Nuevamente rechazada

1447 Words
Me encontraba en la mesa del comedor, disfrutando de un desayuno tranquilo junto a Lidia, mi nana, la única persona en esa casa que realmente me entendía. —¿Y Eliana? —pregunté mientras revolvía mi café con desgana. Lidia soltó una pequeña risa, conocía bien mi desdén por esa mujer. —De compras con la señorita Berenice, como siempre, cariño. Y tu tío… bueno, está de viaje. Suspiré. No era una sorpresa. Desde que Eliana y su hija llegaron, mi tío parecía más ausente que nunca. —Esta noche iré a dormir a casa de Rocío —comenté con naturalidad, llevándome un trozo de pan a la boca. Lidia me miró con suspicacia y dejó su taza de café sobre el platillo con un leve “clink”. —Cariño, sé cuáles son tus intenciones… y no quiero que cometas errores. Le sostuve la mirada, sintiendo un ligero calor subir a mis mejillas. —Nana, Martín me ama. Solo necesita entenderlo —dije con convicción. Ella suspiró con esa paciencia infinita que siempre tenía conmigo. —Victoria… —pronunció mi nombre con suavidad, como si intentara elegir con cuidado sus palabras—. Escúchame bien, mi niña. El amor no se impone. Si es verdadero, vendrá por sí solo. Fruncí los labios, sintiendo una punzada de impaciencia en el pecho. —No lo estoy obligando, solo quiero que abra los ojos. Sé que siente algo por mí, pero tiene miedo. Lidia negó suavemente y tomó mis manos entre las suyas. —Solo te pido que pienses bien en lo que haces. A veces, cuando intentamos apresurar las cosas, terminamos perdiéndolas. Aparté la mirada, inquieta. No quería pensar en eso. Martín y yo estábamos destinados a estar juntos, y si él aún no lo comprendía, yo me encargaría de que lo hiciera. Empaqué una maleta con mi ropa para la pijamada en casa de Rocío. Quería aprovechar esa noche para despejarme y, sobre todo, acercarme más a Martín. Cuando llegué, Rocío abrió la puerta con una sonrisa. —¡Por fin llegaste! —exclamó, abrazándome. —Sí, tuve que esperar a que mi nana dejara de darme sermones —dije rodando los ojos. Su madre, la señora Ericka, apareció detrás de ella y me saludó con calidez. —Victoria, querida, qué gusto verte. Siempre es un placer tenerte en casa —dijo, dándome un abrazo maternal. —Gracias, señora Ericka. Ya extrañaba venir —respondí con sinceridad. Rocío me jaló del brazo, impaciente. —Vamos a mi cuarto, tengo muchas cosas que contarte. Reí y la seguí, aunque en mi mente solo había un nombre: Martín. Apenas entramos a su cuarto, Rocío cerró la puerta y se dejó caer en la cama con una sonrisa divertida. —A ver, dime la verdad, ¿vienes por la pijamada o por mi hermano? —preguntó cruzándose de brazos. Me hice la desentendida mientras sacaba mi pijama de la maleta. —¿Por qué dices eso? Vine a pasar tiempo contigo, obvio. —Ajá, sí, claro. —Rocío rodó los ojos—. Te conozco, Vicky. ¿Qué planeas esta vez? Suspiré y me senté junto a ella. —Solo quiero hablar con él… demostrarle que lo nuestro puede funcionar. —¿Funcionaría? —preguntó con escepticismo—. Vicky, Martín es… Martín. Es terco, mujeriego y, sobre todo, te sigue viendo como su hermana menor. —Eso es lo que quiero cambiar —dije con determinación—. Quiero que me vea como una mujer. Rocío me observó en silencio unos segundos y luego suspiró. —Solo prométeme que no harás ninguna locura. Sonreí con inocencia. —¿Yo? Nunca. Rocío me lanzó una almohada en respuesta, y las dos estallamos en risas. Sin embargo, en mi interior, ya tenía claro lo que haría esa noche. Las horas transcurrieron con calma entre risas, música y algunos pasos de baile improvisados. Rocío y yo disfrutamos de nuestra pijamada mientras ayudábamos a Ericka en la cocina. La casa se sentía cálida y acogedora, como siempre. Cuando la noche cayó por completo, la cena estuvo lista. Justo cuando nos sentamos a la mesa, la puerta se abrió y Martín entró. Se veía agotado, con los hombros tensos y el ceño fruncido. —Huele bien aquí —comentó, dejando sus llaves sobre la mesa antes de besar la mejilla de su madre—. Hola, enanas. —Hola, hermano —respondió Rocío