El viernes por la noche, el cielo decidió que la ciudad necesitaba un cambio de imagen radical y optó por el estilo "Era del Hielo". No nevaba; el cielo se estaba cayendo a pedazos blancos y furiosos.
En la librería "El Refugio", Ana miraba por el escaparate con los brazos cruzados, observando cómo los autos se convertían en iglús con ruedas.
—Genial —bufó Ana, empañando el cristal con su aliento—. Si muero congelada aquí, espero que me encuentren en una pose digna y no hecha bolita abrazada a la edición ilustrada de Crepúsculo.
Clara, que ya estaba con su abrigo puesto (un plumífero rosa neón que podía verse desde el espacio), daba saltitos de ansiedad junto a la puerta.
—Unnie, el Uber dice que está a dos minutos. Si no llego a casa, me pierdo el estreno de Mi Adorable Demonio. —Clara se mordió las uñas, mirando el celular—. Y si me lo pierdo, entraré en depresión clínica y tendrás que pagarme la terapia.
—Vete, Clara —dijo Ana, haciéndole un gesto con la mano para que huyera—. No quiero cargar con tu salud mental en mi conciencia. Yo cierro caja.
En cuanto Clara desapareció en la tormenta como un malvavisco rosa radiactivo, el silencio se apoderó de la librería. Las luces parpadearon una vez. Dos veces.
—No se atrevan —amenazó Ana, señalando al foco del techo con un dedo acusador.
Como si el universo aceptara el desafío, las luces se apagaron con un clac seco. La librería quedó sumida en la penumbra, iluminada solo por la luz de las farolas de la calle que entraba por los ventanales.
—Perfecto —murmuró Ana, recargando la frente contra la estantería—. Simplemente perfecto. Ahora soy la protagonista de una película de terror de bajo presupuesto.
El sonido de la campanilla de la puerta la hizo saltar y agarrar lo primero que tuvo a mano como arma: un ejemplar de tapa dura de El Quijote.
—¡Tengo un clásico de mil páginas y no dudaré en usarlo! —gritó hacia la sombra que entraba sacudiéndose la nieve.
—Woah, tranquila, Dulcinea —dijo una voz familiar, divertida y grave—. Soy yo. Vengo en son de paz y calorías.
Liam emergió de las sombras. Llevaba un gorro de lana gris, la nariz roja por el frío y sostenía dos termos grandes y una bolsa de papel que olía a gloria.
Ana bajó el libro lentamente, sintiendo cómo la adrenalina se convertía en algo más cálido en su estómago.
—¿Liam? ¿Qué haces aquí? Estamos cerrados y, por si no lo notaste, estamos a oscuras.
—Vi que se fue la luz en toda la cuadra —explicó él, acercándose y dejando las cosas sobre el mostrador con un gesto despreocupado—. Y vi que tu empleada salió corriendo como si la persiguiera Godzilla. Supuse que estarías aquí sola, planeando tu dominación mundial en la oscuridad.
—Estaba planeando cómo no morir de hipotermia, gracias —respondió Ana, pero no pudo evitar acercarse al olor que emanaba de la bolsa—. ¿Qué traes ahí?
—Kit de supervivencia para el apocalipsis invernal —Liam sacó un termo—. Chocolate caliente especiado (receta secreta de la abuela, que en paz descanse) y... —sacó un croissant enorme de la bolsa—... carbohidratos vacíos pero deliciosos.
Ana lo miró. La luz de la calle iluminaba la mitad de su rostro, destacando la barba de tres días y esos ojos miel que la miraban con una mezcla de diversión y... ¿ternura?
—¿Cruzaste la calle en medio de una tormenta para traerme pan? —preguntó ella, arqueando una ceja con incredulidad.
—Soy un buen vecino —Liam se encogió de hombros, quitándose el gorro y revolviéndose el cabello castaño con la mano—. Y, honestamente, no quería estar solo en mi local a oscuras. Los maniquíes me dan miedo cuando no hay luz.
