—¿Listas, mis monedas de oro? —La voz grave de Rube resonó en el camerino, interrumpiendo el sonido del secador y las risas bajas de algunas chicas. Bárbara y yo compartíamos el espacio con dos mujeres de las jaulas, bailarinas expertas que rara vez nos dirigían la palabra. No era algo que nos molestara; en este lugar, la distancia podía significar tranquilidad. —Listas y poderosas —respondió Natacha con su tono siempre animado. Ella llevaba un vestido rojo que resaltaba el brillo dorado de sus extensiones. Su piel clara y su cuerpo bien proporcionado la hacían parecer una muñeca de porcelana. Desde que nos conocimos, me llamaba "bombón", quizás porque, a pesar de la dureza que había cultivado, aún conservaba un aire dulce cuando quería. —Más les vale destacar —añadió Rube, con una son

