternura, y dejé que me rodera, pero poniendo mi espalda en su pecho, de manera que ahora los dos mirábamos al techo de su casa, mientas seguíamos hablando, y su voz hacía que el pelo que estaba cerca de mis orejas, bailara al oírla. -¿Estás mejor? ¿Se te ha pasado un poco la borrachera? -Sí… - me estaba relajando cuando de pronto algo me asaltó -¡Pero yo no me quiero ir aun, eh! -Pues claro que no, no nos iremos de aquí hasta por lo menos las 7 de la mañana. Suerte que hasta las doce o así, no tengo clases… - estuvimos un segundo en silencio que enseguida fue interrumpido por Tom otra vez. – Oye… ¿Y qué tal tu familia? – la verdad es que me lo preguntó como si fuera lo más normal, esperándose la típica respuesta. -Bueno… Estamos más o menos igual, mi padre nos abandonó. – Tom me apartó de él de golpe, como si le diera asco. ¿Pero qué coño…? ¡OOH! ¡NO NO NO! - ¡¡Pero nono, tranquilo!! Yo sí conozco a mi padre – Agité las manos intentando hacerle volver a la tierra porque a Tom casi le había dado un ataque al corazón – Nos abandonó, pero yo tenía siete años. Me acuerdo de él y se quién es, pero se fue sin más, por eso digo que nos abandonó. -Bill, he estado apunto de morir, ¡que lo sepas! – y creo que cuando fue a coger más tabaco, en vez de sacar dos cigarros, uno para cada uno, los había sacado los dos para él solo. - ¡Me he imaginado lo peor! ¡Demasiadas coincidencias Bill! Las cosas dilas claras desde un principio, joder. – y mientras decía eso, me tendía el cigarro que no dudé en coger. Últimamente estaba fumando más de lo normal, pero porque Tom siempre me estaba invitando. -Ya, ya… lo siento. No he pensado en lo que estaba diciendo. -¿No tienes ningún hermano gemelo perdido por ahí, no? – dijo riéndose. -Jaja, pues no que yo sepa. Aunque pensando en el tuyo… ¿Estará tan bueno como tú? – saqué la lengua, jugueteando con el piercing, imaginándome a dos Toms igualitos, uno al lado del otro, mirándome y comiéndome con la mirada. -Pues seguro que no tío, yo soy la cosa más increíble en la faz de la tierra, Bill… Bill. ¿Bill? – el chasquido de sus dedos enfrente de mis ojos me sacó de mis pensamientos. ¡Mierda, eran demasiado buenos! - ¿Qué coño estabas imaginando, pervertido? – se rió. -Pues creo que es evidente… Dos Tom en este mundo… ¡puuft! – y me mordí el labio sin poder evitarlo, y delante de él. -¿Que no te vale uno solo? – y empezó a acercarse a mi, muy sugerentemente. La distancia que había puesto antes se fue acortando a pasos agigantados, y cuando fui a responder, fue cuando tenía sus labios a apenas un par de centímetros. -Eso lo sabré, cuando pruebe la mercancía. Tom -Eso lo sabré, cuando pruebe la mercancía. Vale, vale, vale… STOP. Que alguien pare el mundo un momento, por favor. Apenas un segundo. ¿QUÉ? Al principio me estaba haciendo gracia con todo esto del sexo presidiario, pero pensé que iba en broma. Estaba borracho, y las últimas veces que lo hemos intentando habían acabado fatal. De pronto recordé un par de cosas que le había dicho, y sinceramente, recordarlas me había sentado como una patada en el estómago. Había olvidado que el día que me enteré de todo lo de mi madre, cuando salí a hablar con Bill, le dije un par de cosas de las que estaba arrepentido. Quizás arrepentido no, porque le dije que creía que estaba empezando a quererle, y eso sí es verdad, pero sí estaba avergonzado. De lo que sí me arrepentía, y sobre todo ahora, era algo que le había dicho parecido a “no me importa si soy yo el que acaba debajo de ti”. Vamos, ¿no se lo habrá