Capitulo 29

4504 Words
Tom Estaba dentro de la estación. De hecho, ya llevaba un buen rato ahí metido. Me gustaba la estación de trenes central de Düsseldorf. Era enorme, era un gran edificio de una sola planta, muy ancho, dónde debajo, en una zona subterránea, había decenas de líneas de metro y tren. Había azafatas, por todas partes, e incluso había tiendas tanto de ropa, como de suvenires. No podían dejar de lado, esos restaurantes de comida rápida, ni esos mini bares dónde sentarse a tomarse el café antes de un largo viaje en tren, hasta dónde quisieras ir, y esos kioscos donde estarían todas y cada una de esas revistas, que te compras habitualmente. El suelo parecía de mármol, era reluciente y brillaba a causa de todas las luces. Algunas paredes eran de cristal y de una tienda, podías ver la otra. Había bancos dónde se sentaba la gente a esperar, y miles de televisores colgaban del techo, anunciando los trenes que estaba a punto de llegar. Había la zona de trenes de cercanías y la zona de trenes de larga distancia, y las indicaciones de dónde se encontraban las vías estaban en varios idiomas. Yo, en teoría, no podía bajar a la zona de las vías porque no tenía ni billete ni nada, pero como siempre, yo tenía a un colega que me dejaría bajar a ver a mis maricones. La verdad es que estaba medio eufórico por verlos, no me podía ni creer que los viera en medio de Julio, y sin embargo aquí estaba, esperando para recogerlos, traerlos de nuevo y enseñarles mi campamento odiado. Y lo más seguro es que les presente a Bill, y que, al menos, a uno de los dos, les guste. Pero bueno, me conformo sabiendo con que están juntos y se quieren demasiado como para separase e ir a por Bill. Bill solo juega a juegos de maricones conmig… Sí, conmigo. Punto. Y no quiero ni saber porqué pienso esto, pero no hay más. Me encaminé a uno de los múltiples kioscos y rebusqué todo lo que tenía en los bolsillos. Encontré cinco euros en monedas y veinte en billetes de diez. En fin, me sobra para comprarme algo mientras hago tiempo. Paseé mi vista por todas los productos de lectura que habían y encontré un gran surtido de revistas juveniles, para locas adolescentes, o cosas por el estilo. También encontré revistas de música como la RollingStone, y una gran y tentadora variedad de revistas sobre coches. Periódicos y diarios de mil marcas diferentes, con diferentes opiniones políticas sobre el mismo asunto, revistas de cotilleo, de marujeo total, y de prensa rosa, cosas incluso sobre la natura, las especies en extinción, el National Geographic, y por último… Las revistas, porno, ese apartado que se encontraba en lo más alto del escaparate de revistas, lejos del alcance de los niños y con títulos obscenos, con muchos pechos sueltos y rubias despampanantes en las portadas. No me lo pensé nada y me pillé tres revistas diferentes, en una salía una pelirroja, en otra salía la típica rubia, y en la última salía una morena, con una nariz respingona como la de Bill. Se las tendí a la dependienta con una sonrisa en la boca y esta me miró alarmada. Cogió las tres revistas casi con asco y creo que hasta me cobró más. Diez euros casi se lleva la cabrona. Pero bueno, me era igual. Me las puso en una bolsa y con la misma sonrisa con la que se las di, se las cogí, saliendo enseguida de ahí. Aún me quedaba una hora o incluso más para que llegaran y decidí sentarme en un bar-restaurante a mirarme las revistas. Me importaba una mierda lo que la gente pensara, ni tan sólo reparé en ponerme en una mesa un tanto alejada, o escondida. La primera que vi libre, la primera que cogí. Era un sitio de buen ver, así que no te levantabas tú a pedir, sino que te venía el camarero a pedirte nota, aunque solo quisieras una botella de agua. Así que me senté y me quité las gafas de sol (cosa imbécil, que no sabía porque las llevaba, porque estaba nublado), dejándolas sobre la mesa. Miré un poco el local y pude ver que estaba bastante lleno y supuse que la camarera tardaría bastante en llegar, así que no perdí el tiempo, abrí la primera revista, y empecé a mirar. La verdad es que las pelirrojas me ponían bastante, y lo cierto es que la de la portada se merecía un premio, estaba buenísima. A ver quién era el guapo, que le decía que no, pero… pero… ¿Por qué coño le veía peros? El resto de chicas que salían en esa misma revista no eran tan guapas y fogosas como ella. Así que enseguida me fui a la de la rubia. No sabía por qué, pero la de la morena me daba un poco… de tiricia y miedo. La jodida rubia también estaba de puta madre, y a más esas me ponían que lo flipas. Empecé a pasar páginas y el primer y muy extenso reportaje de fotos era de ella, tenía unos ojazos azules de la hostia y unas tetas que no me cabrían en la mano. -UUUUUAAAAAAHHHH… - y un bostezo salió de mi boca. ¿Qué? ¿Un bostezo? Nononono… ¡¡Yo no puedo bostezar con una tía semejante delante de mis narices!! – UUUAAAAAAHHH… - y volví a bostezar de una manera más prolongada y larga, que me estaba aponiendo de los nervios, cerrando los ojos y sintiéndolos lagrimosos. Mientras bostezaba, pegaba a la mesa con rabia. ¡Me cago en la puta! Seguí mirando la rubia mientras me quitaba las mini lágrimas, que se me habían formado en los ojos, y me los froté. La verdad es que parecía gilipollas mirándole las tetas, muy concentrado, con las manos en el paquete, atento a cualquier señal de aumento. Entrecerré los ojos más para concentrarme en los pezones de la tía y me apreté un poco con las manos. No. Nada. ¡Nada! -Joder… Joder… - me quejé, desesperado ya. -Dígame. ¿Qué le pongo? –una voz suave y seductora sonó detrás de mí. Giré la cabeza para ver de quién se trataba, y me encontré con una chica bastante alta, de piel negra y con unas curiosas trenzas larguísimas teñidas de rubio ceniza. Resaltaba muchísimo ese color con el de su piel y se me dibujó una sonrisilla. Esta me miraba con una ceja alzaba y esperaba atenta a ver qué le pedía para tomar. Pero de repente un repentino y maldito bostezo quiso escapar de mi boca, poniéndome en evidencia, y mantuve la boca cerrada, haciendo seguramente una cara un tanto extraña exhalando mucho aire por la nariz y achinando los ojos. -Un café – dictaminé enseguida. Otro intento de bostezo mientras me clausuraba los labios a la fuerza – muy muy cargado – finalicé. Asintió lenta y sensualmente y se alejó con paso tranquilo, dejando marcar un estilazo y un contoneo tan sexy como era el característico de una chica negra. En cuanto la perdí de vista, cogí sin pensármelo, la última revista. Respiré hondo cuando vi delante de mí, una chica a gatas en un fondo blanco. Le caía un pelo perfectamente liso y oscuro con alguna que otra mecha rubia y miraba a la cámara con seriedad y sensualismo. Abrí por su reportaje, y me quedé alucinado de lo mucho que me atraía. Y lo jodido era porque en muchos rasgos era parecida a Bill. Tenía la nariz respingona, una graciosa peca bajo el labio, y… la muy jodida estaba plana, realmente plana. ¡Y era la mujer de la portada encima! Esta vez si me estaba poniendo cachondo. Sobre todo al recordar lo húmedo que llegó a ser el beso de ayer. El puñetero y placentero morbo. Cerré la revista de golpe y la guardé en la bolsa. Creo que me estaba a punto de ir y no sabía porque, pero estaba cogiendo mis gafas y todo como si tuviese intención de salir por la puerta en cualquier momento dado, fruto de los nervios y del estrés. Pero la camarera, apenas tardó un minuto en aparecer de nuevo con el café. Antes de que se fuera, dedicándome una profunda mirada, le dije que me diera la cuenta enseguida. La volví a ver marcharse y me tragué al cargado y ardiente café en dos sorbos, notando como una adrenalina me subía por el cuerpo. Me estaba levantando de golpe, y fui yo mismo a caja a pagar. Le pagué lo más rápido que pude. -Oye… ¿puedes ausentarte del trabajo cinco minutos? – le pregunté acercándome a su oreja. Mi voz era totalmente sensual, provocándola. Esta me miró con una ceja alzada y bajó los ojos a mis labios directamente. -Claro… - exclamó de nuevo en un tono sensual. Me la llevé