Tom
Estaba en el coche, volviendo a hacer las curvas que durante años y años tuve que aprenderme, aún no sé si por obligación, aburrimiento o por el mero hecho de que si siempre haces lo mismo, te lo acabas aprendiendo. De nuevo bordeaba cada tramo de montaña que me llevaba a mí rutinario verano.
Sí, este verano también trabajaría en el campamento. Cuidando a mocosos que sudarían de mi cara y que se pondrían a tragarse la tierra del suelo, que empezarían a cazar a las ardillas de los arboles, que no me harían puto caso y que por mucho que le insistiera a mi padre de que fuera otro quien les diera clase, este, me lo denegaría.
Otro año sufriría lo de siempre, lo de todos los veranos.
Aún no me puedo creer que me dejara engatusar de aquella manera. ¡Era ridículo! ¡Yo ya tenía mi verano salvado! ¿Pero que hice yo? ¡El gilipollas! Exacto, el puto gilipollas.
Flash Back
Entré en mi casa, llevaba tres días de borrachera total. Llegaba de sobarme un día entero en casa de Mario y aún iba un poco-bastante grogui. Andaba tan feliz de haber conseguido curro por fin que sólo se me ocurrió llamar a mis mariconcetes personales y decirles que iríamos de empalmada medio año, bebiendo, fumando, follando… Pero bueno, tres días fueron más que suficientes.
Ya lo creo que fueron suficientes.
Yo iba fatal.
Me tambaleaba de un lado a otro intentando no chocarme con las cosas de mi alrededor, la lámpara, el paragüero, la mesita del recibidor… Casi casi, tenía que ir tanteando con las manos, como los ciegos, para saber por dónde iba.
En cuanto encontré la cocina me fui directo a la nevera y de ella saqué un frasco de cristal. Me tragué media botella de agua para bajarme el mareo y la resaca. Me senté en la mesa de la cocina y me puse una mano en los ojos, masajeándolos.
El mantel de la mesa era muy cutre, jamás me gustó, mi padre me dijo que una vez de pequeño intenté quemarlo, ahora las caritas sonrientes del mantel eran manchas oscuras, amarillentas, que en su día fueron llamas pequeñas. Odiaba esas caras. La borrachera me hacía ver borroso y parecía que se mofaban de mí. Suspiré y me volví a levantar buscando esta vez mi sofá. Lo necesitaba, muchísimo.
Nada más encontrarlo me tumbé. Miré qué hora era, dígitos que se disolvieron en mi memoria, si me hubieran preguntado qué hora era, no habría sabido responder. Al cavo de poco me dormí.
Algo me levantó de mi preciado sueño, que como de costumbre ya no recordaba.
Había sido una voz a lo lejos que hablaba deprisa y entrecortándose de vez en cuando. A veces levantaba la voz y otras la bajaba mucho. Estaba nervioso, se le notaba, había incluso pánico en su tono.
“Pero-pero… ¿Cómo me dices esto a estas alturas?”
¿De qué hablaba? Era mi padre, eso seguro, pero ¿con quién estaría hablando?
Sin poderlo evitar ya me había acomodado, y me había puesto en la postura idónea para poder escuchar, aún con los ojos entrecerrados, sin abandonar del todo el mundo de los sueños.
“Pero es que joder… ¿Y ahora yo que hago? ¿No conoces a alguien que te sustituya? ¡Al fin y al cavo la culpa es tuya…!” había alzado mucho la voz y de pronto volvió a susurrar “…debiste acordarte que te ibas de viaje.”
Fruncí el ceño, no me enteraba de una mierda. ¿Viaje? ¿Qué viaje? ¿Substituir?
¿Qué mierdas hablan…? Me estaba comenzando a desesperar. No saber algo me ponía de los nervios y esta vez empezaba a tener ganas de pegarle a algo. ¡Tenía un mal presentimiento y eso, evidentemente no era nada bueno!
Me desperecé y caminé al lugar más próximo en el que pudiera encontrar a mi padre sin que este me viera. Su voz provenía del pasillo así que lo más cercano a él era la cocina.
Fui hasta allí, arrastrando los pies con pereza, y justo cuando estaba llegando, a punto de abrir la puerta, mi padre salió de ella.
