La mañana del 24 de diciembre amaneció con un cielo de un gris metálico que amenazaba con otra descarga de nieve, pero el aire en la calle tenía un matiz distinto. No era solo el frío que te cortaba los pulmones, sino ese olor dulzón y penetrante a leña, a pavo horneándose en algún lugar lejano y a esa ansiedad colectiva por ser feliz a la fuerza que caracteriza a la humanidad en estas fechas.
Ana se despertó en su departamento con el sonido de los cascabeles de su suéter de elfo, que había dejado tirado en la silla junto a la cama. Se frotó los ojos y miró al techo, soltando un suspiro que fue una mezcla de alivio y pánico. Lo que había pasado contra la puerta metálica de la librería la noche anterior seguía quemándole la piel. Todavía sentía el peso de las manos de Liam en su cintura y el sabor metálico y dulce de su boca.
—Mierda, Ana —murmuró para sí misma, hundiéndose bajo las cobijas—. Estás a un paso de comprarte una casa con cerca blanca y un perro labrador. Reacciona, carajo.
Se levantó con la pesadez de quien sabe que el día será una montaña rusa emocional y se dirigió a la regadera. Necesitaba despejar la mente, o al menos intentarlo. Abrió la llave y esperó a que el agua saliera casi hirviendo, inundando el pequeño espacio con vapor. Se desnudó lentamente frente al espejo empañado, observando sus curvas, la palidez de su piel y cómo sus pezones ya estaban erectos, no solo por el frío ambiental, sino por el recuerdo táctil de las manos de Liam.
Entró bajo el chorro de agua y tomó su jabón artesanal. El aroma explotó de inmediato: una mezcla embriagadora de canela, manzana y vainilla. Era el mismo olor que Liam había notado en ella, pero ahora, sola, se sentía más intenso. Ana comenzó a enjabonarse, deslizando sus manos por su propio cuerpo con una parsimonia que pronto se tornó en algo más. Sus dedos recorrieron sus pechos, apretándolos con firmeza, imaginando que era Liam quien lo hacía. Bajó por su vientre, recorriendo la curva de sus caderas, y sus dedos se perdieron entre sus piernas, que todavía se sentían débiles.
El agua golpeaba su espalda mientras ella soltaba un gemido ronco, arqueando el cuerpo contra los azulejos húmedos. Se frotó con urgencia, buscando un alivio que solo el pensamiento de ese vecino testarudo le proporcionaba. Sus dedos trabajaron con destreza entre sus labios húmedos y calientes, mientras el vapor y el olor a canela la envolvían en una burbuja de lascivia solitaria. Cuando el clímax la alcanzó, fue un espasmo violento que la dejó jadeando bajo el agua, con las rodillas temblando y la mente más nublada que antes.
—Definitivamente, estoy jodida —susurró, apoyando la frente contra la pared fría.
Mientras tanto, en la casa de los Miller, el ambiente era una mezcla de caos festivo y tensión doméstica. Liam estaba en la cocina, peleándose con un pavo que parecía decidido a no dejarse rellenar, mientras Sofía intentaba decorar unos cupcakes que parecían haber sido atacados por un villano de anime.
—¡Liam! —gritó Sofía—. ¡La señora Higgins ya llegó y dice que si no le das un poco de ponche con 'piquete', no va a ayudar a poner la mesa!
La señora Higgins, una vecina de unos sesenta años que era tan entrometida como eficiente, era la salvación de los Miller. Ella cuidaba a la madre de Liam cuando él tenía que trabajar jornadas dobles, y se había convertido en una extensión gruñona de la familia.
—¡Dale lo que quiera, Sofi! —respondió Liam, saliendo de la cocina con un delantal manchado de grasa sobre su suéter de reno—. ¡Si quiere tequila, dale tequila!
Liam se dirigió a la sala, donde su madre estaba sentada frente a la ventana. Se detuvo en seco al ver que ella no estaba mirando al vacío. Sus ojos estaban enfocados, brillantes, observando las luces del árbol de Navidad que Sofía había terminado de colocar.
—Liam —dijo ella, y su voz no tenía esa vacilación quebradiza de los días oscuros. Era la voz de la mujer que lo había criado.
—¿Mamá? —Liam se acercó, arrodillándose a su lado con el corazón latiéndole en la garganta.
—Hijo, qué ridículo te ves con ese reno —sonrió ella, extendiendo una mano para acariciar su mejilla—. Ven aquí.
Liam sintió que una presión inmensa se liberaba de su pecho. Era uno de esos "días de luz", esos momentos milagrosos donde el Alzheimer daba tregua y le devolvía a su madre por unas horas. Sofía, al escuchar la voz de su madre con esa claridad, dejó caer los cupcakes y corrió hacia ellos. La señora Higgins, desde el marco de la puerta, se secó una lágrima discreta con su delantal y se retiró a la cocina para darles espacio.
Los tres se fundieron en un abrazo apretado. Liam hundió la cara en el hombro de su madre, permitiéndose llorar por primera vez en meses. Sofía se aferró a la cintura de ambos, sollozando suavemente. No importaba la enfermedad, no importaban las deudas ni el cansancio. En ese momento, los Miller estaban completos.
—Siempre estamos juntos, ¿verdad? —susurró Sofía con la voz entrecortada.
—Siempre, mi niña —respondió la madre, abrazándolos con una fuerza sorprendente—. Aunque yo me pierda a veces, mi corazón siempre sabe dónde están ustedes.
A las 8:00 PM, Ana llegó a la casa. El encuentro con la madre de Liam fue más emotivo de lo que esperaba. Ver a Liam tan vulnerable, tan feliz por la lucidez de su madre, hizo que los muros de Ana terminaran de desmoronarse. Clara llegó poco después, trayendo botellas de soju y una energía que hizo que hasta la señora Higgins terminara bailando una cumbia navideña en la cocina.
