Las normas

2294 Words
Alysson (Jade) Me sentía en medio de una película negra. Las chicas no se atrevían a mover ni un músculo a pesar de que entendíamos que aquellos hombres eran sin discusión alguna..., uno para cada una. No era difícil darse cuenta. Lo difícil era aceptar lo que probablemente querrían de nosotras. Todo el local seguía su rutina como si ni siquiera estuviéramos allí, allí patadas frente a ellos. Como si se tratara de una ofrenda oscura... turbia. Como si no se dieran cuenta de que estábamos allí siendo ofrecidas a unos aparentes truhánes que se limitaban a mirarnos desde las alturas de sus sillas. Que no eran bajas. Parecía que nos habían puesto delante de cada uno de ellos de forma estratégica, aunque Gabriel estaba mirando hacia mi, y yo en algún momento hacía contacto visual con él, delante de mi tenía al hombre más atractivo que había visto en mi vida y eso era innegable, aunque sus ojos fueran desconcertantes. Era alto, más de un metro ochenta. Pómulos afilados que enmarcaban su rostro y conducían a una mandíbula cuadrada perfectamente lisa. Sus ojos eran tan oscuros como serios. Si su nariz no hubiera estado un poco torcida, como si se hubiera roto en algún momento de su pasado, incluso podría haberlo descrito como inmensamente guapo, pero las irregularidades lo inclinaron hacia lo atractivo con un deje salvaje. Llevaba un pantalón de traje n***o con una camisa blanca de mangas torcidas hasta los codos que exponían tatuajes gigantescos en sus brazos y cuello. La antítesis de mi, que tenía la piel tan inmaculada como no estaba mi consciencia. —Lleva a las esclavas a las habitaciones y enseguida iremos nosotros —anunció Gabriel mirándome otra vez —. Entrégale las joyas también, Gary. La esclavas éramos nosotras. Simplemente quería llorar. ¿Aquello que significaba exactamente? Pero, ¿en serio tenía dudas, estaba claro que sabía perfectamente lo que significaba? Yo estaba tan aturdida que no pude moverme justamente hasta que me empujaron un poco por la espalda y eché a andar. Ya sabía desde ese momento que debía recabar toda la información que pudiera acerca de aquel sitio y aquellos hombres para poder huir con mis chicas sin mirar a atrás lo más pronto posible. La palabra: esclavas, no salía de mi mente y me preguntaba cuales serían las funciones que tendríamos que desempeñar como tal... Y, si en cualquier caso además de abanicar a los señores... debíamos follar con ellos yo haría mi parte, no tenía opción pero sin dudarlo esquivaría las siguientes balas huyendo de allí. Nos llevaron a una habitación diferente a cada una, sin explicación alguna, sin dudas resueltas. La mía era decorada en gris y negra por completo, pocas muebles, un vestidor increíble y una cama enorme con postes y cortinas negras colgando del techo. También había un escritorio que me dió muchas ganas de revisar pero sabía que probablemente estaría siendo vigilada por las cámaras que no tenía duda que habría. Nos habían separado sin siquiera decirnos adiós y me preocupaba como haría para hablar con las chicas, o volver a verlas. Entonces volvió él, entró y tiró la puerta detrás de si para venir hasta mi que me di la vuelta para mirar por la ventana a ningún sitio en especial. —¡Mírame a mi! —exigió deteniéndose detrás de mi y me di ña vuelta —. Solo a mi tienes permiso de mirar. No me gusta que mi mujer mire a otros. —¿Que quieren de nosotras? —balbuceaba nerviosa. —La pregunta debería ser, ¿que quiero yo de ti? —dijo. Entonces se alejó un poco y descubrí cuando toco una pared que había otra habitación, una a la que lo seguí después de sacar los pies de mis tacones tal y como hizo él con los suyos. Entramos en un sitio alfombrado, iluminado en azul y lleno de pantallas con distintas imágenes. Se sirvió un trato y me hizo una seña para que tomara lo que quisiera. Me serví agua, no estaba segura de beber alcohol. —¿Qué quieres? —finalmente pregunté. —Volveremos a tener esta conversación cuando sea su momento —respondió de repente hosco —. Hoy vienen clientes. Por eso están aquí hoy, ellos tienen que vernos con nuestras mujeres —me miró a los ojos y explicó —...son ustedes, y llevarán los nombres de las gemas, no usaran nunca más sus nombres aquí. Tú eres