đź–¤ POV Eros Cross
El hospital huele a desinfectante… y a mentira.
Siempre he odiado los hospitales. Demasiado silencio. Demasiada vida colgando de un hilo invisible. Demasiadas promesas que nadie puede garantizar.
Estoy sentado en el sofá más alejado de la cama. No la miro.
No a Olivia.
Respira. Eso es suficiente para todos. Para la prensa. Para el paĂs. Para mi madre.
Para mĂ… no significa nada.
Mis codos descansan sobre las rodillas, las manos entrelazadas, la mirada fija en un punto muerto del suelo. No pienso. No siento. No aquĂ.
Hasta que el teléfono vibra.
Una vez.
Lo saco del bolsillo con lentitud. NĂşmero desconocido.
Cuelgo.
El teléfono vuelve a sonar.
Otra vez. Y otra.
Insiste como si supiera que no deberĂa hacerlo.
Mi mandĂbula se tensa. No respondo nĂşmeros que no conozco. Nunca. No en mi posiciĂłn. No cuando estoy a un paso de convertirme en el presidente de los Estados Unidos.
Ahora es cuando menos que nunca debo cometer errores.
Hasta ahora solo cometĂ uno. Permitir que Victoria se enterara de la verdad antes de tiempo.
Pero mi teléfono sigue sonando.
Una y otra vez.
No muchas personas tienen este número. Un mal presentimiento empieza a crecer en mi pecho, uno que no sabe cuándo rendirse.
Estoy por contestar cuando la puerta se abre.
Y entra Amanda Cross. Mi madre. Impecable, como siempre. Refinada sin esfuerzo.
De esas mujeres que no necesitan llamar la atención… porque todo en ellas ya está en su lugar.
Su cabello cae perfectamente acomodado, sin un solo detalle fuera de control. Nunca lo hay.
Camina con calma, firme, sin apurarse. Como si no tuviera que adaptarse a nada.
Su forma de vestir es sobria, elegante. Precisa. Nada en ella es casual. Ni su presencia. Ni el momento en que aparece. Ni la forma en que observa.
Habla bajo. Siempre lo hace. Con esa tranquilidad que no cambia, sin importar lo que esté pasando alrededor.
—¿La prensa ya se fue?
Mi voz sale frĂa, sin mirarla siquiera.
Ella asiente con la cabeza, cerrando la puerta detrás de ella con ese cuidado calculado que siempre ha tenido. Como si incluso el sonido pudiera ser un enemigo.
Me pongo de pie al instante.
—Bien.
Tomo mi chaqueta del respaldo del sofá.
—¿A dónde vas?
Su voz no es una pregunta. Es control.
—Tengo cosas que hacer.
—Eros…
No me detengo.
—He estado aquà toda la noche. Es más que suficiente.
—Olivia está embarazada de tu hijo.
AhĂ sĂ me detengo.
No por ella.
Por lo que implica.
Cierro los ojos un segundo. Breve. Preciso. Como si pudiera borrar el peso de esas palabras.
—Y por eso es que he venido —respondo sin emoción—. Eso es lo que importa para todos, ¿no?
Silencio.
Denso.
—¿Ese “asunto importante” es Victoria?
No lo niego.
No tengo por qué.
Eso la irrita más que cualquier mentira.
—No puedes conservarla por mucho tiempo.
La forma en que lo dice…
Como si hablara de un objeto. De una mascota.
Algo que se guarda. Que se usa. Que se descarta.
El aire cambia.
Lento.
Oscuro.
Levanto la mirada.
Y cuando la miro… ya no soy el hijo.
Soy el hombre. Y Victoria es mi mujer.
—No vuelvas a hablar de ella asĂ.
Mi voz es baja. Peligrosa.
—Claro que solo tú puedes hacerle daño encerrándola.
Respiro. Profundo.
—He hecho todo lo que me has pedido —añado, cada palabra medida—. Todo. Pero Victoria no es negociable. Te lo dije desde el primer momento.
Mi madre no se inmuta.
Nunca lo hace.
Se acerca un paso.
—Eres el futuro presidente de los Estados Unidos, Eros. No un hombre enamorado con derecho a errores. Sobre todo si esperas la reelección y…
—Cuatro años.
