Capítulo 4

1464 Words
Mis dedos se hunden, la palma de mi mano roza el capuchón de mi clítoris, frotándose. Él sabía mi nombre incluso antes de que yo hablara, me llamaba Sra. Hartley, como si fuera uno de nosotros. Los hombres nuevos nunca llegan a Elizabethton, jamás. Al menos no los que son atractivos y están disponibles, y Adrian lo es. Que no lleve anillo significa que está soltero y, con suerte, listo para socializar como mis dedos y mi entrada mientras vuelvo a penetrar. —Dios mío —jadeo, frotándome con más fuerza. Hacía mucho que no tenía sexo de verdad y pensar en Adrian y en esta cita hace que esa posibilidad sea tan real que mis entrañas tiemblan de anticipación. Lo imagino encima de mí, penetrándome y usando esas manos enormes para estimularme hasta el clímax. Casi puedo sentir su tacto, sentir su boca en mis pechos, tirando y acariciando mis pezones. La sensación es tan intensa que tiemblo mientras me froto; mi orgasmo está tan cerca, tan cerca. Gimo mientras el orgasmo me recorre, pensando en Adrian y sus manos, sus ojos, su cuerpo. Vengo con fuerza y rapidez, gimiendo, jadeando y moviendo las caderas. Estoy tan mojada, la humedad espesa y pegajosa es muy diferente al agua del baño que me rodea, y me deleito en el momento, queriendo saborear el placer. Quizás me equivoque y esta cena con Adrian no sea nada especial, pero prefiero prevenir que lamentar. Y al sacar los dedos de mi cuerpo y deslizarlos sobre mi clítoris, la satisfactoria sacudida me indica que he hecho bien mi trabajo y que, con suerte, no volveré a excitarme más tarde cuando esté sentada frente a él. Después de ducharme, me visto y me seco el pelo. Decido llevarlo suelto esta noche, aunque normalmente lo llevaría recogido. Pero me queda bien, me recuerda a mi madre en algunas de las fotos antiguas que tengo de ella. Paseo a Luna, le preparo la cena y le doy un beso de despedida en la cabeza antes de cerrar y dirigirme al pueblo. A las siete todavía está oscuro y las noches son frescas, pero nada que una buena comida caliente no pueda solucionar. Llego a Dino's y aparco delante. Para ser viernes, está desierto, pero es el comienzo de la temporada de carreras y muchos de los habituales probablemente estén participando en las preliminares de la carrera de mañana en Johnson City. Hay un elegante BMW estacionado a unos pocos lugares, probablemente de nuestro recién llegado. Sonrío al pasar y leo la matrícula que dice —BUKTLST—. Me imagino que seguramente tiene una lista de cosas que quiere hacer antes de morir, y yo también. Quizás lo mencione mientras comemos, si Gypsy nos deja solos el tiempo suficiente. La campanilla suena al abrir la puerta y entrar. He estado aquí un millón de veces y nada ha cambiado. Las mismas sillas de cuero rojo y metal n***o, los mismos paneles de madera que parecen revestimientos. Y las fotos enmarcadas en las paredes parecen no haber sido desempolvadas desde la última vez que estuve aquí. —Hola, Eden —canta Gypsy, mascando chicle. Su abundante cabello rizado enmarca su rostro, al igual que sus grandes pendientes de aro. Es unos años menor que mis padres, pero siempre me trató como a su propia hija. —Hola, Gyps. Voy a encontrarme con alguien. Recorro con la mirada las mesas y los reservados y veo al señor del coche de lujo de espaldas a mí. Está absorto mirando la carta y no puedo evitar sonreír. —Ah, ¿el agente inmobiliario? Vaya, cariño. Deberías tener cuidado. Hombres como él... —Gracias, Gypsy. Puedo sentarme. La interrumpí antes de que pudiera empezar con su sermón sobre los extraños en la ciudad o avergonzarme tratando de ser como una adolescente. Me marché hacia la mesa donde él estaba. Adrian levanta la vista cuando me detengo cerca de la mesa y me dedica toda su sonrisa con barba incipiente. —Eden, te he estado esperando. Se levanta y deja el menú. —Siéntate. Espera a que me siente y luego vuelve a sentarse conmigo. Por el olor que desprende este lugar, parece que el menú no ha cambiado en los últimos tres años. Es el mismo restaurante rural de siempre, con un toque italiano en