Jade. Necesitaba más información a pesar de que entendía muy bien lo que decía, yo necesitaba que lo dijera directamente. Un reconocimiento, un indicio de lo que ya se vislumbraba. —¿Somos putas? —¡Esclavas! Y mi nombre es Belkan —respondió brusco. Se dió la vuelta y me miró, de arriba abajo y sus ojos encendieron mi piel. Era un hombre inmensamente guapo pero sobre todo poderoso, incluso peligroso. —Entonces, ¡no habrá sexo? —Te desilusiona eso —afirmó y me sentí insultada. ¿Quién se creía que era para ni siquiera preguntar? —Por favor no seas cretino, eso no —mascullé. —¡Me gustas! —dijo tratando de sonreír pero no le salió bien. —Mejor me callo —mencioné más para mi misma que para él. —Mejor nos vamos. Pero no nos fuimos, simplemente puso su mano en el final de mi espalda y me guió por todos lados, como si fuera mi dueño. Aunque en realidad lo era, él era mi trabajo ahora aunque fuese indecoroso. Siempre me preocuparía por mi trabajo por encima de cualquier momento fugaz y de lo que pasara con Belkan. Pero en ese momento, se sintió como una elección entre mi trabajo y mi alma. Estaba en venta y no podía evitarlo, tenía que seguir hacia adelante. Como si fundamentalmente necesitara esto en el fondo. Lo necesitaba. Estaba atada de pies y manos, quizás un poco menos que la ve, anterior pero así era. Tal vez era solo que había pasado tanto tiempo sin que un hombre me tocara, pero no lo creía. Era mi captor y la forma en que constantemente me movía a su antojo le quitaba atractivo, le ofrecía más crueldad. —¿Tendremos que besarnos? El ascensor cerró sus puertas justo después de mi pregunta. —¿Eso quieres... que te bese? —dijo, quitando mi copa de mis dedos apretados y colocándola en el suelo detrás de él junto a la suya. No podía discutir, no era una mentirosa. Sabía que mi papel era algo así como el de una geisha y cuanto antes lo dejara claro, mejor. Luego sabría como salir de aquí. Me preocupaba más Marie que yo. Yo era más realista, más as flexible. Conformista, realista... ella tendría miedo. Yo valor. Y voluntad. —El rubor en tu mejilla... es divertido. Se paró justo enfrente de mí, tan cerca que podía sentir el calor salir de su cuerpo. Extendió la mano detrás de mí y me soltó el cabello de la liga, lenta, deliberadamente, como si estuviera saboreando algún tipo de transformación. —La forma en que tus pezones se tensan cuando estoy cerca. La forma en que te duele el coño ahora mismo… todo me dice cuánto quieres que te bese —masculló. De repente fui consciente de cosas que no había notado hasta que él las había mostrado para mi ¿Cómo podía ese hombre saber cosas de mi estado de animo que ni yo había notado? Se veía que sabía lo que hacía,que leía muy bien a una mujer, que podía incluso provocar antes de tener la reacción. Confirmé que era peligroso. Todo en el gritaba ¡Warning! No estaba segura de sí era porque tenía razón, o porque sus palabras eran muy sucias, pero no podía recordar haber estado tan excitada por un hombre que apenas me había tocado. Su pulgar barrió mi labio inferior, sacándolo de mis dientes, luego inclinó mi cabeza hacia él. Me miró a los ojos intensamente como si se estuviera comunicando, diciéndome que se detendría si eso era lo que quería. Pero no lo hice. Quería olvidar que él era mi dueño y yo su puta. Por más que maquillara la verdad yo sabía las respuestas ciertas. Esclava de alguien así era puta, de momento. Quería olvidar que estaba atrapada, que no teníamos alternativa. Quería que me besara. También quería eso Y creo que fue él quien me hizo querer eso, creer que lo quería. Dió un paso adelante, sus muslos raspando mis caderas mientras tomaba mi rostro entre sus manos, pasando sus pulgares por mis pómulos. Me hundí contra su cuerpo, necesitando más de él, desesperada por sus labios sobre los míos. Suspiró antes de presionar sus labios contra los míos. Mi piel empezó a zumbar. No estaba segura de sí era una advertencia o por placer, pero, de cualquier manera, no me importaba. Estaba justo donde quería estar de repente, sin que yo me diera cuenta, disfrutando egoístamente del hombre frente a mí. Me rodeó con el brazo, presionando su enorme palma en la parte baja de mi espalda, atrayéndome contra él. Abrí la