Capitulo 44

4353 Words
ro jamás pensé que se lo diría, algo distorsionado por eso, pero se lo había dicho igual. Bill titubó. -Es que… No es justo ¿sabes? Tú sabes que me he pillado por ti. - se sonrojó en cuanto pronunció esa frase – y no me hace gracia besarme contigo, cuando no compartes mis sentimientos – lo dijo tan secamente como pudo. Remarcando que aunque estuviera colado por mí, igual no se avergonzaba de decirlo. -Tú sólo déjame besarte…- ¡quería decirle que me pasaba lo mismo después de besarlo! -Pero Tom… - sus ojos bizquearon en cuanto me agaché por completo de nuevo, mirándome la boca. Me puse muy cerca suyo. Yo sabía, que si me ponía a esta distancia, y cada vez me aproximaba más y más, éste no podría resistirse al final de todo. -Va… Por favor. -Es que… - y le silencié. Le silencié con mis labios una vez más. Una vez más, que sería capaz de rezarle a Dios, por que éste hiciera que se repitiera cada día, a cada instante si se pudiera. Juro que firmaría ahora mismo si me dieran a escoger. Lo estiré en el suelo lentamente y Bill simplemente se dejó hacer. Simplemente se dejó caer en la tierra seca y en los hierbajos que habían esparcidos por todas partes, estiró los brazos, como si se hallara crucificado, bajo mi cuerpo. Empezamos una danza de lenguas, en dónde ambos jugamos. Era muy cierto que Bill no quería besarme porque se le notaba distante y lento, pero igualmente me correspondía y eso hacía que me sintiera mejor. Un tanto recuperado después de lo mal que me habían sentando sus palabras cuando Georg estaba cerca. De pronto, algo frio me tocó en la mejilla. Me separé enseguida de Bill, algo espantado y miré hacia arriba. Eran un gran seguido de gotitas de agua que estaban empezando a empapar el suelo. Entrecerré mis ojos mil veces de la de gotas que se me intentaban meter dentro y finalmente me rendí, para volver a mirar hacia Bill, el cual, estaba inerte y algo asustado. Se encogió y se tapó de la lluvia con mi cuerpo. Sonreí de lado y volví a besarle con ansias. No quería dejar de hacerlo, no quería y no podía. Simplemente, ahora que tenía la oportunidad, no podía dejar escaparla así como así. Busqué en mi memoria (escasa, todo el mundo lo sabemos), aquellas palabras que anoche no pude formular ni queriendo. ¿Cuáles eran aquellas simples y cortas palabras? ¿No sería brutal soltárselas de repente? Me importaba una puta mierda la lluvia. Yo solo sé que… ¡Que Bill estaba en mi boca! ¡Que Bill estaba bajo mi cuerpo! ¡¡Que Bill volvía a estar de nuevo a mi lado!! Y encima lo estaba tocando y sintiendo. ¡Estaba ahí! A mi merced, y a todo lo que yo quisiera. Parecía como una especie de marioneta, porque hacía todo lo que yo quería, todo el rato. Si le agarraba las manos y se las ponía alrededor de mi cuello, él entrelazaba los dedos, para que estas, no se deslizaran de nuevo hacia el suelo y así, cumplir mis deseos. Si yo quería ir más deprisa, él iba más deprisa. Si yo quería una sesión de besos cortos, él me los daba. Si yo quería que parara… Él paraba, desconcertado, pero paraba. -Te tengo a mi merced. – esto era por parte del vencedor, al perdedor. No me contestó hasta al cabo de un rato dónde ambos intercambiamos mil cosas. Me sentí tan jodidamente raro y fuera de lugar, que no sabía bien bien dónde estaba. Jamás había estado en una situación parecida, en la que “ella” me quiere, y yo “la” quiero. Jamás. Y el simple hecho de estimar a alguien, ya era algo que sobre pasaba las murallas de mi vida. Por unos instantes, no me sentí en mi cuerpo, si no que alguien se había metido en mí y me controlaba desde dentro. ¿Yo, queriendo a alguien? ¿Era eso posible? -Sabes que sí, me tienes a tu merced, totalmente. Y de nuevo le besé sin dar ninguna explicación. Simplemente, me lancé a sus labios, y esta vez alcé un poco su cuerpo. La tierra que había a