con una sonrisa—. Hoy cocinamos nosotras, así que más te vale comerte todo sin quejarte. Martín dejó escapar una risa cansada mientras se servía agua. —Con tal de que no hayan incendiado la cocina, me conformo. Rodé los ojos y le sonreí con dulzura. —Te ves agotado —dije en tono suave—. ¿Cómo te fue hoy? Suspiró y pasó una mano por su cabello. —Igual que siempre... muchas entrevistas, muchas promesas, pero nada concreto. —No te preocupes, hijo —intervino Ericka con ternura—. Algo bueno llegará. Eres inteligente, trabajador y responsable. Solo es cuestión de tiempo. Martín sonrió de lado, aunque la preocupación seguía reflejada en su mirada. Lo admiraba tanto... y me dolía verlo así. Tal vez podría hablar con mi tío para que lo ayude. Después de cenar, Rocío y yo subimos a su habitación. Su madre, Ericka, nos despidió con un abrazo antes de irse a dormir. En esta casa los abrazos eran costumbre antes de acostarse, un gesto que me recordaba a mi mamá y me llenaba de nostalgia. Rocío se acomodó en su cama, colocándose los auriculares, mientras yo fingía buscar agua para escabullirme fuera de la habitación. Caminé con sigilo por el pasillo hasta la puerta de Martín. Toqué suavemente, pero al no obtener respuesta, giré el pomo y entré. Martín estaba acostado, visiblemente cansado. Al verme, se incorporó de inmediato, frunciendo el ceño. —¿Qué haces aquí, Victoria? —su tono era una mezcla de desconcierto y advertencia. Di un paso hacia él, sin apartar la mirada. —Quiero demostrarte que no soy una niña… —susurré antes de acercarme y sentarme sobre él en la cama. Antes de que pudiera reaccionar, acerqué mis labios a los suyos y lo besé. Esta vez no me rechazó. Sentí su respiración agitarse y, con una vacilación apenas perceptible, sus manos se enredaron en mi cabello. Sus labios se movieron lentamente contra los míos, con una suavidad que me hizo estremecer. Por un momento, creí que lo había logrado. Que por fin me veía como una mujer. Martín dejó escapar un suspiro entrecortado, sus manos viajaron instintivamente a mi cintura, aferrándome con fuerza. —Vicky... —murmuró entre los besos, su voz baja y cargada de deseo. —No digas nada... —susurré, acercándome más a él, dejando que la tensión entre nosotros creciera. Me senté completamente encima de él, sin apartarme. Sentí su respiración acelerarse, y sus manos comenzaron a deslizarse por mi espalda, presionándome contra él. Su cuerpo reaccionaba a cada movimiento mío, y no pude evitar sonreír al sentir cómo cedía bajo mi toque. El roce de su bulto era evidente y me hizo querer ir más allá. —Vicky... —su voz ahora sonaba más quebrada, como si luchara contra sí mismo—. Esto no está bien... Pero ya no podía detenerme. Yo quería esto, quería que me deseara, y no iba a retroceder. Me acerqué más, apenas dejando espacio entre nuestros cuerpos. El deseo brillaba en sus ojos, pero algo en su interior parecía estar luchando por frenarlo. —No pienses en nada más... —susurré, besándolo con más intensidad. Sus ojos se oscurecieron, y por un instante pensé que cedería. Pero entonces, con un suspiro frustrado, me sujetó por los hombros y me apartó de su regazo con delicadeza, pero con firmeza. —Vete, Vicky. Antes de que hagas algo de lo que te arrepientas. Su rechazo fue como un balde de agua fría. Me crucé de brazos, indignada. —¿Por qué sigues viéndome como una niña? Martín cerró los ojos un segundo, como si intentara controlar su propia respuesta, y cuando habló, su voz sonó cargada de paciencia… y algo más, algo que no quería admitir. —Porque si no lo hago... sé que no podré detenerme. Mi corazón se aceleró, pero antes de que pudiera responder, él ya se había puesto de pie y me había abierto la puerta. —Buenas noches, Victoria. Me mordí el labio, debatiéndome entre insistir o rendirme. Pero sabía que, por ahora, la batalla estaba perdida. —Dulces sueños, Martín... —murmuré antes de salir de su habitación, con la certeza de que, tarde o temprano, él también cedería.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD