💛POV Andrew Winchester
El beso empezó como un error.
Lo supe en el instante en que sus labios tocaron los míos.
Demasiado suave. Demasiado lento. Pero Victoria no dudó.
Eso fue lo primero que me desarmó.
Su mano se aferró a mi cuello como si necesitara sostenerse, como si el mundo se estuviera moviendo demasiado rápido bajo sus pies… y yo fuera lo único estable en medio del caos.
No lo era.
Pero en ese momento… quise serlo.
Mi mano subió por su espalda casi por instinto. Sintiendo el calor de su cuerpo a través de la tela, la forma en que se acercaba más, sin reservas, sin medir consecuencias.
Quería creer que ella estaba borracha. Porque yo no lo estaba.
No lo suficiente para perder el control… pero si lo suficiente para no entender lo que estaba pasando.
Y eso lo hacía peor. Por qué una parte de mi no quería que se detuviera.
El beso cambió.
Dejó de ser una pregunta. Se volvió necesidad.
Victoria profundizó primero. Sus labios se movieron con más urgencia, más emoción… como si en ese beso estuviera tratando de olvidar algo. O a alguien. Y yo sabía quién era ese alguien.
Eros.
Mi mejor amigo.
Mis ganas locas de defenderlo se desvanecieron.
Y la atraje más hacia mí.
Error.
Por qué aún rota, Victoria era símbolo de pecado. Ese pecado que tuvo a Eros por tanto tiempo comiendo de su mano.
Y por retorcido que suene.
Un pecado que yo también quería probar.
La apreté contra mi cuerpo, firme, sintiendo cómo encajaba conmigo de una forma que nunca debió pasar. Mis dedos se cerraron en su cintura, marcando el límite que ya habíamos cruzado.
El mundo alrededor desapareció.
No había música. No había gente. No había nada.
Solo ella.
Y la forma en que me besaba como si no le quedara nada más.
Cuando me separé, fue porque tuve que hacerlo. No porque quisiera. Sus gemidos estaban a punto de hacer que le arrancara el vestido delante de todas estas personas.
Mi respiración estaba pesada. La suya… peor.
Sus labios estaban hinchados. Sus ojos aún cerrados. Sus mejillas enrojecidas. La habían ver como la criatura más hermosa de esta tierra.
Cuando sus ojos se abrieron me buscaron, desenfocados, brillantes, completamente peligrosos.
Y por un segundo… pensé en volver a besarla. En ignorarlo todo. En quedarme ahí.
Pero ella me ganó. Esta vez con más desesperación. Con más lascivia si eso fuese posible.
Mi celular vibró.
Una vez. Luego otra.
Quería aferrarme a este beso. Pero Victoria fue cediendo.
El sonido fue suficiente para romper lo que sea que estábamos haciendo.
—Contesta —dijo ella —Puede ser importante.
Cerré los ojos un segundo, frustrado, y saqué el teléfono.
Miranda.
El golpe de realidad fue inmediato. Frío. Incómodo.
Culpable.
Victoria seguía tan cerca. Demasiado cerca. Su respiración aún rozando mi piel. Sus ojos descendieron a mi celular.
Y de pronto… se fue alejando. No fue necesario preguntar si leyó el nombre en mi pantalla.
Entonces empecé a sentirme mal. No el beso. No ella.
Yo.
—Tengo que contestar —murmuré, más para mí que para ella.
Victoria asintió. Volviendo a sentarse en la barra.
Me aparté apenas, lo suficiente para responder.
—¿Sí?
—¿Dónde estás? —la voz de Miranda sonó distinta. Tensa.
Fruncí el ceño.
—En un bar… ¿qué pasa?
—Estoy en tu departamento.
Silencio. Todo dentro de mí se tensó.
—¿Qué haces ahí?
—Vine a saludarte por tu cumpleaños, Andrew. ¿Vas a dejarme sola aquí?
Miré a Victoria.
Su expresión había cambiado. No del todo consciente… pero sí lo suficiente para notar la distancia.
La culpa se instaló en mi pecho como algo incómodo.
Pesado.
—Voy para allá —respondí.
Colgué.
El ruido del bar volvió de golpe, pero ya no se sentía igual.
Nada se sentía igual.
—Tengo que irme —le dije.
Victoria parpadeó, como si tardara en procesarlo.
—¿Ahora?
Asentí. No confiaba en mi voz.
—Es… importante.
—¿Es por E? —preguntó y negué.
No tuve que darle más explicación.
Ella soltó una pequeña risa, suave, un poco torpe.
—Está bien… —murmuró— a la princesa no hay que hacerla esperar.
Fruncí el ceño.
—Vamos te acompaño.