¿Qué… pero no estaba en el pasillo? Joder, estoy sobadísimo.
-Papa ¿qué coño eran esas quejas? – murmuré rascándome el abdomen y medio bostezando, le miraba pidiéndole una respuesta.
Miró al suelo medio abatido y se frotó la sien, intentando tranquilizarse.
-Nada hijo… nada. – estaba destrozado, algo pasaba. Oía que decía algo en bajo, en susurros para si mismo, “joder, me cago en la puta… solo quedan dos días… dos días… dos putos díaas…” supongo que ya tenía respuesta a el “¿porque soy tan burro?”. Mi padre desde luego no se quedaba corto para nada.
-¿Para qué quedan dos días? – yo sabía, que en mi calendario personal, quedaban dos días para que empezara a trabajar y para poder quedarme todo un mes solo en casa sin él, pero no caía en qué pasaba ese día que tuviera más importancia que poderme rascar los huevos a mis anchas todos los días sin importar los horarios porque cierto viejo no estaría…
-Para que me vaya al campamento – dijo suavemente – sin ti.- enfatizó eso último. ¡Claro! ¿Cómo coño no había caído? Definitivamente, estoy por el arrastre.
-Vale, ¿y qué cojones pasa para que estés tan preocupado por irte?, joder que te encanta ese sitio.
Se sentó en el sofá más que abatido y destrozado. Miró al suelo y estuvo unos instantes sin contestarme. Contemplando pasar el tiempo delante de sus ojos.
-El chico que te substituye con los críos, se va de viaje. Cuando le contraté no se acordó que ya había pagado todo, y no puede venir con nosotros… Joder, tu trabajo es el más importante de todos. Y me he quedado sin nadie. Encima me cabreé hace unos años con el que había antes de ti, y yo ya no estoy para cuidar de niños… No puedo ponerme delante de los padres y decirles que no tengo un tutor para sus hijos. - estaba al borde del llanto – y es que joder, no queda tiempo para pillar a alguien.
Me imaginaba la situación. Era complicada, mucho, demasiado para mi padre.
No sabía qué hacer… Me sentía fatal. Tenía que moverme, hacerle sentir mejor de alguna manera, algo para que no se hundiera e intentara buscar una solución.
-¿Papa quieres algo…? Te traigo lo que quieras. - no sabía qué decirle.
El silencio momentáneo se hacía hasta monótono.
-Un… un café.
Sin decir nada más me encaminé de nuevo a la cocina recorriendo de nuevo mis pasos ya recorridos y fui a por una taza grande. La puse bajo la cafetera y empezó a llenarse del ardiente café. Del líquido salía un vapor que en invierno se podría haber agradecido, sintiendo como te acariciaba la nariz, con su olor y su calor. Fui a por azúcar, una cuchara y un par de servilletas en un movimiento casi mecánico, supongo que se podría decir que me sabía de memoria la cocina. Se lo llevé todo a mi padre.
Se lo tendí y este lo cogió sin mirarme. Con un tembleque notorio en sus manos la puso sobre la mesita que había frente al sofá y empezó a remover el café con el azúcar. El silencio era lo que nos invadía y solo el tintineo del metal contra la porcelana, lo conseguía romper.
-Pa… Yo… Ya tengo trabajo… - como primera respuesta obtuve un prolongado suspiro.
-Ya lo sé hijo, ya los sé. No pretendía pedirte ayuda, de hecho no te lo quería ni contar. Sé lo mucho que… odias el campamento. – pues sí, lo odio. Mucho.
-No es que lo odie… - joder Tom, mentir está mal, te saltaste esa lección de Barrio Sésamo, ehh - es solo… No sé papá, son muchos años haciendo lo mismo. A uno le acaba cansando… - intenté excusarme. Realmente mi padre me daba pena, los años se le marcaban en la cara y una decepción como esta, como el no poder tener el grupo de niños, que era el más importante, este año, se le notaba mucho.
Empezó a negar con la cabeza, como excusándome, dándome a entender que no pasaba nada.
-Tom… ya lo sé. La culpa es mía por hacerte hacer cosas que no quieres. Pero muchas gracias por ayudarme todos estos años.
