Capitulo 28

4972 Words
Un mal presentimiento me recorrió la espina dorsal. ¿Y ahora, qué me quería decir? ¿Qué quería remarcar de aquella conversación? Se me puso el vello de punta. -Creo que voy ganando la apuesta....–soltó divertido. -¿Qué? ¡¿Pero qué dices, chaval?! ¡No flipes! –solté alarmado. -Eh eh, pero no te enfades. – soltó medio serio, dando a entender que realmente no se trataba de un “a ver quién puede más.” -Es un juego, es por diversión. En serio, no quiero que te cabrees – y creo que el entrecejo fruncido se suavizó, de tal manera en que se me enternecieron los rasgos. ¿Un juego? ¿Un puñetero juego? Eso pintaba mejor ¿no? -No lo conseguirás… De hecho eres tú el que se está pillando por mí. A demás, muy pillado, he dicho. – dije con una sonrisa socarrona, y triunfal. -Yo no soy el que me empotra contra la pared y me mete mano bajo la camiseta… -me recriminó con una mano alzada. ¿Era su lengua lo que se paseaba lentamente entre sus dientes? Claro… Hubo un segundo que le vi un destello en medio, un piercing, el piercing. Me quedé callado. Me cago en la puta, me tenía pillado por los huevos. Va, piensa en algo, rápido. ¡No podía ser que una nenaza como Bill te superara en esto! -El alcohol me puso tonto, y con ese pelo de tía ya no sabía ni a quién tenía delante… ¿No ves que cuando me he dado cuenta que no tenías tetas ha sido cuando he frenado? ¡Qué no sabes interpretar los gestos! Ai, pobre Bill, que se está enamorando de mí… - y le di un golpecito en su nariz.- Qué lástima. Y dicho esto Bill no contestó nada, pero más que eso, parecía que se estuviese reservando lo que quisiese decir. Algo con lo que contraatacar. Pero antes de nada, me despedí de verdad. -Bill, llego tardísimo. Me voy, ya. – y saludé con la mano, diciendo adiós. Pero me vino una idea a la mente que me hizo sonreír… Puse vez melosa y juguetona. - O bueno… ¿Quieres que me despida del palo marido y mujer? “Cariño… ¡me voy a trabajar…! Dame un besoo” –le reté. Lo que no sé es por qué coño le reté. ¿Qué coño espero que me diga? ¿Qué no? ¡Está claro que aceptará! Me maldije mil veces por no pensar antes de actuar y esperé con el rostro encogido la respuesta. -Anda lárgate, que aún estas delirando… -dijo sonriendo y negando con la cabeza. Y entonces lo miré sorprendido. ¿Qué? ¿Porqué no me dice que sí? ¡No me lo puedo creer! Creo que… ¿yo estaba refunfuñando? Juro, que pensé que me diría algo en plan “pero si no te atreverías chaval, ahora así en frío… Imposible”. Lo cual, habría secundado yo en mi propia mente, pero que por no quedar mal… Le había vuelto a besar, cerciorándome de que realmente, no era cierto eso que acababa de pensar. Vale, me he hecho un lio. ¡Ah! ¡Qué alguien me explique lo que pasa! -¡Espera! ¿Te devuelvo la manta? – he hizo una ademán de quitársela. Me lo pensé unos instantes. -Nah… Es muy suave y abriga bien, y a ti te hace más falta que a mí, ya que ahora, no la voy a necesitar, así que… Te la dejo, pero mañana mismo me la devuelves, ¡eh! -Sí sí. -Y ahora que estás solo todo el día piensa en cómo puedes hacer para recuperar a tus amigos. – el tono de a voz me cambió por completo, y ahora, es como si le estuviera hablando a uno de esos alumnos que no se dejan hacer nada, y que hay que tratarlos como si fueran especiales, melosamente y con un comportamiento comprensivo. La única diferencia, era que con Bill, me gustaba ser así. - Por lo que me has dicho, lo de tu ex es algo que has de dejar el tiempo, así que tu no la agobies. Déjala que piense, es justo lo que ella te ha pedido. Y sobre Georg… Mira, cuando ensayemos, le preguntaré sutilmente, qué tal está contigo, y ya te digo qué puedes hacer con él, ¿vale? Pero también tienes que dejarle tiempo. No es fácil. Y por último… Ashley. Con ella aún no has hablado que yo sepa, así que ve a hacerlo.