đź’›
El trayecto hasta mi departamento fue corto.
Demasiado corto.
No pensé. O tal vez sÅ pero no quise hacerlo.
El beso se repetĂa en mi cabeza una y otra vez. No por lo que significaba…
Sino por lo que habĂa provocado. Victoria. Su mirada. Su desesperaciĂłn. Tanto en el beso como en sus acciones.
“Es una despedida, Andrew.”
Apreté el volante.
Eso era.
Una despedida.
Y aun asĂ… habĂa cruzado una lĂnea. Una que prometĂ no cruzar. Pero eso ahora no importaba. Para mañana Victoria estarĂa lejos y Eros nunca se enterarĂa.
Todo estarĂa igual que como está ahora.
Cuando llegué, no recordaba ni cómo. Manejé en automático.
SubĂ, abrĂ la puerta.
Y ahà estaba. Miranda. Esperándome.
Bajo la luz de la luna que se filtraba por el ventanal. Las luces aĂşn estaban apagadas. Las encendĂ. QuerĂa verla a los ojos.
—Llegaste rápido —dijo.
AsentĂ, dejando las llaves sobre la mesa.
—¿Qué pasó?
Ella no respondiĂł. Me observĂł. Demasiado.
Hizo esa mueca al lado que siempre hacĂa cuando estaba dudando.
TraguĂ© saliva. Por un momento sentĂ miedo. ÂżAcaso ella… sabĂa?
NeguĂ©. No habĂa forma. Pero por alguna razĂłn me sentĂ como un hombre infiel siento atrapado.
—Es tu cumpleaños —dijo, acercándose.
Sus manos se deslizaron por su abrigo… y lo dejĂł caer antes de llegar a mĂ.
Debajo, casi no habĂa nada. Una lencerĂa transparente color blanco.
Tampoco habĂa necesidad de que se cubriera demasiado. La conocĂa. Cada curva. Cada lunar. Cada reacciĂłn en sus ojos. En su piel. Y ahora veĂa conflicto.
Aunque tratara de ocultarlo con su cuerpo.
—He venido a celebrar contigo.
Exhalé lento. Sus brazos rodearon mi cuello.
—Feliz cumpleaños, Andrew —susurró contra mis labios.
Quise apartarla. Pero al mismo tiempo no. Sus labios fueron más rápidos que mi voluntad. Y me besó.
Al inicio lento. Profundo. Familiar. Seguro.
Mis manos la sostuvieron por la cintura. La acerquĂ© más a mĂ por puro reflejo. Por costumbre. Por quĂ© esto habĂamos sido durante años. Apoyo mutuo pero tambiĂ©n pasiĂłn. Sexo.
El beso se profundizĂł.
Encajábamos.
Siempre lo habĂamos hecho. Desde el primer momento en que vi sus ojos supe que iba a amarla pero no era el momento.
Siete años no desaparecen. Siete años se quedan. En la piel. En la memoria. En el cuerpo. En mi corazón.
Pero entonces su recuerdo volviĂł. Victoria.
No como mujer. No como tentaciĂłn. Sino como reflejo.
Yo tampoco era libre. Y lo peor… Era que estaba empezando a convertirme en alguien que no querĂa ser.
Alguien que besa a una mujer… Después de haber besado a otra.
Su nombre apareciĂł en mi mente. Eros.
Si no me detenĂa acabarĂamos en la cama. Y mañana me sentirĂa peor de lo que me siento ahora.
Me detuve. De golpe. Me separé de ella.
—Andrew… —su voz cambió— ¿qué sucede?
PasĂ© una mano por mi cabello. Me dolĂa decirlo. Porque esto… significaba no tener más de estos momentos.
—Cuando me llamaste…Estaba con alguien más.
Silencio.
—Hace veinte minutos… estuve con otra mujer.
Miranda no se moviĂł.
—Lo sé —dijo—. Tu ropa huele a ella.
Se acercó un poco más.
—Pero eso no tiene nada de malo. No cambia nada… ¿o s� A diario ves mujeres y…
La mirĂ©. Y esta vez… No podĂa mentirle.
—Nos besamos.
El aire se tensĂł.
—Y si no hubieras llamado… probablemente no me habrĂa detenido.
CerrĂ© los ojos un segundo. Eso sĂ dolĂa. Decirlo. Aceptar en quĂ© me estaba convirtiendo.
Miranda retrocediĂł apenas.
—¿Qué estás diciendo?
Respiré hondo.
Estaba por terminar siete años de historia.
De intentarlo. De volver. De no soltarnos del todo nunca. DolĂa. Y aun asĂ…
—Esto —dije, señalándonos— no está bien.
Mi voz fue más baja.
Más honesta.
—No quiero seguir haciendo esto.
Tragué saliva.
—No quiero seguir estando contigo solo esperando el dĂa que te cases con alguien más —dije por primera vez en voz alta. Y dolĂa. AĂşn despuĂ©s del beso con Victoria dolĂa.
Porque sĂ la amaba. Pero tenĂa que amarme más a mĂ. Y precisamente por eso… No podĂa seguir asĂ.
—Es mejor que dejemos de vernos.
El silencio fue inmediato. Pesado.
Y dentro de mĂ… Algo se rompiĂł. Pero al mismo tiempo… Algo se soltĂł.
—¿Acaso piensas que vas a estar con Victoria después de esto?
Fruncà el ceño.
—¿CĂłmo sabes que fue ella? —preguntĂł ella rio. Colocando su mano en su pecho. EmpezĂł a caminar en cĂrculos.
—Respóndeme
—No.
Directo. Claro.
—Esto no tiene nada que ver con ella.
La miré fijamente.
—Tiene que ver conmigo.
Una pausa.
—Y con lo que no quiero seguir siendo.
Miranda girĂł, recogiĂł su abrigo, se lo colocĂł.
Demasiado tranquila.
—Ahora dime ¿Cómo lo sabes… Eros? —Ella negó
—¿Quieres saber cómo lo supe?
AsentĂ.
—Llamaste a mi abuela. Le pediste que te ayudara. A mi me dijiste que dejarĂas de hacerlo. Dijiste que ibas a ser libre.
Sus ojos brillaron.
—Nunca vas a ser libre. Siempre vas a ser un maldito peĂłn de esta familia. Pero eso nunca fue por mĂ…
—Todo este tiempo me quedĂ© por ti… no podĂa darte la vida que querĂas. ÂżQuĂ© planeabas que hiciĂ©ramos? ÂżCorrer de Amanda?
—No. Nadie puede huir de Amanda —añadió.
MetiĂł las manos en su abrigo hasta que encontrĂł su celular. La vi teclear. Seguro estaba hablando con su chofer.
No respondĂ. Porque tenĂa razĂłn.
Ella se acercĂł. Lento. Demasiado cerca.
—Nadie escapa de los Cross —susurró.
Y entonces sentĂ el pinchazo.
—¿Qué…?
Arranqué la aguja de mi cuello.
VacĂa.
—Miranda…
—TenĂa que convencerte —dijo—. Pero no ibas a elegirnos.
Mi visiĂłn empezĂł a fallar. ÂżElegirnos?
—Asà que elegà por ti —dijo temblando.
Intenté acercarme. Pero mis piernas fallaban.
—Miranda… no hagas esto…
Ella me mirĂł. Y ahĂ sĂ…HabĂa dolor. Real.
—Tú ya me dejaste, Andrew.
Su voz se quebrĂł apenas.
—No vas a estar conmigo. Pero tampoco con ella…
Su celular sonĂł.
—SĂ… ya está hecho.
MirĂł hacia la puerta.
—La puerta está abierta.
Los sentĂ. Pasos. Manos sujetándome. Pesadas.
—Miranda…
No se acercĂł. No me tocĂł.
—Lo siento —susurró—. Pero no iba a perderte asĂ.
El mundo se inclinĂł.
Las voces se volvieron lejanas.
Pero aĂşn podĂa verla.
Miranda.
De pie frente a mĂ. En el umbral de la entrada.
—Lo siento, Andrew —susurró.
Algo en su voz me hizo ruido. No era solo dolor. Era… resignación.
Como si ya hubiera aceptado algo mucho antes de que yo llegara.
—Pero esto… tenĂa que pasar.
Fruncà el ceño, intentando enfocarla.
—¿Qué… hiciste…?
Mi voz saliĂł arrastrada.
Pesada.
Ella no respondiĂł de inmediato.
Solo me miró. Y por un segundo… Por un maldito segundo… Pareció que iba a romperse. Pero no lo hizo.
No lo harĂa. Miranda Cross no se rompĂa por nadie que no fuese ella misma.
Mi visiĂłn se oscureciĂł.
Las luces se apagaron una a una.
Pero antes de perder completamente la conciencia… Escuché su voz una vez más.
Más baja. Más frĂa.
—Ella ya los está esperando. Asegúrense que todo quedó como ella lo ordenó. Real. No quiero fallas —ordenó.
Real.
¿Real… qué?