Martes. 14/07/09 (tres de la mañana)
Tom
Estábamos llegando a la carretera asfaltada que conducía hasta el parking del campamento. Era medianamente tarde, las tres de la madrugada, (para lo que son los horarios de adolescentes, no sería nada, pero para los de un profesor, era mortal) y estaba empezando a notar las horas de falta de sueño. Bien cierto era, que había estado desde las cuatro de la tarde, hasta las once de la noche durmiendo, pero el día anterior había sido tan brutal que ni una semana de hibernación servía para reponer fuerzas…
Habían sido tantas jodidas emociones juntas…
Aún me temblaba el pulso de lo ocurrido en la estación de trenes.
Se me ponía el bello de punta al recordar ese sonido de frenos y de colisión. Cada vez que escuchaba un sonido fuera de contexto, pegaba un bote y el corazón me acompañaba en el movimiento, haciendo que me girase, preparado para ver otro desastre, algo nuevo que me atravesase los ojos del impacto, taladrándome por la cabeza hasta llegar a mi cerebro, atormentándolo con dudas y de ganas de hacer mil cosas.
Y eran tantas esas cosas que realmente me podría morir antes de cumplirlas todas Ni siquiera podía acordarme de todo lo que quise hacer en su día y que sin embargo no cumplí, dándome cuenta más tarde, que quizás habría cambiado mi presente. Aunque bueno, realmente el presente estaba tan “entretenido” que no lo cambiaría.
¿Un juego había dicho? ¿Bill había dicho un juego?
¿A que se refería con eso? Es verdad que el primer día hablamos con el típico tono juguetón, pero creí que era evidente que solo fue un “despiste del momento”, que nunca en la vida haría mariconadas con un tío por muy afeminado que fuese.
¿Pero realmente era jugar eso que Bill quería decir? Dice que era divertido. ¿Divertido en qué sentido? ¿Quizás se ha dado cuenta de que algo me está pasando, y a él no le ocurre y se está regocijando en mi sufrimiento.?
Vale, stop, ¿Qué sufrimiento ni qué sufrimiento? ¡Yo no sufro por nadie ni nada! ¡Nunca! Y menos por él. Vale, sí, estoy confuso ¡coño!
Apreté tan fuerte el volante que las manos se me empezaron a poner rojas. Dentro del coche hacía calor porque había estado bajo el sol de Düsseldorf mucho tiempo y el frío de la noche aún no había penetrado dentro.
Veía mi pasado de mujeriego algo lejano y desde luego difuso. ¿Qué había sido de ese chico inmune a los sentimientos? ¿Ese que no recuerda con cuantas se la montado la noche anterior? ¿Dónde estoy realmente? ¿Dónde está el real Tom? ¿Desde cuanto me comporto así? ¡Nunca me había importado tanto una persona como para coger el coche a las once o doce de la noche! ¡Nunca!
Y lo peor es que aún con todo esto en la mente me sentía incapaz de aminorar la velocidad y pensar que debería llegar a mi cabaña y punto.
Sí, nada más llegar, mis piernas saldrían en busca de su cabaña. Lo sabía, seguro.
Me dolía la boca del rato que llevaba apretando la mandíbula fuertemente, en ese debate interior que me estaba volviendo loco, y casi no oí a Andy cuando me llamó.
-Tom… -repitió en un tono de voz bajo, por segunda vez.
-¿Hum? –dije, sin llegar a salir del trance del todo. Aún con la pasividad y esa tela negra alrededor mío sin difuminarse.
-¿Queda mucho? –formuló la frase con miedo, como si supiera que ahora saltaría una fiera de dentro mío o algo por el estilo. Andy sabía de sobra que odiaba que me preguntaran eso, pero entendía perfectamente que después de todo lo vivido en un día como el de hoy, cualquier cosa que pudiera ser molesta, en este grado, quedaba totalmente en segundo plano.
Me destensé unos instantes, y la sangre de las manos me volvió a circular con algunas dificultades aún, después de haber dejado la presión que me estaba jodiendo los dedos de tanto forzarlos contra el volante.