- y el rostro de Bill se había oscurecido mientras hablaba, pasé mi dedo por debajo de su barbilla y este me miró, sorprendido – lo último que puedes hacer, es encerrarte como un bicho, sin hacer nada para remediar lo que te pasa. Bill asintió y sonrió desde un punto bajo. Y casi sin quererlo, le di un beso en la mejilla y le dije adiós. Este me miró de golpe, sorprendido, y se puso una mano allá donde había depositado mis labios. Después se despidió de mi con la otra mano, y le leí en los labios: “hasta mañana”. Vale, alerta roja total. ¡Me estoy volviendo Maricón! ¡Amariconado del todo! Las ruedas del coche iban devorando cada curva con total facilidad, y mi volante controlaba toda la carretera, sin dificultad, demostrando el precio que tuve que pagar por él, y el tiempo que estuve ahorrando, como un puto crío, en una hucha de esas que para sacar dinero o la rompes o no hay forma (es que si tenía agujero, seguro que habría sacado dinero a la mínima). Puse mi música a tope e intenté concentrarme en las letras, en cantarlas bien, en la música, ¡en lo que fuera! Algo que no tuviera que ver con nada que no fuese… sí, el pesado de Bill. Hacía ya una hora que había salido de las carreteras más próximas al campamento y aún no me entraba en la cabeza todo lo que estaba pasando. Juro que me sentía más perdido que un pingüino en un desierto. ¡Y no quiero poner una expresión graciosa, porque esto es serio! ¡Pero una comparación tan bestia, como para equiparar lo que ahora miso siento no existe, es imposible! Me encantaría saber qué cojones sucede, por qué de repente actúo de esta manera, y porqué, una vez ya haberla cagado, y haberme dado cuenta de que lo he hecho mal, lo repito. Que eso es lo que más me fastidiaba, lo que menos entiendo, lo que más me saca de mis casillas. Este año pensé que sería otro verano más, con más críos que cuidar, con las mismas babas cayendo de sus caras y con los mismos adolescentes repelentes, que te ponen de los nervios. Y joder… ha resultado ser casi todo lo contrario. Lo que menos me preocupan ahora son los críos o lo que puedan hacer los adolescentes. Y de hecho, todo esto es tan surrealista que es ¿atrayente?, a la vez que da miedo. Ya lo digo, esto es imposible atribuirle un nombre a todo esto. Miré la hora; las nueve menos cuarto. Estaba a menos de media hora de llegar a Düsseldorf, lugar dónde los iría a buscar. Ayer, me llamaron diciéndome que los muy gilipollas habían hecho un crucero por el mediterráneo que salía desde Italia y volvía dando la vuelta hasta de nuevo Italia, y para volver tenían que coger un avión hasta Hannover y de ahí un tren hasta Düsseldorf. Hay que ser memos, ¡representa que hay que mirar todos los puntos clave de la ida y de la vuela! No sirve de nada que sea más barato o no el viaje. A saber cuánto les ha costado los dos billetes de tren. Deben de ser unas tres horas, o dos y media. Pero igualmente será caro. Cómo Düsseldorf me lo conocía perfectamente, decidí aparcar en mi casa (se me hacía muy raro estar en casa en medio de julio) e ir andando hasta la estación, que aunque me pillarla un poco lejos, no me importaba, me iba bien caminar. Una vez salí por la puerta de mi bloque, con dinero en los bolsillos y el móvil, me compré un refresco en el bar de al lado. De hecho, conocía a todo el mundo, y todos me saludador, también extrañados de vermes por aquí. Caminé con tranquilidad, de seguro que hasta las once o así, no llegaría su tren, e igualmente me llamarían antes para saber yo, por dónde iban, y en qué vía estaban. Miré al cielo y me di cuenta que los nubarrones que había visto desde el campamento. Ahora mismo ya habían llegado a mi altura, tapando todo el azul claro del día, entregándonos un color gris oscuro que anunciaba lluvia. Genial, odiaba conducir lloviendo. Aminoré la velocidad de mis pasos y entristecí el rostro. Después de estar una media hora sin pensar en él, me vino a la cabeza la imagen de Bill, y me pregunté qué podría estar haciendo en estos instantes… Bill No era excesivamente pronto, de hecho ya era hora de haber acabado de almorzar… Pero como era evidente, ni se me había pasado por la cabeza ir, no tendría dónde sentarme; No me podía poner en la misma mesa de Georg, ya que quien sabe, igual se le escapa el cuchillo, y la verdad, prefería seguir viviendo un par de añitos más… El resto de mesas estaban llenas, a excepción del sitio de Tom, que era la mesa de profesores, donde no pintaba una mierda y se me quedarían mirando raro. A más, estaba Dawn. Así, que o comía en el suelo, o no comía. De nuevo mi móvil volvió a sonar, sacándome de mis casillas, y poniéndome de los nervios. Era la quinta llamada esta mañana. ¡Y eso que era a primera hora! Ashley me buscaba, estaba seguro. Y yo no… no quería hablar con ella aún. Muy en el fondo, yo no sabía si ella había o no lo había, contado adrede. Aún más de hecho, ni siquiera sabía si había sido ella la que había contado todo, pero como nadie nos vio y era imposible que Georg desconfiara tanto de mí como para poner a Ash de cebo. Sólo cabía la posibilidad, de que ella lo hubiera contado… Y me jodía tanto pensar así de ella. ¿Pero quién sino? De todas formas, esta mañana, había amanecido nuevo, diferente, sin ser yo realmente. Aunque realmente no se le podía llamar “amanecer” ya que no había dormido, pero igualmente… No sabía que me pasaba, las lagrimas que me había tragado y soltado, el día anterior parecían agua de otro otoño, de hace mucho tiempo. Y era por culpa de Tom, mi rubio con rastas, me estaba volviendo loco. Lo más increíble era saber que me había besado y rechazado dos veces consecutivas, y yo aún tenía una sonrisa en el rostro al recordarlo. Ayer a la noche, en cuanto se fue, me cabreé. Me cabreé muchísimo porque me fastidiaba que me hubiera besado. ¡No quería que me besara! ¡Sólo faltaba que encima me pasara esto! Si Tom me besaba, podría llevarme simplemente a estar aún más pillado de él si cabía. Aún me gustaría más y más… ¿Y qué hacía yo, si cada vez me gustaba más y más? Tenía que olvidarme de él. ¡Me había rechazado! Y a más, claramente. Porque aunque ya hubiese admitido que me gustaba mucho Tom, y no solo eso sino que estaba… e…enamorado… Pupues… Una vez, haberme dado cuenta que él no quería nada de mí, pues no me servía de nada. No quería besarse conmigo, no quería nada de nada. Pero después le di más y más vueltas al tema, (para variar) y bueno… Llegué a la conclusión de que ¡era él quién me había besado! ¡Yo no le había incitado! ¡Simplemente nos habíamos caído al suelo! No más. Y había sido él. Él había iniciado el beso, él lo había continuado… Una sensación increíble se revoloteó en la boca del estomago una vez más al recordar su increíbles manos tocándome la cintura, levantándome la camiseta con avidez y con experiencia. Incluso con rudeza, una rudeza muy… muy pero que muy masculina. Y a mi pesar… algo que me puso mucho. Mucho, muchísimo. Y aunque después, se hubiera dado cuenta de que con quién se estaba besando, no era nada más ni nada menos que con un chico, pues estaba claro que paró. ¡Él pobre está confundido! ¡Seguro! Las palabras que Georg me dijo antes de entrar en el lago, parecían cobrar un sentido que ni yo mismo me habría imaginado nunca que llegarían a tener. Tom está igual que yo. Y eso me puso feliz esta noche. Tanto que no he podido dormir, ni estar tranquilo, de hecho, creo que no he tenido tiempo ni de sentirme cansado, estaba en las putas nubes soñando con que realmente me podía corresponder. Y quería comprobarlo. ¡Estaba con la moral por los aires! ¡Y necesitaba saber, si realmente volvería a intentar besarme! ¡Lo necesitaba! ¡Y si no lo hacía ya, no podía esperarme al día siguiente a que viniera con sus amigos! Lo mismo ni siquiera sería capaz de lanzarme delante de ellos, o ni siquiera ni teniéndolos delante! ¡No sería capaz! ¡Habría pasado demasiado tiempo! E imagino, que estas repentinas e inexplicables ganas de estar saltando por toda mi cabaña, se esfumarían en cuanto pensara un poco más. Sí, a veces era mejor actuar sin pensar ¿no? No me importaba. Quise volver a saber si me rechazaría, e imaginando que tampoco estaría durmiendo, salí a las cinco de mi cabaña, chocando de golpe con un aire congelado de fuera. La linterna que Tom se había olvidado me sirvió de amiga y de guía hasta que sobre las seis y algo, máximo y diez, ya había llegado y estaba empezado a asomar el alba entre la hojarasca de por encima de los árboles. Pero me decepcioné tanto cuando después de llamar y llamar no me contestaba. Creo que me entró rabia, primero por pensar que no me quería abrir. ¡Y segundo por llegar a la conclusión que ya se había ido! ¡¡Necesitaba verle!! Tenía ganas de llorar y todo. Y tanto lo necesitaba, que me entró de nuevo el Bill suicida que sólo aparece en situaciones extremas, ya sea como para perderse en medio del bosque, como para escalar hasta su ventana al menos unos largos cuatro metros. Que en verdad parece que no es nada, pero joder… Y mierda… Qué gran chasco al no verlo. Cómo se me ha encogido el corazón (cosa que creo que casi nunca me había pasado) al ver que esa gran cabaña, perfectamente adornada, se encontraba vacía y sin vida. Pero nada que no me haya impedido entrar en ella, y casi sin poder evitar, olerle las sábanas al meterme en su cama, desecha y aún caliente, e incluso cogerle esa manta que estaba en un cajón medio abierto, y que tenía una pinta de abrigar muy bien. Pero un ataque repentino de esperanza, hizo que volviera por dónde había venido, con la sensación de que me lo encontraría en algún lugar. Porque algo me decía que aún no se había ido, que seguía caminando entra toda esta tierra seca y oscura llena de hojas y piedras. Y madre mía, que vuelco me ha dado el corazón cuando he visto ese gran coche, a un nivel encima de mí, en la carretea. ¡Primero saludé porque no sabía ni quién era! Pero más tarde, me di cuenta que se trata de él, sólo de él. Con unos nervios increíbles, me había subido a su coche, y había ingeniado mil planes suicidas sobre cómo volver a lanzarme encima. ¡Era ahora o nunca! Al menos, yo sabía que tenía bastante tiempo hasta llegar a Düsseldorf, y me daría tiempo de pensar los puntos clave del plan. ¡Pero no pensé que me dejaría de nuevo en mi cabaña! Me entró el pánico y de una manera, casi inimaginable, con una introducción, un tanto extraña, le he besado. ¡Sí, le he besado! ¡Yo a él! ¡¡Aún no me creo que lo haya hecho!! Me parece… increíble. Pero dios… Me ha correspondido. ¡Lo ha hecho! ¡LO HA HECHO! ¡Tenía unas ganas impresionantes de saltar y de correr, y de dios! ¡Madre mía, de gritarlo por todas partes! ¡Tom! ¡Tom me había correspondido! Me sentía tan jodidamente libre y pasional y de una manera tan ¡Inexplicable! El corazón me latía fuerte de sólo acordarme de su olor y una descarga eléctrica me llegaba a la entrepierna dejándome con un calentón de par de narices. De pronto, reparé en la puerta del baño. Todas y cada una de las veces que había entrado en el baño, había visto esa puerta tan pintarrajeada y llena de grafitis y dibujos extraños dónde, seguramente quedaría grabada para siempre, esa huella de todos