Capitulo 6

4725 Words
Según avanzaba vi que el bus molaba bastante. Era muy espacioso. Tenía el típico pasillo en medio, con los asientos a los lados, pero la diferencia era que estos estaban juntos entre sí formando un sofá. Otra diferencia es que los asientos estaban divididos en grupos de dos, porque estos dos se miraban entre sí, después, detrás habían otros dos que se miraban entre sí, dándoles la espalda a los anteriores, y en medio, y esto era lo más increíble, había una mesa. Seguí caminando hasta que llegué a la última de todas, y ahí estaban Ash y Georg echando una partida de cartas. ¿Les había dado tiempo a empezar una partida? Joder, ¿Sí que habíamos tardado, no? Negando con la cabeza me senté al lado de Georg y puse uno de los dos bolsos que no habíamos guardado, donde tenía lo básico para el viaje. -¿Pero qué haces con eso? – me dijo el bajista sorprendido, señalando. Sin contestar empecé a sacar cosas de él. Saqué algodones, saqué la acetona, saqué las pinturas blancas y negras, saqué los papales que hacían la forma de la uña para no pasarme con la línea blanca, y saqué una lima. Ah, y una botella de agua fría. La cara que pusieron mis mejores amigos fue memorable. Me empecé a reír a carcajada limpia mientras que Georg cogía las cosas y las miraba. -Tío, esta es la primera vez que veo un pintauñas tan de cerca… - dijo con el n***o tan próximo a sus ojos que parecía que bizqueaba y todo. Ash simplemente me miraba con cara de interrogante. -Pero chaval, ¿Dónde vas con todo esto? – sin mencionar palabra le enseñé el estropicio que tenía por uñas y simplemente rodó los ojos. Já, que fuerte, ¿o sea que le da igual que lleve las uñas echas mierda? Tss… - estás hecho un caso, Bill. Simplemente sonreí mientras me decidía a empezar mi tarea. Soy el puto amo. No hay nadie en el mundo que consiga que las uñas le queden tan bien como a mí. Durante el viaje que llevamos han habido curvas peligrosas, baches, frenadas, y caravana, y aún así he conseguido que me quedasen más que perfectas. Levantaba mi mano mientras admiraba mi obra de arte. De pronto miré a mi lado y puse cara de horror. -¡¿Pero que haces?! – le dije a Ash. Estaba pintándose SUS uñas con MIS pinturas. ¡Y a más se las estaba pintando fatal! Pobres pinturas mías no se merecían esta tortura.... Se las saqué de las manos en un segunda y ella me miró indignada. Las empecé a guardar en el neceser mientras ella intentaba quitármelas a mí. Saqué de él, el bote de acetona y puse en un trozo de algodón mientras ella me zarandeaba. Puse el bote en la mesa e intenté pillarle las manos para quitarle el estropicio. -¡Estate quieta que te lo quito! ¡Si quieres te las pinto yo! ¡Pero no te muevas! -¡No Bill! ¡Lo quiero hacer yo! ¿¡Que te cuesta!? Nos movíamos y la mesa no paraba de zarandearse puesto que ella estaba enfrente de mí y para llegar a ella tenía que estirarme hacía delante. Ella tampoco para de forcejear y de intentar soltarse las manos de mi agarre, en vano. ¡Plaf! De pronto sentí en toda mi camiseta un fresco y olor fuerte. El pánico estalló en mi cabeza. Y fuera de ella. -¡La madre que te parió…! ¡Me has tirado la acetona encima! ¡El bote entero! Primero no supe qué hacer y me estaba empezando a estresar, pero después de buscar algo con que secarme saqué un plan B. Intentaba escurrirme la camiseta en el bote de nuevo para quitarme todo el líquido de ella. También utilicé algodones para quitar lo que había esparcido por la mesa. Mientras, Georg, en vez de ayudar, se alejaba para que el liquidillo rosa no le tocase. En cambio Ash me ayudaba resignada. -Es que no entiendo porque coño no me dejabas… -Mira, mejor dejemos el tema, eeh. Que te estaba haciendo un favor, y así me lo pagas. - Ashley puso cara de: “¿Perdón? ¿Un favor?” pero no comentó nada al respecto. Tardamos unos diez minutos en dejarlo todo como estaba, limpio y seco, pero el infernal olor a acetona no desaparecía. Tenía que cambiarme como fuese, no podía ir apestando tanto. Y lo peor es que a ninguno de ellos dos les había caído ni una gota, solo a mí. Pensé que con ayuda de Dawn podríamos conseguir que parasen el autocar e ir a por algo limpio que