nuestro alrededor se estaba convirtiendo en fango, en lodo. Le agarré un poco por la espalda, y con un poco de su ayuda y sin separarnos, conseguí que los dos acabásemos apoyados a un árbol. Bueno, él apoyado y yo contra él. La banda sonora era la lluvia caer a una velocidad increíble y el castañeo de los dientes de Bill cuando nos separamos. -¿Volvemos a la cabaña…? – y sin preguntarme, y como si se hubiera acabado el enfado, apoyó su frente en mi cuello y hombro, y se protegió de la lluvia. -No… Yo… Yo quiero quedarme aquí. - yo adoraba la lluvia, aunque no me dejara ver las estrellas, pero de nuevo se tapaba el sol y del cielo caía agua. Era algo casi mágico, casi tanto como el brillo de los ojos de Bill. -Pero… -Shh… - le tapé la boca con los dedos y le miré a los ojos. Aproximé tanto mi boca a la suya que él ya pensaba que le iba a besar, pero cuando él empezó a cerrar los ojos yo le destapé la boca y le hablé, rememorando un par de cosas vitales. - Bill… estoy igual que tú. Y justo, su pecho, que estaba pegado al mío, dejó de sentirse. El corazón que latía en su pecho se paró un instante. -¿Coccocom…cocomo ququueé eesesestaas… igugual quque… yoo? – aquello ya no era tartamudear, aquello era… Aquello era hablar otro puto idioma. -Que sí, joder. Que sí… Que me estas volviendo loco. Que me has hecho perder la cabeza desde que te vi. Ahora su pecho se llenaba de aire y se vaciaba, se llenaba y se vaciaba… -Estás… Igual que yo. - repitió. Sin creérselo. Le sonreí tan plenamente que creo que hasta a mí mismo se me paró el tiempo. Le acaricié las mejillas mientras el agua las mojaba, confundiendo sus gotas, con las lágrimas de Bill. Él… ¿Lloraba de felicidad? -¿Estás… llorando? – dije incrédulo. -Tom, me estás diciendo que… ¿Me quieres? Cogí aire. Esas eran palabras mayores. Seguramente habría dicho que sí, pero el orgullo era demasiado y no lo hice. -No lo sé… Pero me gustas. Me gustas. Y… soy gilipollas porque ayer te lo quise decir, pero… pero no me atrevía. No me salía. Me abrazó con tanto empeño que casi me deja sin respiración. Me besó en el cuello sin llegar a profundizar y sin embargo sentí sus besos de una manera distinta. Distinta a todas las veces que me habían comido el cuello. Quizás porque esta vez se trataba sólo de picos sin importancia, pero estaban más cargados de sentimientos que cualquier beso húmedo de cualquier chica que me hubiera jurado amor eterno. Estuvimos un rato abrazados bajo la lluvia. Sin hablar, y jugando con las manos. Yo tenía la palma abierta, y él, repasaba sin cesar el contorno de ésta, con sus dedos empapados. Nosotros, aunque pareciéramos mochos de lavar el suelo, ahora nos cubríamos un poco gracias al árbol, pero no lo suficiente como para a veces tenernos que tapar los ojos, y protegerlos de las gotas. -Bueno… - dije así sin más. ¿Ahora ya se había acabado todo? ¿Ya no había más? Ya no había morbo ni había diversión? ¿Qué más daba si nos besábamos, no? Ambos sabemos que nos gustábamos… ¿Dónde estaba el misterio? - ¿Y ahora qué hacemos? No sabía cómo comportarme en momentos como estos, y sin más, le pregunté. -¿En momentos como estos? – se extrañó -Sí… bueno. Cuando, alguien le gusta alguien y es correspondido. -Em… ¿Cuándo dos personas se gustan, quieres decir? -Ajá. -Pues… No lo sé. No soy hombre de amores. Yo no creo… esto, que diga… Yo no creía mucho en el amor. Esto es nuevo. Tardé en contestar. -Y que lo digas. -Bueno y… ¿Qué hacen las personas que se gustan? – me preguntó él a mí, esta vez. -Pues yo qué sé… ¿Salen juntas, no? - Me quedé mudo después de decir esa frase. Salen juntos. Salir, juntos. Novios, pareja, compromiso, fidelidad, ¡NOVIOS! Oh Dios mío, el reto de los retos, el desafío de los desafíos, ¡el querer y no poder! ¡Jamás he salido con una chica más de tres semanas que yo recuerde, y desde luego NUNCA