La cena fue un éxito. Comieron, rieron y compartieron historias. Ana se sintió, por primera vez en años, parte de algo real. No era una espectadora de la vida de otros; estaba allí, viviendo.
Cerca de la medianoche, después de que Clara se fuera en un taxi y la señora Higgins se despidiera con un beso en la mejilla de todos, Ana y Liam se quedaron solos en la entrada de la casa de ella.
—Gracias por hoy, Liam —dijo Ana, ajustándose el abrigo—. Fue... perfecto.
Liam la tomó de la cintura y la pegó a su cuerpo.
—No quiero que se acabe —susurró él—. ¿Puedo subir?
En cuanto cerraron la puerta del departamento de Ana, el aire se volvió pesado. Liam no esperó. La acorraló contra la pared y la besó con una urgencia animal, sus lenguas entrelazándose en una lucha de poder y deseo.
—A la regadera —jadeó Liam contra su cuello—. Quiero sentirte bajo el agua.
Se desnudaron con una torpeza desesperada, dejando un rastro de ropa desde la entrada hasta el baño. El agua caliente comenzó a caer y ambos entraron. Liam tomó el jabón de canela, manzana y vainilla y comenzó a enjabonar a Ana. Sus manos grandes y callosas pesaron sus pechos, apretándolos con una firmeza que hizo que Ana soltara un grito ahogado. Bajó por su vientre, masajeando sus muslos, sintiendo la firmeza de sus piernas.
—Mierda, Ana... eres una obra de arte —gruñó él, pasando el jabón por su espalda y bajando hasta sus glúteos, apretándolos con posesión mientras el vapor los envolvía.
Salieron del baño empapados, sin molestarse en secarse del todo. Liam cargó a Ana y la recostó en la cama, que se sentía fresca contra su piel ardiente. Liam se situó a sus pies. Empezó a mordisquear sus tobillos, subiendo poco a poco por sus pantorrillas y sus muslos. Ana se retorcía en las sábanas, agarrando las almohadas con fuerza, excitándose a niveles que no conocía.
Liam subió por su cuerpo con una lentitud tortuosa, lamiendo su abdomen, hasta llegar a sus pechos. Se ensañó con sus pezones, succionándolos con una fuerza que hacía que Ana arqueara la espalda y soltara gemidos que llenaban toda la habitación.
—¡Liam, por favor! —suplicó ella, con la respiración entrecortada.
Él subió hasta quedar cara a cara con ella. Tomó sus manos y las entrelazó con las suyas, fijándolas contra el colchón sobre su cabeza. Fue un gesto de una intimidad romántica que chocaba con la ferocidad de lo que estaba a punto de pasar.
—Mírame, Ana —ordenó él.
Cuando Liam entró en ella, lo hizo con una fuerza y una intensidad brutales. Ana soltó un grito que resonó en las paredes. No hubo sutilezas. Fue un choque de carne, una fricción frenética de piel húmeda que producía un sonido rítmico y húmedo, rompiendo el silencio de la Nochebuena. Los corazones de ambos latían a mil por hora, sincronizados en una carrera salvaje.
Ana envolvía sus piernas alrededor de la cintura de él, jalándolo más adentro, sintiendo cada embestida en el fondo de su ser. Sus gritos, sus jadeos y el ruido de la piel golpeando contra la piel creaban una sinfonía de lascivia pura. Liam no soltaba sus manos, manteniendo esa conexión visual mientras se hundía en ella con una desesperación que decía todo lo que no se atrevía a pronunciar.
—¡Eres mía, Ana! —gruñó él, acelerando el ritmo hasta que el mundo se convirtió en un borrón de calor y placer.
El clímax los golpeó al mismo tiempo, una explosión de luces y espasmos que los dejó vacíos, temblando y aferrados el uno al otro como si el mundo se fuera a acabar en ese instante.
Minutos después, Liam estaba tirado bocarriba, intentando que sus pulmones volvieran a funcionar, mientras Ana descansaba la cabeza en su pecho sudado.
—Oye —dijo Ana, recuperando un poco de su sarcasmo—. Si mañana no puedo caminar y tengo que abrir la librería en silla de ruedas, te voy a cobrar la indemnización.
Liam soltó una carcajada ronca, abrazándola con fuerza.
—Valdría cada centavo, pelirroja.
—Y por cierto —añadió ella, mordiéndole un hombro ligeramente—, ese truco de las manos... muy de película romántica. Casi me haces llorar, idiota.
—Esa era la idea —sonrió él—. Romperte un poquito más ese corazón de piedra.
REFLEXIÓN DE NOCHEBUENA:
La Navidad es una época extraña. Nos obligan a comprar cosas que no necesitamos para impresionar a gente que a veces ni nos cae bien, y a ponernos suéteres que pican. Pero, entre todas esas excentricidades y ridiculeces que cometemos, a veces encontramos algo real.
Si tienes a alguien que aprecie tus locuras, que se ría de tus malteadas ruidosas o que sepa leer tus silencios, cuídalo. Y si no tienes a nadie ahora mismo, no te estreses. A veces lo más importante es aprender a estar bien con uno mismo, a amar nuestras propias cicatrices y a disfrutar de ese café amargo a solas. La vida tiene cosas buenas y malas, y lo mejor es llamarlas a todas por su nombre y darles la bienvenida con una sonrisa (o con un buen sarcasmo).
¡Feliz Navidad a todos los que han seguido la historia de Ana y Liam! Que sus excentricidades sean siempre motivo de risa y no de vergüenza.
Si les gusta mi estilo y quieren ver más de mis desastres literarios, síganme en f*******: como: @thony.helios
¡Nos leemos en el próximo desastre!