ponerme, ya lavaría esto en el campamento. Avancé hasta las escaleras viendo la cara de asco de la gente por el olor, pero la verdad es que había de todo, porque a algunos, se ve que les gustaba que fuera tan fuerte. Bajé y enseguida me tope con mi novia. Cuando me vio se le iluminó la cara pero al aproximarme vi que hizo un gesto raro con la nariz y el labio. -Dawn… Me han tirado toda la acetona encima… ¿Tú crees que me dejarían parar el bus e ir a por algo que ponerme? Ella me miró con cara preocupada, como temiéndose que eso sería imposible. Lo intentamos igualmente. Al cavo de una medía hora de insistir al conductor nos rendimos, resignados. Miré a Dawn sin saber qué podía hacer. -Pues no se… Eres tío, puedes quitarte la camiseta hasta que lleguemos y nada más llegues a la cabaña te cambias. Al caso, hace calor. – esto no lo decía muy convencida, pero ella intentaba buscar soluciones. -¿No te molesta…? – le susurré lo más bajo posible. Ella me miró desde abajo, y puso cara de circunstancias. -¿Tanto te molesta el olor de acetona? – contestó con una pregunta. -Pues la verdad es que sí… - ¿para qué mentirle? -Está bien, si quieres ya te guardo yo la camiseta para que no apestes a ella, a mi en realidad me gusta. -Dawn, eres increíble. – dije mientras me la quitaba. Por un momento mi vista quedó tapada por la camiseta pero al recuperarla vi la cara de Dawn. Tenía la boca que le llagaba al suelo. Me reí discretamente. -Que sepas que quiero utilizar lo que llevas en el bolsillo del pantalón cuanto antes… -Lo mismo digo. Subí las escaleras con la cabeza agachada, madre mía que vergüenza, no sé que era peor, si apestar o ir sin camiseta, en medio del bus donde conocía a todo el mundo. Avanzaba por entre las mesas y sentía que todo el mundo se giraba a mirarme. Algunos comentarios también sonaron de fondo. “¿Qué coño hace sin camiseta?” “Vaya, si que es un tío sí, no tiene tetas” “Ala, joder con los tattoos ¿no?” “En verdad, Bill me pone mucho, mira que tattoos…” Mierda, mierda, no me acordaba de los tattos, ¡Ahora todo el mundo sabe que llevo! Y como apenas son pequeños… Bueno, aunque en el lago lo habrían descubierto igual. En fin. ¡Estrés, estrés! Seguía avanzando con todo el pelo por la cara, evitando a toda costa toparme con la mirada de los demás compañeros. El pasillo hasta mi mesa se me hacía interminable. Por fin llegué. Ash me miraba embobada y Georg me miraba con cara de mala leche. -¿Qué haces sin camiseta? – dijo este con tono grave y acusador. -Se la he dado a Dawn, dice que cuando lleguemos al campamento que vaya pitando a por una nueva. Y que mientras, pues que vaya sin nada para no ir apestando tanto. Nada más formular la palabra Dawn, Ash apartó la mirada de mí y la fijó en la mesa, parecía haber enmudecido de golpe. A su vez Georg pareció que se relajó. Como mínimo solo nos quedaba una hora de viaje. Genial. Una hora observando lo discreta que era la gente, girándose a mirarme. Una hora… Una hora. Poco a poco notamos como se paraban las ruedas del autocar, y no se porque el corazón se me empezó a acelerar. Cogí mi bolsoy de pronto me vi más que ridículo; sin camiseta y con un bolso. Se lo tendí a Ashley para que lo llevara ella, ya que le quedaría mil veces mejor. Aunque no le conjuntara una mierda. Intenté ponerme el primero de la fila para ir lo antes posible a por mis maletas y fui pasando de lado entre todos mis compañeros, pidiendo que me dejaran pasar. Noté más de una mano rozarme el torso y eso me puso nervioso. Ostia puta, ¿tanto cambiaba la gente de parecer por unos putos tattoos? Hasta hace media hora aún se metían conmigo y barajaban si era tío o tía. Joder, esto parecía una discoteca, todo el mundo magreándote. Pero cuando estaba a dos pasos de la puerta me paré en seco. Creo que era mejor salir el último, puesto que los de dentro ya me habían visto, pero los de fuera no. Y si salía el último lo mismo me disimulaba mejor. -¡Chico! – me giré. El conductor me hablaba - ¿Vas a salir o no? -Em… No no, mejor salgo el último. -Joder con el maricón. Intenté no hacerle mucho caso a ese comentario. Fuese donde fuese, siempre sería lo mismo, maricón por todos lados. Poco a poco observé cómo la gente salía, Dawn había sido la primera y ya la había perdido de vista. Los últimos fueron Georg y Ash, que con un gesto de mano me indicaron que bajara con ellos. Respiré hondo y paso a paso llegué a tocar el suelo. Hacía mucho rato que mis compañeros estaban todos con sus cosas en mano, esperando a que llegase alguien y les informara qué tenían que hacer. Intenté divisar a Dawn pero no la veía. Mi vista se paseaba por el campamento, precioso por eso, pero mi chica no estaba por ningún sitio. De pronto una silueta por el fondo me llamó la atención. Una figura alta, delgada. O al menos eso creía, puesto que se escondía tras un montón de tela, llevaba unas tallas de ropa más grande de la que sería la suya real. Un gorra y una coleta. Pero el pelo… eran… ¡Eran rastas! Madre mía, Rastas… Lo que me faltaba, ya había vivido yo una experiencia con este peinado. En la espalda llevaba algo… Un bulto. No se veía bien, el chico estaba relativamente lejos de mí y tenía que forzar la vista para verle. El bulto-coso empeció a moverse y a coger las rastas del chaval. ¿Un niño? No, una niña, tenía el pelo largo. El chico de las rastas llevaba una niña cogida en la espalda. Qué gracioso ¿no? Un resplandor cegador me llamó la atención. Su labio estaba decorado por un piercing. Joder, lleva piercings. Algo en él me llamaba muchísimo la atención. No sé, tenía un perfil jodidamente perfecto, una nariz respingona y una barbilla sencillamente perfecta. Bajando por el contorno de su cara llegabas al cuello, y dibujada de una manera perfectamente marcada su nuez se movía según hablaba. ¡Pero qué nuez! Empezó a sonreír, ¡Madre mía, pero qué sonrisa! Tenía unos graciosos mofletes y cuando sonreía se le notaban bastante. Dios, qué mono. Ostia puta que calor que empieza a hacer… … ¿¡QUÉ ME PASA?! Pero la vista continuaba fija en él. Algo me llamó la atención, (qué raro), pero esta vez era diferente, mi vista se posó en alguien que había justo enfrente suyo, y en la que hasta ahora ni había reparado. Dawn. MI Dawn, estaba hablando con el chico de las increíbles rastas. Por unos instantes tuve dos sentimientos. En primer lugar tenia la envidia porque ella hablaba con él y celos por el mismo motivo. Y en segundo lugar era el odio hacia el chaval. ¿Intentaba ligarse a Dawn? Bueno, debo confiar en ella. Me calmé y volví a mirar al chico. Volvía a reírse por algo de la niña que tenía cogida a su espalda. Pero que mon… ¡BILL! ¡Por dios! ¡¿Qué estás diciendo?! -Bill andas en la parra – una voz hizo que dejara de mirar hacia donde mirara. Ash me estaba llamando la atención. Ash trazó con su vista el recorrido que anteriormente había hecho la mía y de pronto miró hacia el chaval – Anda, Dawn hablando con un chico. –dijo con rintintín ¿Me intenta poner celoso? ¿Eso intentaba? – Joder, que bueno está ¿no? -Ya… - me miró sorprendidísima – Ya-ya ¿ya estamos otra vez? Joder Ash, pareces una perra en celo, siempre que ves alguien que te gusta dices lo mismo, qué cansina. – dije de improviso. Esta me miró indignada. -¿Pero qué dices Bill? Es la primera vez que digo algo así. En fin, hoy estas demasiado irritable. Me voy a por Georg que le he dicho que me esperara. -Lo siento Ash… - pero no alcanzó a oírlo. Bajé la cabeza y miré al suelo. No podía volver a mirar al chico aquel. Tenía que distraerme tenía… tenía… ¡Tenía que ir a por mis cosas! Mierda. Tres maletas nada más y nada menos. ¿No había personas que nos ayudaban con las maletas? ¿Dónde están si se puede saber? Me metí dentro del maletero. Y empecé a buscar todos mis bultos personales. Aunque no sería nada difícil de encontrarlos puesto que todo el mundo ya había sacado sus cosas de ahí. Solo faltaba yo. Menuda posturita, esto era tan bajito que tenía que estar a cuatro patas para poder desplazarme. Genial. Lo que me faltaba, sin camiseta, con el culo en pompa y con el chaval de las rastas por ahí pululando. Tom A lo lejos empezaba a divisar el inmenso lago que había en medio del valle, y un poco más a lo lejos la plana donde se aparcaban los coches y los autobuses que daba entrada al campamento. Desde que empezaba el desvío hasta que se llegaba al campamento habían unos diez quilómetros de conducir en medio de la montaña por un camino que al largo de los años había ido mejorando hasta estar en muy buenas condiciones, pero que los primeros siete u ocho quilómetros se hacían pesados porque sólo se veía árboles y más árboles. El final del recorrido era mucho mejor puesto que ya era una zona donde se veía el rio que llevaba al lago, serpenteando por la montaña. Un par de giros más de volante y ya me había colocado perfectamente en mi sitio, que desde años estaba reservado para mí, para mi precioso Cadillac. Puede que sólo hacía dos años que conducía legalmente, pero hacía más que conducía, y era el mejor sitio. Justo al lado había un árbol bastante grande. Hacía una sombra que se agradecía muchísimo cuando hacía calor, como hoy, y el hecho de tener el coche ahí hacía que no se recalentara por dentro, y no tuvieras que esperarte un poco hasta poder entrar dentro. Abrí y una oleada de calor me azotó en la cara. -Perfecto… empezamos bien. No hacía más que repetirme que Andreas y Mario estarían dando por culo, (je.. y nunca mejor dicho), dentro de poco, cuando vinieran del crucero, pero después pensaba que aún quedaba una semana y medía y se me haría eterna. Me bajé un poco la gorra para evitar que la luz del sol me diera en los ojos y me encaminé a la cabaña principal donde se encontraba mi padre, metido. Eran las diez de la mañana y hasta las doce no llegaban los autobuses, hasta entonces mi padre me había de decir quiénes serían mis compañeros y si había un cambio de última hora sobre el grupo de niños que me tocaba tutorar, siempre habían cambios, siempre… Entré y de pronto la felicidad se me pintó en el rostro. Olvidaba que mi padre tenía aire acondicionado ahí dentro, en su cabaña y en la mía. Menos mal. -¡Tom! – Reconocí esa voz al instante – ¡Pensé que este año no vendrías! Creo que tu padre mencionó algo sobre que ya tenías curro ¿no? -¡Gustav! Sí bueno, tenía… Dejémoslo ahí. No me gusta hablar de ello. - dije teatrero. Le di un abrazo corto pero intenso. Era mi mejor amigo del campamento y las tardes libres nos las pasábamos componiendo cosas entre los dos. Realmente la guitarra y la batería eran una combinación fascinante. – esta tarde, ya que la tenemos totalmente libre puesto que la peña ha de colocar las cosas en sus sitios, nos la pasamos en mi cabaña ¿no? -En mí cabaña, paso de ir montando y desmontando la batería. -Vale vale… La presencia de mi padre acabó con nuestra charla y nos callamos. Se sentó en la mesa blanca inundada de papeles y con un ordenador medianamente viejo y nos miró. -Vale, a ver, en un principio solo iban a haber grupos de niños de seis y siete años. Pero hace un par de días recibimos una solicitud de un instituto con chicas y chicos de una gran mezcla, de desde niñas y niños de diez años a chicos y chicas de catorce y hasta dieciséis. Realmente son un grupo de treinta alumnos pero están mezclados. Entonces, todos sabemos que estos grupos, son los peores porque son donde están los típicos niños que se las dan de guay – genial… mocosos con el ego demasiado alto, lo que me faltaba – y en un principio sólo Gustav iba a tener el grupo – me giré a ver la cara de horror del batería y me empecé a reír con ganas – pero pensamos que eso sería demasiado cruel, así que decidimos que un día Gustav haría el grupo de los “mayores” por así llamarlos y otro día lo harías… tú – dijo mirándome. A mí. A Tom. A su hijo. Yo. Los ojos se me abrieron tanto que sentí que me dolía. -Ahora quien se ríe… - ignoré a Gustav. Bueno, realmente no lo ignoré, simplemente le miré con cara de asesino, mientras este curvaba los labios intentando aguantarse la risa mientras que con una mano hacía ver que tenía una cremallera y se la cerraba, burloso. -También os he de decir que los compañeros son los de siempre, ya sabéis Erik y Erika llegaran dentro de un par de horas junto con los autocares – estos eran hermanos, y siempre habían trabajado con nosotros, supongo que a más de prácticamente compartir nombre les gustaba compartir más cosas. Como podréis imaginar los padres no podían haber sido más originales– y Kay que está dejando sus cosas en su cabaña. A quien os tengo que presentar es a la tutora que estará con el grupo de los mayores, los mayores de verdad. Ella se llama Dawn. >>Son de la universidad oficial de Berlín de las Bellas artes, y bueno, ya os imagináis, del pijerío del bueno. Realmente lo que harán será disfrutar del campamento. Tienen la autorización de poderse acoplar a vuestras clases. Así que si alguna vez que estéis con los críos en el lago o lo que sea y se acerca uno de ellos se pueden quedar y hacer la clase como alumnos vuestros. >>Como son de Bellas artes veréis que andarán con blocs de dibujo a todas partes, que pintaran cuadros en medio de la montaña y cosas de estas raras de artista, porque tienen trabajos que hacer sobre el campamento que tenga que ver con el dibujo y eso… >>Otro dato importante es que en la lista que ahora os daré sobre a qué cabañas van cada grupo, los de Bellas artes van a la parte nueva del campamento, la que está más alejada, ya sabéis de la cabaña treinta a la cuarenta y cinco. >>No sé que más deciros… Ah sí. Ya sabéis hoy a la noche es la ceremonia de siempre. Lo típico nos ponemos alrededor del fuego con tooodoos los alumnos, incluidos los mayores y nos presentamos. Por favor hijo, ponte algo un poco menos grande… Al final te perderé entre tanta ropa. Hice caso omiso del comentario y asintiendo con la cabeza Gus y yo nos salimos de la oficina de mi padre. Con un gesto de manos nos dijimos que ya nos veríamos más tarde y me dirigí de nuevo a mi precioso Cadillac. Al llegar abrí el capó y empecé a sacar maletas. La verdad es que la putada de todo esto era que había que traer tanto ropa de invierno como de verano y el peso era doble. Después había de volver a por mi guitarra, sus amplificadores y más cosas como el portátil, el DVD, la tele, las películas… Sí la verdad es que si no me trajese todo esto de Düsseldorf me moriría de asco los días que libraba. Mientras caminaba recordaba la de cosas que había hecho de pequeño por aquí, recordando viejos momentos, otros tiempos... La verdad es que cada árbol, por así decirlo, tenía un recuerdo para mí, no realmente importante, pero recuerdo al fin y al cavo. Me sacaba sonrisas la mayoría de esquenas que había a mi alrededor, en alguna siempre había pasado algo divertido, algo que se recordar siempre. Al cavo de un par de minutos llegué. Mi cabaña era realmente particular. Estaba encima de un pequeño montículo, justo al final de este donde era imposible colarse por la ventana porque daba a un pequeño precipicio y de la caída te matabas, o como mínimo te partías algo. El único camino seguro era el caminito de madera y piedras que le dije a mi padre que me hiciera. Hace un par de años le puse un toque personal, compré unos espráis y con ayuda de Erika que hacía unos grafitis de la hostia, pintamos el número de mi cabaña, pero como era una cabaña “alejada de la civilización” pero así decirlo, le puse el número que quise. La palabra y el número “Zimmer 483” resaltaban en grande, y era sorprendente que sobreviviese a la lluvia y a todo o que le cayese encima. Sé que no era una habitación ni que hubiera quinientas cabañas pero ese número siempre me gustó, a más le hace honor a una canción que escribí hace tiempo, Reden, qué recuerdos. Realmente era una cabaña alejada del campamento, pero le dije a mi padre que quería que estuviera en un sitio difícil de llegar para los niños, yo los conocía, y pasaba de bromas por las noches. A más estaba en la zona donde habían crecido los únicos sauces llorones de todo el campamento y siempre siempre, había sombra. El árbol llorón más importante era el que había justo en la esquina derecha de la pared donde se encontraba la puerta. Desde siempre me había follado contra su troco a miles de chicas. Jamás entraban en mi cabaña a menos que fueran importantes, o que vinieran para otros fines, y las empotraba ahí y pim pam. Realmente me habría servido de mucho. -Hola amigo… Cuanto tiempo. – dije al tronco dándole un par de golpecitos. Subí los escalones de madera, saltándome alguno de vez en cuando, hasta llegar a la puerta y abrí esta como medianamente pude. Era muy acogedora. Una cama en la esquina izquierda y un escritorio en la esquina derecha y el resto era una puerta que daba al mini baño con su correspondiendo ducha. Había un espacio increíble para dejar la guitarra, y poder fliparme con ella a mis anchas. Lo único que también tenía un par de posters en los que salía Samy Deluxe. Era lo único digamos… Hogareño, posters y para de contar. En un par de viajes más ya estaba todo listo. Apenas tuve tiempo de relajarme que ya vino mi padre a tocar los cojones. -¡Tom! – gritó desde fuera de la cabaña - ¡Ya ha llegado el primer autobús! Ya sabes, a ayudar. Puse los ojos en blanco y tal cual me había sentado me levanté. Me encamine hacia la puerta y cansinamente bajé cada peldaño, retrasando el momento lo máximo posible. Mientras caminaba rezaba por que el primer grupo que llegase fuese el de las cabañas más cercanas. El bus era medianamente grande, y de la puerta empezaban a salir niños con gorras más grandes que sus cabezas, y con ropa de muchos colores. Bajan con dificultad las escaleras, demasiado grandes para sus cuerpos reducidos, y una profesora las ayudaba a bajar. Me acerqué a ella. -Hola – dije amable. Ella se giró a verme y casi se le cae un niño. Madre mía… En fin. -Hola…- dijo con un tono demasiado agudo para lo que era su voz. -¿Qué grupo son? – dije esquivando el flirteo. -Pues el número 2 - dijo mientras se tocaba el pelo. - ¿Quieres que te ayude con los niños? Al caso yo hasta dentro de media hora no me vuelvo a la ciudad… Solo había venido para el viaje pero que bueno… Si quieres… -Em tía, me encantaría follar contigo pero no tengo tiempo - le dije sonriente. Esta se quedó contadísima y bajó la cabeza. Pronto se dirigió de nuevo a los niños y le indicó al conductor que abriera el maletero. Me fui hacia el grupo de niños y hice un par de gestos para que me escucharan. Bien Tom, de nuevo el discurso de todos los años que tendrás que repetir con todos los autocares que vengan. -¡Chicos y chicas! ¡Prestadme atención! ¡Ahora cada uno cogerá su maleta, y si tenéis algún problema yo os ayudare! ¿Entendido? ¡Entonces, cuando todos tengáis vuestras cosas me seguiréis que os llevaré a vuestras cabañas! ¡Me diréis vuestros nombres y yo os diré en qué cabaña vais! ¿vale? – no sé si realmente me entendían, si me hacían caso, o si estaban más pendiente de sus mocos, pero yo ya había dado mi charla. Observé con los brazos cruzados como todos los niños se las apañaban perfectamente con sus maletas, como subían y bajaban de dentro del gran maletero y como esperaban, pacientes a que yo les dijera a dónde ir. Pero entonces me encontré con una niña, preciosa, realmente bajita, con el pelo demasiado largo, n***o como el carbón. Vestía con un vestido verde, y tenía el dedo en la boca, babeando toda su barbilla y su mano. Me arrodillé frente a ella para quedarme más o menos a su altura. Me miró desde una mirada baja y con los ojos bien abiertos. Al principio no me salieron las palabras, puesto que me había quedado prendado con los ojos de la niñita. La reconocí de golpe. Era aquella niña que apenas se le veía la cara en las fotos de la lista... ¿Cómo se llamaba? No lo recuerdo. -¿Qué haces? ¿Y tu maleta? Con la mano que tenía libre me señaló a dentro del autocar. Asomé la cabeza y vi una mochila, no necesariamente grande y una maleta. Se lo cogí y se lo saqué. -Está bien, te lo llevaré yo. Le dije que me acompañara pero no se movía. ¿Sería autista? Busqué a su profesora para preguntarle, pero esta, ya estaba dentro del vehículo pensando si volver a recoger a los niños o no al cavo de un mes. Juas. Volví a mirar a la preciosa niña de ojos y vestimenta verde y tragándome mi dolor y muy a mi pesar le lavé las manos con mi camiseta. Joder, joder joder… Con lo que me gusta esta camiseta… La subí a mi espalda y esta me cogió por el cuello. Pasé el brazo que me quedaría libre por detrás de la espalda y así ella pudo reposar el culo en él. Saqué del bolsillo el papelito donde ponían todos los nombres de los niños. Lo abrí como medianamente pude puesto que estaba doblado por todas partes. Busqué el número del grupo.
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