Capitulo 43

4696 Words
Domingo -19/07/2009 Bill No había dormido nada de nada, y esto empezaba a ser una puta costumbre. Tsk. Saldré traumado de este puto campamento. Las palabras de Tom se habían metido en mi cabeza y cada vez que cerraba los ojos ahí estaban, sonando y rondando por mi ser como si se tratara de la voz de la conciencia que te dice lo que has hecho mal. Pero esta vez no he hecho nada mal. Todo lo contrario de hecho… Esta vez, por fin lo he hecho. Me he declarado, lo he conseguido. No como yo quería, pero lo he hecho. Tenía otra perspectiva del asunto, y ahora que lo había vivido, me daba vergüenza hasta acordarme de ello. El haberlo vivo de una manera tan extraña, me entristecía. Y no sólo por la manera en la que se desarrolló el asunto, sino porque… ¡Mierda, era la primera vez que le decía a alguien que le quería, y ni tan solo se lo dije directamente! Simplemente contesté a la pregunta que me había dicho, y no me atreví a decirle “Te quiero, Tom”. Aunque, fuera eso lo que pusiera en los dibujos… No era lo mismo ni de lejos. A mí… Me hubiera gustado ver su cara, su expresión, y sobretodo… La reacción de los momentos de después. Me ha dicho que que no le disgustaba, ni que le daba asco saber que se había estado besando con un chico que estaba pillado por él, y bueno, eso, quieras o no… me alegró bastante supongo. Busqué mi reloj y en cuanto lo encontré, me quedé flipando. -¡Las cinco y media de la tarde! - ¿pero no era que no había dormido nada? ¿No se suponía que no he pegado ojo? Vale, supongo que me he dormido a las siete de la mañana, y ahora me he levantado. Tsk… Tiene huevos… Tom me trastorna. Tom Abrimos la puerta de la cabaña de Gustav. Acabábamos de ensayar, y la verdad es que esta vez fui yo el que no hizo nada bien. Tenía a Bill todo el puto rato en la cabeza. Me preguntaba, a cada puto instante, si a él también le pasaría igual. Sé que me comporté como un c*****o, y también sé, que… que puedo arreglarlo, coño. Que seré orgulloso, pero aunque sea tarde, sé cuándo lo hago mal. ¡Y aún digo más! ¡Puedo… emm… hasta pedir perdón! ¡Sí, soy capaz! También es cierto, que no me hago responsable de lo que pase mientras me disculpe, pero… Pero prometo, nono… ¡Juro!, que ahora mismo, en cuanto deje la guitarra en mi cabaña, retomaré el mismo camino que tomé ayer, e iré a visitarle. Le diré qué es eso que realmente me pasa y que me carcome las entrañas, y por fin, me habré librado de mi conciencia. Realmente aún no se cómo lo haré, porque me estoy acojonando vivo de sólo pensarlo, y se me pone el bello de punta de imaginármelo, pero he de hacerlo. -Eh tío… -una voz un tanto fúnebre me sobresaltó de pronto. Me giré algo confundido, y vi a Georg. El mejor amigo de Bill. Los cuales estaban enfadados. Muy enfadados, parecía. -¿Qué te pasaba hoy? – me miró con el ceño fruncido, triste. Realmente, no me extrañó, porque era su expresión normal. Pero… Parecía realmente preocupado por mí. ¿Se imaginará que no me hablo con Bill o algo? -Ah… Bueno, ayer me peleé con un colega. -probé suerte. -Oh. – dijo alzando las cejas. Después, soltó aire, con la boca de lado, como riéndose y queriendo decir, “qué me vas a contar…”. – Te entiendo. – y no me preguntó nada más. De hecho, me dio un par de palmadas en la espalda. Supongo que él sabía perfectamente como estaba, y que sabía que en estos momentos, uno no quiere hablar, y menos sobre algo que no le incumbe a nadie que no eres tú o tu amigo. Georg, era