creído, verdad? ¡Bill me conoce! Sabe que estaba muy bajo de defensas, y estaba hablando por hablar… -Bill, yo… Aquello que te dije… - me separé de él para mirarlo a los ojos seriamente, y aunque no esperaba que se acordara de aquella conversación, tenía que dejar las cosas claras antes de que todo se desmadrara demasiado. Vi que me miraba con cara interrogante, algo frustrado. Estaba claro que quería hacerlo, y yo ya le había dicho que no, varias veces. ¡Pero… por razones obvias! – que si esperas que sea yo, no… no lo puedo hacer. No puedo. – me sentía como una mierda diciendo eso, pero era como cuando tenías una exposición importante en clase; Si podías evitar salir a hacerlo, lo evitabas, y siempre esperabas que alguien hablara por ti. Soy un egoísta. Bill me miró a los ojos y después me besó con ternura y lentitud. Primero fueron pequeños besos y después abrimos un poco nuestras bocas sin hacer nada de momento. Nuestros alientos se confundían y respirábamos en la boca del otro. De pronto, como si tuviéramos una conexión mental, ambos asomamos nuestras lenguas que empezaron a acariciarse la una a la otra. Sabíamos a café y a cigarro, pero formaba parte del momento. Imaginaba que estaba aceptando mis palabras y simplemente nos estábamos toqueteando un poco. Y la verdad, no me venía nada mal. Dejé de pensar y centré toda mi atención en él. Nos besábamos con energía y eso hacía que Bill tuviera la respiración entre cortada. Nos acabamos de estirar y él se posó encima de mí, poniendo las manos encima de mi pecho. Notaba como su pelo caía en cascada encima de mi cara. Se lo aparté y se lo coloqué detrás de la oreja, lo más delicadamente que pude. No quise hacer la escena demasiado burra porque sabía que si nos excedíamos, volveríamos a enfadarnos, y era lo último que necesitaba. Casi sin cerciorarme noté que me estaba besando más apasionadamente, más fuerte incluso, y cuando se quiso incorporar mejor, se resbaló y estuvo apunto de caerse al suelo. -¡Aaahh!- enseguida lo agarré del brazo y lo atraje de nuevo al sofá. -Madre mía, de qué poco no te partes la crisma, chaval – me reí de su pequeño problema momentáneo y casi no me pega una hostia por ello – ¡Eehh! Bill negó con la cabeza, dando entender que yo ya no tenía remedio y después habló. -Oye… ¿Vamos a otro sitio? – este no me miró cuando pronunció esas palabras. Estaba rojo como un puñetero tomate. La pregunta me dejó un poco descolocado. – Aquí no cabemos muy bien. – se excusó rápidamente. -Em, claro. – me levanté y me encaminé rápidamente hasta el pasillo. Apenas tardamos nada en encontrar mi habitación, ya que era la primera puerta que había a la derecha. Bill, en cuanto vio en qué habitación entraba, se apresuró a adelantarme. Se puso a mirar paredes, cuadros, mesa, armario… En fin, todo. - ¿Qué te parece? – dije divertido, viendo como Bill no parecía perderse ni un detalle de su alrededor. -Una mierda. – Aaalaa… Pues nada. Ok. – Está hasta arriba de pósters horribles. Nada más que hay coches, un cantante n***o, tías en bolas por todas partes… – señaló a una pequeña reliquia que justamente llevaba ahí des de los quince años, que había sacado de un calendario. La chica del mes de Octubre tenía las mejores tetas que había visto en mi vida, aunque claro, vete a saber si de verdad eran reales… -Eeeh eeeh, un poco de respeto. El n***o que tú dices, es Samy Deluxe –dije, algo indignado. -Lo que sea… – después se estiró en la cama, así, sin más. – Mmm… La verdad es que es muy cómoda. ¿Dormiremos un poco antes de irnos? – sí, mejor cambia de tema porque como sigas insultado a mi rapero favorito… -Claro. – enseguida me puse a mirar en los armarios - ¿Quieres algún pijama en especial? – no me contestó y puso cara extraña. -Yo no quiero dormir aún. – se levantó y me cogió por los hombros. Después a base de empujones me fue llevando hasta mi cama, donde me estiró completamente. – Muuuucho mejor. A demás a mi no me importa dormir sin ropa. Abrí los ojos al máximo y no pude llegar a decir nada más porque me volvió a besar, pero esta vez no había tanta pasividad. No, todo lo contrario. Me besaba con fuerza, con casi desesperación. No quise volver a cortar el momento para advertirle de los peligros de esto, así que me dejé hacer. Intenté simplemente, tomar el control. De nuevo nuestras lenguas bailaban en una danza erótica y húmeda. Notaba hilos de saliva salir de nuestras bocas y de vez en cuando, Bill me mordía en el labio muy sensualmente. Lo cogí de la cintura, y de un pequeño giro, acabamos uno al lado del otro, tumbados. Y antes de que pasara nada, volví a dar un giro y esta vez yo estaba encima de él, como ya he dicho, tomando el control. Bill sonrió ante eso y se paseó la lengua por los dientes, haciendo que el piercing repiqueteara sensualmente tras estos. Por un momento, lo miré, medianamente indefenso debajo de mí, y hice un repaso por todo él. Como era de esperar, noté cómo mi cosa, dejaba de estar dormida a levantarse de golpe, apretándome el pantalón. Dios, dios… Esto se me descontrola. De pronto Bill se apresuró a quitarse la camiseta y la tiró por el suelo. -Joder… - no pude evitar suspirar en voz alta. Me tiré a su cuello y empecé a morderlo por todas partes mientras que Bill metía sus manos por dentro de mi propia camiseta y me empezó a arañar débilmente con las uñas. Cada sensación hacía que se me pusiera el vello de punta – Madre mía… Bajé del cuello dejando un sendero mojado y me encaminé a su pezón izquierdo, adornado con otro piercing más. Éste, nada más notarlo pegó un brinco y empezó a arañarme más fuerte pero sin llegar a profundizar. Me cago en la puta. No pude evitar que lo de abajo empezara a cobrar vida del todo. Esta vez me incorporé sobre mis rodillas y me quité yo la prenda que me tapaba el pecho y la lancé en la misma dirección en donde estaba la de Bill. Vi la cara de lujuria que estaba poniendo y no me dejó volver a estirarme encima de él ya que puso una de sus manos en mi bajo vientre y me pego un estirón de la hebilla del cinturón que me aproximó a él con violencia. Después vi como paseaba su lengua por mis abdominales, empezando por abajo y ascendiendo con un erotismo que me estaba volviendo loco. Mientras me estaba devorando lo vi desabrocharme el cinturón con algo de destreza. Lo miraba anonadado sin saber qué decir y finalmente lo tiró al suelo, haciendo un ruido metálico al chocar contra éste. Me di cuenta que estaba insistiendo demasiado en una misma zona y yo me estaba muriendo de placer. ¿Qué…? -Umm… chupetón de la marca Bill – dijo mientras se apoyaba con las rodillas y se ponía a mi altura. Primero me guiñó un ojo y luego volvió a besarme. Vale, definitivamente esto se está escapando de mis manos. Estupendo. Bronca en diez minutos, ¡pero que conste que él se lo ha buscado! Dios, empezaba a hacer tanta calor que yo ya estaba empezando a sudar. También notaba un jadeo por mi parte por culpa de las inmensas ganas que tenía de culminar esto de una puñetera vez. El moreno se separó de mí un momento, y fue para hacerse una coleta. Uh… otro