boca con un gemido y deslizó su lengua en mi boca. Sabía masculino, a calor y tierra, como si fuera el centro de todo, y en ese momento lo era. Él era sólido. Podía confiar en él. Él cuidaría de mí y me protegería y una parte de mí enterrada durante mucho tiempo estalló en alivio. Mis rodillas se doblaron, pero él me mantuvo erguida. Sentía como si sus brazos estuvieran exactamente donde debían estar: a mí alrededor. Eso tenía que creer. Convencerme a mi misma de ello. Había besado a hombres antes, por supuesto que lo había hecho, pero no estaba segura de que alguna vez me hubieran besado, no así, no con la manera posesiva y perfecta de Belkan. No cuando él me daba una lección que no tenía: quería eso... él me obligaba a quererlo. Deslicé mis manos por su pecho, calor contra calor, su corazón martilleaba contra mi palma. Se echó hacia atrás por un segundo, entrecerró los ojos y se sumergió en mi cuello, presionando besos en el hueco entre mi clavícula, luego subiendo, mordiendo y chupando antes de alejarse de nuevo, mirándome como si fuera una especie de premio que él nunca pensé que ganaría y no creía que se lo mereciera, entonces, hambriento, encontró mis labios de nuevo. Me di cuenta de que había parado el ascensor y estábamos entre llamas. Debía cuidarme de caer en el brasero, de ahí si no podría salir. Y no podía confiar en él, aunque creyera que si. Tenía razón, mi coño estaba apretado y caliente. Arqueé mi cuerpo contra él, tratando de darle un poco de paz. Gimió en mi boca, agarró mi trasero, deslizó su mano por la parte posterior de mi muslo y levantó mi pierna mientras presionaba su erección contra mi vientre. El calor entre nosotros subió, más y más alto, sin saber cuándo o si se detendría o explotaría. Mis sonidos se hacían más fuertes y sabía que necesitaba que las cosas de detuvieran. Pero no hacía nada. Estaba perdida en su candidez y en mi repentina necesidad. La verdad me atropelló de pronto. Estaba allí para complacer sí, pero no podía dejar que me manipular de más. Dar solo lo necesario era el lema de ese caso, no era mi primera vez... Empujé mi mano contra su pecho y él se apartó, mirándome directamente a los ojos. Negué con la cabeza. —Tenemos que parar esto. —Quería que siguiera besándome. Quería sentir el calor recorriendo mi cuerpo por unos minutos más, pero tenía que terminar con aquello. —Pero no quieres que me detenga —murmuró, raspando su mejilla cubierta de pelos contra la mía. —Tienes razón. Yo no —susurré, la necesidad se extendió por mi piel, pero me las arreglé para resistirme y di un paso atrás, fuera de sus brazos—. Pero tenemos un trabajo que hacer. Y aún no conozco todos los detalles. Nunca debí haberme dejado llevar. Sabía que me causaría problemas pero tuve que hacerlo. Él me había devuelto las ganas de muchas cosas en un simple beso Pero yo estaba condenada, no podía dejarme ir con nadie Menos con mi jefe porque Belkan era eso... mi jefe. —Necesitas conocer las normas, Jade —dijo de pronto, autoritario, enfadado, alejándose de mi y volviendo a activar el botón que nos había dado cuenta que había detenido para ponernos de nuevo en movimiento —. Todas las normas son: Complacer a Belkan, siempre. Como en cuestión de segundos y a una velocidad que no sabría nunca establecer, se sintieron disparos afuera, un caos de ruidos y él se sacó una pistola de la espalda. Algo que no había visto, como para combinar con el clima de la situación, sacó otra, la alzó en alto y se encaminó hasta la puerta, me dejó protegida detrás suyo pero no esperaba lo que pasaría. Las puertas se abrieron por el sentido contrario y me di la vuelta para ver a un hombre que no parecía reparar en los disparos y que me miraba sin cesar, le apuntó a la cien a Belkan y mis temblores avivaron el dolor bajo mi vientre, y mientras algo cálido, resbalaba por mis muslos, podía ver como otros dos hombres de un mismo tamaño se miraban a los ojos y sin que pudiese evitarlo, me perdí en el momento en que noté que la sangre corría entre mis piernas. —¡Belkan...! —grité. Cuando él se dió la vuelta fue demasiado tarde, le dispararon... yo caí al suelo y la sangre se volvió un charco en mis pupilas.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD