Capitulo 30

4491 Words
Pasamos los tres con miradas funestes al suelo, y sin decir absolutamente nada, quizás sabiendo que fuera de esas vías, en el piso de arriba, posiblemente nadie se habrá dado cuenta de que alguien acaba de dejar de existir. Que seguramente, ahora cuando salgas a la zona común, verás a una pareja extranjera, haciéndose fotos en la estación para cuando vuelvan a su país, hacer un álbum de recuerdos, sin reparar o cerciorarse de que el mundo se había acabado en el alma de alguien, delante de nuestros ojos. Les dije de tomarse un refresco o un café o algo por el estilo y sentarnos en algún sitio y estos asintieron. Pero mientras nuestros cuerpos se iban fundiendo con la madera plastificada de las sillas pegadas al suelo, sintiendo placer de doblar las piernas por el abatimiento que acabábamos de sufrir, me di cuenta de que mi coche… Estaba muy lejos como para ir con las maletas hasta mi casa. -Oye… Quedaros aquí, voy a buscar el coche a casa. No os mováis. Andy y Mario me miraron enseguida con preocupación. -Pero… No tardes Tom. - me suplicó uno de ellos. Bill Desde la hora de comer, hasta aún ahora, me había recorrido por el cuerpo una desagradable sensación, algo que me atravesó de arriba abajo, dejándome casi sin ganas de hacer nada. Con toda mi inesperada alegría, tirada por los suelos, hecha añicos totalmente. Me había pasado muchas veces. No se sabía porque, pero había veces que tenía humores extraños, me enfadaba sin quererlo, me ponía triste sin saber porqué, me alegraba y no tenía sentido… Pero esta vez era fuerte. Tenía… Ganas de llorar. Llorar de nuevo. ¿Por qué? No ha quedado suficientemente claro que soy un insensible que no merece amigos? ¿Ahora el cuerpo me dice que debería llorar simplemente por quedar bien o algo? ¡No! ¡Estaba feliz ahora! ¿Por qué de repente… me sentía así? Deberían llevarme a algún psiquiátrico a ver qué me dicen, porque esto no puede ser. Pensé en salir a comer algo, ya eran las cuatro pasadas y no habría nadie en el comedor, así que decidí meterme en él, lo mismo las cocineras aún no habían salido y seguían por ahí, con alguna sobra. Una buena excusa y me darían algo para mi estomago vacío. Apenas tardé unos minutos en llegar, mirando a todos lados, por si me encontraba tanto a Georg, como Dawn, como a Ashley, y en cuanto tuve la puerta del comedor delante, hice unos gestos que me recordaron a los de un detective profesional. Abrí ligeramente y asomé la cabeza un poco, cerciorándome de que realmente no había nadie. Me di cuenta que sólo estaba uno de los amigos de Tom, ese chico que se llamaba… ¿Gustav? Sí, es posible que sí. Entré poco a poco y el sonido de la puerta oxidada delató mi posición. Este se giró enseguida, sobresaltado, y me miró a través de los cristales de sus gafas de pasta negra. Alzó una ceja con una cara un tanto sonriente y ladeo la cabeza. -Hola. –dijo simplemente. Me aproximé con vergüenza y le saludé con la mano. -Hola –correspondí. -¿Qué haces tú aquí? –me preguntó. Primero me fijé en él, y vi que estaba recogiendo todo. Imagino que cada día le tocaría recoger a un profesor diferente, y este día le había tocado a él. -Es que me he dormido y no he llegado ni a la comida… Y bueno, me preguntaba que si… Podría comer un poco. - mi tono avergonzado no cambiaba, y sin embargo la expresión contenta de este evolucionaba a una risa socarrona, amistosa al fin y al cavo. -Sí claro, ven, espera que las cocineras no están. – me indicó que le siguiera y pasamos justo por al lado de la mesa de profesores, que hacía esquina justo al lado de la puerta de entrada a la cocina. Sacó un llavero repleto de llaves y buscó la que encajara con la cerradura. Apenas dos segundos ya la había introducido y la había girado. Un característico “crack” sonó, y con un giro del pomo redondo de la puerta, abrimos. La cocina era totalmente blanca, llena de azulejos de este color, con electrodomésticos de cocina de color plateado, de aluminio. Un gran