la comida. Se me hace agua la boca solo de pensar en su asado con patatas. Antes de que pudiera siquiera saludar como es debido, Gypsy ya estaba cerca. —Bueno, sé que ha pasado muy poco tiempo desde la muerte de tu papá, pero solo quiero que sepas que todos estamos aquí para ti, cariño. Creo que sería bonito organizar una cena agradable. Apuesto a que Herb nos dejará usar el restaurante para eso, ¿no crees? Aprieto los dientes y fuerzo una sonrisa. No quiero pensar en la muerte de papá, y mucho menos planear una reunión miserable donde me veré obligada a charlar con todas las personas del pueblo que alguna vez lo conocieron. —Eh, sí —logro decir, haciendo una mueca al oír mi propia voz. —Y creo que podríamos hacer un pastel. Quizás Joe podría prepararnos uno y... —Disculpen. La amable interrupción de Adrian es justo lo que necesitaba. —Tengo mucha sed. ¿Les importaría traernos un refresco a cada uno? Gypsy me mira con los ojos entrecerrados, pero luego se vuelve hacia él y dice: —Eso es lo que se toma por aquí, y sí, señor. Vuelvo enseguida. En cuanto se va, suspiro y niego con la cabeza. —Gracias. A veces este pueblo es un poco agobiante. —Lo entiendo perfectamente. Yo también crecí en un pueblo pequeño. Su elegante peinado, su reloj y su coche, propios de un urbanita, jamás me habrían dicho eso. Me sonrojo cuando vuelve a levantar la carta y tararea: —Dice italiano, pero para mí es comida casera. Adrian imita el acento local y yo me río entre dientes. —Si quieres comida italiana, la hay. Prueba los espaguetis. Extiendo la mano, bajo su menú y señalo la foto. —Herb los prepara de maravilla. Mientras baja el menú, mis dedos rozan los suyos y siento una descarga eléctrica. —Agradezco la sugerencia de uno de los lugareños. Creo que eso es lo que intentaré. Sus ojos brillan con la misma química que siento y retiro mis manos y las coloco sobre mi regazo. —Así que gracias... por lo de antes. No tenías por qué hacerlo. Me muerdo el labio inferior y miro el mantel a cuadros. Son nuevos. —Le dije que no dijera nada al respecto. Me alegra poder ayudar. Dejó el menú en el borde de la mesa y juntó los dedos frente a sí. Creo que te darás cuenta de que la gente de este pueblo tiene cierto orgullo. Nos gusta hacer las cosas por nuestra cuenta y nos apoyamos mutuamente. Alguien me habría ayudado incluso si al final perdiera el lugar. La tristeza me envuelve como una nube mientras hablo de este pequeño pueblo. Crecer aquí tuvo sus altibajos, pero la gente se siente como una familia; sobre todo una familia entrometida y mandona, pero familia al fin y al cabo. —Por lo que oí en el banco, entiendo que el terreno pertenecía a tus padres antes de que fallecieran. Lamento mucho oír eso, por cierto. —Sí —respondo con un suspiro—. Me crié en la antigua granja, aunque nunca fue una granja grande y funcional. Tuvimos algunos caballos durante un tiempo, pero el pueblo usaba la propiedad para tantos festivales y eventos que no teníamos espacio para mucho más. Sonrío al recordar. —De hecho, papá solía decir que sin la granja Elizabethton no tendría alma. Entonces... Se me encoge el corazón y no puedo terminar la frase. —Bueno, ha visto días mejores, eso seguro. Adrian mira a Gypsy mientras nos trae las bebidas y levanta su libreta de pedidos, lista para anotar nuestro pedido, aunque sé que puede recordarlo todo sin ella. —¿Qué vamos a tomar? Con una actitud serena y dispuesta a escribir, me sonríe y vuelve a masticar su chicle. —Solo dame un solomillo especial. Por unos segundos me pregunté qué quería decir Adrian con —ha visto días mejores—, pero tengo que darle la razón. La casa definitivamente necesita reparaciones. —Tomaré los espaguetis con pan de ajo por recomendación de una mujer local muy encantadora con unos ojos verde brillante. Me guiña un ojo y Gypsy levanta las cejas. —Solomillo y espaguetis. ¡Entendido! Haré el pedido enseguida. Golpea la libreta con el bolígrafo sin siquiera escribir nada. —No vayas a contar todos los secretos del pueblo ahora, Eden.
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