-No… Ya casi hemos llegado. -dije tristemente, con lentitud, dejando que las palabras soltaran un eco final propio, dándoles énfasis – calcula como mucho diez minutos, contando que dejaré mi coche al lado de la cabaña. - desde luego no iba a caminar tanto dejándolo en el parking, y desde luego, hoy, no les haría caminar a ellos. Hoy no.
Asintió y sonrió, después volvió a abrazar a Mario, que estaba mirando a la ventana con parsimonia, con cansancio, como si el peso del mundo fuese tal en sus espaldas, que estas se hubieran acostumbrado a portarlo, causándole un peso eterno para siempre. Como una tortura interna que sólo se notaba al mirarle a los ojos, vacíos y rojos de tanto llorar.
Pero de pronto, mientras yo intentaba concentrarme en la carretera, algo en el retrovisor que me daba la visión del asiento de atrás, donde estaban ambos, me distrajo totalmente.
El movimiento de abrazar a Mario había sido introducido por un simple “toc toc” con el dedo índice en la espada de Mario. Este alzó la vista y giró el rostro y se centró en la persona que lo había llamado. Y en cuanto cruzaron miradas endulzó el rostro totalmente, esbozando una risa triste y preciosa al mismo tiempo. El pelo que apenas le dejaba ver, fue apartado por la mano del rubio finalizando en un simple movimiento en el que le dejaba el pelo largo tras la oreja, dando el ligero roce debajo de la clavícula, en el cuello, llegando hasta la barbilla. El moreno sonrió de nuevo, y se mordió el labio.
Yo me estaba poniendo de los nervios, entornado la mirada de la carretera al retrovisor, pero algo me decía que no dejara de mirar.
Sí, exacto, eso me pregunto yo; ¿Qué coño hago, concentrado (sobretodo, resaltar esa palabra) mirando cómo se están a punto de besar mis amigos? Pues no lo sé… El caso es que apenas había notado un ambiente diferente entre ambos, algo me había llamado la atención.
Quizás fuera algo que no tuviera nada que ver conmigo, quizás algo que significaba demasiado.
Pero el momento en que, de nuevo en el día de hoy, Mario había rodeado a Andy con los brazos, y lo había besado delicadamente en los labios, hizo que se me encogiera el estomago.
¿Qué hacía que sus caras apetecieran totalmente deseosas?
Me explico. Ambos se miraban el uno al otro como si delante de este tuvieran a un ángel, como si delante tuvieran al ser más perfecto y más bello que jamás hubieran visto. ¿Y porque digo deseosas?
Quizás porque me estaba muriendo del deseo de mirar a alguien de esa manera. Es que… ¡Un brillo de tales características no podía existir! ¡Ese brillo en sus pupilas al intercambiar miradas!
De nuevo me peleaba con mis ojos, siendo consciente de que debería mirar más a la carretera que a ellos, pero en cuento se besaron del todo, la respiración que acababa de coger, se quedó encadenada en mis pulmones, sin ninguna posibilidad de salir.
Era tan sutil, tan efímero, tan simple y tan…intenso. Joder, y qué difícil de explicar era esto. Pero solo sé que empecé a morirme de ¿envidia? Sí joder, envidia porque me moría por saber qué coño se siente.
Jamás en la vida me había parado a pensar en repetir experiencia más de dos veces con la misma persona, a excepción de Erika, y alguna novia esporádica. Pero incluso en esos casos, jamás pensaba en esto simplemente ocurría sin más, sin ningún tipo de locura transitoria.
Y jamás en la vida he encontrado a nadie a quien mirar así.
Y me están dado… envidia. Envidia.
Y de pronto pegué un frenazo.
-¡¡AAHHH!! – Mario chilló y yo aparté la vista del retrovisor, de golpe. ¡Me había quedado tanto rato mirándoles que no sabía por dónde iba! ¡He parado por pura inercia! -¡Tom, ¿qué ha pasado?! ¡¿Estás bien?! –esta vez hablaron los dos.
-Sí… sí… Yo… Joder, me he despistado… No tengo la mente fluida ahora mismo - el corazón me iba a mil por hora y en cuanto me enderecé un poco, tras unas respiración agitadas y profundas al mismo tiempo, coloqué el retrovisor de tal manera que no viera nada.
