Mi mujer đź–¤ Primera parte

1287 Words
🖤 POV Eros Cross El hospital huele a desinfectante… y a mentira. Siempre he odiado los hospitales. Demasiado silencio. Demasiada vida colgando de un hilo invisible. Demasiadas promesas que nadie puede garantizar. Estoy sentado en el sofá más alejado de la cama. No la miro. No a Olivia. Respira. Eso es suficiente para todos. Para la prensa. Para el país. Para mi madre. Para mí… no significa nada. Mis codos descansan sobre las rodillas, las manos entrelazadas, la mirada fija en un punto muerto del suelo. No pienso. No siento. No aquí. Hasta que el teléfono vibra. Una vez. Lo saco del bolsillo con lentitud. Número desconocido. Cuelgo. El teléfono vuelve a sonar. Otra vez. Y otra. Insiste como si supiera que no debería hacerlo. Mi mandíbula se tensa. No respondo números que no conozco. Nunca. No en mi posición. No cuando estoy a un paso de convertirme en el presidente de los Estados Unidos. Ahora es cuando menos que nunca debo cometer errores. Hasta ahora solo cometí uno. Permitir que Victoria se enterara de la verdad antes de tiempo. Pero mi teléfono sigue sonando. Una y otra vez. No muchas personas tienen este número. Un mal presentimiento empieza a crecer en mi pecho, uno que no sabe cuándo rendirse. Estoy por contestar cuando la puerta se abre. Y entra Amanda Cross. Mi madre. Impecable, como siempre. Refinada sin esfuerzo. De esas mujeres que no necesitan llamar la atención… porque todo en ellas ya está en su lugar. Su cabello cae perfectamente acomodado, sin un solo detalle fuera de control. Nunca lo hay. Camina con calma, firme, sin apurarse. Como si no tuviera que adaptarse a nada. Su forma de vestir es sobria, elegante. Precisa. Nada en ella es casual. Ni su presencia. Ni el momento en que aparece. Ni la forma en que observa. Habla bajo. Siempre lo hace. Con esa tranquilidad que no cambia, sin importar lo que esté pasando alrededor. —¿La prensa ya se fue? Mi voz sale fría, sin mirarla siquiera. Ella asiente con la cabeza, cerrando la puerta detrás de ella con ese cuidado calculado que siempre ha tenido. Como si incluso el sonido pudiera ser un enemigo. Me pongo de pie al instante. —Bien. Tomo mi chaqueta del respaldo del sofá. —¿A dónde vas? Su voz no es una pregunta. Es control. —Tengo cosas que hacer. —Eros… No me detengo. —He estado aquí toda la noche. Es más que suficiente. —Olivia está embarazada de tu hijo. Ahí sí me detengo. No por ella. Por lo que implica. Cierro los ojos un segundo. Breve. Preciso. Como si pudiera borrar el peso de esas palabras. —Y por eso es que he venido —respondo sin emoción—. Eso es lo que importa para todos, ¿no? Silencio. Denso. —¿Ese “asunto importante” es Victoria? No lo niego. No tengo por qué. Eso la irrita más que cualquier mentira. —No puedes conservarla por mucho tiempo. La forma en que lo dice… Como si hablara de un objeto. De una mascota. Algo que se guarda. Que se usa. Que se descarta. El aire cambia. Lento. Oscuro. Levanto la mirada. Y cuando la miro… ya no soy el hijo. Soy el hombre. Y Victoria es mi mujer. —No vuelvas a hablar de ella así. Mi voz es baja. Peligrosa. —Claro que solo tú puedes hacerle daño encerrándola. Respiro. Profundo. —He hecho todo lo que me has pedido —añado, cada palabra medida—. Todo. Pero Victoria no es negociable. Te lo dije desde el primer momento. Mi madre no se inmuta. Nunca lo hace. Se acerca un paso. —Eres el futuro presidente de los Estados Unidos, Eros. No un hombre enamorado con derecho a errores. Sobre todo si esperas la reelección y… —Cuatro años. La interrumpo. Ella frunce ligeramente el ceño. —Cuatro años son suficientes para hacer lo que tengo que hacer. Después… —la miro directo a los ojos— me voy. Silencio. —¿Irte? —Sí. La palabra cae como una sentencia. —Victoria se quedará a mi lado durante el mandato. Después… desapareceremos. No hay duda en mi voz. No hay espacio para discusión. Pero ella sonríe negando con la cabeza. Esa sonrisa. La que siempre precede a una guerra. La que aparenta tranquilidad. —¿Y tu hijo? —pregúntale levantando una ceja. No respondo. No me importa. —¿Planeas dejarlo? —añadió —Para ese entonces Olivia ya habrá entendido que no puede forzar las cosas. Si tanto te interesa, te lo puedes quedar. —Eros… es tu hijo. —Un hijo que nunca deseé tener. No voy a quedarme para hacerlo sufrir como mi padre lo hizo con nosotros. Estará mejor sin mí —respondí. —Ser presidente… Estamos hablando de cambiar el mundo… no solo un país, y quieres tirarlo todo por una mujer. —No. Niego con la cabeza. —Estoy hablando de que no me importa hacer un mundo mejor, si no estoy con ella. Este siempre fue su sueño. No tuyo, ni mío. De Victoria. Eso la hace renegar por un segundo. Pero solo uno. —Hijo… —dice tomando mi rostro. Me alejo de ella. No me gusta que me toquen — cuando seas presidente habrán decisiones importantes que tomar. Vas a tener que dejarla ir quieras o no… —No. Si en algún momento debo irme, Andrew sabe qué hacer. —¿Andrew? —preguntó. —Sé que Oliver tiene otros planes. Pero me aseguraré de que Andrew será presidente después de mí. Ahora sí… silencio real. —¿Confías tanto en él? La miro. —Con mi vida. —Eso es lo que me preocupa. Siempre has sido tan confiado. Inclina la cabeza ligeramente. —Las peores traiciones vienen de quienes más amamos. Porque no las ves venir. Una pausa. —Andrew es mi mejor amigo desde la universidad. Lo conozco desde los 18 años. Por supuesto no voy a desconfiar de él. Pero claro… tú no sabes nada de eso. La miro fijo. Y sonrío apenas. —Tú no tienes amigas. Solo las mujeres del club que se acercan a ti por tu acceso ilimitado. El golpe es limpio. Directo. Preciso. Ella no responde. Por primera vez… se queda en silencio. Recojo mi teléfono, mis llaves. —Lo siento —digo, pero no suena a disculpa—. Sé que no debí decir eso. —Descuida cariño. Solo quiero lo mejor para ti —responde ella finalmente—. Vamos a casa. Hablemos. —Si vas a empezar con que Victoria no es buena para mí… —Solo me preocupa no saber cuánto tiempo podrás controlarla. Déjame hablar con ella. Quiero saber cómo está. Y ayudarla… Aprieto la mandíbula. —¿A escapar de mi? No gracias madre. Victoria es mi mujer. Yo sé qué es lo mejor para ella. Cada palabra es una advertencia. —La situación es complicada, sí. Victoria aún es un volcán que puede explotar en cualquier momento. Pero voy a hablar con ella después de las elecciones. Primero debo asegurar eso… y después… El teléfono vuelve a sonar. Otra vez. Mi madre lo mira. Yo lo rechazo. Una. Dos. Tres veces. —Contesta —dice finalmente—. Puede ser importante. Exhalo lento. Asiento. Y esta vez… respondo. —¿Sí? Silencio. Luego… un sollozo. —¿Eros…? Mi cuerpo se tensa de inmediato. —¿Quién habla? —Papi… soy yo La voz se rompe. Y algo en mi pecho se aprieta de forma violenta. —¿Patito? —Eros… —llora— no sé dónde estoy… no sé dónde está Victoria.
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