horno, unos grandes fogones, unas grandes picas, un gran lavaplatos, etc. Era muy gracioso ponerse en el agujero rectangular de la pared desde donde se iba poniendo la comida. Se veía todo el comedor y podías tener a todo el mundo controlado. -Mira, hay un poco de todo, dime qué te gusta y te lo caliento. – miré unas grandes ollas hasta arriba de comida que seguramente se tiraría o se re utilizaría para esta noche. Y una gran cacerola de macarrones totalmente rojos por la salsa de tomate, me hizo la boca agua, haciendo que mis tripas, sonaran fuertemente y yo abriera los ojos. Me tapé la barriga enseguida, pero Gustav ya me había oído. -Madre mía tío, para haberte levantado tan tarde parece que tienes mucha hambre. -Ya… - me excusé, ante una situación totalmente irreal y falsa. -Bueno ¿Qué quieres? –preguntó, dando una palmada repentina y frotándose las manos. Me hizo gracia el gesto y me reí. -Los macarrones –dije sin pensármelo siquiera. Este esbozó una gran sonrisa y sacó una sartén pequeña. Y con una gran cucharon casi plano puso unos cuantos macarrones, pegados todos entre ellos. -¿Quieres más que eso? – preguntó. -Sí… -dije- si se puede, claro –los modales antes de todo. -Pues claro –y puso otro gran cucharón de macarrones a recalentar. Puso el fuego y sacó un plato limpio. -¿Quieres comer en el comedor o aquí dentro te sirve? -Em… Aquí mismo. Asintió y cogió unos cubiertos y un vaso. Caminó hasta una parte de la cocina que no había visto, con un par de sillas alrededor de una mesa pequeña. Lo colocó todo ahí. -¿Y cómo te llamas?- me preguntó, mientras le daba vueltas a los macarrones, viendo como su salsa se volvía más liquida y más apetitosa. Un dulce olor a cebolla frita con aceite y especias me invadió la nariz. Adoraba el olor a sofrito. -Bill. –dije mientras me sentaba. -Yo soy Gustav. –dijo sin mirarme. -Sí… Creo que tú eres el amigo de Tom y Georg ¿no? – este me miró sorprendido y sonrió levemente. -¡Sí! ¿Cómo lo sabes? ¡Hostia! ¿Tú eres ese Bill del que tanto hablan? –soltó con una media sonrisa. Era muy simpático. Pero nada más escuchar eso, me entró un rubor en las mejillas que me estaba haciendo que la cara me ardiera. Joder, ¿Tanto hablaban de mí? -Sí… Supongo. - respondí avergonzado. Un par de minutos después se acercó a mí y me puso en mi plato una gran cantidad de macarrones brillantes a rebosar de aceite y de grasa. Mmmm… Se me hacía la boca agua. Dios, ¡qué hambre! -¡Gracias! – dije enseguida, pinchando ya los primeros macarrones. -De nada. ¡Buen provecho! Me voy a seguir recogiendo. Asentí y seguí tragando como un poseso. Sentía el calor de la pasta en mi garganta y estaba dejando de sentir ese punzante dolor en el estomago, del hambre. En cuanto los hube tragado todos, me levanté, y lo dejé todo en dónde veía que dejaba los platos sucios Gustav, cada vez que venía con una pila de cosas. Salí de la cocina y me acerqué a él. Sin decirle nada me puse a recoger con él y a seguirle con la vajilla sucia en la mano. Este me miró y me lo agradeció. -¿Y ahora tienes clase, tú? –le pregunté, por cortar el silencio. -Sip. Me toca sustituir a Tom con los niños pequeños. He de ayudarles a hacer esa obra de teatro, Romeo y Julieta. – dijo con cara de no entender muy bien. Con gesto de que le tocaba hacer eso por obligación, y se lo habían explicado un poco por encima. -¡Anda! ¡Yo he ayudado a Tom un par de veces con los críos, y un poco también con esa obra de teatro! – dije, recordando con una sonrisa de añoranza, esa primera vez que juntamos nuestros labios. Hacía una semana exactamente. Un aleteo me recorrió el esófago por medio del pecho, y bajó hasta mi estomago. Qué dulce, preciosa y extraña sensación. -¿Enserio? Oye, ¿te importaría hacer la clase conmigo? Así me ayudas un poco con eso de la obra… -exclamó con la cabeza gacha y dibujando una pequeña sonrisa. -¡Sí, claro! –dije entusiasmado. Realmente no era lo que más me apetecía hacer, pero como mínimo, ya tenía un plan. Ya