No la humilles

1559 Words
SALEM Sin palabras. Había llegado a un punto en el que la palabra “conmoción” ni siquiera formaba parte de mi vocabulario. Quienquiera que sea este hombre, sin duda da miedo y, básicamente, acaba de salvarme de una vi0lación o de algo peor. Magdalena se acurrucó a mi lado mientras los ojos del hombre se posaban en nosotras. Me mordí el labio y aparté la mirada de la suya. —Magdalena, salgamos de aquí—, le dije, y ella asintió y nos empujó hacia la salida. Una cosa que nunca puedes hacer en una discoteca es salir corriendo de la pista de baile, porque todo el mundo te empuja y te da empujones, lo que hace difícil salir rápidamente del local. Finalmente, tras salir del club unos cinco minutos más tarde, Magdalena y yo corrimos hacia su coche. Oí a un hombre gritar “esperen”, pero no nos detuvimos y empezamos a correr hacia el coche. Cuando llegamos al coche, me metí rápidamente en el asiento del conductor y arranqué el motor. Miré a mi izquierda y vi a un hombre corriendo hacia nuestro coche, agitando algo en la mano. Tragué saliva, presa del miedo, y pisé el acelerador para alejarme a toda velocidad. —¿Crees que nos seguirán? —preguntó Magdalena presa del pánico, pero yo no lo creía. —¿Por qué iban a seguirnos? Quiero decir, el hombre nos acaba de ayudar y no les hemos hecho nada, así que no deberían seguirnos—, dije, aunque en realidad intentaba convencerme a mí misma de mis propias palabras. Magdalena asintió, mostrándose de acuerdo conmigo, y suspiró profundamente. Estaba claro que se había calmado mucho durante todo este asunto. —Volvamos a casa y durmamos, olvidándonos de todo esto—, sugerí, claramente sin aliento. Magdalena asintió mientras entraba en el camino de acceso a nuestra casa. Suspiré aliviada al aparcar el coche. Salimos del coche y entramos rápidamente en casa. Al llegar a mi habitación, me quité rápidamente el maquillaje y la ropa antes de tirarme en la cama. Ojalá todo esto hubiera sido solo un sueño... * A la mañana siguiente —Buenos días, bella durmiente—, bromeé cuando Magdalena entró lentamente en la cocina. Ella puso los ojos en blanco y se sentó a mi lado en un taburete de bar. Le di un plato lleno de comida y unos Advil. Ella murmuró un “gracias” antes de tomarse las pastillas y comer. —Hoy no tengo clase, así que voy a ir a trabajar temprano para ganar un poco más de dinero—, dije mientras le enviaba un mensaje a mi jefa para decirle que iba a llegar temprano. —Hoy no tengo que trabajar, eso es lo bueno—, murmuró Magdalena antes de llevar su plato vacío al fregadero. Asentí con la cabeza mientras se llevaba mi plato. —¿Cuándo va a venir Patrick?—, pregunté mientras caminábamos juntas hacia mi habitación cuando ella terminó de lavar los platos. —Le dije que viniera una hora después de que terminaran mis clases. Quiero ducharme y cambiarme de ropa antes de que llegue—, dijo sentándose en mi cama. —Sabes perfectamente que no puedes llegar aquí en una hora—, le dije poniendo los ojos en blanco. Fui al baño compartido y me lavé la cara. —Sí que puedo, ya lo verás—, discutió ella, haciéndome sacudir la cabeza. Sí, claro. Me acerqué al armario y cogí mi camisa del uniforme antes de mirarla mientras ella estaba sentada en la cama mirándose en el espejo. Ni siquiera se estaba mirando de verdad, sino que básicamente estaba en las nubes. —Estoy deseando que encuentres a alguien especial para que podamos salir en citas dobles—, dijo Magdalena sonriéndome. Puse los ojos en blanco y me cambié de ropa. Me puse la camisa del uniforme y unos vaqueros azules. Me recogí el pelo en una coleta y cogí mi teléfono. —Eso nunca va a pasar—, dije mirándola. Se encogió de hombros y no dijo nada más al respecto. Se levantó conmigo y se acercó para darme un abrazo. —Me iría contigo y me quedaría allí sentada unos minutos, pero tengo que ducharme y estudiar un poco para mi examen—, dijo, y yo asentí. Me dedicó una sonrisa antes de dirigirse a su habitación. —Diviértete en el trabajo, cariño—, gritó por encima del hombro, haciéndome sonreír mientras salía por la puerta. * —Bienvenidos a la cafetería, ¿qué les apetece?