los que, al igual que yo este año, habían pasado ahí un mes de su vida. Y se me ocurrió la fantástica idea de coger un rotulador permanente y querer escribir. ¿Por qué no? Era una gran manera, anónima, de expresarme si quisiese, poniendo lo que yo quisiera. No me anduve con rodeos y cogí de mi estuche, ese gran rotulador n***o, y me encaminé hacia la puerta. La abrí y me coloqué dentro del baño, cerrando, y quedando justo en la parte pintada de la puerta. Destapé el artefacto pintor, y escribí en grande: ¡¡Me he liado con Tom!! Miré mi obra de arte y respiré fuerte, sabiendo que ahí quedarían para siempre los sentimientos de esta mañana tan jodidamente llena de sensaciones, raras e increíbles, que me estaban conduciendo sin previo aviso a la locura más sublime e increíble. Pero de repente, reparé en el resto de escritos, en el resto de marcas que se habían quedado paradas en el tiempo. Algunos tenían la fecha y todo. “¡Madre mía, que bueno está el profesor de los pequeños, Tom!”, este era de hacía dos años, “¡¡Casi me follo a Tom!!”. Este de hace tres años, “¡¡DIOS!! ¡¡Me he follado a Tom tres veces!!” del verano pasado. “La madre que lo parió… qué bien folla joder… ¡Puto Tom!” de hace tres años de nuevo. Mi boca llegaba al suelo. No podía creerme lo que estaba leyendo. ¿¡Pero que coño hacía Tom todos los años?! ¡¡Porque eso de dar clases, lo dudo!! ¡No veas el tío! ¡¡Liándose con todo dios!! No me lo podía creer. Ahora que lo pensaba, ¿estas cabañas no eran nuevas? ¡¿Porqué mierdas están escritas?! De pronto me entró vergüenza de mi propio mensaje, del cual hasta hacía menos de dos minutos estaba bien orgulloso y feliz, e inmediatamente quise borrarlo. Toda la alegría que se me había formado en el cuerpo, se me había esfumado como si de una vela se tratara, que recién había sido soplada y apagada. Lo taché de una forma un tano tonta, porque aunque hubiera una línea oscura por encima, que era mi tachón, que dificultaba la lectura, esta, se leía perfectamente. Imagino que no quería que desapareciera del todo. Al fin y al cavo, soy importante, porque fijo que todas estas cosas escritas, estaban hechas por chicas, y que yo era el primer chico, (“y el único” pensé, un tanto ¿celoso?), al que había besado. Y a más a más… ¡¡Correspondido!! ¡Sí, estoy alterado! ¡Y FELIZ! ¡¿Qué pasa?! ¡Tengo ganas de salir volando! Y después de la euforia, venía la recaída. Ahora… me sentía como un mierda. ¿Qué hacía yo, dando saltos de alegría, cuando no hacía ni un día, que la había cagado tantísimo con Georg? ¿Es que acaso yo no tenía sentimientos realmente? ¿O es que soy tan jodidamente egoísta, que con conseguir todo lo que yo quiero, deja de ser importante el resto de cosas? ¿Es eso lo que soy? ¿Un mierda egoísta que sólo mira por sí mismo? El problema de Dawn prácticamente ya estaba solucionado. Porque, Tom, me había abierto los ojos en dos segundos. Me había dicho de una manera rapidísima, más o menos lo que podía hacer en cada caso, tanto con Georg, con Ash y con ella… Y ella me pedía tiempo, un espacio de días o incluso de meses para recapacitar y olvidarse de mí. Y yo no era quién para negarle nada. Me limitaría a mirarla a lo lejos. Echándola de menos como a nadie y esperándola. Pero no más… No más. Al fin y al cavo, era eso lo que ella quería. Me senté en mi cama, y con lentitud me fui estirado, sintiendo el frío que me daban sus desordenadas sábanas, que aún estarían húmedas. Nada más haberme calmado un poco desde la ida de Tom después del primer beso, me había metido en la cama, totalmente empapado, y había intentado dormir. Sin conseguir nada. Os podéis imaginar que me masturbé como un gilipollas, y eso que me había jurado desde el dia de las canciones, que no volverá a hacerlo jamás. Pero la verdad es que ocurrió como unas cuatro o cinco veces… Estaba tan caliente por la fiebre, y tan ido, que la primera vez que me había masturbado esta noche, casi ni la recuerdo. Una de ellas, fue en los viajes al inodoro; Yo estirado en el baño, viendo salir un poco de agua por esa ducha por la que nos habíamos peleado, y sintiéndome cansado de mi propio movimiento de mano. Respirando con lentitud y con esfuerzo, sonoramente, y con algún espasmo que me hacía retorcerme unos segundos hasta calmarme. Pero después de media hora, volvía a tener un problema entre los pantalones que no me dejaba seguir sin habérmela machacado de nuevo, pensando en Tom, recordando el puñetero juego de esos labios con un piercing en un costado, con ese manejo de todo, y esa… rudeza. Dios, como me ponía estar tan ¿dominado? Vale, acabo de quedar como un puto sometido, sadomasoquista o algo por el estilo pero… ¿Me ha gustado? ¡Sí, me ha gustado! Tom me estaba controlando como a una puta marioneta. Pero una marioneta que tenía sentimientos y que se le aceleraba el corazón, de solo recordar la firmeza de las manos, de su marionetista rodeándole la cintura… Arg… Puto e increíble Tom. Cómo te… te… -Te quiero…-susurré. Tapándome la cara enseguida, avergonzado de solo haberlo dicho en voz “alta” – AAAAHHHH – grité, de los nervios, negando con la cabeza. Intenté pensar en otra cosa. Pero como era de esperar, no se me venía otra cosa a la cabeza. ¿Qué estaría haciendo ahora? Me encantaría estar con él. Tom Estaba dentro de la estación. De hecho, ya llevaba un buen rato ahí metido. Me gustaba la estación de trenes central de Düsseldorf. Era enorme, era un gran edificio de una sola planta, muy ancho, dónde debajo, en una zona subterránea, había decenas de líneas de metro y tren. Había azafatas, por todas partes, e incluso había tiendas tanto de ropa, como de suvenires. No podían dejar de lado, esos restaurantes de comida rápida, ni esos mini bares dónde sentarse a tomarse el café antes de un largo viaje en tren, hasta dónde quisieras ir, y esos kioscos donde estarían todas y cada una de esas revistas, que te compras habitualmente. El suelo parecía de mármol, era reluciente y brillaba a causa de todas las luces. Algunas paredes eran de cristal y de una tienda, podías ver la otra. Había bancos dónde se sentaba la gente a esperar, y miles de televisores colgaban del techo, anunciando los trenes que estaba a punto de llegar. Había la zona de trenes de cercanías y la zona de trenes de larga distancia, y las indicaciones de dónde se encontraban las vías estaban en varios idiomas. Yo, en teoría, no podía bajar a la zona de las vías porque no tenía ni billete ni nada, pero como siempre, yo tenía a un colega que me dejaría bajar a ver a mis maricones. La verdad es que estaba medio eufórico por verlos, no me podía ni creer que los viera en medio de Julio, y sin embargo aquí estaba, esperando para recogerlos, traerlos de nuevo y enseñarles mi campamento odiado. Y lo más seguro es que les presente a Bill, y que, al menos, a uno de los dos, les guste. Pero bueno, me conformo sabiendo con que están juntos y se quieren demasiado como para separase e ir a por Bill. Bill solo juega a juegos de maricones conmig… Sí, conmigo. Punto. Y no quiero ni saber porqué pienso esto, pero no hay más. Me encaminé a uno de los múltiples kioscos y rebusqué todo lo que tenía en los bolsillos. Encontré cinco euros en monedas y veinte en billetes de diez. En fin, me sobra para comprarme algo mientras hago tiempo. Paseé mi vista por todas los productos de lectura que habían y encontré un gran surtido de revistas juveniles, para locas adolescentes, o cosas por el estilo. También encontré revistas de música como la RollingStone, y una gran y tentadora variedad de revistas sobre coches. Periódicos y diarios de mil marcas diferentes, con diferentes opiniones políticas sobre el mismo asunto, revistas de cotilleo, de marujeo total, y de prensa rosa, cosas incluso sobre la natura, las especies en extinción, el National Geographic, y por último… Las revistas, porno, ese apartado que se encontraba en lo más alto del escaparate de revistas, lejos del alcance de los niños y con títulos obscenos, con muchos pechos sueltos y rubias despampanantes en las portadas. No me lo pensé nada y me pillé tres revistas diferentes, en una salía una pelirroja, en otra salía la típica rubia, y en la última salía una morena, con una nariz respingona como la de Bill. Se las tendí a la dependienta con una sonrisa en la boca y esta me miró alarmada. Cogió las tres revistas casi con asco y creo que hasta me cobró más. Diez euros casi se lleva la cabrona. Pero bueno, me era igual. Me las puso en una bolsa y con la misma sonrisa con la que se las di, se las cogí, saliendo enseguida de ahí. Aún me quedaba una hora o incluso más para que llegaran y decidí sentarme en un bar-restaurante a mirarme las revistas. Me importaba una mierda lo que la gente pensara, ni tan sólo reparé en ponerme en una mesa un tanto alejada, o escondida. La primera que vi libre, la primera que cogí. Era un sitio de buen ver, así que no te levantabas tú a pedir, sino que te venía el camarero a pedirte nota, aunque solo quisieras una botella de agua. Así que me senté y me quité las gafas de sol (cosa imbécil, que no sabía porque las llevaba, porque estaba nublado), dejándolas sobre la mesa. Miré un poco el local y pude ver que estaba bastante lleno y supuse que la camarera tardaría bastante en llegar, así que no perdí el tiempo, abrí la primera revista, y empecé a mirar. La verdad es que las pelirrojas me ponían bastante, y lo cierto es que la de la portada se merecía un premio, estaba buenísima. A ver quién era el guapo, que le decía que no, pero… pero… ¿Por qué coño le veía peros? El resto de chicas que salían en esa misma revista no eran tan guapas y fogosas como ella. Así que enseguida me fui a la de la rubia. No sabía por qué, pero la de la morena me daba un poco… de tiricia y miedo. La jodida rubia también estaba de puta madre, y a más esas me ponían que lo flipas. Empecé a pasar páginas y el primer y muy extenso reportaje de fotos era de ella, tenía unos ojazos azules de la hostia y unas tetas que no me cabrían en la mano. -UUUUUAAAAAAHHHH… - y un bostezo salió de mi boca. ¿Qué? ¿Un bostezo? Nononono… ¡¡Yo no puedo bostezar con una tía semejante delante de mis narices!! – UUUAAAAAAHHH… - y volví a bostezar de una manera más prolongada y larga, que me estaba aponiendo de los nervios, cerrando los ojos y sintiéndolos lagrimosos. Mientras bostezaba, pegaba a la mesa con rabia. ¡Me cago en la puta! Seguí mirando la rubia mientras me quitaba las mini lágrimas, que se me habían formado en los ojos, y me los froté. La verdad es que parecía gilipollas mirándole las tetas, muy concentrado, con las manos en el paquete, atento a cualquier señal de aumento. Entrecerré los ojos más para concentrarme en los pezones de la tía y me apreté un poco con las manos. No. Nada. ¡Nada! -Joder… Joder… - me quejé, desesperado ya. -Dígame. ¿Qué le pongo? –una voz suave y seductora sonó detrás de mí. Giré la cabeza para ver de quién se trataba, y me encontré con una chica bastante alta, de piel negra y con unas curiosas trenzas larguísimas teñidas de rubio ceniza. Resaltaba muchísimo ese color con el de su piel y se me dibujó una sonrisilla. Esta me miraba con una ceja alzaba y esperaba atenta a ver qué le pedía para tomar.
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