no me quedaría en mi cabaña toda la tarde. Nos aproximamos al campo de fútbol donde yo había disfrutando viendo a Tom jugar, hablando con mi nuevo amigo, de algo sin importancia, pero pasándonoslo bien. Vimos a Erik de fondo, hablando con Dawn, y con los niños a su alrededor. Dawn parecía algo contenta y bueno… Sonreía de las cosas que le decía Erik y que yo no alcanzaba a oír. Me quedé mirándoles e inevitablemente nos fuimos acercando. Pero ninguno de los dos notó nuestra presencia hasta que estuvimos enfrente uno del otro. -Hola –dijo sonriente Gustav. Los dos se giraron de golpe, y la cara de Dawn en cruzar sus ojos con los míos fue como una patada en el estómago. Puso cara de susto y casi pega un bote. Después se entristeció medio segundo. Mirando al suelo. -¡Hola! –dijo Erik, dándonos la mano. Yo no pude evitar mirarle un tanto raro, por decirlo de alguna manera. Como si le estuviera diciendo con la mirada “ni la toques”, y creo que Dawn se dio cuenta. Pero de golpe, el móvil de Erik empezó a sonar y con la excusa de que tenía que cogerlo, se largó, dejando a Dawn con nosotros dos. Vi la cara de pánico de esta cuando lo vió partir. -Ey, ¿os habéis hecho amigos? –le preguntó Gustav. – Pero si al principio no os aguantabais. ¿No era que odiabas que te tirara tanto los trastos encima? Con eso de que tenías novio y eso… ME CAGO EN LA PUTA. Me entró el nerviosismo de golpe y antes de que pronunciara cualquier frase más, hice ver que lo había pisado sin querer. -¡Madre mía! ¡Lo siento Gustav! He tenido un pequeño traspiés… -dije, mirando de reojo a mi ex. Esta tenía la cabeza bien alta y esbozó una triste sonrisa. -Tranquilo tranquilo… -me dijo el rubio. -Bueno, la verdad es que ayer dejé a mi novio. Y no sé, Erik es majo al fin y al cavo. -dijo mirándolo de reojo, cómo hablaba por el móvil, con una mano sujetándose el artefacto y moviendo la otra, haciendo gestos. Noté que la sangre me hervía. -Dawn – la llamé de golpe, sin saber muy bien lo que tenía pensado decirle. Me puse nervioso, y muy tenso. - te acuerdas de que yo… pues… -la cara de Dawn era extraña. Como si tuviera miedo de lo que iba a decir. - que soy amigo de tu ex… - dije, inventándome una historia por completo. Dawn primero me miró extrañada y con una expresión un tanto triste y confusa. Pero más tarde se le transformó el rostro, como si estuviera analizando algo. -Emm, sí, sí que me acuerdo. ¿Por qué? –dijo, con un tono de “me interesa”, mientras alzaba una ceja. Yo me debería haber cayado desde un principio, pero el puñetero Erik me estaba tocando lo que no suena. -Es que ayer hablé con él, y bueno… le comenté que andabas mucho con este tío. - Dawn me miró desafiante desde una mirada baja. –y me ha dicho que te diga, que si te toca o te hace algo, que vendrá él andando si hace falta desde Berlín… A castrarlo. –solté finalmente. Y de nuevo se le desencajó la cara. Bajo la mirada y le quedó tapada por el flequillo. Pero en cuanto volvió a mirarme, parecía hasta radiante. Qué buena actriz que era ¿no? Se me paró el corazón y todo de ese cambio tan de golpe. -Dile tú, que lo supere. Y que haré lo que quiera. Gracias por hacer de mensajero Bill, pero dile que no quiero hablar con él, que me deje en paz – y finalmente me revolvió el pelo dejándomelo fatal. -¡Adiós! – se despidió de los dos y se largó. Mientras, Gustav se iba a pasar lista y comprobar que estuvieran todos los niños, yo observé cómo la figura de Dawn se iba encogiendo más y más, hasta hacer pequeños saltos de hipo, como cuando estás llorando. Caminaba lentamente, y vi un movimiento de su brazo que indicaba que se estaba secando seguramente unas lágrimas. Después de unos segundos le vi un ademán de sacarse algo de dentro del pantalón. Después me vibró mi móvil. ¿Qué haces Bill? Era un mensaje de ella. Y entonces respire fuerte. Dándome cuenta de lo que acababa de hacer. ¡Joder! ¡Me dijo que la dejara en paz! ¿Por qué coño soy incapaz? ¡Porqué soy tan gilipollas! Puto egoísta de mierda. Dawn lo siento, de verdad que lo siento. Me ha entrado la rabia y los celos… perdóname. Te dije que me dejaras tranquila un tiempo… No era tan difícil, joder. ¡Sí! ¡Ya lo sé! Te juro que no lo vuelvo a hacer. No te molesto más. Perdóname por esta vez. Ha sido sin querer. Y los segundos en los que la vi parada y sin recibir ningún mensaje se me hicieron eternos. Me daba igual si ahora se giraba y me veía observándola directamente. Me daba igual. Ok Y su silueta se perdió con el horizonte, viendo como guardaba el móvil de nuevo en su bolsillo, para no ser sacado durante un buen tiempo, como mínimo, no por mi culpa. Me giré y vi a Gustav mirándome con una ceja alzada, analizando algo. Me puse nervioso, ¿y si había sido muy evidente? ¿Y si ahora descubría lo mío con Dawn? Bueno, lo “ex-mío” con Dawn. Pero cuando me aproximé, me sonrió con la mirada y punto. Me calmé y respiré hondo. Y de pronto, apareció ante mí una niña que me llegaría por un poco más arriba de las rodillas que me tiró del pantalón y me indicó que me pusiera a su altura. -¡Domdo! –dijo con el entrecejo fruncido. Yo ya había visto que era ella, y había pasado olímpicamente de hacerle caso. Por muchos 6 años que tuviese, me caía mal y punto. -¡¡Domdo!!- me llamó de nuevo, que no sé de dónde coño había sacado ese nombre. Y finalmente me tiró más fuerte del pantalón. Refunfuñando me puse a su altura y la miré con cuidado, observando sus gestos. Parecía una especie de pelea por la manera en la que observaba sus movimientos. -¿Qué quieres? –le dije con una ceja alzada. La sentí refunfuñar algo y se cruzó de brazos, inflando mofletes. Entonces miró algo detrás de mí, tanto por un lado como por el otro. Y finalmente me dijo: -¿Y Dom? –dijo cabreada. -¿Dónde está Dom? –dijo cerrando los ojos fuertemente y frunciendo el ceño aún más, mientras medio gritaba. ¿Y esa era autista? ¡Vamos, y yo soy Brad Pitt! -No está –le dije tajante. ¡Toma, jódete! - ¿Porqué no te vas con Mike, eh? Que pegáis mucho. - y con una sonrisa falsa de “no te quiero ver, lárgate” le indiqué con las manos como si estuviera barriendo, que se fuera. Pero Anna puso unos pucheros, y después de pensárselo mucho me dio un abrazo. Me quedé estático, sin saber qué hacer. ¿De verdad me estaba abrazando? -Yo quiero ver a Dom… -lloriqueó en mi oído. Respiré hondo, y le correspondí como pude el abrazo, intentando no aplastar ese minúsculo cuerpo con mis largos brazos. -Y yo, preciosa. Yo también quiero verle. – y de pronto, volví a sentir ese sentimiento que me ponía mal. Esa extraña sensación en mi pecho que me ofuscaba todo lo que tuviera alrededor. Tom Miré por la ventana y aún seguía lloviendo. Nada más llegar a casa estos dos se sentaron a ver la tele, con el rostro descompuesto y con el alma carcomida por un fantasma. Yo, más muerto que nadie, me fui a dormir. Ya saldríamos mañana, pensé. No me sentía con ánimos de coger el coche de nuevo, y mucho menos de hacer un viaje medianamente largo. Me levanté de mi cama y busqué el paquete de tabaco en seguida. Me había fumado unos cuantos ya del nerviosismo. Durante el viaje de vuelta, no habíamos dicho nada, y lo único que se oía eran las lloreras de Mario, y el hipo de Andy, al mismo tiempo que intentaba calmarlo. Era cerrar los ojos y ver esa figura negra una y otra vez. Una imagen en repeat que me torturaba lentamente. Y el sonido de esos puñeteros frenos era una melodía que se repetía sin cansancio. Joder tío, acababa de ver morir a alguien. Me temblaba el pulso y aún no me lo acaba de creer. Había pasado tan rápido… Pero haber vivido esta experiencia había sido como una especie de lección. ¿Qué pasaba si ese hombre tenía un montón de cosas que hacer en esta vida? ¿Y si la mitad de esas cosas no las había hecho en su momento por los motivos que fuesen y ahora no las podrá cumplir nunca más? Ahora no hay forma de volver atrás, y rectificar, porque... está muerto. ¡Él debió haberse tirado a la piscina en su momento! ¡No se atrevió! Y ahora es demasiado tarde. Hay que aprovechar todas y cada una de las cosas que se te ponen delante. Todas. ¿Quién sabe si te mueres un día y no has hecho eso que más ansias? Quizás declararte a la chica que te gusta, quizás no haberte acabado ese libro tan interesante, quizás no haber aceptado aún ese puesto de trabajo… Quizás no haberte enamorado. O incluso peor, no quererte dar cuenta que te has enamorado. Tirando por la borda ese perfecto romance que se podría producir. Me puse frente a mis dos amigos, que estaban acurrucados el uno con otro y se abrazan fuertemente. Ambos me miraron y suspiraron al mismo tiempo. Mario se rió por la coincidencia y miró a Andy mientras lo oprimía más fuerte entre sus brazos. Pero de nuevo una mueca se le formó en la cara, un puchero que anunciaba llanto. -Shh… Vamos Mario, ya pasó ¿quieres? Deja de llorar, cariño. -le decía Andy mientras le abrazaba. -Es que… Andy, yo… yo me muero de sólo pensar que podrías… ¡que podrías haber sido tú! – y se le puso encima casi estrangulándolo de lo fuerte que lo abrazó, llorando en su hombro. -Pe…Pero… ¿Por qué iba a ser yo, amor? –le preguntó mientras le bajaba y le subía la mano por la espalda. -No lo sé… Pero me estaba muriendo de sólo pensar que pudieras haber sido tú, o Tom, o mis padres… alguien a quién yo quiero. Me muero Andy, me muero. ¿Imaginarse a alguien que no es? ¿Y si hubiera sido Bill? Un tembleque se apoderó de mi cuerpo en un instante, poniéndome de los nervios. Me entraron unas ganas infinitas de llamar al campamento y preguntar por él. Estaba claro que no le podría haber pasado nada en estas horas que habían pasado, pero imaginármelo hecho polvo en su cabaña, él solo ya me hacía tener una sensación extraña en el estómago. De todas maneras, la filosofía del Carpe Diem estaba empezando a introducirse en mi cuerpo como si fuera un virus. Vive el momento Tom, no sabes si podrás vivir mañana. ¿Te gusta Bill? Descúbrelo, y sobre todo, no te niegues a intentarlo. Lo de hoy no sólo me servía para pensar que mi vida es incierta, si no la de él mismo, y Mario me lo acababa de demostrar. De nuevo me recorrió la espina dorsal, una horrible sensación, como una descarga eléctrica que me chamuscaba por dentro. ¿Y si hubiera sido Bill? ¿Y si no lo volvía a ver nunca más? En estos momentos, y desde mi posición en Düsseldorf, sólo tenía un tipo de respuesta ante esta situación. -Chicos, coged vuestras cosas y ponedlas ya en el maletero del coche. Vámonos cuanto antes. Martes. 14/07/09 (tres de la mañana) Tom Estábamos llegando a la carretera asfaltada que conducía hasta el parking del campamento. Era medianamente tarde, las tres de la madrugada, (para lo que son los horarios de adolescentes, no sería nada, pero para los de un profesor, era mortal) y estaba empezando a notar las horas de falta de sueño. Bien cierto era, que había estado desde las cuatro de la tarde, hasta las once de la noche durmiendo, pero el día anterior había sido tan brutal que ni una semana de hibernación servía para reponer fuerzas… Habían sido tantas jodidas emociones juntas… Aún me temblaba el pulso de lo ocurrido en la estación de trenes. Se me ponía el bello de punta al recordar ese sonido de frenos y de colisión. Cada vez que escuchaba un sonido fuera de contexto, pegaba un bote y el corazón me acompañaba en el movimiento, haciendo que me girase, preparado para ver otro desastre, algo nuevo que me atravesase los ojos del impacto, taladrándome por la cabeza hasta llegar a mi cerebro, atormentándolo con dudas y de ganas de hacer mil cosas. Y eran tantas esas cosas que realmente me podría morir antes de cumplirlas todas Ni siquiera podía acordarme de todo lo que quise hacer en su día y que sin embargo no cumplí, dándome cuenta más tarde, que quizás habría cambiado mi presente. Aunque bueno, realmente el presente estaba tan “entretenido” que no lo cambiaría. ¿Un juego había dicho? ¿Bill había dicho un juego? ¿A que se