Y por fin, vi la entrada al parking, y tras eso, el último trozo del camino asfaltado, que tras unos segundos bajaríamos hasta tocar la tierra, húmeda por la noche, pero sin estar mojada.
Llegamos a mi cabaña enseguida, después de apretar el acelerador mínimamente y presentarme delante suyo lo más rápido posible. Necesitaba salir cuanto antes.
Cogí de dentro de mis bolsillos, las llaves que abrirían, y en cuanto las tuve en la mano, la introduje en la indicada cerradura, que tras un sutil “crack”, me dio paso libre a girar el pomo.
El chirrido de la puerta apenas sonó, y un paisaje oscuro se cernió ante mí. Mario y Andy estaban abajo, al final de las escaleras que subían hasta la puerta, sacando las maletas de ambos, y esperando a que yo se las subiera.
Encendí rápido una luz, y de golpe, un intruso se coló por la imagen de mis ojos. Algo que no debería estar, apreció.
Y cuando supe que se trataba de la gran cama que mi padre me había traído a mi habitación, algo de luz se me fue del rostro. Yo me esperaba…
Yo no me esperaba eso.
Sí, recuerdo perfectamente que le había pedido a mi padre que llevaba a mi cabaña el colchón (con todo lo que incluye) que era casi como el doble de uno normal
Había supuesto que mis mariconcetes, dormirían juntos, así que como no quedaban más cabañas, estaba clarísimo que dormirían conmigo. Mi cabaña era tan grande que cabíamos perfectamente. Se nota que la hice a mi gusto.
Lo cierto es que la cama estaba mal colocada, en el centro, como si esperase ser bien colocada, y las sabanas estaban dobladas, encima, con el tiempo de cómplice para ser puestas.
Joder… Bueno, mientras yo subo las maletas, estos que la coloquen bien.
Me volví a salir y los vi abajo, cómo no, acurrucados el uno en al otro, guardándose del frío que empezaba a notarse en cada exhalación de aire que producíamos, saliendo vaho de nuestra boca, como si se tratase de humo.
-¡Eh, subid! – le indiqué. Estos se separaron y asintieron, más tarde miraron con desconfío, a la mala escalera que subía hasta arriba, aparte de que tampoco se perdían casi ningún detalle del oscuro paisaje.
Se cogieron de la mano, y Andy lideró, yendo delante.
Llegaron arriba y entraron.
Me hizo gracia la cara de pasmados que pusieron ambos al ver mi cabaña.
Vaya, parecía que les había gustado. La poca luz que había en la entrada (una improvisación mía, como no) apenas les había dado para ver las escaleras, así que a la mañana verían el dibujo de la entrada, tengo la sensación de que a ambos les gustaría.
Los dos miraron hacia dentro y vieron lo mismo que yo había visto al entrar, y sonrieron.
-¡Hey! ¡Es de matrimonio casi, ¿no?! –exclamó uno de ellos.
-Exacto, pero mientras yo os subo las cosas, vosotros vais colocando la cama ahí, con las sábanas y todo eso, ¿ok? –dije señalando el sitio con la mano.
Ambos asintieron sin rechistar y soltaron sus manos para coger la cama de dos sitios diferentes y elevarla hasta llevarla a su sitio.
Yo mientras, me dirigía a la puerta, bajaba las escaleras, y… Mi vista se dirigía en dirección de la cabaña de Bill, que aunque, evidentemente, no se viera físicamente porque estaba bastante lejos, sabía en qué dirección estaba y... Deseaba ir corriendo. ¡Joder, me moría de ganas! Me daban hasta ganas de comerme las uñas, del nerviosismo. Aguantando esas jodidas ganas de salir corriendo y abrir su puerta, cerciorarme de que estaba en su cama, durmiendo, tranquilo, y vivo.
Que no le había pasado nada.
Porque es que ¿Cómo sabía yo que no se… había… yo que sé, atragantado con los espaguetis? O ¿Y si se había caído al lago y se había ahogado? Que con lo tremendamente patoso que llega a ser este tío me creo que le pueda haber pasado cualquier desgracia.
¡Arg! Vale, lo admito, ya sé que es imposible. Pero necesitaba verle. Ya.
Las putas maletas pesaban como unos putos muertos, y para llegar a subirlas todas tuve que hacer un par de viajes. Pero cada vez que dejaba unas maletas e iba a por otras, veía a Andy y a Mario, intentando montar la cama. Y parecía que no lo habían hecho en su vida ¿Qué diablos estaban haciendo?
-A ver Andy, la funda del colchón… es para cubrir el colchón. ¿No crees? ¿Qué haces poniéndola de manta? Jodeeer.
Llevaba un buen rato ayudándoles a poner la ropa en mi gran armario y a colocar BIEN la cama, y cuando los tres ya estábamos reventados, decidimos irnos a dormir.
Pero algo falló.
-Tom ¿no tienes unas sábanas un poco más gruesas? Me da a mí, que por muy abrazados que estemos nos moriremos de frío. esto no deben de ser di dos milímetros de grosor… Nos vamos a congelar… - se quejó, lastimero Andy.
Joder, tenía toda la razón. ¿Qué mierda sabanas eran esas? Mi padre es gilipollas.
-Vale, sí, espera, que tengo por aquí una manta. – Deshice los pasos andados y abrí de nuevo mi armario. Empecé a rebuscar esa manta que tanto me gustaba, era lila con tonos blancos y grises… Como a cuadrados escoceses violetas, grises y negros. Pero no estaba. –Ey joder, que no la encuentro – refunfuñe. Me estaba empezando a poner nervioso ya, esa manta me gustaba mucho y ahora no aparecía. – Me cago en la puta…
-¿No la encuentras? – exclamó Mario.
-No… Joder.
¡FLASH!
Y de pronto, una imagen se pasó por mi cabeza. Un moreno, envuelto en una manta violeta. MI manta. Un moreno alto. Con frío, en la calle, en mi coche, en su cabaña, en su boca…
Bill.
-Mierda… -Solté de pronto. ¡La tenía Bill!
-¿Qué pasa?
Ni contesté. De pronto se me pasaron diversas opciones por la cabeza en un segundo. Entrecerré los ojos, y medité a penas un instante. Podría dejarles dormir en mi cama, y ya me congelaría yo en la suya… Pero dios, no cabrían en la mía, ni yo soportaría el frío. Podría ¿ponerles todo el armario de ropa encima para que pillaran calor? Vale, no. Joder, o iba a buscar la manta o se me morían congelados. Y la primera noche, tiene huevos.
Papá, te lo has currado.
Pero joder, son las tres de la mañana ¿no? Bill estará durmiendo seguro. Y a más estará en el séptimo cielo, porque si no ha pegado ojo en toda la noche, ahora estará reventado.
Entonces el sonido del castañeo de los dientes de Mario mientras abrazaba a Andry, y me miraban expectantes a ver qué les decía, me sacó de mis pensamientos. Tenían verdadero frío.
¿Iba o no iba?
Joder, tendría que ir a buscar la llave al despacho de mi padre. Y no me venía muy de camino, la verdad.
-Vale, esto… id cambiándoos o como queráis. Esperadme si queréis. No tardo ni ¿media hora? Bueno, no lo sé. Es que ya me acuerdo de dónde está la manta. Si veis que tardo demasiado, pillad mi manta y tapáos como podáis, y cuando llegue os hago el cambiazo.
Y sin esperar respuesta alguna me cogí una chaqueta y salí de ahí.
Apenas tarde diez minutos en llegar a la oficina de mi padre y pillar las llaves, y otros cinco minutos para llegar enfrente de la cabaña de Bill. Pero…
Ahí estaba yo, enfrente, mirando perfectamente el pomo de la puerta, a mi perfecta altura, con la cerradura llamando a ser abierta, y con la llave en mi mano. Sin hacer nada. Sin atreverme a hacer nada de nada.
Mi corazón latía a mil por hora otra vez. Y cuanto más aproximaba la mano al pomo, más de los nervios me ponía.
Avancé más si podía y me puse a escasos centímetros de la madera de la puerta. Como intentado ganar tiempo, como intentando alargar el momento.
Esta vez, levanté la mano e introduje bien la llave, con lentitud y parsimonia, pero lo hice. Noté que ya había abierto y giré el pomo.
Entré con cuidado y lo vi todo a oscuras. Apenas entraba un poco de luz por la ventana de a saber tú de qué.