le he sido fiel! -¿Salir juntos? – incluso él se sintió un tanto cohibido. -Bueno… no sé yo Bill. Siento decirlo, pero no soy dado a eso de la fidelidad. -Bueno, parece ser que yo tampoco. – sonreí al acordarme de la pelirroja. -Y esto… ¿Entonces quieres…? -¿Tú… tú quieres? -Bueno, si tú sí, yo también… -Em, sisi… Yo quiero… -Pues… Esto… yo también. -Oh, em… Esto… Genial ¿no? Pues, lo intentamos. -Ok, de acuerdo… Lo… em… sí, bueno… Lo intentamos. – parecíamos gilipollas, sobre todo yo, con esta última frase. -Pues esto… Parece que somos novios. -Sí, unos novios empapados. -Pero novios al fin y al cavo. – dijo, con una sonrisa increíble. -Pues, si somos novios… ¿Te puedo besar siempre que quiera? Bill Llevábamos un buen rato abrazados, sin decirnos absolutamente nada, intentando inútilmente cubrirnos de esa lluvia infernal que me estaba destrozando el pelo, pero al mismo tiempo, acompañándome en el que creo que era, el momento más emotivo que he vivido nunca. Creo que jamás me había sentido así. Creo que jamás había llorado de tal manera por felicidad. ¡Y menos al sentirme correspondido por alguien! Bueno, está claro que no nunca me he sentido correspondido puesto que jamás he querido a alguien de esta manera, pero igual es una sensación que no puedo compararla con nada. Es verdad eso que dicen que te sientes lleno, completo, sin ese… No sé qué extraño, que aunque tú, al día a día no lo notas, cuando se llena, realmente te das cuenta de que estuvo. Y una vez pierdes a esa persona que te completa, realmente se nota la ausencia y todo es… No lo sé. A esta parte no he llegado aún. Y firmaría ahora mismo para que no me pasara nunca. Aunque suene extraño y demasiado precipitado, ahora no me soltaría de Tom ni por todo el oro del mundo ni por todo lo que me pudiesen dar, y me quedaría con él para siempre. Porque me ha marcado y ha creado una etapa en mí que ha dejado una diferencia. Ya no sólo en cuanto a “¿Qué me gusta realmente? ¿Los chicos?”, si no a el simple hecho de que… De que es la puñera primera vez que cuando miro a alguien a los ojos me sonrojo. ¡Me entra vergüenza! ¡Me cuesta explicarme aún sin estar llorando o nervioso! Llevaba un rato que tenía mi cabeza apoyada en su pecho, y no sólo sentía su respiración suave y pausada, si no que podía sentir los latidos de su corazón. Me tranquilizaba, era un ritmo acompasado con el mío, y me daban ganas de cerrar los ojos y dormirme, con sus brazos rodeándome y su respiración en mi oído. Una mano la tenía en su pecho, en el centro, gratándole por encima de la camiseta, sintiendo su ronroneo que me ponía la piel de gallina. Ya no se veía más allá de dos metros de nosotros y es que el agua era tan densa que apenas nos veíamos las caras, todo era blanco, y ya estaba a punto de anochecer. No quería levantarme, de hecho, me moría por quedarme ahí todo el tiempo y no moverme absolutamente nada, siguiendo escuchando sus latidos y notando cómo todo yo, subía y bajaba según su respiración. Moría por seguir sintiendo la fuerza con la que me ceñía hacia él, el ascenso y descenso de sus dedos por mis brazos, haciéndome cosquillas… No creo ni que haga falta decir porqué. Simplemente, no quería irme. No me importaba pasarme las horas reflexionando y pensando en qué pasaría a partir de ahora. ¿Sería todo igual? ¿No cambiaría nada? Está claro que no… Está clarísimo que todo sería diferente. Y ello… Me desagradaba. Me hizo sentir un vértigo repentino en el estomago que me ensombreció por completo. Antes, era… Divertido, por decirlo de alguna manera, porque, me preocupaba todo el rato sobre si me quería o no, lloraba por sus estupideces, soñaba en si realmente algún día podría sentir algo mínimamente asemejado, a lo que yo sentía, y sin embargo, ahora… Ahora que ya lo tenía y me sentía más lleno espiritualmente que nunca, me daba miedo pensar, que el hecho de no esconder sentimientos, o besarnos sin que ello provocara situaciones incómodas y excitantes al mismo tiempo, nos llevara a la monotonía y a todo ello… Es como… Bueno, suena estúpido, pero es como el final del Señor de los Anillos, pasas por mil aventuras todas con riesgo de muerte, todo es acción y sorpresa, todo es tensión y estar alerta, y… Una vez que consiguen arrojar el anillo ¿Qué? ¿Y ahora qué? ¿Qué se supone que hay que hacer? ¿Ya no hay más monstruos de agua, ya no quedan Ents, ni elfos, ni orcos? Vale, no es para nada equiparable, pero la sensación… Supongo que es parecida. Sin embargo, prefería arriesgarme, porque por nada del mundo le daría la vuelta de nuevo a la situación. Jamás, no sería tan loco ni suicida, porque ahora que lo tengo aquí, me daría un ataque cardíaco si lo dejara ir. Y de nuevo… El momento en que nos tuviéramos que levantar, llegaría pronto sin quererlo ni mucho menos pensar en ello. Pero nunca pasa eso que deseas. Nunca se detiene el tiempo, y siempre anhelas que sea así, porque hay momentos, en los que desearías tener un mando a distancia, para poder rebobinar, congelar e incluso pasar hacia delante momentos de tu vida. Y desde luego, al no tenerlo, la tranquilidad en la que nos habíamos sumergido, durante media hora de reloj, sin decirnos nada, cesó. Empezó a incorporarse y yo salí como de una especie de trance en el que estaba, casi dormido, casi en el séptimo cielo. Bueno, como él, diría yo. -Bill, la lluvia parece que no cesa y no lo piensa hacer en un buen rato… Deberíamos ir a algún sitio porque a este paso nos resfriaremos, o pillaremos la de cristo, y a ti te dará igual pero… Yo tengo clases que dar. - rompió el silencio que habíamos mantenido y que sólo el estruendo de la lluvia que caía a nuestro alrededor, acompañaba. -Sí… Con rubias asquerosas que se creen el ombligo del mundo. - puse cara de asco y después abrí los ojos. Mierda, ¿enserio he dicho esto en voz alta? Sin soltarme de la cintura nos alzamos y noté un gran dolor en las rodillas, como si llevara tanto tiempo sin ponerme de pié, que parecía que estas se quejaban. Tom me miró sorprendido y sonrió de lado. -Vaya vaya… - dijo con tono socarrón. - Veo que no soy el único celoso aquí. ¿Las nenas rubias te han molestado, chico? – se mofaba de mí mientras se relamía los labios. -Qué va… - mentí mientras me cruzaba de brazos mirando hacia otro lado. -Ah bueno, entonces puedo decir abiertamente que la rubia besaba de puta madre… Puuff… ¡Creo que hasta se me empalmó! Me giré y lo miré indignado. -¿Que qué has dicho? – Amenacé con la voz y con la mirada – Creo haberte oído mal… - le reté con unas palabras que prohibían que lo repitiera. Mi chico (y esta vez, de verdad, MI chico), se mordió la lengua y sonrió. Se acercó a mí y con una mano me agarró la camiseta y me atrajo hacia él. Se había vuelto feliz de golpe y no sé porqué, pero escondió la cabeza en mi cuello y me dio un ligero mordisco entre la clavícula y este. -Humm… - gemí. – Esto me gusta más. - me sentía raro. Era como si estuviera interpretando una obra de teatro o algo por el estilo, porque ahora que teóricamente esto entra dentro de nuestros “actos normales”, poder comentar en voz alta el “me gusta, esto, o hazme aquello”, sin tener miedo de lo que te pueda responder la otra persona, como “¿Perdon? ¿Qué dices, a mí no me van los tíos”, me resultaba extraño. La de veces que nos besábamos sin decir ninguna palabra, por simplemente eso, no saber qué decir, ni qué hacer después de esa demostración de actos que va contra lo que son tus pensamientos reales, o todo lo contrario, acorde a tus deseos más íntimos, que tú crees que son mal vistos por todos, y que ciertamente, lo son… Y ahora, hablar tan libremente… Me resultaba hasta falso, por muy enserio que me tomara las palabras que dijéramos o que realmente lo sintiera. -Por supuesto que te gusta… - se echó flores, y me miró directamente. – Soy un as con mi boca. - alzó una de sus cejas y puso cara chulillo. Tsk, ahora se iba a enterar. -Bueno, no te creas eh, que Mario… ¡La hostia! ¡Cómo besa este chico! No me extraña que Andy esté tan pillado. No necesita más excusas. - exclamé, con un tono de voz que rozaba la chulería. Esta vez me miró él, indignadísimo. Me apretó contra su cuerpo mojado y pegado a la ropa que si hubiese sido blanca, le hubiera transparentado, y se me puso a dos centímetros. -¿Ah sí? Repítelo… Repítelo… - me retó él esta vez a mí – Dime que Mario es mejor que yo… Qué yo no utilizo la lengua como él. Vamos, dime que hay alguien mejor que yo… - ¡buah! ¡Me estaba provocando de todo! ¡Entre calor y humedad que me sobraba a borbotones, también había el morbo! Pero también unas terribles ganas de bajarle los humos y de hacer que no lo tuviera tan creído como lo tenía. ¿Qué se ha pensado? ¿Qué es el dios del mambo? - ¿De verdad es Mario mejor que yo? Pero… negar sus dotes de Casanova, sería como decir la mentira más grande que jamás se ha contado. He besado a dos chicos, y por diferencia, ganaba Tom. ¡Pero imaginaos lo bueno que es, que Mario me parecía un profesional! Es que ¡me mata joder! ¡Me mata! -Es que… si te digo la verdad… Se te sube a la cabeza y… no lo puedo permitir. -Tss… suficiente. He ganado – y justo cuando iba a volver a besarme, bajo las infernales gotas de agua, que me estaban poniendo ya de los nervios, se alejó de mí. Se puso a caminar dándome la espalda y lentamente se fue alejando. Me quedé ahí, mirándole y observando sus movimientos, un tanto desconcertado por lo que había pasado, hasta que notó mi ausencia, se giró, con cara de interrogante y me preguntó - ¿Qué haces aún ahí? ¡Vamos…! Y como buen perrito faldero que yo era, corrí hasta su posición y le cogí del brazo con mis dos manos y se lo rodeé. Este se paró momentáneamente, algo sorprendido y después continuó. Supongo que para ambos esto es tan raro y difícil… ¡Y sobre todo, nuevo! Finalmente acabé soltándole porque resultó que la situación se había puesto un tanto incómoda. -Tom… ¿Qué ha pasado con nosotros? – me dije, realmente a mí mismo, pero en voz alta, después de un par de minutos andado, notando el frio calado en los huesos y en todo nuestro cuerpo. -¿Qué nos ha pasado de qué? – milagrosamente, parecía que algo si estaba cesando y que cada vez había menos agua contra la que luchar durante el camino a mi cabaña. -Pues… eso, que tú mismo has dicho antes, que no creías en el amor… ¿no? Ni en cosas de estas. -Bueno, no he dicho en ningún momento que me haya enamorado, ehh…- me aclaró, algo amenazante. Pero no me supo mal, era evidente que no me confesaría algo así ni en diez años de matrimonio sólo por su manera de ser, pero igualmente, aunque no estuviera enamorado de verdad, me sobraba con que me hubiera dicho que algo sí que le gustaba. -¡Bueno, tú me entiendes! ¡Yo no he sentido nada por nadie nunca, y menos me había… emocionado tanto el empezar a salir con alguien! No parezco yo. -Oh… Ya ves. Ahora sí que te sigo. Esto nos queda grande. Creo que estamos haciendo el tonto con el teatrillo este de ser novios. -Es posible… -Es que Dios, la palabra novios, novios de verdad, es muuuuy extensa, amplia, es muy grande e imponente. Son palabras mayores. -Pero… no importa ¿verdad? – mierda, ya me estaba asustando. ¿Y ahora qué me va a soltar este? ¡¿No pensará dejarme ahora, no?! ¡Vamos, sería de Record Giness! ¡Media hora saliendo con alguien, yuhu! -No… A mí los retos me gustan. Y bueno, este tiene su morbo. -Pues sí. - Uuff… me calmé. -Y me hace gracia que ambos estemos igual… ¡Esto, es rarísimo! -¡Y que lo digas! – un silencio tenso se formó entre los dos. No había tema de conversación… De hecho, hablábamos de gilipolleces, de tonterías, como cuando quedas con alguien por primera vez y dices “ui, mira qué buen día hace” o, “hoy en casa a entrado una mosca gigante!”