Tomás
Los primeros rayos de sol entraron por mi ventana, dando de lleno en mi cara, en mis ojos, y por consiguiente, en mi sueño. Ayer por la noche no llegué a colocar bien esa puñetera cortina y se quedó abierta de par en par, haciendo que la luz me atravesara los párpados y me desvelara por completo. Ni tan solo me había sonado el despertador.
Me moví con pereza, con pocas ganas de saber el poco tiempo de sueño que me esperaba.
Con mirada borrosa y legañas en los ojos miré mi reloj. Tuve que esperar un par de segundos a que mi vista se acostumbrara.
Men faltaron diez minutos.
Genial…
No me lo pensé y decidí ponerme ya en marcha. Realmente era lo último que quería, ya no solo por madrugar, ni por aguantar a los críticos, ni siquiera por que hoy me tocaba el grupo de los mayores por la tarde… Era simplemente que, no le quería ver.
Llevaba el día de ayer entero esquivándole cuando podía. Notaba como me buscaba con la mirada, como alzaba la cabeza y miraba en todas direcciones por si me vía. Mientras yo me escondía de su campo de visión a cada oportunidad que podía.
No… No lo quería ver, no quería hablar con él. En el poco tiempo que he llegado a estar con él ha habido un… Yo que se. No sé ni cómo llamarlo. ¡No quiero ponerle nombre! Está solo… ¡Dios! ¡Tomás! ¡Ya te estás comiendo el coco otra vez!
Pero es que, joder. En la fiesta ya fue algo descomunal. Cada dos por tres intercambiábamos miradas. Miradas que no buscábamos, porque yo se lo notaba, veía como no podía evitar mirarme, por curiosidad, por si yo le miraba… Y viceversa. Erika me hablaba y sentía como si no hablara ni mi idioma. Porque su voz sonaba, pero mis oídos no oían, puesto que mis ojos acaparaban el control del resto del cuerpo, en tal grado que al resto de sentidos los incapacitaba totalmente.
Cuando intercambiábamos miradas era una pequeña descarga eléctrica.
Jamás, y repito, jamás, me había pasado algo por el estilo.
Y muchísimo menos por un tío.
Y eso me cabreaba. Muchísimo. Tanto que me fui de la fiesta de bienvenida antes de que esto acabara. Me echaron la bronca del siglo por no haberme quedado a recoger.
Abrí la puerta que me daba a fuera y noté un airecillo, bastante fresco, que me tocó en la cara. Me despertaría de golpe seguro si seguía haciendo ese frío.
Bajé los peldaños de las escaleras hasta llegar al último, el cual me salté. Y me encaminé con las manos en los bolsillos hacia el punto de encuentro, en el comedor.
¿Dónde estaría Bill?
Ayer ya me las apañé para buscarle a los mayores las mesas más alejadas a la mía en el desayuno.
La mesa de los profesores se hallaba justo al lado de la cocina, y docenas de mesas se extendían a nuestro alrededor, me las ingenié a ultimísima hora para convencer a mi padre de que se pusieran los pequeños más cerca de nosotros porque tendrían menos problemas en llegar. a nosotros si les pasaba algo, que no a los mayores que se cuidaban solos. A más, Anna estaba entre esos niños, y quisiera o no quisiera, los primeros días, desayunaría, comería y cenaría conmigo.
Total, Bill acabó lo más lejos de mí posible.
Lo que sí es cierto es que al estar la cocina a nuestro lado, los alumnos debían venir hacia nuestra zona para recoger la comida, y si o si, pasarían por nuestro lado.
Ayer noté perfectamente la mirada de Bill fija en mi persona cuando pasó con la bandeja de cereales, esperando a que le mirara. Con una sonrisa en el rostro, que después tuvo que apagar puesto que “no me había dado cuenta de su presencia”.
A la hora de la comida fue peor porque me miró con miedo, no sabía si le respondería o no pero bueno, me miró igualmente. Me jodió no haber podido evitar esa media sonrisa que afloró en mi rostro cuando ya no se podía dar cuenta de ella.
Pero a la hora de la cena no me miró. Ni una mirada triste. Ni siquiera se molestó en fijarse en mí. ¿Estaría enfadado? I don't know. Solo sé que…
…Me jodía.
