Me saqué el móvil y empecé a jugar un rato. Me volví a apoyar en la misma pared, y… esperé. Me puse a jugar a la serpiente.
-¿Tom? – una voz sonó un par de minutos después. Alcé la cabeza inmediatamente, tras oír a Bill hablar – Hostia… Pero si no hay nadie.
-Si bueno, hace más de media hora que no hay nadie. Me atrevería a decir más de una hora. –dije mientras me guardaba el móvil en el bolsillo, y estos empezaban a recoger sus cosas y a acercarse a mí.
La pelirroja miraba al suelo y seguía a Bill cogiéndolo de la mano bien fuerte. Y éste me miraba a mí entre feliz y radiante. No sé si porque por fin había hablado con Ash, o por algo más, pero no me importó beber de su sonrisa un par de instantes.
-¿Y por qué no nos has dicho nada? ¿Estabas esperando para que pudieras cerrar? ¡Tú eres tonto! ¡Habernos echado! – dijo el moreno, aún sin quitarse la felicidad de la cara. Me pegó un ligero puñetazo en el hombro a modo de saludo. Ash alzó una de las manos y después volvió a ponerla sobre la de Bill.
-Joder yo que sé. ¡No te quejes, que no he interrumpido la conversación! A más, aparte de porque he de cerrar el comedor, estoy aquí porque te estoy esperando a ti. Te tengo que pedir algo, urgente.
-Gracias por esperarte. ¿Y bueno, que es eso que me tienes qué decir? Dispara.
-Emm… después. – y le dejé claro, que delante de Ash, no le diría nada.
Esta se dio por aludida y se separó del moreno.
-Bueno, Bill… Mañana nos vemos, yo ya me voy. - y éste enseguida se giró a mirarla, con cara de pena. La abrazó bien fuerte y después le dio un beso largo en la mejilla.
-Te quiero, Ash.
-Y yo petardo. Esto… Adiós Tom.
-Adiós guapa – le dije, sonriendo.
Ambos la observamos salir del recinto y una vez fuera, lejos de nuestro alcance, nos encaminamos nosotros al mismo sitio. Salimos a la intemperie de la noche y notamos el frío que se nos echaba encima.
-¡Dios! ¡Me voy a congelar! –soltó Bill mientras yo cerraba con llave.
Me giré y me lo encontré frotándose los brazos con fuerza y soltando vaho por la boca. Daba pequeños saltitos para poder entrar en calor y estaba tiritando violentamente. Yo también me froté los brazos para ver si conseguía subir mi temperatura externa, pero no me servía de mucho.
Nos quedamos en silencio.
-Y bububueeno ¿quéqué me titiienes ququue deciir? – castañeó este.
Vale, Tom, no te pongas nervioso y demuestra el hombre que sé que estás hecho. ¡Sólo le voy a pedir un favor a un colega! ¡Nada más! Nada más.
-Verás… -yo aún no había empezado a temblar – Mario y Andy me han pedido que les deje la cabaña para ellos solos esta noche. - alcé las cejas, para ver si me entendía - ¿me sigues no?
-Sisi… - y se puso rojo. Qué adorable.
-Bueno, en resumidas cuentas me preguntaba si me dejabas dormir en tu cabaña…
Me miró con los ojos muy abiertos. Sorprendido y mudo. Después, bajó la cabeza y creo que le vi sonreír levemente, con las mejillas rojas, no sé si del frio o de la vergüenza.
-Claclaro queque tete dedejo… - y esta vez se mordió el labio mirándome directamente.
-Genial. - era evidente que me iba a dejar, pero realmente lo había pasado mal en el rato que había tardado en contestar. Una vez supe la respuesta, respiré profundo, y dejé salir de mi boca una gran nube de vaho que me difuminó a Bill unos instantes.
Empezamos a caminar en dirección a su cabaña, y una vez más se hizo silencio. Odiaba que el silencio se cerniera entre nosotros, pero nos pasaba tan a menudo que lo echaría de menos. Estos momentos de tensión son los que hacen que tengas el estómago cerrado y que se te muera el cuerpo por miles de sentimientos diferentes.