al baño más cercano y la metí dentro de uno de los cubículos. Casi sin preliminares ni nada yo ya estaba bajándome los pantalones (lo justo) y quitándole las bragas a la camarera. Esta intentaba captar mis labios a cada segundo que podía pero yo la evitaba sutilmente, dejándola que se divirtiera devorándome el cuello. La penetraba con fuerza y me estaba sintiendo en la puta gloria, pero hubo un segundo que tuve que empezar a taparle la boca a ella porque empezaba a gritar mucho y a gemir demasiado alto. Por fin llegué al ansiado orgasmo y casi se me escapa un puñetero nombre que no debía. Me fui de allí antes que esta acabara de colocarse bien el sujetador. El teléfono me empezó a sonar y vi en la pantalla el nombre de Mario en grande. Ensanché una gran sonrisa en cuanto lo leí y descolgué enseguida. -¿Putom? – había echado de menos que me llamara así. -¡Mario! – casi grité, radiante de oírle. -¡Putom! ¿Qué tal? ¿Dónde estás? – preguntó, en un tono de voz alegre. -Ya estoy en la estación tranquilo. Llevo aquí un buen rato.-exclamé, con la voz un tanto de sensación de ocupada. Me estaba colocando bien el cinturón en medio de los grandes pasillos y solo tenía una mano con la que abrochármelo. -¿Qué haces? Bueh, es igual… ¡Nos acaban de avisar que queda un cuarto de hora para que lleguemos! Nos esperas en la vía ¿no? –preguntó. -Sisi, tranquilo. Pero dime qué vía es. ¡Esta puta estación de trenes, es enorme, y deben de haber al menos 20 vías! –exclamé, recordando las pocas veces que había bajado a la zona de trenes. -Es verdad. Espera, que es Andy quien se ha enterando del mensaje, yo estaba durmiendo –dijo riéndose. Puto Mario. -¡Pues pásamelo! –exclamé. -Síi... Ya vooooy. -dijo en tono cansino. Escuché unas cuantas voces ininteligibles y la sensación de que el móvil se estaba moviendo por todas partes. Finalmente alguien se puso al teléfono. - ¿Tom? –escuché, de alguien que no tenía nada que ver con el anterior que estaba hablando. -¡Andy! – volví a alegrarme. -¿Qué pasa, tío? –saludó, contento. –Nos acaban de decir que llegaremos pues eso, en un cuarto de hora. En la vía catorce. -¡Ok! Pues ahora nos vemos ahí. – dije, apunto de colgar, -¡Espera, espera! Pero si en teoría eso te tendría que dar igual, no puedes bajar abajo sin billete. -Tsk, tengo contactos tío. ¿Te acuerdas de Matt? -Ajá. -Hace dos o tres meses que trabaja por aquí, y ya me ha dicho que me baja hasta donde estéis. –mentí, realmente aún no había hablado con él, pero estaba claro que pasaría. -¿En serio? ¿Matt trabaja por aquí? ¡Vaya! –soltó, sorprendido. -¡Bueno, nos vemos dentro de nada! –exclamé feliz. Y colgué. Guardé el móvil en el bolsillo trasero del pantalón y miré hacia arriba. Había millones de carteles señalando dónde estaba cada vía y yo tenía que buscar la número catorce. Avancé unos pasos viendo que las indicaciones decían que a mano derecha tenía la nueve y la diez, así, que teóricamente, más para adelante tendría la trece y la catorce. Dicho y hecho, una flecha y una indicación en blanco sobre un fondo gris ponía el número de ambas vías. Busqué a Matt con la mirada y lo encontré a penas unos metros más allá. Estaba para hacerle una foto. Jamás creí que lo vería de traje, con pajarita y con un walkie-talkie agarrado a un cinturón. Tenía las manos detrás de la espalda cogidas, y miraba a todas partes. El pelo de escarola se lo había cortado y ya no tenía esa melena ondulada tan graciosa. Unas gafas negras le tapaban los ojos y parecía que estuviera observando por si hubiese algún atentado o algo por el estilo. Silbé fuerte para captar su atención y hasta el segundo intento este no me escuchó. En cuanto me localizó, frunció el ceño y se quitó las gafas, entornó los ojos y me miró bien y en cuanto descubrió que era yo, alzó los brazos, contento. Se aproximó a mi casi corriendo. -¡Eh! ¿Qué pasa, Tom?