Iba apartando alguna que otra hoja que se colaba en mi camino mientras me sumergía de nuevo en un torbellino de pensamientos totalmente contradictorios.
Sin quererlo y sin darme cuenta de ello ya me encontraba frente a la puerta que daba al comedor, donde habría gente, donde posiblemente, estuviese él.
Respire profundamente y abra la puerta. Primero miró al suelo para no mirar hacia otro sitio. Debía evitar por todos los medios existentes que mi vista se dirigiera a las mesas del final, pero… No lo pude evitar. Mis ojos se pasearon fugazmente por toda la estancia y...
No había nadie.
¡Nadie!
Hostia, había llegado el primero.
Debí de haberlo supuesto, me he levantado antes al fin y al cavo. Me encaminé a mi sitio y no di ni un par de pasos más que Erik ya entró por donde yo.
-¡Eh tío! ¿Qué tal? – me saludó, y me giré inmediatamente. Me dio la mano y sonreí amistosamente. Realmente al haber casi ocho años de diferencia entre los dos Erik hablaba más con mi padre que conmigo y apenas teníamos mucha relación.
-Bien, muy bien. – mentí. ¿Qué iba a contestarle? ¿Qué un puto tío me estaba comiendo la olla? ¡Dios mío, si vuelvo a pensar algo sobre él me suicidó!
Apreté los puños sin poder evitarlo una vez solté la mano de Erik.
-¿Te pasa algo? –preguntó medio preocupado.
-No no.
La gente iba apareciendo y yo me iba estresando. Cada vez que oía el sonido de la puerta no podía evitar y mirar quién había entrado. Pero Bill no apareció.
Cansado de esperar me levanté a por mi desayuno y deslicé la bandeja por la superficie metalizada mientras las cocineras de toda la vida me ponían la leche, los cereales, el pan, la mermelada… En fin, toda esa porquería que se les pone a los críos pequeños y que los adultos hemos de comer igual.
Agarré la bandeja con las manos y apreté bien fuerte, me concentré en el bol de la leche.
Jodida cocinera, me lo había llenado hasta arriba! Joder… A ver cuánto dura sin que se me caiga.
La puerta sonó nueva.
E instintivamente volví a mirar.
Unos ojos marrones me miraron de golpe, y yo me paré en seco. Alto, delgado, pelo n***o, labios perfectamente finos y definidos, ojos maquillados… Era Bill.
-Eh, cuidado por dónde vas, que casi me das con toda la bandeja. – su voz sonó lo más borde que pudo. Me miró desde abajo, puesto que al ir tan concentrado en que no se me cayera el bol, yo iba encorvado. Es normal ir demasiado preocupado por no lanzar mi desayuno por el suelo ¿no?. Ya no sé qué está bien y qué está mal.
Busqué el equilibrio necesario y me erguí. ¿De dónde saca los huevos necesarios para encararse conmigo de ese modo?
-Apártate de en medio, ¿no te jode? – vale, bien Tom. ¡Bien! Tienes que pasar de él.
Me miró fijamente, creo que pude diferenciar cada tono de marrón que tenían sus ojos en un instante. Después pasó de mí y le siguió una chica pelirroja, bajita, graciosa, y un chico más alto que esta pero mucho más bajo que Bill, castaño con el pelo liso, y un tanto musculoso. Pero si tiene amigos y todo. En fin. Tom, tiene el apoyo de Bill. Has de pasar de él. No existe, no existe...
Estábamos todos sentados en nuestros respectivos sitios, y precisamente el mío estaba en diagonal justo con el suyo. La diferencia es que estábamos cada uno en la otra punta. Aun así tuve la tan mala suerte que entre todas las mesas que nos separaban no daba la puñetera casualidad que nadie tapara mi vista, que nadie interpusiera su cabeza en medio del contacto visual. A eso, se le llama tener suerte. Lo que no me pase a mí…
Se levantaron los tres amigos de golpe y avanzaron hacia la puerta, ya que justo al lado estaba la estructura metálica con todas las bandejas y cubiertos que necesitaban para comer. Al otro lado de la barra, estábamos nosotros. Seguí sus movimientos atentamente. Observaba divertido, todas y cada una de las caras que ponía Bill cuando la cocinera le ponía cosas que no eran de su agrado, o como se reía de algún comentario que había soltado la chica pelirroja.
Su cuerpo avanzaba por la barra de metal acercándose a nuestra mesa. Como un puto gilipollas que soy, noté como mi pulso aumentaba en poco tiempo. No tenía ni ganas de comer los putos cereales, lo único que había probado era un poco de tostada con mantequilla y mermelada.
Bill agarró su bandeja y la elevó en el aire dirigiéndosela a su mesa. Pero antes, me dedicó una mirada. Se me cortó la respiración el segundo que compartimos mirándonos, yo medio cohibido y el con una ceja alzada, con aires de superioridad. Me estaba dando a entender que le importaba una mierda estar mal conmigo.
…Y yo debería hacer lo mismo. Joder ¡yo debería hacer lo mismo!
Y en lugar de eso me sentí ¿mal?
Sí, exacto.
Eran las diez y el horario de los pequeños ya había comenzado, habíamos quedado todos en la pista de básquet. En realidad era una superficie arenosa, pero lisa ya la misma altura todo, sin inclinaciones ni agujeros en el suelo. Había dos canastas y justo en los lados contrarios había dos porterías para jugar a fútbol.
Erik antes de empezar con su clase de idiomas se encargaba de llevar a los niños pequeños a la zona que les correspondía mientras el tutor, yo en este caso, preparaba la clase.
Realmente no sabía exactamente qué hacer y el plan de ayer no salió muy bien porque nadie lo conocía. Eran pequeños, y estaban en un mundo nuevo, por decirlo de alguna manera, y no conocían a ninguno de sus compañeros. Les decían que empezaran a hacer cosas y no se atrevían… Así que hoy tenía un plan, un tanto improvisado… Aunque no sabía del todo como ejecutarlo.
A lo lejos via a Erik con una carpeta en la mano dirigiéndose a mi posición. Tras de él había mí grupo de niños. Este no se entretuvo mucho, me dijo hola y se despidió dejándome al cargo de todo.
Me puse delante de todo el grupo y les llamé la atención dando un par de palmadas en el aire.
Poco a poco sus pequeñas cabecitas se fueron girando en mi dirección.
-Vale, a ver, ahora nos vamos a coger todos de las manos y vamos a ponernos en círculo. Cuando estemos todos bien puestos estiramos un poco hacia afuera para abrirlo, y nos sentamos en la tierra, ¿si?
Obtuve el silencio por respuesta. Ojos curiosos me miraban, nerviosos sin saber qué hacer aunque yo lo acabara de contar. Bueno, con miedo de hacerlo. Pero a ver… ¿Qué pasaba aquí?
Busqué a Anna con la vista, que raramente no se me había acercado. La encontré al final de todo, con el dedo en la boca mirándome atentamente. Suspiré fuerte y me aproximé a ella. Cuanto más me acercaba a ella, esta más tenía que mirar hacia arriba para verme. Al llegar me puse de cuclillas para ponerme al mismo nivel que ella.
-Hola princesita… - le dije mientras le tocaba en la mejilla. Sin pensarlo mucho se me lanzó al cuello. – Jode… - ¡Tom coño, que no digas tacos! –digo… Ostras… Qué poco ha tardado en abrazarme pequeña.
La aparté y la miré a los ojos.
-A ver, ayúdame ¿vale? Sin tu ayuda no puedo hacer nada. Dame la mano, y dásela a alguien. – en cuanto le tendí mi mano me la estrechó, pero no hizo gesto alguno para alcanzar la de algún compañero. – a ver, cógesela a alguien ¿vale?
Para que se fijara en mí le hable a otro niño y le dije que fuese mi otro compañero y que este escogiera a otro, y que siguiera la cadena. Anna miró atentamente y con miedo cogió la mano de una niña que se encontraba a su alcance más próximo.
Miré ilusionado y satisfecho de mi esfuerzo, como todos entrelazaban sus diminutas manos y formábamos un gran círculo entre todos. Di dos pasos hacia atrás, y los niños repitieron lo que había hecho. Qué gracia.
Me solté de los agarres a lo que Anna me miró con cara de pena, y me senté en el suelo, en forma de indio.
Todos lo repitieron. Bueno, a excepción de Anna. Madre mía, qué niña. La vi titubear pero en el último momento, justo antes de decirle que se pusiera en el suelo se sentó en mis piernas.
Alcé las cejas sorprendidas. Joder con las confianzas ¿no?
-Vaya… Bueno, - vi que ningún niño se sentía mal, ni que yo sintiera favoritismo por ella, así que decidió no mencionar el tema y seguí hablando. Era tan pequeñita que su cabeza me llegaba hasta el pecho, y se me veía perfectamente. – A ver, lo explicaré lo más fácil que pueda. Nos vamos a presentar todos. Empezaré yo, diré cómo me llamo, aunque ya lo sepáis y después diré algo que me gusta… Para que este mes que estamos todos juntos sepamos cosas de los demás ¿vale? – me di cuenta, divertido, como muchos niños asentían sin probablemente entender nada.
Me erguí un poco.
-Bueno, a ver, como todos sabéis me llamo Tom. Y lo que más me gusta es tocar la guitarra, que sea de noche y… - follar, beber - …nada más creo. Y lo que menos me gusta es levantarme pronto.
Los críticos se reían y le pasé la palabra a Anna, pero esta, una vez más, no quería participar.
-Bueno, le doy el turno al siguiente, pero al final lo tendrás que decir. – esta simplemente se escondió la cabeza entre las manos.
Los niños respondieron bien al juego, algunos más que otros, y los más vergonzosos apenas se les entendía, pero era divertido. Recordé rostros que había visto en aquella lista, hace ya un mes casi. El chavalín pelirrojo lleno de pecas había sido muy abierto, y enseguida dijo como se llamaba, Helm, y decía que le gustaba mucho nadar.
También aquel chico con las gafas demasiado grandes se encontró entre los que eran más extrovertidos, aunque tuve que contenerme la risa más de una vez, puesto que se colocaba las gafas hacia arriba cada dos por tres, el pelo castaño lo tenía un poco larguillo, y en cada movimiento de sus gafas, el flequillo se le movía y se lo volvía a recolocar, Daniel decía que le gustaba ir en bicicleta.
Un par de niños después apareció hablando Bruno, sonriente como él solo era el crio que se parecía tanto a Kurt Cobain, nos contó que le gustaba jugar a fútbol. El último chico de los que yo recordaba, era el graciosísimo chavalín de las rastas. Justo le tocaba hablar ahora.
-Emm… Me llamo Mike… y em… Bueno… A mí me gusta ver la tele. - ¡Ja! ¡Uno de los míos! Me reí enseguida, y él miró al suelo, avergonzado.
Ahora el turno pasó a una chica, cuya gota de agua era la niña de su lado, supongo que su hermana gemela… Sí, ya las recordaba. Eran realmente graciosas, tenían el pelo lacio y castaño que les llegaba por el pecho, y llevaban el mismo corte, parecía que se reflejaban en un espejo. Empezó hablando la de la derecha.
-Yo me llamo Marlene. –dijo tímida. – y… tengo un ojo azul. – comentó escondiendo la cabeza. ¿Un ojo azul? ¿Qué quería decir con eso? ¿Tenías un ojo de cada color?
Sin pensarmelo quité a Anna de entre mis piernas y me levanté tendiéndole la mano. Nos dirigimos hacia las niñas que justo, estaban enfrente nuestro y nos arrodillamos.
-¿Puedo mirarte los ojos? – le dije acariciándole el pelo. Ella me miró y me quedó impresionado. Era cierto, un ojo era de un azul intenso y el otro verde, casi tan verde como el de los ojos de mi compañera pelinegra. – wuaa… cómo mola. – y le pellizqué la mejilla.
Sonrio tímida.
-¿Y tú cómo te llamas? – le preguntó a su hermana.
-Eva… Pero mi madre casi me llama Mía. – su voz era casi o tan dulce como la de su hermana Marlene. Era adorable.
