Han pasado varios meses desde que papá se casó con esa mujer, y las dos son realmente insoportables. Se creen dueñas de la casa. Eliana me da igual, que se gaste el dinero de mi tío en joyas y ropa, pero Berenice... Berenice prácticamente me invade el espacio. Me quita mi ropa, mis pertenencias, y se presenta en todos los lugares donde yo estoy. Es como si no pudiera respirar sin que ella estuviera por ahí.
Hoy, estoy en la fiesta de cumpleaños de Rocío. Las luces brillan, la música llena el aire, pero mi mente está en otro lado. Aquí están los amigos de Martín. Uno se llama Raidmundo y otro Santino. Rocío tiene un flechazo evidente con Santino, y no puedo dejar de notar lo mucho que se miran, como si nada más importara en ese momento.
Ellos estudian en la universidad con Martín, y Martín está a punto de terminar su carrera en finanzas. Estoy tan orgullosa de él. Es difícil no admirarlo. Su dedicación, su esfuerzo... Es todo lo que siempre soñé, y a veces, me pregunto si alguna vez él me verá de la misma forma.
—Deja de mirarlo... —se ríe Rocío, notando cómo mis ojos siguen a Martín, que está conversando con Santino.
Intento disimular, pero la verdad es que no puedo. Hay algo en él que me atrae más de lo que debería. Es como si cada vez que me mira, todo el mundo desapareciera. Aunque lo intento, no puedo dejar de sentir esa chispa.
—Estoy contando los meses para cumplir dieciocho, amiga —le confío, en voz baja. —Estoy segura de que me pedirá ser su novia.
Rocío me mira con una sonrisa que mezcla diversión y preocupación. Sabe lo que estoy pensando, lo que quiero, pero también sabe lo complicado que es todo.
—Amiga, sabes que mi hermano es muy mujeriego... —me dice, y sus palabras me hacen detenerme un segundo. —Él te adora, pero...
—¿Pero qué? —pregunto, casi sin pensarlo, con una pequeña sonrisa, aunque sé que no debería estar sonriendo.
—Pero, a veces, es difícil saber qué es lo que realmente quiere. —Rocío baja la mirada, y puedo ver la preocupación en sus ojos. —Sé que te atrae, pero también te conozco. No quiero que te hagas ilusiones.
Siento un nudo en el estómago. ¿Por qué me cuesta tanto creer lo que dice mi amiga? ¿Por qué no puedo simplemente dejarlo ir?
—Lo sé —respondo, respirando hondo. —Sé que es complicado, pero no puedo evitar sentir lo que siento.
Rocío me mira, y aunque parece querer decir algo más, se queda callada. Ella lo sabe. Lo sé. Todos lo saben. Pero yo no puedo dejar de soñar con un futuro donde Martín me vea como algo más que la hermana menor de Rocío.
—Estás preciosa… —dice Raidmundo, acercándose a mí y dándome un beso en la mejilla.
—Gracias —respondo, algo incómoda.
—¿Cómo estás? —pregunta, mirándome fijamente.
—Bien… —digo, pero mi mente sigue en otro lugar. Martín no me deja de rondar por la cabeza.
—Te noto distraída —observa Raidmundo, notando algo raro en mi actitud.
—Sí… es solo que… —mi voz se quiebra, sin saber qué decir.
—¡Amigo, por Dios, deja de acosarla! —ríe Martín, acercándose rápidamente a nosotros, y me da un pequeño empujón en el hombro. Su tono es juguetón, pero noto un atisbo de celos en su mirada.
—¿Qué? Solo estaba conversando con ella —responde Raidmundo, levantando las manos como si no hubiera hecho nada malo.
—Claro, claro... —Martín se ríe, pero su mirada sigue fija en mí. Se gira hacia Rocío—. Feliz cumpleaños, hermanita.
—Gracias —responde Rocío, sonriendo ampliamente. Aunque está feliz, también veo que no puede evitar lanzarle una mirada a Santino, que está cerca.
Me alejé durante un momento al jardín, observando a todos bailar y reír. Rocío no es muy fan de las fiestas, mientras que su hermano, Martín, se lleva bien con todos. La mayoría de los amigos que hay aquí son de él.
—Ya es tarde, deberías irte a tu casa —me dice Martín, acercándose.
Reí fuerte, burlándome un poco.
—¿Estabas celoso de Raid? —pregunté, sin poder evitar sonreír.
—Solo que mi amigo es muy mujeriego para ti... —explica, dándome una mirada seria.
—¿Te gustó mi carta? —le pregunté, más tranquila.
Él me miró, claramente incómodo. Todas las semanas le escribo poemas o cartas de amor, y se las envío por correo electrónico. Incluso he creado varios álbumes con fotos suyas.
—Ya deja de hacerlo... —me dice, con tono de frustración. No es la primera vez que me pide esto.
—Yo te amo, y el amor se demuestra —dije con firmeza, mirando a Martín a los ojos.
Él suspiró, como si estuviera cansado de la conversación.
—Princesa, eres una niña y no sabes nada del amor —respondió, su tono suave pero lleno de una verdad dolorosa que me golpeó.
—No soy una niña —le repliqué, cruzando los brazos, aunque por dentro sentí un nudo en el estómago.
—Lo eres, Victoria. Aún no entiendes lo que significa realmente el amor —dijo, y pude ver la tristeza en sus ojos.
Me quedé en silencio, sintiendo que todo lo que había estado construyendo en mi mente se desmoronaba poco a poco. ¿Era tan inmadura como él decía?
Entonces acerqué mis labios a los de él, tomando suavemente su cabello, y lo besé. Al principio, él se quedó quieto, sin hacer nada, pero aproveché el momento y lo besé más intensamente. Sus labios eran cálidos y suaves, y el mundo alrededor de nosotros desapareció.
Sin embargo, en cuanto se dio cuenta, se alejó bruscamente.
—Victoria, ¿qué estás haciendo? —su voz sonaba más fuerte, aunque había algo de sorpresa en su tono.
Mi corazón latía con fuerza, pero traté de mantener la calma.
—No sé... Quería saber si lo sientes también —respondí, mi voz temblando ligeramente, pero firme en mi convicción.
—Deja de provocarme... —me dijo, su voz grave, mientras me miraba con intensidad—. Soy hombre, Victoria. No soy de palo, y tú eres hermosa.
Me quedé en silencio por un momento, viendo la lucha en sus ojos. No era la primera vez que me lo decía, pero esa vez sentí algo diferente.
—Entonces, solo bésame... —le dije, acercándome un poco más—. Yo quiero que me beses y estar entre tus brazos.
El aire se volvió pesado entre nosotros. Martín me miraba como si estuviera tomando una decisión, pero al final, bajó la mirada, y pude ver que la batalla en su mente no era fácil.
—Quiero ser tuya... —le pedí, con una mezcla de vulnerabilidad y deseo en mi voz.
Martín me miró, sus ojos llenos de sorpresa y algo que no podía leer.
—Estás demente... —dijo, su tono serio y preocupado, como si no pudiera creer lo que estaba escuchando.
—No, Martín... —respondí rápidamente, tomando su mano con firmeza—. Yo quiero que tú seas el primero. Solo te he tenido a ti en mi mente, solo a ti. Eres lo único que quiero.
Él me miró por un largo rato, como si intentara procesar lo que estaba diciendo. Su respiración se hizo más pesada, y podía ver el conflicto en su rostro.
—Victoria... no sabes lo que estás pidiendo. Esto no es solo un juego... —sus palabras eran graves, llenas de una advertencia que no podía ignorar.
—Te acuestas con una diferente cada semana ¿Por qué conmigo no?
—Porque tú no eres como ellas y no me vuelvas a pedir algo tan absurdo.