- saludó mientras me tendía la mano. Se la estreché fuerte y me encogí de hombros a modo de respuesta - ¿Qué tal todo? – siguió hablándome. Un flash de imágenes surcaron por mi mente. Bill. Beso. Bill. Beso. Bill. Tia de la revista que se parece a Bill. Beso. Bill. Beso. -De puta madre – mentí como un gilipollas mientras que nos soltábamos la mano y sonreía, intentando convencerle. -¿Y qué te trae por aquí? – se cruzó de brazos y me miró expectante. -Nah… Vengo a buscar a los dos maricones, ya sabes, se han ido de crucero y me los traigo al tajo de mi padre un par de semanas. - resumí. – Me preguntaba si me dejarías bajar a ayudarles con el equipaje. Enseguida deshizo su postura y sonrió. -Joder, ni se pregunta macho. ¿Son estas dos vías? –señaló al cartel. Asentí. – Eso está hecho. Toqueteó algo en la máquina y las puertas de cristal que impedían el paso se abrieron dejándome libre. -¡Gracias! Te debo una – y le guiñé un ojo metiéndome por entre las puertas. –Ale, ¡Nos vemos tío! – y me saludó mientras yo avanzaba hacia delante. Unas escaleras mecánicas subían y bajaban desde la planta de abajo, y desde donde yo estaba ya podía ver el suelo del andén. Me metí en las escaleras que bajaban y miré la hora. Apenas cinco minutos para que llegaran. Llegué abajo y no vi a nadie. Un reloj que marcaba menos cinco movía su aguja segundera y marcaba la cuenta atrás. Una pantalla enorme marcaba el próximo tren en llegar, el de ellos y decidí sentarme en uno de los bancos. Miré hacia delante y me quedé flipando. Todas, absolutamente todas las vías se veían desde mi posición. Era como un subterráneo enorme lleno de andenes y vías de tren que se perdían en la oscuridad si te ponías a mirar fijamente el recorrido de estas. -Atención no crucen las vías, si quieren cambiar de andén utilicen el paso superior. Les recordamos que está totalmente prohibido fumar en zona de vías. Una voz sonó por todo el espacio y resonó en diferentes sitios. Tenían varios altavoces por donde reproducir los avisos. -Próximo tren, entrando. Dirección Düsseldorf. Última parada, Düsseldorf estación norte. ¡Hey! ¡Ya llega! Me asomé un poco, pasando el límite de seguridad y observé las luces del tren, incorporándose. Y me puse feliz. Miré detrás de mí y vi que poco a poco se iba llenando de gente. Seguramente para coger el tren del otro lado, porque este, paraba aquí y no seguía a ningún sitio. El tren de Mario y Andy pasó por delante de mí a una velocidad muy aminorada y cada vez iba frenando más. El móvil vibró y lo saqué enseguida. Era un mensaje de Andy. ¿Y ahora que pasaba? Putom, estamos en el primer vagón, ¡te acabamos de ver por la ventana! Hostia, ¿en el primer vagón? ¿Desde cuándo se ponen estos hombres en preferente? En fin, dejé de darle vueltas y caminé dirección hacia adelante. Una vez llegué el tren se quedó parado un par de minutos y las puertas se fueron abriendo. Me hizo gracia porque hicieron un sonido un tanto cómico, como cuando en las películas hay un embarco hacia la luna y abren una puerta y sale todo de humo con un sonido de aire liberándose. Enseguida pasajeros fueron saliendo pero ninguno era ellos. Esperé paciente hasta que alguien con tropecientas maletas asomó entre la multitud. Vi ese color ceniza que tenía Andy por pelo y me quedé pasmado. -¿¡Pero tío!? ¡¿Cómo llevas todo esto?! – observé las tres maletas que había sacado como podía y miré lo grandes que eran. Joder, Parecía Bill. -Yo también me alegro de verte. - dijo, una vez dejado todas las maletas en suelo, cruzándose de brazos y alzando una ceja. Dios… me cago en la puta. Eso también lo hacía Bill. Sacudí la cabeza, quitándomelo de la cabeza y sonreí a uno de mis dos mejores amigos. Abrí los brazos y este mi miró feliz. Me estrechó el abrazo y apretó fuerte. -Ehh Ehhh ¿Y yo qué? ¡Seréis desgraciados! – una voz ofendida teatreramente hablando sonó detrás de los dos. Y de nuevo un muchacho con el pelo oscuro y con la frente decolorada me miraba expectante. Detrás de él también se extendían más o menos la misma cantidad de maletas que su novio. Rodé los ojos sin podérmelo creer. -Ven aquí, cabrón… -dije amistosamente, sin llegar a soltar a Andy, haciéndole señas con la mano. Este sonrió y se acercó