Me estresé un poco porque si tenía que ponerme a buscar la manta sin luz podría tardar eternidades, a más que no recordaba bien bien, cómo tenía puesta la cama Bill, y lo mismo me chochaba con él.
De pronto se me ocurrió la genial idea de sacar mi móvil y alumbrar con él.
Y, exacto, me fue de maravilla.
Empecé a alumbrar primero al suelo para no encontrarme con nada con lo que tropezarme y fui avanzando. Después de saber que no había nada esparcido, levanté la luz y apunte más arriba. Pronto encontré las patas de la cama y se me cortó la respiración. Hostia, allí está Bill ¿no?
Con el pulso acelerado fui alzando el móvil y un bulto en la cama destacó ante todo.
Me fui aproximando, y el oscuro pelo de Bill se distinguió entre todo. Observaba como la sabana que llevaba encima le subía y le bajaba por la respiración, y una aguda respiración escapaba por su boca y su nariz. El segundo en que el móvil se pagó, entrando en estado de suspensión, casi boto. ¡Había desaparecido! Y enseguida toqué alguna tecla que no me interesé en saber cual, y de nuevo se encontraba delante de mí. Sin nada mal, ni una rascada, magulladura, ni nada… Estaba bien. ¿Cómo iba a estar sino, no? De verdad que soy gilipollas.
Pero joder, m estaban entrando unas ganas de zarandearle y despertarlo, de que me dijera algo. ¡Arg, me moría por tocarle!
Bueno, para tocarlo no hace falta despertarlo ¿no?
Me puse de cuclillas a su lado y entonces me coloqué a su altura.
De nuevo tuve que encender el móvil porque se había vuelto a apagar, y de nuevo sentía ardores de encender yo mismo la luz, necesitaba tocarlo sin estar pendiente de otra cosa que no fuera él.
Aproximé la parte exterior de mis dedos hacia su mejilla y la mano del móvil también se aproximó, tanto que se creó un foco de luz cerca de su nariz, que era la reflexión del móvil.
Le acaricié con cuidado y noté que estaba caliente, a diferencia de lo congelados que estaban mis dedos, y la suavidad me puso el bello de punta. Era como pasar los dedos por una piedra que ha estado siglos y siglos en un río, y que tras tanto tiempo de ser erosionada se ha redondeado de tal forma que embriagaba.
Una especie de… tranquilidad, me invadió.
Le vi entre abrir los labios con lentitud, notando perfectamente esa humedad que creaba ese efecto de estar despegándose, poco a poco.
Noté una… descarga eléctrica por todo mi cuerpo. Un pequeño espasmo que me recorrió de arriba abajo, invadiéndome de placer.
Dios, ya lo dije… Cómo me ponen sus labios.
Bajé sutilmente mi mano por su mejilla hasta posarla en la comisura de los anteriormente nombrados. Intenté pasearlo por ahí, pero los tenía secos y mi dedo no conseguía deslizarse bien.
Así, que sin pensármelo, (hay que aprovechar cada oportunidad, ¿no?), me lo llevé a la boca y lo chupe, impregnándolo cuanto pudiera con mi saliva.
Cuando creí que era idóneo, lo acerqué a sus labios de nuevo y los acaricié, dejándolos empapados de mi propia saliva.
Madre mía, es como si estuviera escribiendo la palabra “sexo” sobre un lienzo que provenía del mismísimo infierno, donde la lujuria sí estaba permitida.
Y de pronto, le vi arrugar el ceño, como si algo estuviera interrumpiendo su sueño, y exacto, ese era yo. Con toda la luz del móvil y con mis repentinas e indebidas caricias. Me asusté y me aparté enseguida, volví en mí y busqué lo que desde un principio había venido buscado.
Y ciertamente la encontré al instante. Bill abrazaba prácticamente con recelo, ese gran trozo de tela, manteniéndolo pegado a su cuerpo entre sus brazos.
Me lo quedé mirando y no comprendí porque la tenía así de guardada ¿Por qué no se tapaba con ella?
Estudié el plan para cogérsela sin que se diera cuenta, pero todos eran demasiado arriesgados. Joder, intentara lo que intentara acabaría pillándome. Podría ponerle cualquier otra sábana para suplantarla, pero el problema seguía estando en ¿cómo coger la mía?
Yo seguía apuntándolo en las manos (demasiado próximas a la cara, ya que las tenía recogidas) con la luz, y seguía dándole vueltas al tema, pero de golpe algo me embriagó de una manera que creí que se había parado el tiempo, y es posible que así fuera.
Bill había abierto los ojos por fin, después de momentos de estar preguntándose seguramente, qué era eso que le estaba perturbando su ya conciliado sueño. Sus ojos, resplandecieron ante la artificial luz del móvil y sus pupilas restaron minúsculas y brillantes.
Parpadeó dos veces, molesto y la tercera vez que los abrió, se apagó la luz, dejándolo todo a oscuras. Yo me tiré atrás, quedándome sentado en el suelo y respirando con nerviosísimo, pensado que me habría pillado, y esperé. No sabía muy bien qué hacer y me había quedado estático y expectante.
Oí un movimiento en su colchón y un revoloteo de sábanas que no supe cómo clasificar del todo.
Ai dios mío, cómo la estoy cagando. De seguro que estará buscando la persona que le ha interrumpido. ¡Joder, no veo nada!
-¡¡AAAAHHHH!! – oí de golpe. Como si después de unos instantes de tensión, se hubiera dado cuenta de lo que acababa de pasar y se hubiera puesto histérico. Abrí los ojos desmesuradamente aún sin ver nada y me preparé para salir corriendo.
A la mierda la manta y todo lo que se mueve. ¿No eran novios? Pues que se den amor entre ellos que eso da calor. Aunque ahora que lo recordaba, yo dormía justo al lado... Mierda.
-¿¡Quién hay ahí?! – una voz grave y asustadiza que pertenecía a Bill recién levantado, me puso los pelos de punta.
¿Y si le robo ahora y salgo corriendo? Joder, me va a costar conseguir la puñetera mantita. A más, ¡me estoy muriendo de cansancio! Mañana no me podré levantar.
A ver, me centro, si se la robo con cuidado lo mismo ni se da cuenta. ¿¡Pero porque digo robar?! Hey tío, ¡que es mía! Pero qué patético era todo esto.
Creo que debería decir algo.
De pronto ahí unos pasos, como posicionándose en el suelo, y el peligroso avance de estos hasta mi posición, poco a poco, pensándose cada movimiento.
-¿Hay alguien ahí… – y esta vez su voz sonó temerosa, con miedo. ¿Y si se piensa que soy un ladrón de verdad o un violador o…? Vete tú a saber qué. Madre mía, ya lo estoy viendo, con el caballete o con los pinceles mismos, intentando darme de hostias. Lo llevo claro. – Joder, joder, joder… -y sin embargo, ahora, estas tres repetidas palabras, sonaron como si fuesen simples suspiros temblorosos y con miedo.
¿¡Y ahora qué digo?! Si descubre que soy yo se enfadará por asustarle de tal manera, y no me hablará, y volveremos a estar como siempre. Joder, parecemos tontos.
-Va… Por favor… di algo… ¿E-eres… un lad… vi… eres alguien malo? – y un lloriqueo pequeño se escapó por sus labios, con la voz de niño pequeño y asustadizo. –Yo… yo no he hecho nada malo. ¡De verdad! ¡Dime quién eres por favor…! ¡No encuentro el puto interruptor! – se estaba poniendo de los nervios y creo que en cualquier momento se caería de los pasos tan inseguros que estaba dando, estaba al borde de la histeria y yo parecía que fuera un puto espectador, en el suelo, con las manos apoyadas en este y observando con incredulidad, sin saber qué hacer, y estático totalmente.
Otro sollozo interrumpió en el momentáneo silencio que se iba reproduciendo cada poco tiempo, dejando que la tensión jugara por nosotros.
¡Tom actúa!
Bill seguía avanzando en la oscuridad y en la incertidumbre que lo estaba volviendo loco.
-Joder, cómo no sea nadie y me lo haya imaginado... - dijo sin soltar su temblorosa voz y siendo constante con su nerviosismo y sus ganas de llorar –Soy gilipollas. ¡Por favor, si hay alguien, dime algo! – casi me empiezo a reír. ¡Parecía que estuviera hablando con un fantasma! O con un ovni, o… como esos locos que de verdad creen que ven a alguien, pero no llegué a ello porque Bill seguía fatal, al borde de la histeria.