que tenía calor. De pronto, me miró a los ojos, desde una perspectiva baja, y se humedeció los labios mientras ultimaba los detalles de la coleta. Sus ojos me penetraban el alma prácticamente, y parecía que me estaba diciendo tantas guarradas que no lo podía ni soportar. Dios, tenía una cara de vicio… Entonces me rodeó con los brazos y me susurró algo al oído. -¿Vas a comerme? – se me empezó a acelerar el pulso de una manera bestial. -Yoyoo… – bu bum, bu bum, bu bum. - ¿Pupupupuu… Pupuedo cococo… comerte? -Yo me dejo comer. - ¡BU BUM, BU BUM, BU BUM! Lo miré fijamente, atónito, buscando un resquicio de broma o de alguna sonrisa traviesa que después tirara por los suelos todas mis ilusiones, pero no encontré nada. Aunque estaba tan confuso que no podía ni moverme. ¿De verdad me estaba dejando hacérselo yo a él…? ¿No es una broma…? – Tom, que sí… - de pronto, toda la seguridad que le había visto en la cara, desapareció junto con su rostro, ya que lo escondió en mi pecho. Creo que estaba bastante muerto de la vergüenza, aunque eso no le impidió acabar la frase - …fóllame. Mi acto reflejo fue de lo más estúpido, pero fue lo que pasó. Me quedé tan pillado que lo único que se me ocurrió fue abrazarlo con fuerza. ¡Tom eres tonto, así lo espantas! Parece que sientas pena por él, y se lo estés agradeciendo. Lo solté en cuando fui consciente de ese detalle e intenté hacer ver que no había pasado. Me separé y me quité los pantalones y los calzoncillos seguidos. Me lancé encima de él pero me paré al ver su cara. Se había quedado mirándome con cara de pánico. ¿Tom tú eres tonto? Lo acabas de asustar. Dos cagadas seguidas, sí señor, al puro estilo Kaulitz. Vamos machote, arregla esto. Le besé en el cuello con pequeños lametones e intenté tranquilizarlo. -No pienso hacerte daño. Te lo prometo, Bill. No voy a hacer nada que no te guste. En cuanto notes algo que te desagrada, paro. – le acaricié por la espalda y nos puse de pie en el suelo. Le besaba los hombros y le olía la piel, llenándome los pulmones de su esencia. Bajé las manos hasta su culo, y lo estreché entre mis manos. Me moría de sólo pensarlo. – Si te hago un mínimo de daño, me la cortas. – cuando dije eso me separé de él y le guiñé un ojo. Quería decirle como fuera que yo estaba aquí con él, y que podía confiar en mi. Que jamás le haría daño y que haría todo lo que estuviera en mis manos para evitarlo. Bill se rió por el comentario y después simplemente asintió. -¿Tienes… lubricantes? – le costó la vida decir esa palabra. Y yo alcé las cejas enseguida. -¡Pues claro! – me separé de él y fui corriendo a uno de los cajones de la cómoda, donde había una caja bastante grande, y dentro de esta diferentes apartados. Sí, digamos que era mi caja del amor. Bill abrió mucho los ojos, sorprendido. Metió la mano en la caja, y sacó cuatro potes distintos de lubricante. -Están prácticamente todos a medias… - lo dijo sorprendido. -Claro. Si los tengo es para que se usen… ¿Qué sabor prefieres? Miró los botes con tristeza y luego volvió a posar la vista dentro de la caja, donde había un último bote, completamente cerrado, y lo sacó. -Quiero este, ya que no ha sido usado con ninguna de tus putas… - dijo eso con algo de rencor, y luego añadió contento - ¡Anda! ¡De cereza! ¿Cómo que nadie lo ha querido? – pero en realidad era una pregunta retórica, la dejó en el aire y yo me dediqué a sacar un condón de la caja, y dejarlo a mano para cuando lo necesitara. Buft… ¡Madre mía, qué ganas!
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