La interrumpo.
Ella frunce ligeramente el ceño.
—Cuatro años son suficientes para hacer lo que tengo que hacer. Después… —la miro directo a los ojos— me voy.
Silencio.
—¿Irte?
—SĂ.
La palabra cae como una sentencia.
—Victoria se quedará a mi lado durante el mandato. Después… desapareceremos.
No hay duda en mi voz.
No hay espacio para discusiĂłn.
Pero ella sonrĂe negando con la cabeza.
Esa sonrisa.
La que siempre precede a una guerra. La que aparenta tranquilidad.
—¿Y tu hijo? —pregúntale levantando una ceja.
No respondo. No me importa.
—¿Planeas dejarlo? —añadió
—Para ese entonces Olivia ya habrá entendido que no puede forzar las cosas. Si tanto te interesa, te lo puedes quedar.
—Eros… es tu hijo.
—Un hijo que nunca deseĂ© tener. No voy a quedarme para hacerlo sufrir como mi padre lo hizo con nosotros. Estará mejor sin mà —respondĂ.
—Ser presidente… Estamos hablando de cambiar el mundo… no solo un paĂs, y quieres tirarlo todo por una mujer.
—No.
Niego con la cabeza.
—Estoy hablando de que no me importa hacer un mundo mejor, si no estoy con ella. Este siempre fue su sueño. No tuyo, ni mĂo. De Victoria.
Eso la hace renegar por un segundo. Pero solo uno.
—Hijo… —dice tomando mi rostro. Me alejo de ella. No me gusta que me toquen — cuando seas presidente habrán decisiones importantes que tomar. Vas a tener que dejarla ir quieras o no…
—No. Si en algún momento debo irme, Andrew sabe qué hacer.
—¿Andrew? —preguntó.
—SĂ© que Oliver tiene otros planes. Pero me asegurarĂ© de que Andrew será presidente despuĂ©s de mĂ.
Ahora sĂ… silencio real.
—¿ConfĂas tanto en Ă©l?
La miro.
—Con mi vida.
—Eso es lo que me preocupa. Siempre has sido tan confiado.
Inclina la cabeza ligeramente.
—Las peores traiciones vienen de quienes más amamos. Porque no las ves venir.
Una pausa.
—Andrew es mi mejor amigo desde la universidad. Lo conozco desde los 18 años. Por supuesto no voy a desconfiar de él. Pero claro… tú no sabes nada de eso.
La miro fijo. Y sonrĂo apenas.
—Tú no tienes amigas. Solo las mujeres del club que se acercan a ti por tu acceso ilimitado.
El golpe es limpio.
Directo.
Preciso.
Ella no responde.
Por primera vez… se queda en silencio.
Recojo mi teléfono, mis llaves.
—Lo siento —digo, pero no suena a disculpa—. Sé que no debà decir eso.
—Descuida cariño. Solo quiero lo mejor para ti —responde ella finalmente—. Vamos a casa. Hablemos.
—Si vas a empezar con que Victoria no es buena para mĂ…
—Solo me preocupa no saber cuánto tiempo podrás controlarla. Déjame hablar con ella. Quiero saber cómo está. Y ayudarla…
Aprieto la mandĂbula.
—¿A escapar de mi? No gracias madre. Victoria es mi mujer. Yo sé qué es lo mejor para ella.
Cada palabra es una advertencia.
—La situaciĂłn es complicada, sĂ. Victoria aĂşn es un volcán que puede explotar en cualquier momento. Pero voy a hablar con ella despuĂ©s de las elecciones. Primero debo asegurar eso… y despuĂ©s…
El teléfono vuelve a sonar.
Otra vez.
Mi madre lo mira.
Yo lo rechazo.
Una.
Dos.
Tres veces.
—Contesta —dice finalmente—. Puede ser importante.
Exhalo lento. Asiento.
Y esta vez… respondo.
—¿S�
Silencio. Luego… un sollozo.
—¿Eros…?
Mi cuerpo se tensa de inmediato.
—¿Quién habla?
—Papi… soy yo
La voz se rompe.
Y algo en mi pecho se aprieta de forma violenta.
—¿Patito?
—Eros… —llora— no sé dónde estoy… no sé dónde está Victoria.