Ana soltó una risa corta, sincera.
—Bien. Te dejo quedarte. Pero solo porque traes comida. —Señaló hacia la zona de lectura al fondo, donde había un par de sillones viejos de terciopelo—. Vamos allá. Aquí hace frío.
Se sentaron en la penumbra, cada uno en un sillón, con los termos humeantes en las manos. Afuera, el viento aullaba como un animal herido, creando una burbuja de aislamiento alrededor de ellos.
—Entonces... —comenzó Liam, dando un sorbo a su chocolate y mirándola por encima del borde del vaso—. ¿Cuál es tu historia, Ana? ¿Por qué odias la Navidad con la pasión de mil soles? ¿Un reno te mordió de pequeña?
Ana miró el líquido oscuro en su vaso. Normalmente, desviaría la pregunta con un sarcasmo. Pero la oscuridad, el frío y la presencia sólida de Liam le soltaron la lengua.
—No la odio. —Ana suspiró, recargando la cabeza en el respaldo del sillón y mirando al techo—. Solo... odio el ruido. La obligación de ser feliz.
Liam se quedó callado, esperando, sin presionar.
—Mis papás murieron en la pandemia —soltó Ana de golpe. No lo dijo con dramatismo, sino como quien lee una lista de compras—. Hace cinco años. Diciembre era su mes. Mi mamá llenaba la casa de luces, mi papá cocinaba como para un ejército... Cuando se fueron, el silencio que dejaron fue... ensordecedor.
Ana giró el rostro para mirarlo, esperando ver lástima. Odiaba la lástima. Pero en los ojos de Liam solo vio comprensión.
—Así que me convertí en el Grinch —continuó ella, encogiéndose de hombros con una sonrisa triste—. Es más fácil estar enojada con las luces que admitir que extrañas a quienes las encendían.
Liam asintió lentamente, dejando su vaso en el suelo y frotándose las manos, como si buscara las palabras correctas.
—Te entiendo. El silencio es jodido. —Liam se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas—. Mi papá se fue por cigarros y nunca volvió. Clásico, ¿no? Y mi mamá... bueno, ella sigue aquí, pero a veces no está.
—¿A qué te refieres? —preguntó Ana, intrigada, notando cómo la postura relajada de Liam se tensaba.
—Alzheimer —dijo él, la palabra salió pesada, como una piedra—. Tiene días buenos y días malos. A veces soy su hijo Liam. A veces soy un extraño amable que le sirve la cena. —Liam soltó una risa seca, sin humor—. El suéter de reno... ese que te pareció ridículo... fue lo último que me tejió antes de olvidar cómo sostener las agujas.
Ana sintió un nudo en la garganta. De repente, el "payaso" del suéter cobró un sentido completamente diferente.
—Liam... yo... —Ana se mordió el labio, sintiéndose una idiota por todas las burlas mentales que había hecho—. Lo siento. Me burlé de ese suéter.
—No te disculpes —Liam sonrió, y esta vez la sonrisa llegó a sus ojos, iluminándolos—. Es un suéter horrible. Lo sé. Pero cuando me lo pongo, ella sonríe. Y por esa sonrisa, me vestiría de payaso si hiciera falta. —Liam la miró fijamente—. Me he pasado la vida siendo el fuerte, Ana. El que resuelve, el que sonríe, el que carga con todo. A veces... cansa.
Ana lo miró. En ese momento, no vio al empresario de los chocolates ni al chico guapo que coqueteaba. Vio a un hombre cansado que sostenía el mundo sobre sus hombros, igual que ella sostenía sus muros.
Sin pensarlo mucho, Ana estiró la mano a través del espacio que separaba los sillones y puso la suya sobre el puño cerrado de Liam.
Su piel estaba caliente. La de ella, fría.