—Puedo irme sola Andrew.
—Victoria, estás borracha. Mejor te acompaño. ¿Puedes caminar?
Ella soltó una pequeña risa. Parándose en un pie.
—No estoy tan mal…
Mentira.
Pero no quise discutir. Mi mano fue directo a su cintura, firme, sosteniéndola antes de que perdiera el equilibrio.
Demasiado natural. Demasiado fácil.
Victoria alzó la mirada hacia mí. Cerca. Otra vez demasiado cerca.
—Gracias… —murmuró.
Asentí.
No confiaba en mi voz.
Caminamos hasta la entrada del hotel. Lento. Sin prisa. Como si ninguno de los dos quisiera que ese momento terminara del todo.
Como si al cruzar esa puerta… todo volviera a la realidad.
Cuando nos detuvimos bajo la luz tenue de la entrada, ella se soltó con suavidad.
—Llegamos —dije.
Pero ninguno se movió de inmediato.
El hotel estaba justo frente a nosotros. A unos pasos. Demasiado cerca para seguir posponiéndolo.
Victoria soltó una pequeña risa y se apartó primero, tambaleándose apenas.
—De aquí puedo sola… —murmuró—. A no ser que te quieras quedar.
La miré.
Intentando descifrar si estaba bromeando…
o si yo necesitaba creer que lo estaba.
—No vamos a hacer algo de lo que podamos arrepentirnos mañana —respondí finalmente—. Avísame cuando estés en tu habitación.
Ella ladeó la cabeza, observándome con esa mezcla de cansancio… y algo más.
Algo que no quería analizar.
—Sí… señor Winchester —respondió, con una sonrisa apenas burlona.
Pero esta vez… más suave.
Más real.
Se quedó mirándome.
Un segundo.
Dos.
Demasiado.
El aire cambió entre nosotros mientras caminábamos esos últimos pasos hasta la entrada. Lento. Sin prisa. Como si alargar la distancia fuera una forma de evitar lo inevitable.
Nos detuvimos bajo la luz tenue.
Demasiado cerca otra vez.
Y antes de que pudiera pensarlo… la acerqué.
El beso fue inmediato.
Más directo que el anterior.
Más urgente.
Como si ambos supiéramos que ese sí era el último.
Sus labios respondieron sin dudar, aferrándose a los míos con una intensidad que no tenía nada de ligera. Sus manos se tensaron contra mi pecho, y por un segundo… perdí el control.
La atraje más hacia mí.
Demasiado.
Cuando me separé, fue a la fuerza.
Con esfuerzo.
Como si soltarla implicara más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—Victoria… —susurré contra sus labios.
—Es una despedida, Andrew. No digas nada —respondió sin apartarse del todo.
Su voz era suave… pero firme.
Eso me detuvo.
—¿Por qué me besaste?
Ella sostuvo mi mirada.
Sin huir.
Sin esconderse.
—No quiero irme arrepintiéndome de no hacerlo —dijo—. Tómalo como lo que fue… solo un beso.
Solo un beso.
Mentira.
Pero no la contradije.
Victoria empezó a alejarse despacio, como si cada paso le costara más de lo que quería demostrar.
—Buenas noches, Andrew —añadió.
—Buenas noches, Victoria.
Ella dio un paso atrás.
Luego otro.
Y yo me quedé ahí… viéndola irse, con la sensación incómoda de que acababa de dejar algo atrás.
Algo que no iba a poder recuperar.
🩷
Esperé a que el auto desapareciera al final de la calle.
La sonrisa seguía en mi rostro. Pero duró poco. Porque algo cambió apenas entré al vestíbulo.
Esa sensación.
Esa que no sabes explicar… pero que hace que tu cuerpo se tense antes de entender por qué.
No alcancé a girarme del todo. Un brazo me rodeó desde atrás.
Fuerte. Demasiado fuerte.
—¡Ayu… —grite. Pero una mano cubrió mi boca.
El aire se me quedó atrapado en la garganta.
—Mmm— intenté otra vez, pero el sonido murió contra su piel.
Todo pasó demasiado rápido. Un olor extraño. Pesado.
Mi estómago se revolvió.
Mis manos intentaron soltarse. Golpear. Aferrarse a algo.
A alguien. Pero mi cuerpo no respondió como debía. Las fuerzas se me escapaban.
Demasiado rápido.
No…
No…
Intenté resistirme. Intenté moverme. Pero mis piernas ya no eran mías. Mi cabeza empezó a caer hacia atrás, pesada… inútil.
Mi mente gritaba. Pero mi cuerpo… ya no escuchaba. Todo se volvió borroso.
Como si alguien estuviera apagándolo todo poco a poco.
—…Pa…tricio…