-¿Enserio? Mi padre siempre me ha dicho que mi madre dudaba entre ponerme Tom o Bi… - me paré en seco. ¡HOSTIÁ! ¡Casi me llaman Bill! Dios dios dios dios dios diooos… Ni se me había pasado por la cabeza, yo… Jo-deer… No había reparado en ese detalle ¡Ni siquiera me acordaba! –ca-casi me-me llaman B-Bill…
Eva esbozó una sincera sonrisa.
Joder, no había forma humana de quitarme al chico de la acetona de encima.
Era pensar en él constantemente.
Y eso me cabreaba, ¡mucho!
¡Qué no soy maricón, coño!
Factura
Eran las doce de la mañana. Ash, Georg y yo estábamos en las escaleras de entrada al comedor, fumando. Ellos hablaban animadamente pero yo estaba en mi mundo. Totalmente en mi mundo. Oía perfectamente lo que hablaban e incluso me enteraba de lo que decían, pero si me hubieran preguntado habría salido tan de golpe del trance en el que me hallaba, que no habría sabido responder.
Mi mente andaba sumergida en las horas anteriores, y en los dos días anteriores. Un esquema se dibujaba en mi mente, y de los brazos horizontales seguían líneas perpendiculares que no encajaban con su inicio.
El cigarro se consumía y ello indicaba que el tiempo pasaba, pero mi pensamiento se había congelado. ¿Qué demonios le pasaba al tío de las rastas? Vale, habíamos empezado mal, después nos hicimos las paces, después hubo un poco de tensión en medio, y después: un juego. Un juego de palabras, de miradas, un juego de insinuaciones.
¿Por qué actué así? I don't know. Solo sé que… Me salía solo. Lo más sorprendente es que parecía real, que de verdad todo aquello quisiera llegar hasta un lugar, con unas intenciones.
Otra cosa increíble fue que Tom seguía jugando, que sus palabras tuviesen el mismo tono burlón que el mío, que el desafío de acabar apoderándose del otro al final del verano fuese… real.
Realmente el morbo estaba en el ambiente. Sólo imaginarme de tener al rapero buscándome y comiéndome el culo, se me antojaba jodidamente genial, perfecto. Pero cuando lo pensaba en frío era tan… extraño. ¿De verdad había yo pensado eso? ¿De verdad me hubiera gustado tener a un chico detrás de mí? ¡Por dios, que era un chico!
Pero era tan… No sé, me tentaba.
Pero la cosa cambió porque en la fiesta se esfumó de golpe. Sin más. Habíamos estado toda la ceremonia intercambiando fugaces miradas. Y realmente yo no quería mirarle. ¡No debía…! Pero… Joder, no lo podía evitar. Cuando intercambiábamos miradas se detenía el tiempo. Parecía que habláramos con los ojos, y aunque realmente no sabía que pensaba tenía la sensación de que era algo… ¿bueno? No sé, pero creo que estaba contento.
Una hora como máximo más tarde, su tez cambió radicalmente. Seguía mirándome pero a cada mirada se acentuaba su mal estar, su enfado, su… Odio.
Vale, esa no es la palabra, pero de verdad, que algo le pasaba. ¡Su estado de ánimo cambió totalmente!
Pensé que estaría pensando en algo suyo, ¿no? Por dios, soy tan creído que pensaba que era por mí en esos instantes. Pero después de darle vueltas y analizarlo, pues… Supongo que le habrían dicho algo malo ¿no? Joder, que me acababa de conocer… No tengo porque crearle ese mal estar, no soy tan importante, ni mucho menos.
A la mañana siguiente en el comedor pensé que se le habría pasado, puesto que mientras deslizaba la bandeja por la barra de metal, las cocineras me ponían el desayuno y me aproximaba a él, este sonreía. Se reía con sus amigos, supongo que se le habría pasado el enfado. Pero la decepción me golpeó en la cara cuando pasé por su lado, sonriente, esperando a que este me dijera como mínimo “hola”. Y no sucedió. Al llegar a mi sitio recibí un sms de Dawn exigiéndome porqué no le había saludado cuando había pasado por la mesa de profesores.
Se me cayó el mundo al suelo. ¡Dios santo! ¡Es verdad! ¡Dawn estaba en esa mesa! ¿¡Cómo no me había dado cuenta?!