Joder, joder, joder…
No soportaba la presión y al final decidí salir y que me diera el aire. Ni tan solo me despedí de Jörg, cogí mis llaves y el portazo fue mi adiós.
Hacía un calor de la ostia y tantas cosas juntas me agobiaban.
Sabía que era de día por lo tanto, para que no me diera la puñetera luz me decidí a ir al garaje a por mi coche. Ahí estaría “a salvo” del sol, pondría el aire acondicionado a tope y daría vueltas por mi ya sabidísima ciudad.
Introduje con prisas las llaves en la ranura, al lado del volante, y con el mando de la puerta, esta se abrió.
Me quedé sorprendido de ver la oscuridad de fuera. ¿Qué hora era…?
21:46 PM
-La madre… - solté en voz alta.
Daba rodeos por la ciudad sin saber por dónde ir… De hecho simplemente acariciaba el cuero del volante, moviéndolo según el tráfico, según si el nombre de la calle me gustaba o no.
Me metía por calles en las que hacía años que no metía un pié, otras por las que demasiadas veces había estado, algunas incluso nuevas atacaron mis ojos, dejándolos con la curiosidad. Serían barrios nuevos.
Sin quererlo llegué a la parte olvidada del pueblo. No vivía nadie, había un seguido de casas desocupadas. Realmente daba un poco de miedo. La gran mayoría de ventanas estaban todas rotas, algunas incluso no tenían ni cristal. Faltaban puertas, los contenedores estaban hasta arriba de mierda, carteles de “se vende” esparcidos por todas partes, cansados de no servir para nada.
Busqué en mi bolsillo una llave y aparqué el coche cerca de una casa que hacía esquina. Mario, Andreas y yo se la habíamos comprado al banco y ahora nos pertenecía. No teníamos miedo a que le pasara algo a la casa porque nos había costado nada y menos, apenas teníamos cosas dentro, una nevera, un sofá, un colchón y un baño. A duras penas había dos bombillas por piso. Si analizabas bien la situación de la parte muerta de la ciudad, realmente era una especie de comunidad fantasma, una de las que en su momento era de las mejores de nuestra ciudad.
Abrí la puerta, un giro de llave y un golpe seco con el hombro. Sí, una mierda puerta, lo sé. Dejé mi chaqueta en un perchero, que había justo al lado. Caminé por la casa un segundo después de tomarme la última cerveza que había en la nevera. La pregunta es ¿por qué me la tomé?, evidentemente estaba caliente y la escupí nada más probarla.
Entonces de repente empecé a oír gritos y ruidos extraños. Agudicé el oído y presté atención, provenía de mi mismo piso. Caminé un poco y los sonidos se hicieron más claros.
Genial. Otra vez hay alguien en casa. Sería un ladrón o alguien desesperado por dormir bajo un techo. De los primeros me podía deshacer rápido, pero de los segundos… Me era imposible, al final les dejaba que durmieran un par de noches ahí.
Me guié por los ruidos y cuando llegué a lo que en teoría era el livingroom me quedé de piedra, sin saber cómo reaccionar, ni cómo actuar.
-¡Toom…! – mil años que no decía mi nombre.
Mario y Andreas estaban en plena faena encima del sofá. Pero no estaban en los preliminares ni nada, estaban en PLENA faena.
Andreas estaba petando a Mario de lo lindo.
Mi primera reacción fue encogerme mucho.
-Auch… - me quejé. Me moría de dolor sólo de pensar que alguien me metiese nada por el culo. A ver, estaba clarísimo que estos dos hombres se lo montaban, y yo lo sabía, era evidente, y yo tenía la idea en mi cabeza, ¡la idea! ¡Pero no la imagen! Se me hizo extrañísimo ver como uno de mis mejores amigos de toda la vida le metía la polla por el culo a mi otro mejor amigo de toda la vida. No me lo esperaba, simplemente no me lo esperaba. Casi estallo en carcajadas.
Rápidamente se empezaron a vestir, con la cara roja como un tomate.
-Em... No no, ya me largo... Seguid… emmm- Tom piensa algo no grosero, ¡piensa algo no grosero! – seguid… esto… ahí. - Sólo se me ocurrió eso. Me giré lo más rápido que pude y empecé a subir las escaleras que estaban anexas a la pared que comunicaban con el salón. De pronto algo me hizo volver. Me asomé y con un dedo en alto exclamé – Por cierto, Mario, gritas muchísimo.