Bill empezó a caminar más despacio si cabía y lo miré interrogante. Este tenía los labios blancos, y el moratón ya estaba prácticamente curado milagrosamente. No sé cómo coño se lo montó, pero el labio que ayer le partió Diego, ya no se le notaba mucho.
Bill se moría de frio.
-Ven aquí – le dije de golpe. Este me miró de sopetón y me vio con los brazos abiertos. Sin pensárselo mucho se me aproximó y lo abracé con fuerza. Le di de mi calor corporal y este hundió su nariz en mi cuello, congelándome por completo. No te quejes Tom. No te quejes. El frío es psicológico.
Llegamos a su cabaña más o menos de esta manera, yo cogiéndolo y cubriéndolo un poco con mi cuerpo. Di gracias que hoy no se había puesto zapatos con plataforma ni nada de eso y era prácticamente igual que yo.
En cuanto llegamos a dentro nos separamos un poco ya que la temperatura era más alta dentro y se agradeció mucho. Bill dejó la chaqueta sobre el escritorio y yo hice lo mismo.
-Eeemmm… Tom, ¿No has traído pijama?
-Nop.
-¿¡Cómo que no?!
-Pues… nop. – que esperaba, ¿Qué le mintiera?
-¿Y cómo vas a dormir? – buena pregunta.
-Pues no sé. Había pensado dormir simplemente con ropa interior, pero visto el frio de fuera, no puedo. Me quedaría hecho un cubito.
-¿Y qué vas a hacer?
-¿Me dejas algo? Lo que sea. De manga larga si es posible.
Bill se quedó parado mirándome. Después paseó sus ojos por mí, alzando una ceja. Como diciéndome, “¿estás seguro de lo que has dicho?” Ay madre.
-Tom es que… No creo que tanga nada de tu talla. –dijo finalmente.
-Bueno… a ver, no hace falta que sea mil tallas más grandes como todo lo que tengo. Tú solo dame una camiseta grande. La más grande que tengas, y unos pantalones de pijama anchos. Y ya está. –le aclaré.
Éste titubeó un poco arrugando el ceño, pero finalmente lo vi caminar hasta el armario. Se agachó y miró en los cajones de abajo una vez los hubo abierto.
Rebuscó mil cosas, y removió todo el armario, pero aun así no encontraba nada.
-Tom, en serio, no te va a gustar nada de lo que tengo. - dijo bajito y triste.
-A ver… -dije con voz cansina, aproximándome y arrodillándome a su lado.
Vale, era cierto que la mitad de cosas que sacaba eran tamaño de barbie, pero bueno, algo encontraré. Pero ciertamente, por mucho que buscara no encontraba más que prendas de tallas inferiores a la S prácticamente. Vaya mierda.
-Ya te lo he dicho… - me dijo, como si me leyera la mente. Y de pronto encontré algo un tanto más grande que el resto. No me quedaría grande pero tampoco arrapado al cuerpo.
-Vale, ya tengo algo para la camiseta. Ahora, ¿dónde están los pantalones?- y Bill me señaló el cajón de más abajo – Ok – y sin pensármelo lo abrí. Lo bueno es que en este, apenas tardé un par de minutos. Los pantalones, eran de pijama normal, la mitad era de un color azul oscuro, y ya de por sí los pantalones de este tipo, son anchos y sueltos, así que los primeros que pillé me servían. – Genial, ya tengo lo que me voy a poner.
-Bueno, mejor. – Éste se cogió lo suyo – me voy al baño a cambiarme.
-Tom, estás ridículo.
-Vaya, gracias.
-A ver, que a ti todo te queda bien, pero verte con algo tan pequeño es algo chocante - dijo Bill mientras intentaba disimular la risa.
-Tú mejor cállate, no sea que te lleves una colleja de repente… - le amenacé.
-Vale, vale… - dijo alzando las manos, como si le hubiese detenido un policía. Pero en este gesto, no se le pudo pasar por alto el repentino bostezo que se le escapó de la boca. Después se rascó los ojos que se le habían llenado de lágrimas y finalmente sonrió de lado al ver que lo había observado.
-Venga, vete a dormir… - dije mientras yo pillaba una de las mantas de encima del armario.
Eran realmente gordas, y había cuatro. Puse tres en el suelo y las esparcí, no hacían mucho cuerpo pero bueno, era algo mullido. Después cogí un cojín de recambio y me lo coloqué.
-Tom ¿qué coño estás haciendo? – oí a Bill, que ya estaba metiendo en su cama.
Lo miré incrédulo.
-Pues… hacerme mi cama.
-¿Qué? ¿Tú eres tonto? ¿Para esto me has pedido que te deje dormir conmigo? ¡Vente a mi colchón! – casi me obligó. Pero me negué.
-Bill, es cierto que tu cama es algo más grande de lo normal, pero no cabemos los dos ahí ni flipando. Paso, yo duermo aquí, que no es la primera vez… - recuerdo las múltiples apuestas con Gustav y la de veces que había que tenido que dormir en el suelo como castigo. Debería tener unos doce o trece años en aquel entonces.
-¿Pero estás loco? ¿Qué más da? Nos apretamos y punto.
-Paso, eso es la incomodidad en estado puro. Apretujarse no es lo mismo que estar abrazaditos y eso, y supone ir con cuidado de todos los movimientos y todo eso… Paso. En serio Bill, duérmete, yo estaré bien.
-No, no quiero. Me estoy cabreado. ¡Pues dormimos abrazados! ¿Qué importa? Si ya somos amigos con derecho a roce… - ¡Ala! Me había partido en dos.
-Veo que te está gustado serlo… -dije alzando una ceja.
-Es posible. – sentenció. – Va, vente aquí.
-Que no, que a este paso me violas. – dije de coña. Bill abrió la boca indignado.
-Más quisieras tú…
-Tsk… Anda, buenas noches. – y me estiré en mi cama improvisada, dejando a Bill con un golpe en las narices.
-¡Tom! ¡Arg, mira que eres tozudo! ¿Y si hacemos turnos? Yo duermo aquí un rato, y después duermes tú aquí.
Ahora sí que me giré para mirarle bien.
-Vale, el que se ha vuelto loco ahora, eres tú. ¿Qué te cuesta dormirte y ya está? Es muy fácil, verás, te estiras, te tapas, cierras los ojos y respiras profundamente. Creo que es así como uno se acaba durmiendo… Vamos, o eso dicen. – me mofé en su cara.
-Ja ja – dijo secamente. Dejando claro que no le había hecho nada de gracia. – está bien. Quédate en el suelo. Si mañana te duele la espalda horrores, será tu culpa.
-Sí si… Lo que tú digas. Buenas noches.
-…
-¿Bill?
-Sí… Bueeenaas nooocheees. – dijo casi por obligación.
Pero por mucho que lo intentara, no podía dormirme, no por la mierda cama que me había creado, sino, porque… Sabía que lo tenía cerca de mí. Que estaba a apenas un par de metros de distancia, dormido, con su lenta y sonora respiración. Me imaginaba su pecho subiendo y bajando, tranquilo, sereno, y conforte.
Joder, Bill era increíblemente adorable, era precioso, era… Era increíble. Me había cautivado de mil maneras. De dos mil maneras De tres mil…
Me encantaba.
De pronto, agudicé el oído. Se estaba removiendo en las sabanas, seguramente, estaría dando la vuelta o algo por el estilo. Oh dios, me derretía de sólo pensarlo.
Mierda, parezco una tía hablando. Respiré hondo y cerré los ojos, intentando por enésima vez ya, en lo poco que llevábamos de noche, dormirme.
Pero algo me interrumpió.
-Tom… Tom… - algo me llamó en la oscuridad. Más bien, alguien. Bill.
-¿Sí? –dije bajito.
-No puedo dormirme… -dijo lastimero.
-¿Por qué? – joder, por qué me pregunto yo, pero “el por qué se parece tanto a mí”, era el que me mataba.
-Pues porque estás ahí abajo, y yo aquí. Por favor, vente conmigo. Me estás haciendo sentir muy culpable…
Respiré sonoramente, cansado de la misma historia, pero esta vez no repliqué. Simplemente deshice la postura y me quité la manta de encima.
-Eres un pelma –sentencié.
-Me da igual – y le oí hacerme un sitio. Se tiró lo más próximo a la pared que pudo y me metí con parsimonia, algo incómodo. -¿Contento? – dije cansino.
-Sí… -se acurrucó en mi pecho y después… Después le rodeé todo lo que pude, sintiéndome totalmente embriagado por su aroma, por su largo y sedoso pelo.
Y de golpe, las pocas ganas de dormirme, ese “sentirse incapaz de cerrar los ojos” fue desapareciendo, para convertirse en un peso en los parpados, un sueño y un cansancio indescriptible.
De hecho, la voz que me llamaba de nuevo, no me hizo ningún efecto. Sabía que Bill intentaba llamar de nuevo mi atención, pero ahora… ahora no le podía prestar atención. Ahora estaba repentinamente, hecho mierda.
Creo que soñé con él y con lo que me tenía que decir.
Tom, creo que me he enamorado de ti.
Pero sólo fue un sueño.
Sábado - 18 / 07 / 2009
Tom
Bill ya no estaba abrazado a mí, pero su espalda y la mía estaban pegadas a causa de lo pequeña que era la cama.
Me levanté antes. No sé si por el cantar del viento estremecedor, o por el cantar de mi mente. Quizás fueran las pequeñas sacudidas que Bill hacía cada dos por tres a causa del frío, pero no estaba del todo seguro… Lo que sí sabía a ciencia cierta, era que aún era de noche. Por mucho que mirara por la ventana una y otra vez, sólo veía oscuridad. Había mirado el reloj del móvil que había dejado en el suelo como despertador, al menos tres veces en esta última media hora, pero no avanzaba el tiempo.
Y después de haberme dormido como un niño pequeño hacía apenas cinco horas, ahora… Era incapaz.
Ya lo he dicho, quizás es porque yo mismo no me dejo dormir, porque lo mismo, el mundo es tan hijo de punta que me está haciendo preguntarme más cosas cada día, me está haciendo que me plantee una serie de cosas, que yo… Yo creí que jamás ni tan solo vería de cerca.
Los nervios, la incertidumbre, las ganas de salir corriendo, el miedo, el mal estar, los cambios de humor, la alegría, la vergüenza… Y lo cierto es que es un etcétera totalmente infinito. Porque hay tantos sentimientos como segundos tiene el tiempo.
Ahora, yo estaba estriado en la cama. Y claro, alguien que sólo haya escuchado esta frase pensaría ¿Y qué? ¿Qué hay de malo en estar estirado en la cama?
Entonces yo le diría, que había estado abrazando a un hombre, a un chico, a un tío. ¿Sabéis a lo que me refiero? Supongo que no… No todo el mundo está pasando o ha pasado algo como esto que tengo delante de mí.
Porque… porque no puede ser, que tras años y años y años, siempre, y repito, siempre, haya ido detrás de una chica con figura de reloj de arena, y que ahora… Ahora, un chico que parece una tabla de planchar, en cuanto a delgado, plano y cuadrado, me tenga en las putas nubes.
En realidad estoy harto de siempre hablar de lo mismo, de estar cuestionándome lo mismo todo el tiempo, de arder en rabia pura por no poder responderme a tales preguntas, pero…
¡Es que es normal!
¡Es normal! ¡Claro que sí! ¡Y aunque no lo sea… me da igual! ¡Estoy muy afectado por el tema, y no lo dejaré hasta que todos esos espacios en blanco se rellenen! Lo necesito, lo necesito, joder…
Siendo ya las cinco de la mañana, se cumplen dieciocho días que lo vi por primera vez. En realidad eso no es nada, apenas supera un par de semanas, y ya estoy así.
Aún no me creo ni la mitad de cosas que he hecho, ni la mitad de cosas que estoy haciendo, ni que estoy pensando, ni que… ni que nada.
Por ejemplo, aún me parece una puñetera broma lo que pasó con la foto delante de Mario y Andy. O sea, era de chiste. ¡Primero que Mario está loco! ¡Y segundo que Bill también!
Aunque yo no me libro de esa etiqueta, ¿¡En qué coño estaba yo pensando como para aceptar?! ¡Ahora esa prueba quedará en la cámara, e impresa en tinta para siempre! ¡Y es que el de la foto no soy yo, no soy yo! ¡Yo no soy así! ¡Ese es mi… estoo… hermano… gemelo… que bueeeno…! Vale Tom, deja de decir gilipolleces.
Creo que estallaré.
Al cabo de un cuarto de hora más en el que aún no había amanecido, me levanté con cuidado, sacando el edredón y las mantas de encima mío, tan lento y pausadamente como me fue posible para no despertar al bello durmiente.
¿Qué bello ni que bello?
Para no despertar a… la… horrenda marmota.
Sí, eso me gusta más.
Me posicioné con los pies en el suelo y empecé a caminar poco a poco. Se veía perfectamente, ya que estos días la luna estaba enorme y alumbraba demasiado.
Avancé un poco y llegué hasta el baño.
La verdad es que no tenía ganas de ir al baño ni nada por el estilo, pero sí necesitaba alejarme un poco de la marmota. Me colapso con él al lado, o cerca, o sabiendo que está consciente al otro lado del muro, pero como está dormido… Aprovecharé.
¡Oh mierda! ¡Qué rabia no poder controlarme delante de él!
¡Yo debería decir que no, que no, que no, y QUE NO! A todo lo que me dijera, pero cuando está delante… Es, otra historia. Es un mundo aparte. Él mismo me tele transporta a otro lugar del planeta, donde… Donde no hay razón ni mente.
Ese es el problema.
Que este hombre es brujo, y no hay más que hablar.
Haré una caza de brujas y lo llevaré a la hoguera. Entonces, lo ataré a un palo y le pondré paja, muuucha paja, y le prenderé fuego. Sí, y así se acabaría mi problema. No mas magia, no más preguntas existenciales sobre qué es lo que me gusta.
…
Joder, ¿de qué me sirve pensar estas cosas si después llego a la irrefutable conclusión de que saltaría en medio del ardiente fuego y lo sacaría de ahí en medio? ¿De qué me sirve pensar que puedo apartarlo del camino de una manera dolorosa, para que se joda, y vea como lo estoy pasando yo, si se que en cuanto se pincha con una aguja me dan ganas de cargarme al inventor de esta?
¡¿De qué sirve?!
¡De nada! ¡Sólo para hacerme sentir más imbécil y estúpido! ¡Más vulnerable y frágil! Más hecho mierda.
Eso es lo que demuestro, que estoy hecho mierda y que estoy empezando a caer en todas las fantasías adolescentes del amor y blablablá.
Ecks, amor. ¿Pero qué hago yo pensado en esto? ¡Qué hago yo!
Me posicioné delante del espejo y me miré. Tenía las rastas recogidas en una coleta baja y apenas un pañuelo atado por debajo de estas. Mi rostro pálido como la tenue luz que entraba por la alta ventana del baño, se mostraba desnudo ante mi reflejo, al mismo tiempo que mi reflejo desnudo se mostraba ante mí. Se me veía cansado, fatigado, ofuscado y decepcionado. Se me veía en las ojeras, en el ligero descenso del final de mis labios, como si se tratara de una mueca de dolor interno. Aunque realmente, de eso es lo que se trata, de un sufrimiento totalmente psicológico que empieza por un cosquilleo extraño en el estomago, sigue por no dejarte dormir y acaba… No sé cómo acaba, y tengo miedo a descubrirlo.
Abrí el grifo apenas un poco y puse las manos debajo del minúsculo chorro que caía desde él. En cuanto mis manos hubieron adoptado la forma de un cuenco y hubieran recogido un poco de agua me la tiré en la cara, para despejarme, para levantar un poco el ánimo y estar más despierto, aunque dentro de un rato volviera a intentar dormirme. Pero en cuanto mi cara tocó el agua casi me dieron ganas de saltar y chillar.