Vale, o decía algo o le daba un ataque ahí mismo. Intenté levantarme poco a poco, evitando cualquier disturbio, pero en el último momento resbalé y al intentar agarrarme de la mesa que tenía detrás algo cayó al suelo.
Resonó por toda la cabaña.
-¡¡AAAHHHH!! –volvió a gritar. -¡Vale, esto ya no ha sido invención mía! ¡¡Joder, di algo que sigo sin encontrar el interruptor!!–y casi pude ver como se ponía a dar minúsculos saltos de impotencia. Lo seguí oyendo caminar por casi todo el recinto, queriendo encender la luz, y no se me pasaba desapercibido el constante sollozo de su parte.
-Bill… -me decidía a hablar. Este dejó de andar, petrificado pero su agitada respiración siguió con el mismo ritmo. –Bill… joder, lo siento, soy Tom. - y justo en ese momento abrió la luz, dejándome totalmente expuesto a su vista, y él a la mía, con el poco maquillaje que seguramente no se habría quitado bien, esparcido por toda la cara.
Y me di cuenta que estaba más próximo a mí de lo que creía. A penas un metro nos separaba.
-¿Tom…?- y sonó decepcionado. Rompió a llorar al instante siguiente - ¡Joder Tom! ¡Qué susto me has dado! – Se tapó el rostro con las manos y empezó a sollozar - Creí… creí que… joder, yo que sé. Soy gilipollas.- y entonces me abrazó fuerte.
Yo aún no había dicho nada, y ese gesto me sorprendió mucho. Noté sus manos agarrándome fuerte por detrás, acercando su cuerpo al mío y enterrando su frente en mi hombro, escondiendo su rostro y empapándome seguramente la camiseta con sus lagrimas. Realmente le había asustado.
-Bill, lo siento de verdad… Sólo había venido para ver si me podías devolver la manta. -intenté convencerle desde un principio que no quería asustarle ni hacerle ninguna broma. Bill relajó el cuerpo pero no me soltó, simplemente se quedó ahí, momento en el que aproveché para rodearle yo a él, sintiendo su delgada espalda en mis manos, y la increíble forma en la que se estrechaba si baja mis manos hasta su cintura.
-¿La manta…? – preguntó después de unos instantes, mirándome de perfil, secándose las lágrimas con una de las manos que antes estaba en mi cuerpo. Me puse receloso cuando sentí que la separaba de mí.
Tanto, que fui yo quien se separó y le quité el agua salada que le caía por las mejillas, haciendo que volviera a rodearme.
Volvía a entrar en ese estado en el que yo no controlaba mi cuerpo ni mucho menos, sino que algo dentro de mí, movía los cables para crear esos movimientos tan inapropiados para lo que era yo.
-Sí… Es que, bueno, acabo de llegar con Andy y Mario y estábamos colocando las sábanas de su cama, y eran tan finas que no servían para tapar nada. Así que me he acordado de la manta… Pero la tenías tú. Le he robado la llave a mi padre y la intención mía era entrar cogerla sin que te enteraras y punto, pero… Como la tenías tan cogida pues no sabía qué hacer.
Frunció el ceño y después suspiró, supongo que igual de deshubicado que yo. Se separó poco a poco de mí y casi me lanzo encima suyo cuando me di cuenta, ya que no quería que se separa, incluso apreté los puños para reprimirme.
Se aproximó a su cama y la tendió aquello que buscaba.
Me acerqué poco a poco y la cogí entre las manos, sin apartarle la vista de los ojos, que cuando tardé más de un par de segundos sin retirar el contacto visual, él lo rompió, sonrojándose totalmente.
-La próxima vez, entra como una persona normal, y aunque esté durmiendo, despiértame. Si eres tú, en medio de la noche, no te diré nada. -dijo en una mirada baja.
Pum, pum… pum, pum… Pum pum… pum, pum Si entraba en medio de la noche no me diría nada. ¡Oh dios, lo qué ha dicho! Una descarga eléctrica me recorrió el cuerpo entero. Un juego.