Romina temblaba al sostener el celular. Tenía la voz de Melissa aún resonando en los oídos. —Voy a buscar a Mauro —había dicho con una calma peligrosa. —¿Cómo que vas a buscarlo? —le había respondido ella, helada. —Es lo mínimo que puedo hacer por él. Romina se sentó en el borde del sofá. Su corazón latía como tambor. Cerró los ojos con fuerza, como si con eso pudiera borrar lo que acababa de oír. Volvió a llevarse el teléfono al oído. —Melissa, por favor, no hagas una locura. No te expongas de esa manera. La respuesta no tardó. —¿Y si nadie más lo hace? ¿Si todos lo dieron por muerto y simplemente lo olvidaron? Yo no puedo vivir con eso, Romina. No puedo quedarme aquí, con los brazos cruzados. —¿Y el imperio? ¿Los Lombardi? —No quiero eso para mí. Me he dado cuenta de que no sir