un tío que realmente lo valía. Bill le había puteado. Pero no le culpo, porque yo sé perfectamente que también lo habría hecho. Yo también me habría tirado a la pelirroja, si es que realmente ese era el porqué de su enfado, porque ayer Bill me descolocó bastante… -Bueno, ¿y tú qué? ¿Cómo estás? – esta vez fui yo quien preguntó. Este me miró sorprendido y después respiró hondo. -Hombre… Pues tirando. - me contestó, algo fatigado y cansado, supongo que simplemente, de pensar en el tema. -Sí, hace una semana o así que te veo hecho mierda… Me dijo Bill que no os habláis. - me atreví a comentar. Él era buena persona, y no me sacaba mi tema. Yo soy un c*****o, y saco el suyo. No lo puedo evitar ¿qué voy a hacerle? Me miró de pronto, sorprendido y después asintió con lentitud. -Sí. – dijo seco, mirando al infinito, - ¿Habláis mucho de mí? – por un instante, noté una voz esperanzada, y un brillo en sus ojos por el cual sonreí de lado. Muy en el fondo, Georg se moría por volver a hablarse con Bill, por reírse con él y con volver a ser amigos. Joder… ¿Qué tendrá el moreno para gustar tanto, coño? -Hombre… A veces lo veo triste y le pregunto, y su respuesta es siempre, que quiere hablar contigo y no sabe cómo. - bueno, realmente la cosa no era así, más que nada, me lo había inventado bastante según hablaba, pero igual, yo sabía que Bill más de una vez estaba así por ello. -¿En serio…? – dijo de nuevo triste y descompuesto. Por unos instantes le vi una intención de hablar y de desahogarse ahí mismo, de explicar su situación y de que yo entendiera su postura, pero finalmente, se mostró serio y dijo:- pues lo siento. Él se pasó, él me ha jodido mucho, no sé si te lo ha explicado pero me es igual, no quiero hablar de los hechos. Simplemente, quiero que el tiempo pase y ver si consigo perdonarle. Asentí sin decir palabra y me senté en el suelo. Saqué un paquete de tabaco al cual apenas le faltaban cinco cigarrillos para que se acabara y cogí uno. Le ofrecí uno a Georg, pensando que no lo aceptaría. -Gracias- dijo para mi sorpresa. -Vaya, pensé que dirías que no… ¿Desde cuándo fumas? -No… Bueno, sólo cuando estoy nervioso y de mala hostia. Me calma un poco. -Ajá... – hubo un silencio que no me pareció del todo incómodo, pero que había finalizado totalmente el tema de conversación, así que… -Ha sido con Bill con quién me enfadé… - le cambié de tema en un segundo, como si ello lo requiriera. Puso de nuevo su vista encima de mí, más sorprendido de lo que pensé. -¿Con Bill? – puso cara de dolor. – Estará destrozado… - soltó de pronto. -Joder, lo conoces mucho ¿no? -Como si fuera mi hermano… - sentenció. -Ya veo. - hice una pausa - He de ir a pedirle perdón… - revelé así que la culpa era únicamente mía. -¿Puedo preguntar qué ha pasado? – soltó. -Bueno… es que… -Oh ¡Bill! – me giré en cuanto el nombre de mi chico, salió de la boca de Georg. De pronto, una sombra que caminaba ligera, y sin tapujos, pasó por delante nuestro, a unos tres o cuatro metros, sin vernos, o más que nada, haciendo ver que no nos veía. -Bill… - repetí, con un suspiro que deseé no haber soltado jamás. Joder, qué maricón me he vuelto… – Bill, yo… - solté al aire - Mierda, he de ir a hablar con él. ¡He decirle algo, joder! – me levanté de pronto del césped, y me paré en seco en cuanto vi que él se había parado en medio del camino. Se llevó una mano al bolsillo y descolgó el teléfono en cuanto miró el número. Noté que no lo conocía por la cara que