Por Tom… Después de rayarme un día y medio me he dado cuenta de que sí, es verdad, es por culpa de Tom.
Pensé que no se había dado cuenta de mi presencia cuando pasé con la bandeja.
A la hora de comer sí saludé a Dawn entregándole mi más radiante sonrisa, a la cual ella respondió mordiéndose el labio inferior.
Acto seguido miré inseguro a Tom. ¿Estaría mirando? ¿Me diría algo? Joder… Parecía una puta adolescente encaprichada del chico guapo/nuevo.
Esta vez mi mirada paso por su rostro con inseguridad, como si no esperara realmente que Tom me correspondiera al “intento de saludo”. Y así fue, volvió a pasar de mí.
Por la noche ya ni lo intenté.
Estuve toda la noche dando vueltas por mi cama. Supongo que uno de los principales motivos siempre había sido porque me costaba acostumbrarme a un sitio nuevo, y sobre todo, a una cama nueva. Pero ante todo, me sacaba de quicio su comportamiento. No me había dicho nada en todo el día… Nada de nada.
Y lo peor era que me afectaba. Me afectaba, y estaba de mala leche.
Pero esta mañana ha sido diferente. Al levantarme me he sentido cohibido porque sabía que me tocaría verle de nuevo, volver a enfrentarme al hecho de que pasa de mí, que todas aquellas palabas que intercambiamos el otro día pues serían… nada, nada para él.
También pensé que no podría vivir un mes así. Cohibido, con miedo.
Pero ¿de qué sirve? De nada. Al vestirme decidí que yo sería más que él. No podía influirme ninguna de las cosas que pasaban a mí alrededor que tuvieran que ver con Tom. Me debía preocuparme por él.
Así que hace un par de horas, sostuve mi bandeja en las manos y me encaminé a mi sitio, rozándome con Dawn para que notara que pensaba en ella, pero dirigiendo mi mirada al susodicho, con una ceja alzada, por si las casualidades de la vida, él me mirara.
Y no sé por qué, supongo porque el destino me odia, pero este si me miraba. De hecho… Estaba como… Inseguro, mirándome. Desde una perspectiva baja, escondiendo el cuello y alzando las cejas.
Avancé hasta mi sitio y mis aires de superioridad se habían reducido a la nada.
Joder Tom, ¿por qué has mirado? ¿Por qué coño has tenido que mirar?
El marrón de sus ojos, curiosamente parecido al de los míos, había eclipsado todo aquello que había tenido en mente, derrumbando de un plumazo la barrera anti Tom que estaba intentando forjar…
Y ahora estoy aquí. Intentado desvelar el puñetero misterio que me explique, por qué coño un día pasa de mí, y al otro me presta atención. Mi esquema mental se había roto totalmente, nada encajaba, todo era un lío. Y no sabía qué hacer.
Vale, lo más sensato sería hablar con él. Lo mismo si hablamos y no encajamos podría pasar de él, pero hasta que llegase ese momento podrían pasar muchos días… Lo mismo con el paso de esos días se me pasaba esa extraña y repentina obsesión que se me había creado con el chico de las rastas.
Ahora mismo todo se veía como una puta nebulosa de tiempo que no te permitía moverte, simplemente… Esperar a ver qué podía pasar.
-Bill, ¿te parece si vamos a dar una vuelta? – Ash se dirigió a mí en el momento idóneo al que poder hablarme. Ir a dar una vuelta dice…
-Emm… Claro.
Miré a Georg y este asintió con la cabeza.
Georg.
Yo tenía que hablar con Georg. ¡Tenía que preguntarle cómo estaba con Ashley! El pobre estaba tan increíblemente enamorado de ella… Me pregunté si algún día lo conseguiría, si algún día podría robarle a Ashley, el corazón que yo le rompí. El enamorarse de alguien que no te corresponde debe de ser tan jodido… Tan frustrante… Tan… difícil.
Sí, definitivamente antes de que llegara el fin de semana sacaría tiempo para tener una conversación decente con él.
Eran las cuatro de la tarde y estaba en mi cabaña. Tenía pensado estirarme en la cama y dormir un poco, puesto que soy un gran amante del sueño, y después ponerme a hacer mis trabajos, obligados como condición a venir aquí.