-¡Tom!
-Ya me voy, ya me voy. - dije finalmente, sonriente.
Me encendí un cigarrillo mientras me estiraba en la azotea, en la terraza.
Realmente por ahí podría haber de todo, bichos, polvo, cagadas de paloma… Pero al ver que “los de antes” habían venido, imaginé que estos abrían limpiado un poco, Mario tiene una especie de obsesión por la limpieza y esta casa realmente nunca andaba en mal estado.
Observaba el cielo de arriba, totalmente abastado de estrellas, y con una sonrisa vi que un tramo estaba más blanco que el resto. La Vía Láctea se mostraba digna y orgullosa de su manto y sin nada que envidiar a la Luna, que se hallaba justo a su lado. Bella aún mostrando solo la mitad de su plenitud. Aquí las estrellas se veían inmensamente bien. Y era fácil quedarse prendado de ellas, perdiendo la vista en la inmensidad de la oscuridad, y perdiendo la cordura al intentar entender cómo algo tan bello podía existir. Si alguna vez me enamoraba de algo o alguien, ese algo sería la noche.
El cigarro se consumía por el tiempo y mi cabeza andaba perdida por el mundo. El humo que salía tanto de mi boca como del papel quemado, dibujaba trazos opacos en el manto estrellado, estropeando la pureza n***o-azulada con su color ceniza.
Era tal el encandilamiento que creo que perdí la noción del tiempo. Como no, alguien me sacó de mi mundo.
-Toc, toc. Putom, ¿se puede? – oí de fondo.
Me sobresalté y me incorporé de inmediato.
Reconocería la voz de Andreas aunque este estuviera a mil metros de mí. Me coloqué bien la gorra y sonreí de lado, dando a entender que todo estaba bien.
-A ti te pasa algo. – afirmó. Se me descolocó la sonrisa. Joder, pero cómo me acaban pillando siempre... ¿Tan jodidamente evidente soy? Bajé la mirada. Putos maricones.
Pensé que era una gilipollez no decir qué me pasaba, así que sin rodeos ni excusas expliqué mi problema, bueno, el de mi padre.
-Mi viejo se ha quedado sin quién que me substituya.-aclaré.
Hubo un silencio, no excesivamente largo relativamente hablando, cosa que a mí se me hizo eterno.
-¿Y qué? ¿Ya encontrará a alguien no? – soltó indiferente Andreas, sentándose a mi lado, como los indios. Mario siguió sus pasos y se sentó de la misma manera.
-Ese es el problema, que no queda tiempo. – Suspiré pesadamente - Tíos… No puedo dejarle tirado. Joder, es mi padre. Pero, me cago en la puta. Es que ¡al mismo tiempo no quiero volver a currar de puta niñera! ¡Es tan aburrido! Si no fuera por las tías que se dejan follar y por Gustav, que es un chaval que conozco de ahí, me abría suicidado hace tiempo.
-¿Y si vamos nosotros también? – soltó Mario, como si nada.
-¿Qué dices? – Andreas le soltó una pequeña colleja a modo de reproche - Sí el día dos nos vamos de crucero, gilipollas, ¿O ya lo habías olvidado? – dijo este explicándose y mirando a Mario con una ceja alzada poniendo los brazos en jarra. Negué con la cabeza riéndome. Parecían una pareja de casados.
-Es verdaaad… - dijo con un gesto gracioso, poniéndole un pequeña melodía a la frase - Bueno… Pues en cuanto lleguemos nos dices como se va al campamento y nos quedamos el resto de tiempo contigo Putom.
Hablaba con tanta naturalidad este hombre que se antojaba adorable. Era un iluso que vivía en el mundo de yupi. Pero por unos instantes le sonreí a la nada imaginándome la mitad de verano con mis mejores amigos. Me pasé la lengua por el labio inferior.
Cuando una idea me agradaba involuntariamente siempre hacia lo mismo, deteniendo mi lengua en el final del labio, donde se encontraba mi adorado y conquistador piercing. Sin pensarlo empecé a moverlo de un lado a otro.
-Putom por dios, no hagas eso… - algo parecido dijeron al unísono. De pronto se miraron ambos con los ojos como platos. Acto seguido se taparon el rostro con las manos de la vergüenza.
Los miré entre asustado y sorprendido.
Después del shock momentáneo analicé la situación, y con una sonrisa macabra pintada en el rostro, alcé una ceja, divertido. En cuanto volvieron a mirar al frente, a mí, volví a mover le piercing, jugando con él.
-Os gusta eehhh – dije sensualmente. Ambos separaron la vista.
-Vete a la mierda.
Me reí escandalosamente mientras me levantaba. Estos repitieron mi gesto, aún molestos conmigo. Lo que no sé, es si estaban molestos entre ellos… En teoría se han puesto los cuernos el uno al otro pensando en mi ¿no…? ¿No deberían estar enfadados? Pero a fin de cuentas lo han hecho ambos. En fin, Tom no te rayes, no le des más vueltas, pareces una chica.
Abrí los brazos en señal de que se acercaran.
-Pues claro que podéis venir al campamento. – dije yendo hacia ellos. Los cogí de los hombros y los atraje hacia mí. – me encantaría que estuvierais ahí. Enserio. Sería lo mejor que me podría pasar este verano. – a ver, que alguien me explique porque soy tan cursi.
Cogí el móvil marqué los números indicados bajo la atenta mirada de mis mariconcetes personales.
-¿Papá…?
-¿Hijo? Dime, ¿Quieres algo? Que sea rápido que tengo que seguir haciendo llamadas sobre quien puede substituirte y eso…
-Papá. Deja de buscar. Este año te ayudaré yo otra vez. Iré al campamento.
El silencio se hizo inminente. Y esta vez, prolongado de verdad.
-… - seguía sin contestarme. - Gracias hijo.
-Pero una condición.
-La que quieras.
-Que se vengan Mario y Andreas y pululen por ahí conmigo.
-Hecho.
Perfecto.
Fin Flashback
Vale, ya lo recuerdo, no podía dejar a mi padre en estos apuros. Simplemente no podía…
Las montañas cada vez se me hacían más familiares, y el recorrido que marcaban mis ruedas ya era más que conocido. Tom, dentro de cinco minutos llegarás a tu destino.
Bill
Era recién por la mañana.
En cuanto oí el sonido del despertador casi me dio un infarto. Ya estábamos a uno de Julio y llevaba dos semanas de vacaciones. Mi despertador estaba esperando a que volviese a empezar el curso para ser usado de nuevo, pero hoy sonó.
Miré la hora frustrado. ¡Eran las seis de la mañana! ¿Pero qué…?
Entonces lo recordé. Hoy me iba de campamento un mes.
Era tan pronto que la idea empezó a sonarme hasta infantil. ¿Pero qué hago yo en un campamento?
La cara de Dawn me vino a la mente.
Claro, ella iba a ir. Media clase iba a ir porque ella era la tutora.
Me encaminé a cambiarme a ducharme y a prepararme la maleta. Sí, solo a mí se me ocurría dejarlo todo para el último momento. Debíamos estar en la puerta de la universidad a las 9, y supongo que yo mismo me puse el despertador tan pronto, para poder hacer las maletas medianamente con tranquilidad.
Joder, joder, joder, joder... ¡Queda una puñetera hora y media para que nos vayamos y aun no llevo ni la mitad del equipaje!
Me empezó a entrar el pánico.
-¿Y ahora qué hago? – me dije a mí mismo.
La cabeza empezó a funcionarme de tal manera que no se cómo no me salía humo de ella. Empecé a caminar en círculos con la mano en la boca, mordiéndome las uñas.
Abrí los ojos de repente.
¡Mis uñas!
Nonononono… Mis uñas no, por dios.
Me miré los dedos y vi con horror, que las uñas del dedo corazón y del anular estaban hechas mierda.
Genial, doble preocupación. ¡Esto sólo se me ocurre a mí! Bueno, nos íbamos a un sitio perdido por el mundo y el viaje iba a ser largo, así que lo mismo me las volvía a retocar en el bus.
Vale, seguía teniendo el problema de las maletas.
De pronto me vino la iluminación.
Fui corriendo a mi habitación y salté a la cama, rodando por encima de ella y cogí el móvil que estaba cargándose en mi mesita de noche.
Marqué tan deprisa que pensé que me había equivocado.
-¿Hola?
-¡Ash! Por tu madre, ¡Llama a Georg y veníos YA a mi casa! ¡Necesito ayudas con las maletas!
-¿Cómo que las maletas? ¡Sólo podemos llevar una! ¡Sólo podíamos llevar lo necesario! Y lo dijo tu noviecita… - esto último lo soltó con retintín, aún llevándose bien con Dawn, supongo que algo de rencor le tenía. Preferí no comentar nada de la forma en la que había decidido llamarla.
-¡Sí! ¡Es que llevo lo necesario! A más, son sólo tres maletas y dos bolsos! ¿Entre los dos me podéis ayudar, no? - Dije con tono lastimero, para dar la más pena posible. – ¡por favor! ¡Avisa a Georg y venid ya!
No le di tiempo a contestar para que no me replicara y retomé mi tarea anterior. Volví al comedor donde tenía las maletas abiertas de par en par y la ropa que tenía que colocar en montoncitos, por el suelo limpio.
Primero me puse los brazos en jarra observando el panorama y todo el trabajo que se me avecinaba.
–A ver, la ropa de invierno irá en esta maleta y la ropa de verano en esta otra, las cosas de la piscina irán en este bolso porque si no, no sabré distinguirlo. La ropa interior, el neceser y los zapatos irán en la maleta grande. En el bolso más pequeño pondré todo lo que uso de maquillaje, mas desmaquillante suficiente para un mes… ¡La laca! La laca necesita una maleta entera… Madre mía.
Me iba haciendo un esquema en voz alta mientras iba poniendo las cosas que pensaba en las maletas. Quitaba y ponía mil cosas mil veces.
Paseaba por las habitaciones revisando que no me dejaba cosas importantes, como el portátil y la cámara de fotos, el cargador del móvil, el móvil… Fui al baño y abrí armarios, todo lo importante, con gel, champú, acondicionador… Todo eso ya estaba en las maletas.
De golpe cuando ya salía del baño volví a meterme dentro tan deprisa que casi me resbalo.
-¡Los condones!
Sabía que Dawn no se olvidaría de ellos pero siempre era ella quien llevaba. Me sabía fatal que sólo ella se gastara el dinero… El otro día decidí pillarme un par o tres de cajas de diez condones de estos que iban en ofertas y aún no los había estrenado… ¡Siempre me los olvidaba joder! Y mira que ha habido posibilidades para usarlos.
-¿Bueno, con estas cajas nos da para el mes entero, no? Me los llevo. Y mejor me meto un par en el bolsillo, lo mismo hay intimidad y todo allí entre los arbustos en un momento…- Dije de nuevo para mí mismo sonriendo divertido.
Me iba a arrodillar en el suelo frente a una maleta para ir colocando las cosas ya dentro, pero justo cuando ya estaba con las rodillas en el suelo picaron a la puerta.
Como alma que lleva el diablo aparecí en la puerta y la abrí. Tras el marco de ésta se hallaban con cara de pocos amigos, Ashley y Georg.
Les di un abrazo enorme y con la sonrisa más grande que se formó en mi rostro les indiqué que pasaran. Pasaron a regañadientes.
Mientras caminábamos les decía que tenían que poner en cada maleta mientras yo pensaba en lo que tenía que poner en la mía.
La verdad es que en poco tiempo habíamos conseguido llenar las tres maletas y los dos bolsos y todo estaba perfectamente ordenado y colocado.
Suspiré poniéndome la mano en la frente, imitando el típico gesto de quitarse el sudor y me senté en mi sofá. Ellos imitaron mi gesto. Pero pronto me levanté. ¡Teníamos un cuarto de hora para llegar!
Joder, joder, joder.
Cada uno cogimos una maleta y yo cogí los dos bolsos, ya que ellos ya llevaban su propio equipaje.
Echamos medio a correr por la calle. La gente nos miraba (la poca que había) y nosotros seguíamos corriendo. Llegamos y vi de lejos a Dawn hablando con el conductor del bus y el enorme bus, al lado.
