Esa noche Melissa lo supo. Si quería llegar hasta Mauro, tenía que infiltrarse más. No bastaba con observar desde lejos o fingir que no le importaba. Tenía que ensuciarse las manos. Tenía que ganarse la confianza de al menos uno de ellos. Uno solo bastaba para abrirle una puerta. El bar estaba lleno. Humo, risas bruscas, vasos rotos. Las otras chicas reían, se sentaban en las piernas de los hombres, se dejaban manosear por unas cuantas monedas. Pero Melissa no. Ella trabajaba. Llevaba tragos, limpiaba las mesas, sacaba botellas vacías, se movía sin parar. Algunos empezaban a notarla. No por su belleza, sino por su eficiencia. Eso era bueno. Una mujer útil siempre tenía más margen que una flor de adorno. Fue entonces cuando lo notó. Un movimiento extraño, una sombra tambaleante cerca de