. ¡Cosas que no le importan, pero que sin embargo has de decirlas porque sino no sabes qué decir. Antes, antes… Había tal tensión entre ambos que los silencios eran largas conversaciones de orgullos y casi sobraban las palabras. ¿Para qué estaban si no, nuestros ojos? Que mantenían discursos a cada segundo. Mierda, tengo miedo de descubrir que solo me atraía ¿físicamente? Realmente ¡No lo conozco de nada! ¡De dos semanas! ¡Dos semanas de peleas y más peleas! ¿Cuándo hemos estado un día entero sin enfadarnos? ¿El día que estuve durmiendo, no? ¿Y si sólo ha sido el típico tío que te gusta solo porque… está bueno? Vale, no, a ver, que yo era hetero. A mí eso me daba igual. Si me gusta es por algo, ¿no? ¡Desde luego no por el físico! Pues a mí Tom me gusta porque bueno, es… ¿dulce? Supongo. ¿Amable? Eso no lo supongo tanto. ¿Simpático…? Vale, nadie empieza a salir con nadie porque sea simpático. A éste paso me habría tirado a medio mundo. Pero bueno, ¿qué más da no? La cuestión es que me gusta, mucho mucho muchísimo, ¡como para ponerme a llorar al decirme que quiere estar conmigo! Así que ahí se queda. Continuamos andando sintiendo el peso de nuestras chaquetas mojadas y llenas de agua hasta casi reventar y el castañeo de mis dientes que creí que había finalizado ya, y que sin embargo había vuelto a resurgir. De pronto, algo me rozó la mano. Algo que me la cogió. El corazón me dio tal vuelco que creo que me habría saltado del pecho si este no estuviera protegido por el brazo contrario al del lado de Tom, que intentaba darme calor. Miré enseguida hacia mi mano y descubrí, que Tom intentaba estrecharla, y cogerme. Ir agarrados. Se me cortó la respiración y paré mis pasos, incapaz de hacer más de una cosa a la vez, que esta vez era, simplemente estar alucinado. Abrí todos los dedos y él, después de pensárselo un segundo, los entrelazó con los suyos, cerrando así, el abrazo de manos. Íbamos… Íbamos cogidos. Dios, no recuerdo ni haberlo hecho con normalidad con Dawn, o como mínimo, de una manera tan… significativa. ¡Me sentía como esos niños pequeños que dicen que están saliendo con alguien, y se dan besos en las mejillas y que se cogen de las manos como si se tratara de algo formal de verdad! Me había quedado embobado mirando nuestras manos, y el tintineo de las gotas sobre ellas, hasta que finalmente, la voz del chico de las rastas me sacó de mi mundo. -Em… ¿Por qué… pones esa cara? – dijo preocupado, como si lo que estaba haciendo fuese algo malo. -Porque no me lo esperaba. - me sinceré, con un todo de voz que se asemejaba al de alguien soñador que mira hacia las nueves y las desea con toda su alma. -Pero… Esto lo hacen los novios… ¿no? - Le vi una pequeña intención de apartar la mano, como triste y decepcionado por mi respuesta ante su gesto. Pero alarmadísimo, se la estreché fuertemente, impidiendo que me soltara por nada del mundo. -¡Sí, sí lo hacen! Es que yo… ¡Mierda, no me lo esperaba! ¡Ya lo he dicho! – le pegué un pequeño tirón indicando que siguiera para delante y me pegué a su brazo, me solté medio segundo para pasar el mío por debajo del suyo y ahí volví a cogérsela de nuevo. –No me sueltes, prefiero que vayamos así… - le pedí. Tom, simplemente me miró de reojo, y asintió para después continuar mirando al frente. Esta vez, de nuevo no hubo ningún tema de conversación, pero… pero no me sentí incómodo. Simplemente, me sentía a gusto, en mi lugar, y acompasado con su ritmo y los latidos de su corazón, que aunque él asemejara un comportamiento sereno, sus latidos sonaban tan fuerte que los podía oír, algo así como los míos…
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