Estaban discutiendo y moviendo los brazos. Ella miraba a todas partes con la mano en la boca, como preocupada y cuando nos vio por fin, suspiro muy fuerte. Entonces empezó a señalarnos y el conductor nos miró. Después se dirigió a dentro del autocar mientras negaba con la cabeza.
Un par de minutos más tarde la puerta del equipaje se levantó, dejándonos ver la cantidad de maletas que se llevaba la gente.
-¡Menos mal Bill! Pensé que no llegabais. – dijo medio regañándome. Movía mucho los brazos y estaba alterada, pero algo me sorprendió de golpe. – Pensé que me iría sin ti…
Esto lo dijo con tono lastimero pero los gestos no le habían cambiado. Supongo que ella misma se habría dado cuenta que toda la gente de dentro del bus nos estaría mirando pero no oyendo.
Los que si nos oían eran Ash y Georg que en cuanto formuló esa frase la miraron con cara de “eing?” yo procuré no reírme para que no se me notara. Y ella lo mismo.
Miré al suelo teatrero mientras hacía ver que me disculpaba.
-Yo también pensaba que no iba a llegar, hemos tenido un problema con las maletas…
Entonces Dawn vio el gran repertorio de maletas de diferentes formas que se hallaban en el suelo, tanto las suyas como las mías.
-¡Madre mía, Bill! – dijo con la mano en la frente. Ese gesto sí que no se lo pudo evitar, normal, habían en total cinco maletas, para tres personas y cuatro bolsos. – ¿!Todo esto es vuestro?! – exclamó, señalándolas.
-Emm... En realidad ellos solo llevan una maleta y un bolso… el resto si es mío. – evidentemente la culpa era mía y no iba a decir nada malo mío. Dawn empezó a reírse y cogió algo de mi equipaje para ayudarnos. – si ya me conoces de memoria, deberías haberte imaginado ya que iba a traer mil cosas.
Metimos el cuerpo entero dentro del maletero y buscamos los sitios adecuados donde poner mis cosas y sorprendidos vimos que cabíamos de cuerpo entero, gateando, claro. Georg y Ash justo acababan de salir y me dijeron en un grito “¡búscanos! ¡Estaremos en el piso de arriba, como siempre!”
Por supuesto que iban a estar en el piso de arriba. Odiaba estar abajo. Y desde que los conocí les obligaba a ir arriba a cada salida que hacíamos.
Cuando ya no estábamos a vista de nadie le di un pequeño pellizco para que girara la cara hacía a mí. Me miró sorprendida y después cambió su expresión a una ternura increíble. La cogí de la barbilla y la acerqué a mí. Cerró los ojos y la besé.
Otra vez.
Otra vez.
Y otra vez.
Pero que besable era esta mujer.
Cuando por fin nos separamos vi como se lamía y se mordía el labio pidiéndome más. Pero en vez de eso saqué de mi bolsillo uno de los dos condones que llevaba en él.
Dawn lo miró sorprendidísima, no sé si por el hecho de que se lo sacara o porque por fin los había comprado. Los volví a meter donde estaban y la besé de nuevo.
Entré dentro del bus seguido por Dawn que se quedó en el piso de abajo. Cuando llegué a arriba lo vi todo relleno de cabezas que se giraban a mirarme.
-Joder tío, menos mal que has llegado, eeh. Que no nos dejaban irnos sin ti. Anda siéntate, mariconazo. – oí de fondo. Y dale con lo de que soy maricón. ¡Que no, joder! Pero claro estaba, no lo iba a gritar, porque si no se iría a crear mucha polémica y casi que pasaba. Lo único de lo que tenía ganas era de sentarme en mi sitio.
Según avanzaba vi que el bus molaba bastante. Era muy espacioso. Tenía el típico pasillo en medio, con los asientos a los lados, pero la diferencia era que estos estaban juntos entre sí formando un sofá. Otra diferencia es que los asientos estaban divididos en grupos de dos, porque estos dos se miraban entre sí, después, detrás habían otros dos que se miraban entre sí, dándoles la espalda a los anteriores, y en medio, y esto era lo más increíble, había una mesa.