refería con eso? Es verdad que el primer día hablamos con el típico tono juguetón, pero creí que era evidente que solo fue un “despiste del momento”, que nunca en la vida haría mariconadas con un tío por muy afeminado que fuese. ¿Pero realmente era jugar eso que Bill quería decir? Dice que era divertido. ¿Divertido en qué sentido? ¿Quizás se ha dado cuenta de que algo me está pasando, y a él no le ocurre y se está regocijando en mi sufrimiento.? Vale, stop, ¿Qué sufrimiento ni qué sufrimiento? ¡Yo no sufro por nadie ni nada! ¡Nunca! Y menos por él. Vale, sí, estoy confuso ¡coño! Apreté tan fuerte el volante que las manos se me empezaron a poner rojas. Dentro del coche hacía calor porque había estado bajo el sol de Düsseldorf mucho tiempo y el frío de la noche aún no había penetrado dentro. Veía mi pasado de mujeriego algo lejano y desde luego difuso. ¿Qué había sido de ese chico inmune a los sentimientos? ¿Ese que no recuerda con cuantas se la montado la noche anterior? ¿Dónde estoy realmente? ¿Dónde está el real Tom? ¿Desde cuanto me comporto así? ¡Nunca me había importado tanto una persona como para coger el coche a las once o doce de la noche! ¡Nunca! Y lo peor es que aún con todo esto en la mente me sentía incapaz de aminorar la velocidad y pensar que debería llegar a mi cabaña y punto. Sí, nada más llegar, mis piernas saldrían en busca de su cabaña. Lo sabía, seguro. Me dolía la boca del rato que llevaba apretando la mandíbula fuertemente, en ese debate interior que me estaba volviendo loco, y casi no oí a Andy cuando me llamó. -Tom… -repitió en un tono de voz bajo, por segunda vez. -¿Hum? –dije, sin llegar a salir del trance del todo. Aún con la pasividad y esa tela negra alrededor mío sin difuminarse. -¿Queda mucho? –formuló la frase con miedo, como si supiera que ahora saltaría una fiera de dentro mío o algo por el estilo. Andy sabía de sobra que odiaba que me preguntaran eso, pero entendía perfectamente que después de todo lo vivido en un día como el de hoy, cualquier cosa que pudiera ser molesta, en este grado, quedaba totalmente en segundo plano. Me destensé unos instantes, y la sangre de las manos me volvió a circular con algunas dificultades aún, después de haber dejado la presión que me estaba jodiendo los dedos de tanto forzarlos contra el volante. -No… Ya casi hemos llegado. -dije tristemente, con lentitud, dejando que las palabras soltaran un eco final propio, dándoles énfasis – calcula como mucho diez minutos, contando que dejaré mi coche al lado de la cabaña. - desde luego no iba a caminar tanto dejándolo en el parking, y desde luego, hoy, no les haría caminar a ellos. Hoy no. Asintió y sonrió, después volvió a abrazar a Mario, que estaba mirando a la ventana con parsimonia, con cansancio, como si el peso del mundo fuese tal en sus espaldas, que estas se hubieran acostumbrado a portarlo, causándole un peso eterno para siempre. Como una tortura interna que sólo se notaba al mirarle a los ojos, vacíos y rojos de tanto llorar. Pero de pronto, mientras yo intentaba concentrarme en la carretera, algo en el retrovisor que me daba la visión del asiento de atrás, donde estaban ambos, me distrajo totalmente. El movimiento de abrazar a Mario había sido introducido por un simple “toc toc” con el dedo índice en la espada de Mario. Este alzó la vista y giró el rostro y se centró en la persona que lo había llamado. Y en cuanto cruzaron miradas endulzó el rostro totalmente, esbozando una risa triste y preciosa al mismo tiempo. El pelo que apenas le dejaba ver, fue apartado por la mano del rubio finalizando en un simple movimiento en el que le dejaba el pelo largo tras la oreja, dando el ligero roce debajo de la clavícula, en el cuello, llegando hasta la barbilla. El moreno sonrió de nuevo, y se mordió el labio. Yo me estaba poniendo de los nervios, entornado la mirada de la carretera al retrovisor, pero algo me decía que no dejara de mirar.
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