¡Mierda, estaba congelada!
Me aparté instintivamente y el poco agua que aún quedaba en mis manos cayó en picado hasta el suelo. Agité las manos y fue peor, porque el movimiento hacía que el aire tocara mis dedos y los congelara más, así que fui hasta la toalla/papel más cercano que hubiera y me sequé rápidamente.
Cuando estuve seco del todo, no supe calificar qué era lo que estaba más frio, si mis manos o mi cara.
Suspiré sonoramente y después me rasqué en la nuca. Mi vida se estaba convirtiendo en una puta locura.
Di un par de pasos y me puse en el umbral de la puerta. Apoyé una mano en el marco de esta y me puse mirando hacia fuera, hacia la cama de Bill, hacía él.
Me dediqué a observarlo, una vez más, sin que este lo supiera. Y me empecé a preguntar cuantas veces había hecho lo mismo en el poco tiempo que lo conocía. Si no me equivocaba, iban ya, unas tres…
La sábana subía y bajaba y se oía una leve respiración.
-Joder, es que dan ganas de comérselo… - dije susurrándole al aire. Y cuando acabé de pronunciar tal frase, me quedé pensativo, aunque sabía perfectamente no pensaba retirarlo. Me cago en la puta. - Jodido amigo con derecho a roce… - maldecía, de nuevo en voz “alta”.
Otro momento total de desvarío. ¿Amigos con derecho a roce? ¿Qué coño había sido eso?
Yo sólo sabía que en aquellos momentos, en los que acepté serlo, mi cabeza estaba en otra parte. En cuanto quedamos tapados por el edificio del comedor, todo lo que tenía a mi alrededor se fue difuminando. Y es que una vez estoy asolas con él, sin que nadie nos pueda ver, mi atención, va sola hacia Bill. Mis ganas de mirarle, de tocarle y incluso de besarle, aumentan en segundos.
Y eso me había pasado ayer. Yo, estaba tan perdido en la mirada del moreno que las palabras que decía, dejaban de tener sentido.
Su roce, sus brazos, su calor, su… su todo, me estaban empezando a volver loco. Y en aquellos momentos, no sé en qué coño estaría pensando, pero de seguro que no era del todo consciente de ello. O quizás es que aún siendo consciente, no quería frenar el momento.
Igual si que quiero ser más que amigos, besarle. Quizás… por no decir seguro.
Jamás me había pasado esto. Estoy como en una dimensión totalmente desconocida. Cada sentimiento nuevo, me llena de incertidumbre.
¿Qué coño es esto que hace que no quiera apartar mi vista de ese chico, tapado hasta arriba, de la cama? Dios, lo he pensado tantas veces que ya se me hace hasta repetitivo.
Me desapoyé del marco de la puerta y con la cabeza baja y rascándome el bajo vientre deslicé mis pies por el suelo, hasta llegar al escritorio.
Me senté en la mesa y respiré profundamente.
Delante de mí se abría paso la ventana, que con retirar un poco la cortina, me mostraba el cielo.
Un cielo oscuro, que pronto daría un amago de morir, para finalmente, dejar de existir para ser substituido por el alba.
Las estrellas, de momento, brillaban fuertemente, parpadeando y perdiéndote en su ser.
Después de analizar cada una de las que tenía al alcance, posé mi vista hacia abajo, chocándome contra la madera del escritorio.
Y en él, unos dibujos. Unos cuantos dibujos. Ceras, carboncillos, pinceles, gomas, hojas en blanco, pinturas, lápices… De todo. Incluso el agua de limpiar los pinceles, en el vaso.
Después, una foto, tamaño DIN A4, de folio normal, apoyada al lado de la ventana, y en la cual aún no había reparado, llamó mi atención.
Éramos nosotros dos.
Era LA foto, para ser más exactos. Aquella que Mario nos había hecho el miércoles anterior. Bill mirándome con cara de zorrona, yo mirándole con deseo, mientras me cogía de la camiseta, y yo le agarraba toda la pierna, casi tocándole el culo.
Oh dios, qué calor… Y cómo me estaba poniendo la puta foto. Jodido Bill, que me tienes pillado por los huevos totalmente.
Volví a dejar la imagen imprimida apoyada en el mismo sitio, y de nuevo me concentré en los dibujos.
Me quedé de piedra.
Había como unos 6 dibujos hechos. Con diferentes técnicas, con diferentes escenarios, pero con algo en común. Los modelos siempre éramos Bill y yo.
La madre que lo parió.
El primer dibujo, era una réplica exacta de la foto. Quizás más cerca incluso de lo que ya estábamos en aquel momento. Se veían perfectamente nuestras fracciones, y eran exactamente las que habíamos puesto, esa cara. Qué bien dibujaba el cabrón.
Otro dibujo era una cosa totalmente inventada. Éramos nosotros dos, en mi cama, estirados. Como lo que habíamos vivido hoy noche, pero ambos despiertos, como si también se tratara de un fotomontaje. Y esto se repetía en el resto de dibujos. Cada uno más perfecto respecto al anterior.
Sentía que se me estaba formando unas cosquillas en el estomago que no sabría identificar exactamente lo que me producían, pero más de una sonrisilla se me escapó al ver estos dibujos.
En uno de ellos, salía yo solo. Sonriente, y mirando fijamente “a cámara”.
A sí que Bill se dedicaba a dibujarme cuando no sabía qué hacer. Tiene huevos. Seguro que le gusto. Eso de que tenía novia era una trola para liarse conmigo.
Y por último, el dibujo final éramos otra vez nosotros dos. Estábamos como en la oscuridad, y joder, nos estábamos besando.
Fue el día del comedor. Bueno, el día de detrás del comedor.
Parecía que nos estuviéramos cogiendo con fuerza, como si algo nos quisiese separar, y estuviéramos evitándolo. ¿De verdad le cogía yo con tanta ansia aquel día? Con ambos brazos, rodeándolo, aprisionándolo contra mí, contra mi pecho, aceptando mi tacto. Me estaba subiendo la temperatura de sólo acordarme.
La verdad es que besaba genial. Pocas tías he besado que besaran igual que él.
No podía apartar la vista del dibujo. Era realmente perfecto. Busqué el móvil, y buscando el flash, le saqué una foto. Recé por no haberle despertado.
-Humm… - oí de fondo. Bill estaba remoloneando. Quizás habría sentido el flash.
Me quedé atento, por si volvía a decir algo, pero no. Dio un par de vueltas en la cama y después volvió a permanecer en silencio, entre sueños.
Y como si de un imán se tratara, mi vista de nuevo fue dirigida hacia aquel trozo de hoja pintada, de n***o carbón que hipnotizaba como el encantador prendaba a la serpiente con su música.
De pronto, algo me llamó la atención. Algo en la firma. Después de esa enorme B de Bill, garabateada con el resto de sus letras casi ininteligibles, había una frase. Bueno, dos palabras. No sabría decir qué ponía porque desde luego eso no era inglés, y mucho menos alemán. Parecía hasta impronunciable. ¿Qué coño ponía ahí?
Y como buen zopenco que era, intenté decirlo.
-¿Te… Te… Te quiigro? – mi cara debía ser de cuadro. Estaba claro que eso sonaba a chino. De hecho, habría jurado por sólo la fonética, que lo era, si no fuera porque era evidente que no seguía siendo nuestro alfabeto. - ¿Te quiigro? – volví a repetir. Por si por segunda vez sonaba mejor que la primera. ¡Dios, qué feo! Sonaba igual de mal.
Guardé los dibujos, apilados, en una esquina de la mesa, y mientras los estaba poniendo bien se me cayó otro al suelo.
Enseguida me agaché a mirarlo. Tuve que parame a mirar detenidamente el suelo, porque aunque la luna alumbrara muchísimo, el folio blanco se escapaba de mi visión nocturna.
Al cavo de poco lo encontré y lo sostuve entre mis manos.