con la frente gacha. Me pasó un brazo por el cuello y el otro por la cintura de Andy, y nos dimos una especie de abrazo triple. – ¡Tenía ganas de veros! –exclamé, pellizcando al brazo de alguien, no me importó saber de quien era. Pero en cuanto vi a Mario quejarse y mirarme, sonreí divertido. -Esto nos costará llevarlo... - dijo Andy mirando hacia atrás y rascándose la cabeza, gesto de que estaba pensando. -Es que joder, cómo se os ocurre traeros tantas cos… - pero de pronto me callé. Vi algo en la cara de Mario. Algo que no pintaba bien. De pronto se le habían abierto los ojos a un tamaño desmesurado, mirando con pánico a algún punto detrás de mí. Un sonido de frenos oxidados luchando contra un metal invencible, sonó de tras de mí. Un sonido que se me marcó en los tímpanos como un tono prohibido, como una melodía diabólica que se quedaría en mi memoria, para siempre, una danza de chirridos macabra. Giré la cabeza rápidamente, asustado, y ante la velocidad del momento, apenas acabé a vislumbrar una figura negra. Algo oscuro con apenas unos destellos de luz en algo que parecía de cuero. Una figura oscura que era arrastrada. Un golpe. De nuevo el sonido había cambiado y sonó a cataclismo, a estar chafando algo. El arrastre de esa sobra. Cogí aire y no fui capaz de soltarlo. Un tren que daba a las segundas vías, tocando al otro anden, paró delante de nosotros y se quedo ahí, parado, petrificado. Una mujer empezó a gritar desesperadamente y salió corriendo. Mi vista, en un estado de shock, siguió la silueta de esa muchacha de máximo unos veinticinco años, con el pelo al viento por lo deprisa que se alejaba de nosotros. Se puso una mano en la boca y subió escaleras arriba, huyendo. De pronto todo el mundo empezó a murmurar y a mirarse entre ellos. Algo había pasado. Algo había pasado. Volví a mirar a Mario y este estaba con la vista perdida en algún punto del infinito. -Mario. –y le zarandeé con la mano, entrando en un estado de nerviosismo. -¡Mario!- le grité. Y este por fin me miró. Tenía pánico en su mirada, tenía miedo y ganas de gritar, se lo leí en cuento sus ojos cruzaron los míos. -Lo han matado… Lo han matado… - parecía estar cantando una canción satánica, con un timbre fúnebre y repetitivo. – Tom… Tom… Ese hombre. ¡Se ha matado!- y esta vez el tono de su voz era roto, era ronco, como si le costara. Noté que iba a decir algo pero rompió en llanto. Se sentó en el frío y reluciente suelo que reflejaba los fluorescentes colgados del techo que alumbraban, y se tapó la cara. Automáticamente miré a Andy que tenía el rostro descompuesto, con los mismos síntomas que su novio. -¿Andy? ¿Qué ha pasado? – mi memoria estaba tan bloqueada que no sabía asociar ninguna imagen con la realidad. ¿Enserio había pasado lo que acababa de pasar? - Andy, contéstame. – Este tenía los ojos brillantes a rebosar de lágrimas que querían escapar de esa prisión y salir a fuera para caer sobre sus mejillas y rodar hacia abajo, trazando un camino suicida, que les llevaría a un acantilado contra el suelo. Su mano tapaba su boca y mientras negaba con la cabeza, iba frunciendo más y más el ceño. -Un… un tío… Estaba… Intentado papapasar de andén y… Los murmullos de todo el mundo me estaban empezando a poner nervioso. Algunos se había acercado al límite permitido para ver, otros se habían agachado para ver si veían algo debajo de las ruedas. Otros se habían ido y muchos otros se habían acercado más. Giré la cabeza de nuevo y vi a mínimo cinco o seis personas llorando. Con los ojos rojos y la mano apartándoles las lágrimas. Gente que se había quedado parada e intentaba respirar con dificultades. Una niña pequeña que no sabía lo que pasaba y que evitaba el abrazo de su madre con tal de averiguar qué era todo ese calvario. Volví mi cabeza de nuevo hacia Andy. -Andy. ¡Explícame exactamente qué ha pasado! – le exigí. Me ponía de los nervios no saber lo que ocurría. -¡Joder! Pues que un gilipollas subnormal, le ha dado mucho palo subir a las escaleras y cambiarse de andén, ¡Y ha bajado a las vías! –se calmó un poco y siguió. –Se ha dado cuenta que estaba pasando un tren y en vez de saltar y pasar a la otra vía, a intentado volver a dónde estaba… Y joder, lo ha pillado subiendo el muro! ¡¿No se ha dado cuenta que era muy alto?! Lo mínimo que le ha pillado a sido… Pues las piernas o todo el tronco o… Yo que sé, le habrá cortado el cuello. ¡Lo ha aplastado contra la pared! –y calló. Ya no pudo continuar más y me senté al lado de Mario. Yo seguía sin creerme lo que estaba pasando y parecía que hubieran pasado los justos dos minutos que habían pasado a una velocidad tan reducida que se hacía eterna a la vez que fugaz y pasmosa. Las grandes vidrieras del tren dejaban ver a gente asomada a las ventanas, morbosos que sólo buscaban ver algo sádico. Entonces entraron muchas azafatas o gente con importancia y fueron indicando la salida, obligando a todos los pasajeros de los vagones a abandonar el tren. Dios… Era verdad, era verdad. Algunos no querían salir, no querían dejar de mirar con ojos rojos la sangre que estaría esparcida por el andén. Y entonces, la puerta del conductor se abrió. -¡¡Qué salgan todos, coño!!-una voz rota y femenina salió de la garganta del individuo que había salido del tren. Una mujer con coleta señalaba a la salida con histeria, gritando fuerte, nerviosa, con lágrimas en los ojos y tembleque en su brazo, alzado en el aire sin perder la firmeza, señalando las escaleras. -¡¿Que no ven que alguien se ha matado, joder?! Entonces todos y cada uno de los personajes de dentro del tren salieron prácticamente corriendo, dejando el andén de delante vacío y… muerto. Yo recién me estaba empezando a dar cuenta de lo que estaba pasando Esa sombra… esa cosa negra que se movía y era arrastrada era… Era un hombre, que estaba en la vía, que ha sido pillado por el tren… El sonido infernal de los frenos intentando salvar al hombre, el intento fallido de no colisionar con él, el sonido de un cuerpo arrastrado… Me entró un tembleque en las manos y empecé a parpadear rápidamente, arrugando la nariz y respirando con dificultad. Había… había alguien debajo de esas ruedas, había alguien… Me fijé en todos los letreros informáticos que marcaban los trenes que se iban y los que iban a venir con las paradas que estos hacían y cuándo iban a llegar y todos ponían: procesando información. La estación Düsseldorf norte quedará inutilizada temporalmente por problemas técnicos. ¿Problemas técnicos? ¿Así le llaman a la muerte de alguien? Volví a mirar a mis lados y todas las vías estaban paradas, no venía ningún tren, todo estaba paralizado. Esta estación estaba clausurada. -Mario… - y sin bajar la cabeza para mirarle le busqué a tientas con la mano mientras me fijaba a saber dónde, con la vista perdida, meditando algo que ni siquiera sabía qué era. Le volví a sacudir, pero este no me hizo caso. Me giré hacia él y lo levanté de un golpe del suelo, casi de cuajo, como si lo hubiera arrancado. -¡Mario, joder! – le grité de pura histeria. Este mi miró con el rostro roto, con los ojos rojos y con los labios temblando. Se me encogió el corazón mientras veía unos gestos lentos y pobres intentando quitarse las lágrimas del rostro. –Mario… - y por tercera vez repetía su nombre en una misma frase, acompañado de un abrazo. –Va, coge tus cosas que nos vamos arriba… - dije separándome. Con un gesto de cabeza le dije a Andy que hiciera lo mismo y me dirigí a ayudarles. Yo les llevé todas las bolsas pequeñas y una maleta de las grandes a cada uno, dejándoles a ambos solo con una maleta y algo más. Necesitaba pensar en algo para distraerme, y hacer malabarismos con tanto peso y cosas me ayudaba. Subimos por les escaleras y ya vimos a gente de la estación vestida de uniforme barrándoles el paso a toda la gente que tenía que bajar a bajo, seguramente a coger ese tren que les llevaría a sus hogares, o que de lo contrario, les alejaría de su casa. Las excusas todo el rato eran simples “Motivos de problemas en la central” o excusas extrañas.
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