—Estamos bien jodidos, ¿eh? —dijo Ana suavemente, acariciando con el pulgar los nudillos de él.
Liam giró la mano y entrelazó sus dedos con los de ella. Tenía la palma áspera, callosa, pero su agarre era increíblemente delicado.
—Un par de desastres —susurró Liam, acercándose un poco más, invadiendo su espacio personal de esa forma que a Ana le empezaba a gustar peligrosamente—. Pero oye... el chocolate amargo sabe mejor así, ¿no crees?
Se quedaron así un momento, con las manos unidas en la penumbra, mientras la tormenta rugía afuera. Ana podía sentir el pulso de él contra su palma. Podía oler su aroma a madera y cansancio.
Por primera vez en mucho tiempo, Ana no sintió ganas de huir. No sintió ansiedad. Sintió... calma.
—Oye —dijo Ana de repente, rompiendo la tensión antes de que hiciera algo estúpido como besarlo—. He visto a alguien en tu local. A través del cristal.
Liam la miró con curiosidad.
—¿Ah, sí? ¿Y qué has visto, espía?
Ana rodó los ojos, sintiendo el calor subir a sus mejillas al admitir que lo había estado observando.
—He visto a una chica muy pálida. Siempre está ahí con el celular y unos audífonos gigantes, parece que no ha visto el sol en una década. —Ana hizo una pausa, tratando de sonar casual—. ¿Es tu novia o tengo que llamar a servicios sociales porque tienes secuestrada a una vampiresa?
Liam soltó una carcajada fuerte, rompiendo el momento solemne, pero sin soltarle la mano.
—Es Sofía. Mi hermana menor. Y sí, es básicamente una vampiresa adicta al K-Pop. Cree que soy un NPC en su vida que solo sirve para proveer dinero y wifi. Si supiera que tengo crisis existenciales, le explotaría el cerebro.
—Ah, tu hermana —dijo Ana, sintiendo un alivio ridículo en el pecho que trató de ocultar—. Deberías traerla un día. Tengo una sección de mangas que podría gustarle. Quizás así deje de parecer un espectro victoriano.
—¿Eso es una invitación? —preguntó Liam, arqueando una ceja con picardía, recuperando su tono de Golden Retriever—. ¿Ana, la antisocial, invitando gente a su cueva?
—No te acostumbres —replicó ella, retirando su mano lentamente (aunque una parte de ella quería dejarla ahí)—. Solo es estrategia comercial. Necesito clientes vivos, no zombies.
Liam se puso de pie, estirándose. La luz de la calle volvió a parpadear y, milagrosamente, los focos de la librería se encendieron, rompiendo la intimidad de la penumbra.
El hechizo se rompió, pero algo había cambiado. El aire entre ellos ya no estaba cargado de defensas, sino de una electricidad nueva.
—Se hizo la luz —dijo Liam, poniéndose el gorro—. Creo que es mi señal para irme antes de que me cobres la renta del sillón.
—Definitivamente —dijo Ana, acompañándolo a la puerta.
Antes de salir, Liam se detuvo y se giró. Quedaron muy cerca. Ana tuvo que levantar la vista para mirarlo a los ojos.
—Gracias por el refugio, vecina —dijo él, y por un segundo, su mirada bajó a los labios de Ana antes de volver a subir.
—Gracias por el chocolate, Rodolfo —respondió ella, con una sonrisa pequeña pero genuina.
Liam salió a la tormenta. Ana cerró la puerta y puso el seguro.
Se recargó contra la madera, escuchando los latidos de su propio corazón.
Miró su mano, la que él había sostenido, y sintió un cosquilleo fantasma.
—Mierda —susurró Ana a la librería vacía—. Creo que me cae bien.
Y por primera vez en dos años, desde que cerró su corazón con candado tras el desastre con su ex, la idea de que alguien entrara en su vida no le provocó pánico. Le provocó algo mucho más aterrador: esperanza.