había puesto y descolgó. Lo miré con ojo crítico y me senté de nuevo al lado de Georg. - ¿Oye… con quién habla? – genial, de puta madre. Ahora habrá quedado con su súper amiga guay del alma, ¡y yo me tendré que esperar a que esté solo! ¡Está claro que no me voy a… a… a declragrar! Mierda, qué palabra más fea. -No lo sé… Pero cómo sea Ashley, aquí va a arder Roma. - soltó, con rabia contendía. Miré a Bill y de pronto se puso rojo, supongo que al haber reconocido a la persona con la que hablaba o algo. ¡Y nosotros aquí! ¡Observándole! ¿Era posible que no se hubiera enterado de que estábamos aquí, de verdad?- Nah, esa cara de feliz arrogante, sólo se le pone cuando le llama alguna tía de la uni… -¿Alguna tía? – pregunté extrañado. - Sí, ahí donde lo ves, la mitad de las chicas de la universidad tiene algún tipo de encandilamiento con él. Tiene un encanto natural, no sé si es porque parece una de ellas, pero… - Georg paró en seco y cerró los ojos, con lentitud y con dolor casi, como si se hubiera dado cuenta que la había cagado - Vale, mierda, esto no debería haberlo dicho. Bill odia que lo comparen con una chica, o que lo llamen gay, o… Bueno, no sé, cosas de estas. -¿Que Bill, qué? – me quedé anonadado. Lo miré, y vi en él, esa típica cara de sonrojado que pones cuando te están alagando. – O sea, que ahora Bill, está… -Estará hablando con una chica, que misteriosamente habrá conseguido su número… - me empezó a hervir la sangre – y por la cara de “lo siento, pero no puedo quedar”, le estará diciendo que no. Bill tiene la rara costumbre de poner caras mientras habla por teléfono… Lo que no sé, es por qué le está diciendo que no. ¿Ya no está con Da… con su novia, no? – me preguntó, algo desconcertado. -Em… No. - ¡Arg, me daba igual! ¡Todo me daba igual! ¡Lo único que quería era ir y arrancarle el teléfono de la oreja y aplastarlo contra el suelo y destrozarlo por completo! – Georg, dile a Bill que quiero hablar con él. Aprovecha que no os habláis para tener la excusa, así le dices algo por fin. -¿¡Qué!? – contestó, casi ido. - ¿Tú estás flipando? – me dijo, fuera de sí. - ¿Estás seguro que esto es sólo tabaco? – se estaba mofando. Se puso a oler el cilindro a ver si en algún punto de este empezaba a notar algo de María o lo que fuera. -Georg, no es ninguna broma. Va, levántate y dile que quiero hablar con él. ¡Por favor! ¡Si me ve se irá corriendo! ¡En cambio, si vas tú se te lanzará a los brazos! ¡En cuanto vea un mínimo de atención por tu parte hacia su persona, se arrodillará a tus pies! ¡Y lo sabes! Joder, tío… Hazme el favor, anda. Yo no quiero tirarme todo el resto del campamento sin decirle nada. Entiendo tu decisión por lo ocurrido, pero yo… ¡Quiero solucionarlo! – intenté que mis palabras incidieran en él, y que hicieran que en un futuro próximo, él también intentara hablar con Bill y arreglarlo. Vi, ilusionado, cómo se levantaba con pesadez y con parsimonia. Se me aceleró el corazón de una manera bestial. Tanto que creo que el pulso empezó a jugarme las malas pasadas de siempre, me temblaba tanto que el cigarro tiraba la ceniza casi por su cuenta cuando ésta se acumulaba. Seguí sus pasos y me puse detrás de él. Georg avanzó apenas un par de pasos más y Bill lo vio. Se puso rígido de golpe y lo miró fijamente, con los ojos como naranjas. Se había quedado estático y no sabía qué hacer. -Bill… - el castaño empezó a hablar y en cuanto el otro se dio cuenta de que de verdad se dirigía hacia él, cerró el móvil de un golpe y abrazó a Georg. -¡Georg! ¡Georg! ¡Has venido! ¡Has venido! ¡Pensé que jamás vendrías! ¡Georg, te quiero, te quiero! – le abrazaba tan fuerte que la misma fuerza la hacía que mantuviera los ojos cerrados. Pensé que el castaño se dejaría aprisionar por su mejor amigo, pero al cabo de un instante, este hizo fuerza hacia afuera con los brazos y deshizo, ese especie de ataque koala. Bill no tuvo más remedio que abrir los ojos y encontrarse de golpe con mi rostro, que lo observaba con detenimiento y algo cabizbajo. -No, no te equivoques. – La voz seria del bajista me puso la piel de gallina. – Sólo he venido para decirte que hables con Tom. - noté los ojos llorosos de Bill al separarse de su amigo. Mierda, quizás no debería haberle dicho que fuera él. En cuanto oyó mi nombre se le crispó el rostro. Me miró con el ceño entre fruncido, algo decepcionado, y por unos momentos me sentí una verdadera mierda. -¿Tom? ¿Tom…?- y la segunda vez que dijo mi nombre, me dejó por el suelo, pronunciándolo con asco – Yo no quiero hablar con Tom. - y no dudó en mirarme a los ojos cuando me mencionó de nuevo. – Yo quiero hablar contigo… - lo miró con cara de súplica y pasó totalmente de mí. -No. Yo me voy, quedaos aquí o haced lo que queráis. – se giró en cuanto pudo, para que Bill no pudiera hacer algo para evitar su marcha, y antes de largarse me dio un apretón de mano a lo americano. Me cogió de la mano y tiró con fuerza hacia él, de manera que nuestros hombros se tocaban y su mano se posicionaba en mi espalda. “No le rompas más el corazón…” Y se largó. -¡Georg! ¡Georg, vuelve! ¡Joder! ¡No te vayas, por favor! – Bill gritó con todas sus fuerzas y cuando se dio cuenta de que no le servía de nada, cayó, dejando un sonido fúnebre entre los ecos que producían sus gritos en la montaña. Después, miró al suelo. Hizo pucheros, intentado reprimir el llanto de nuevo, y finalmente se derrumbó en la tierra, más oscura que de costumbre. Como si no le diera la luz, como si le faltara vida… Miré al cielo. Estaba nublado. Terriblemente nublado y ya estaban llegando las ocho de la noche. Pronto anochecería. -Bill… - me encogí a su lado, dejando apartado lo mierdas que me había hecho sentir hacía apenas un minuto, y le rodeé lo único que se veía de él; la espalda. Bill se había puesto de cuclillas y se había rodeado las piernas de forma que hasta la cara no se la vía con todo el pelo por delante. –Bill… Yo… -¡Déjame! – me pegó un manotazo que me hizo más daño que todas las hostias que me dio ayer. Me llevé la mano a la nariz y noté un dolor punzante en la nariz. Me pegó muy fuerte. Demasiado fuerte. Pero, ese dolor me recordó a… …el día en que nos conocimos. -¡Ah! – grité, y entonces me llevé las manos a la zona de daño. –Arg… - me quejé, esta vez, con un tono de resignación y dolor verdadero. - Mi nariz… Joder… Mi nariz. En cuanto dije eso, Bill alzó la cabeza y me miró, con los ojos hundidos en lágrimas y la mirada brillante y llorosa. -Mierda… Te… ¿Te he hecho mucho daño? – y de nuevo, otro flash back. Bill, prestándome atención después de ver, que me había herido. En aquel entonces, en el maletero del autobús, se había puesto de rodillas y se había acercado mucho a mí. Me había acariciado la cara y me había limpiado la sangre. Sus manos… Sus manos eran tan suaves. Sus manos eran suaves como la seda. Y justo, justo en estos momentos, la mano de Bill tanteaba el mismo camino, cada vez que la acercaba un poco la alejaba, temeroso de tocarme. Aparté yo las mías, de mi nariz, y vi que se me habían ensangrentado un poco los dedos. Oh, genial. De nuevo me había partido alguna vena o algo por el estilo. Perfecto, lo suyo es hacerme sangrar de verdad. -¡Oh! ¡Tom! ¡Joder, lo siento! ¡No quería hacerte tanto daño! – buscó algo entre sus bolsillos, pero no encontraba nada. -¿Vuelves a buscar algodón de limpiar las uñas, chico de la acetona? – no pude evitar decírselo, el recuerdo de la primera vez que compartimos miradas se me había clavado en lo más hondo, y rememorar el momento, viviéndolo de verdad, era algo que me superaba… Mi chico cogió aire sonoramente y me miró como si de repente, le estuviera explicando una historia fantástica sobre hadas y duendes, donde todo es perfecto y nada sale mal. Vi cómo los labios de Bill se separaban lentamente y se quedaban semi abiertos. -Joder… No… No me acordaba. - se sentó a mi lado, y con sus propios dedos, me limpió la sangre. Apenas un pequeño hilo se formaba de la nariz hasta la comisura de mis labios y había dejado de sangrar hacía un par de segundos, así que este golpe no fue, ni en comparación, como el anterior. Pero igual se me cortó la circulación, la respiración, los latidos del corazón y todo lo que estuviera en movimiento en mi cuerpo, cuando pasó sus dedos tan delicadamente y con tanto cuidado. Éstos quedaron manchados y cuando hubo retirado toda la sangre que hubiera en mi rostro, se limpió en los pantalones negros, como si realmente no le importara mancharse. -Vale, ¿enserio acabas de hacer eso? – quebré el momento como jamás creí que llegaría hacerlo, imaginando que quizás, rompiendo el sueño en que ambos nos habíamos metido, recordando el momento justo dónde todo empezó. Ese momento que nos llevaba directamente en un camino cuesta abajo sin frenos, que justo acababa aquí. ¿Y si ahora salía corriendo? ¿Lo habré asustado? Pero… Sin embargo, no pasó eso. Simplemente habló claro y alto. -¿Qué quieres ahora Tom? Estoy cansado de ti. Estoy agotado. Y seguramente hay gente que debe de haberlas pasado mucho más putas por alguien, de lo que lo estoy pasando yo por ti, pero es la primera vez que me siento tan abatido, y estoy tan derrumbado que no tengo fuerzas de nada. Creí… Creí que por fin podría hablar con Georg, porque no saco fuerzas para decirle algo, y resulta que volvías a ser tú. Resulta que de nuevo te estabas metiendo en mi vida, cuando pensé que de una vez por todas, habiéndome dejado claro tú mismo, que no querías saber nada más de mí, ahora tendría vía libre para olvidarte. Pero parece ser que no… -Joder, Bill, pensé que iba a hablar yo… - no pude evitar sonreír de lado. ¡Lo siento, pero es que ha soltado el parrafón del año! Bill hizo una mueca, algo que pareció una clara señal de “me río por no llorar”, y después dejó de mirarme. -¿Qué quieres? – repitió, volviendo a estar más serio que antes. Busqué las palabras adecuadas. Busqué UNA palabra adecuada, que no supusiera demasiado esfuerzo decirla, pero que sin embargo lo significara todo. Porque… Porque realmente sé que no era capaz de decirle la biblia en verso que me acababa de contar él. Yo tenía el pulso acelerado de tal forma que me impedía decir más de dos palabras seguidas. Ojalá tuviera un reloj del tiempo para parar esta locura y saber qué hacer exactamente. -Besarte. Lo pronuncié alto y claro. También consciente de que no había nadie a nuestro alrededor, y más, con las amenazas de lluvia que gritaba el cielo. Yo podía oírle desde aquí, pero por mucho que diluviara en esos instantes, no me movería ni a golpes de palos de golf. -¿Qué? – no se lo acababa de creer. -Quiero besarte Bill. - ¡Eh, un record! ¡Tres palabras! ¡Por favor, un premio! No, ahora en serio… Me moría por besarle. Llevaba un día sin hacerlo y me estaba desesperando. ¡Un puto día! ¡Sólo uno! -No… No lo entiendo. - estaba tan jodidamente desconcertado que era jodidamente encantador. Me miraba e intentaba mirarme a los dos ojos a la vez pero sin embargo se le iba la vista de uno a otro de una manera totalmente intermitente. Noté cómo le aumentaba la respiración y cómo el tórax se le llenaba más de aire cada vez que intentaba respirar. -Que soy… Que soy un imbécil. – me insulté simplemente para que se sintiera, mejor, y de hecho, así fue. Sonrió de lado, haciendo una mueca triste y burlona al mismo tiempo, como cuando miras a un niño pequeño intentando coger algo a una mesa demasiado alta e intenta mil formas de cogerlo y sin embargo no puede. -Ya lo sé… -Tss… Vaya, gracias y eso. - calmé la situación. -¿Y sólo has venido a decirme que eres imbécil? -Sí… -¿Sí? -Bueno, no… -¿No? ¿En qué quedamos? ¿Sí o no? -Ay, yo… Mierda, ¡no lo sé! -¿No lo sabes? Te he hecho sangrar de nuevo, ¿y no lo sabes? – Bill se reía de mí. -Es que… ¡Joder! ¡Me pones nervioso! – me levanté, separándome un poco de él, tenerlo tan cerca me nublaba los sentidos, definitivamente. -¿Te pongo nervioso? Me alegro. – y él, en cambio deshizo su postura y estiró las piernas, apoyó las manos detrás de su espalda y me miró. – Vamos, siéntate. Pillaré tortícolis si he de mirar hacia arriba todo el rato. -Ya me sentaré después… - este simplemente puso cara de aburrido, y de diva sin complacer. -Bueno, ¿qué? ¿Me dices algo o no? Creo que iré a mi cabaña a llorar un poco más, porque hago allí, más que aquí… - sin duda estaba a la defensiva. -Pero… Bill, aún hay algo que no me has respondido. -¿El qué? -¿Te puedo besar? Déjame besarte, como sólo yo sé hacerlo, y después… hablamos. Estoy nervioso. Y tú me colapsas tanto que besarte a ti es un cúmulo de sensaciones que… Que me encanta. – me sinceré en un instante, y ni yo mismo me lo creí en cuanto finalicé la frase. Es cierto que me ponía como una moto el besarme con él, simplemente porque era el morbo hecho persona, pero jamás pensé que se lo diría, algo distorsionado por eso, pero se lo había dicho igual. Bill titubó. -Es que… No es justo ¿sabes? Tú sabes que me he pillado por ti. - se sonrojó en cuanto pronunció esa frase – y no me hace gracia besarme contigo, cuando no compartes mis sentimientos – lo dijo tan secamente como pudo. Remarcando que aunque estuviera colado por mí, igual no se avergonzaba de decirlo. -Tú sólo déjame besarte…- ¡quería decirle que me pasaba lo mismo después de besarlo! -Pero Tom… - sus ojos bizquearon en cuanto me agaché por completo de nuevo, mirándome la boca. Me puse muy cerca suyo. Yo sabía, que si me ponía a esta distancia, y cada vez me aproximaba más y más, éste no podría resistirse al final de todo. -Va… Por favor. -Es que… - y le silencié. Le silencié con mis labios una vez más. Una vez más, que sería capaz de rezarle a Dios, por que éste hiciera que se repitiera cada día, a cada instante si se pudiera. Juro que firmaría ahora mismo si me dieran a escoger. Lo estiré en el suelo lentamente y Bill simplemente se dejó hacer. Simplemente se dejó caer en la tierra seca y en los hierbajos que habían esparcidos por todas partes, estiró los brazos, como si se hallara crucificado, bajo mi cuerpo. Empezamos una danza de lenguas, en dónde ambos jugamos. Era muy cierto que Bill no quería besarme porque se le notaba distante y lento, pero igualmente me correspondía y eso hacía que me sintiera mejor. Un tanto recuperado después de lo mal que me habían sentando sus palabras cuando Georg estaba cerca. De pronto, algo frio me tocó en la mejilla. Me separé enseguida de Bill, algo espantado y miré hacia arriba. Eran un gran seguido de gotitas de agua que estaban empezando a empapar el suelo. Entrecerré mis ojos mil veces de la de gotas que se me intentaban meter dentro y finalmente me rendí, para volver a mirar hacia Bill, el cual, estaba inerte y algo asustado. Se encogió y se tapó de la lluvia con mi cuerpo. Sonreí de lado y volví a besarle con ansias. No quería dejar de hacerlo, no quería y no podía. Simplemente, ahora que tenía la oportunidad, no podía dejar escaparla así como así. Busqué en mi memoria (escasa, todo el mundo lo sabemos), aquellas palabras que anoche no pude formular ni queriendo. ¿Cuáles eran aquellas simples y cortas palabras? ¿No sería brutal soltárselas de repente? Me importaba una puta mierda la lluvia. Yo solo sé que… ¡Que Bill estaba en mi boca! ¡Que Bill estaba bajo mi cuerpo! ¡¡Que Bill volvía a estar de nuevo a mi lado!! Y encima lo estaba tocando y sintiendo. ¡Estaba ahí! A mi merced, y a todo lo que yo quisiera. Parecía como una especie de marioneta, porque hacía todo lo que yo quería, todo el rato. Si le agarraba las manos y se las ponía alrededor de mi cuello, él entrelazaba los dedos, para que estas, no se deslizaran de nuevo hacia el suelo y así, cumplir mis deseos. Si yo quería ir más deprisa, él iba más deprisa. Si yo quería una sesión de besos cortos, él me los daba. Si yo quería que parara… Él paraba, desconcertado, pero paraba. -Te tengo a mi merced. – esto era por parte del vencedor, al perdedor. No me contestó hasta al cabo de un rato dónde ambos intercambiamos mil cosas. Me sentí tan jodidamente raro y fuera de lugar, que no sabía bien bien dónde estaba. Jamás había estado en una situación parecida, en la que “ella” me quiere, y yo “la” quiero. Jamás. Y el simple hecho de estimar a alguien, ya era algo que sobre pasaba las murallas de mi vida. Por unos instantes, no me sentí en mi cuerpo, si no que alguien se había metido en mí y me controlaba desde dentro. ¿Yo, queriendo a alguien? ¿Era eso posible? -Sabes que sí, me tienes a tu merced, totalmente. Y de nuevo le besé sin dar ninguna explicación. Simplemente, me lancé a sus labios, y esta vez alcé un poco su cuerpo. La tierra que había a nuestro alrededor se estaba convirtiendo en fango, en lodo. Le agarré un poco por la espalda, y con un poco de su ayuda y sin separarnos, conseguí que los dos acabásemos apoyados a un árbol. Bueno, él apoyado y yo contra él. La banda sonora era la lluvia caer a una velocidad increíble y el castañeo de los dientes de Bill cuando nos separamos. -¿Volvemos a la cabaña…? – y sin preguntarme, y como si se hubiera acabado el enfado, apoyó su frente en mi cuello y hombro, y se protegió de la lluvia. -No… Yo… Yo quiero quedarme aquí. - yo adoraba la lluvia, aunque no me dejara ver las estrellas, pero de nuevo se tapaba el sol y del cielo caía agua. Era algo casi mágico, casi tanto como el brillo de los ojos de Bill. -Pero…
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