—, les dije con una pequeña sonrisa. La pareja me devolvió la sonrisa antes de decirme lo que querían. Mi jefe me dijo hoy que tenía que servir mesas, lo que casi me hizo llorar, pero Magdalena me llamó para animarme. Han pasado unas tres horas desde que empecé y, la verdad, me está yendo bastante bien. —¿Cómo quieres el filete?—, le pregunté al joven mientras anotaba sus pedidos. —Vale, volveré con sus bebidas. Si necesitan algo, solo tienen que hacer una señal con la mano y estaré enseguida—, les dije sonriendo antes de dirigirme a la barra para pasar sus pedidos. —Salem, necesito que te encargues de la mesa 8 y que lleves estas bebidas a la mesa 12—, dijo Ceshia mientras recogía la comida del cocinero para una mesa. Asentí y cogí las bebidas antes de dirigirme a la mesa 8. —Ahora mismo voy, solo tengo que dejar esto aquí—, dije sin mirarlos. Oí a uno de ellos decir “vale” antes de dirigirme a la mesa 12. Dejé sus bebidas sobre la mesa, les di dos pajitas y me acerqué a la mesa 8. —Hola, bienvenidos a la cafetería. Soy Salem y seré su camarera. ¿Les apetece empezar con algo de beber?—, dije sacando mi libreta y cogiendo el lápiz que llevaba detrás de la oreja. Al mirarles por fin, me di cuenta de que uno de los chicos tenía la cabeza gacha, con una sudadera con capucha cubriéndole la cara, y parecía casi muerto; la única forma de saber que estaba vivo era porque estaba dando golpecitos con los dedos sobre la mesa. —¿Me pones la hamburguesa doble con queso y beicon sin cebolla?—, dijo el otro chico, que estaba sentado frente a él. Asentí y lo anoté en el bloc. Me volví hacia el otro chico, que no nos prestaba ninguna atención. Lo miré de reojo y luego miré a su amigo. —Él quiere lo mismo con un batido de fresa—, dijo el chico en lugar de su amigo. Asentí y sonreí antes de anotarlo. —Volveré enseguida con la comida y las bebidas—, dije antes de alejarme para preparar sus pedidos. * —Aquí tienen sus bebidas, ahora les traigo la comida—, dije mientras colocaba las bebidas sobre la mesa y les daba pajitas y servilletas. —Gracias—, dijo el chico antes de que me alejara para ir a por su comida. Cogí rápidamente la comida y me apresuré hacia su mesa porque me quemaba mucho en los dedos. Pasé junto a la mesa 4 antes de chocar con Ricardo. La comida de los hombres cayó al suelo y los platos se hicieron añicos. —¿Qué c0ño haces, Salem? Mira por dónde vas—, me espetó Ricardo. Di un pequeño respingo antes de bajar la vista. Ricardo lleva más tiempo que yo en esta cafetería. Ricardo me odia con toda su alma, lo supe desde el primer día. Se mete conmigo cada vez que tiene ocasión. —¿Qué c0ño haces ahí parada? Límpialo con tu cul0 gordo—, gritó Ricardo; para entonces, todo el mundo nos miraba. Me arrodillé antes de recoger los fragmentos de los platos con los dedos. —¿Qué coñ0 te pasa para gritarle así a una mujer?—, le dijo una voz grave a Ricardo, pero yo no levanté la vista. Estaba demasiado avergonzada. —Tiene que aprender a valerse por sí misma en lugar de atiborrarse de comida con ese cul0 gordo—, dijo Ricardo, haciendo que las lágrimas me corrieran por las mejillas. Nunca me había sentido tan avergonzada y humillada en mi vida. Debería haberme limitado a tomar los pedidos de la gente detrás del mostrador, donde no tenía que decir nada. —Si le vuelves a hablar así, tendremos un problema—, dijo la voz grave mientras Ceshia se acercaba a mí con una escoba. Me sonrió con tristeza antes de agarrarme de la cabeza para que me levantara. Me levanté y ella empezó a barrer el suelo. —J0der, como si te tuviera miedo—, dijo Ricardo, haciéndome levantar la vista. Era el chico de la sudadera con capucha, lo que me hizo morderme el labio preguntándome quién era, pero le agradecí que me defendiera, fuera quien fuera. El chico agarró a Ricardo y lo arrastró fuera del local. La cafetería estaba tan en silencio que se podía oír caer una moneda. Todos nos miraron durante unos minutos antes de volver a su comida y a charlar entre ellos. Necesito un trago...
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